|
Untitled Document
 |
|
 |
| |
|
Febrero |
|
|
| |
L |
M |
X |
J |
V |
S |
D |
|
| |
|
|
1 |
2 |
3 |
4 |
5 |
|
| |
6 |
7 |
8 |
9 |
10 |
11 |
12 |
|
| |
13 |
14 |
15 |
16 |
17 |
18 |
19 |
|
| |
20 |
21 |
22 |
23 |
24 |
25 |
26 |
|
| |
27 |
28 |
29 |
|
|
|
|
|
| |
|
|
|
|
|
| |
|
|
| |
|
|
| |
HOMILIA EN LA FIESTA DE LA VIRGEN DE LA NIEVES, PATRONA DE IBIZA, EN LA S.I. CATEDRAL |
 |
| 5/8/2007 |
|
 |
| 1. El día 8 de agosto de 1235 las tropas cristianas entraban en Ibiza, devolviéndola a la cultura cristiana a la cual había pertenecido durante los siglos pasados. En aquella feliz circunstancia, con la recuperación de la identidad cristiana de Ibiza y Formentera, los conquistadores, devotos de la Virgen María, quisieron dedicar el primer templo de esta ciudad a la Madre de Dios bajo la advocación mariana más cercana a ese día. Así, surgió este templo dedicado a la Virgen María, que con el título de las Nieves es reconocida como Madre y Reina de esta Iglesia particular. Un preclaro hijo de esta tierra, gloria de las letras y canónigo de esta catedral, Mons. Isidor Macabích, compuso un himno cuya repetición hace brotar en lo profundo de cada uno de nosotros la más filial y tierna emoción: Set segles fa que vostru cor mos mostra que sou llum y gombol des vostres fills”. Con la emoción que ha caracterizado a los ibicencos desde hace más de siete siglos, con el filial amor de los buenos hijos de esta tierra, con la fe y la devoción propia de los cristianos, un año más celebramos hoy esta fiesta de Santa María. 2. Hemos escuchado en la segunda lectura que: “Cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo”. ¿Qué quiere decir la plenitud de los tiempos? No se trata de la época más oportuna de parte de los hombres, sino el tiempo visto desde la parte de Dios, es decir, el momento en el que Dios ha mostrado la expresión más excelente de su amor a los hombres, lo cual hizo de un modo que, aún hoy, hace experimentar una profunda emoción. Esa plenitud de los tiempos es cuando Dios “ha amado tanto a los hombres que les ha mandado a su propio Hijo”, como dice san Juan (Cf. 3,16). Así, Dios no es un extraño, está metido en nuestra propia vida, en nuestro propio ser. Nuestra existencia, nuestra historia es imposible sin Dios. No sólo se derrumbarían las más sólidas y queridas tradiciones religiosas, culturales y morales, sino que nos quedaríamos sin la Luz para responder a los interrogantes más importantes de nuestra historia. Para cumplir su designio de salvación Dios, desea la colaboración libre de una mujer: “Cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo nacido de una mujer” (Gal 4,4,). Fijemos, pues, fijar nuestra mujer, para aprender de ella la verdadera libertad y la verdadera sabiduría del corazón. 3. Pero para contemplar la figura de María es necesario que antes nos quitarnos de en medio lo que se ha denominado “el miedo de Napoleón”. Explico en qué consiste. Napoleón Bonaparte nació en Ajaccio, en Córcega, el 15 de agosto de 1769; nació, pues, el mismo día en el cual, desde hace siglos, la Iglesia celebra el misterio de la Asunción de María a los cielos. Napoleón debería estar contento de esa coincidencia, y sin embargo, estaba enfadado por ello. ¿Saben por qué? Porque la gran fiesta mariana distraía la atención hacía la Virgen, mientras que Napoleón quería que toda la atención se dirigiera hacia su persona. Más aún. El 15 de agosto el evangelio de la Misa se refiere al Magnificat, canto en el cual la Virgen de Nazaret tiene el valor y el atrevimiento de decir: “Hizo proezas con su brazo, dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes…” Es fuerte. Napoleón no podía soportar que precisamente el día de su cumpleaños alguien se atreviera a recordar que los tronos del mundo están todos apolillados, y por lo tanto, antes o después caerían unos detrás de los otros. Por ello, al ser nombrado emperador, Napoleón abolió la fiesta de la Asunción en 1806 en todos los territorios bajo su poder. Pero pocos años después, tras la batalla de Waterloo, el Magnificat volvió a ser leído en las iglesias y predicado en los púlpitos franceses, porque Dios no es el rival del hombre, sino el mejor amigo del hombre y no desea que éste se prive de la verdadera sabiduría. 4. El Evangelio nos ha presentado la escena de la Anunciación. Revivamos aquella la mañana y respiremos juntos aquel aire purísimo en torno a aquel “sí”, que es el mejor exponente de la libertad de Dios y de la libertad de María. Hemos escuchado que: “El ángel Gabriel fue enviado por Dios”. Ese “por Dios” nos indica que es Dios quien toma la iniciativa (que se nos quede bien grabada esta idea), es Dios quien llama a la puerta de la libertad de María, es Dios quien busca la colaboración de María según su estilo de actuar de Dios. Fijémonos en la grandeza de Dios, que siendo Dios ha querido salir al encuentro del hombre. “El ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a virgen prometida con un hombre de la casa de David, llamado José. La virgen se llamaba María” (Lc 1,26-27). Es importante para nosotros caer en la cuenta que Galilea era una región tan despreciada que era llamada “Galilea de los gentiles”, lo que quiere decir que era una región sin identidad, y por tanto, sin títulos ni privilegios. Esta era la fama que tenía Galilea a los ojos de los hombres, que a menudo olvidan los criterios de preferencia de Dios. Ser de Nazaret, en el caso de María no era un obstáculo, sino una confirmación del estilo preferido por Dios. 5. En el centro de todo el acontecimiento de la encarnación está el sí de María. En su sí se unen la expresión más alta de la libertad humana y la expresión más sublime de la libertad divina. El ángel saluda a María, y le dice aquello que Dios tenía guardado en su corazón desde toda la eternidad: “Alégrate, María, llena de gracia, el Señor te ha mirado y piensa concederte una gran misión”. La noticia entra en el interior de María e impresiona profundamente a la jovencita de Nazaret: ella se da cuenta de la incursión de Dios en su vida; se da cuenta de la grandeza vertiginosa de momento y siente como una tempestad interior que la hace temblar. El Evangelista exacta y puntualmente dice: “Ante estas palabras, María se turbó, y se preguntaba qué querían decir” (Lc 1,29). El ángel, ante la turbación de María, le ayuda con un tenue rayo de luz, tan tenue y débil que deja toda la responsabilidad a la fe de María. “No temas, María, porque has hallado gracia ante Dios. Concebirás un hijo, le pondrás por nombre Jesús. Será grande y llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará para siempre sobre la Casa de Jacob y su reino no tendrá fin” (Lc 1, 30-33). A nosotros, que vivimos mucho tiempo después del cumplimiento de los hechos, esas palabras nos parecen claras. Pero, cuantos problemas podían suscitar en la conciencia de María en aquel momento. Ella podía haber aducido perfectamente su condición de desposada; podía haber exigido garantías para defender su honorabilidad ante su novio José y ante la gente de Nazaret; al menos, tenía derecho a que se le dieran explicaciones concretas de cómo Dios pensaba llevar adelante su plan. Pero, ahí está lo maravilloso. Ahí está la belleza y la grandeza del corazón de María. Ahí está el salto de la fe: María hace solamente al ángel una sutil pregunta, que no nace del deseo de defenderse, sino del deseo de cumplir exactamente el proyecto de Dios, de obedecerle totalmente: “¿Cómo será posible ello, pues no conozco varón?” (Lc 1,34). Y el ángel le asegura a María que la maternidad tendrá lugar por obra del Espíritu Santo, dejando intacta su virginidad, un hecho paradójico, y más aún, problemático para María. Y María, en un acto de purísima libertad, si abre a la voluntad de Dios, se entrega a Él, como si se devolviera a las manos de las que salió, las del Creador, y responde: “Aquí está la esclava del Señor. Que se cumpla en mí tu palabra” (Lc 1,38). Este acto de libertad de María abre a Dios una entrada en la historia humana, para que en medio del frío dejado por el pecado, pueda hacerse presente el calor del Amor. Y María, en el momento en que se declara esclava del Señor, alcanza la cima más alta de la libertad humana. En efecto, la libertad se nos da como oportunidad para abrirnos a Dios, del cual llevamos dentro una imagen, una necesidad y nostalgia. El hombre, si quiere, puede renegar de esa tendencia a dirigirse a Dios, pero en ese caso, la libertad se frustra y ello es un castigo para el hombre. María lo entendió y por ese ante la historia de la humanidad brilla como la criatura más llena de razón, y al mismo tiempo, como la criatura más libre, más aún, como la maestra de la libertad. Y desde el momento en que pronunció su “si”, María esta comprometida en un plan de colaboración con el Altísimo en la obra llevada a cabo por su Hijo divino. 6. Respetando el “sí” dado, siguiendo a Jesús, María se encontró también a los pies de la Cruz: ese es el camino de la fe. Jesús a lo largo de su predicación había hablado de una hora. María vio cómo iba llegando esa hora: junto con los éxitos en la predicación, María vio también que alrededor de Jesús iba formándose una atmósfera de incomprensión, hostilidad y odio. En la mañana del Viernes Santo, María tuvo que escuchar el grito insistente de la multitud: “Crucifícale” (Jn 19,15). Y decían eso de su Hijo. Era su Hijo. Pensemos bien en eso. María vio las burlas, los insultos y los maltratamientos; vio la cruz preparada, oyó los golpes del martillo y le vio retorcerse de dolor en la Cruz. El Evangelista Juan cuenta: “Junto a la Cruz de Jesús estaban su Madre, la hermana de su Madre, María la de Cleofás, y la otra María, la de Magdala” (Jn 19,25). En el Monte Tabor María no estaba; junto a la cruz, sí. Y Jesús se dirige a su Madre, una vez más, y la invita a caminar en el último y decisivo tramo de la fe: “Jesús, viendo a su Madre, y al lado al discípulo que tanto quería, dijo a la Madre: ¡Mujer, ahí tienes a tu hijo! Y después dijo al discípulo: ¡Ahí tienes a tu Madre!” (Jn 19, 26-27). ¿Qué significan esas palabras pronunciadas en el momento más grande de la historia? ¿Qué significa la entrega hecha por el Hijo del hombre a la más grande Madre de los hombres? ¿Qué significan en un momento en el que todo es mensaje, es enseñanza, es lección? Jesús quiere decirle a la Madre: “Madre, no llores, no llores por mí: tú sabes que Dios es amor, tu ves el amor de Dios porque sabes ver donde ningún otro puede ver. Madre, ¡ama con el amor mismo de Dios! ¡Sé Madre, más aún, yo te lo digo, tú eres madre! Y como María acogió en el corazón el Amor de Dios, se convierte en la más grande presencia del Amor de Dios en el desierto de amor de la humanidad. Desde entonces, María es en Cristo oración viviente por cada uno de nosotros. María es, desde entonces, la que intercede por nosotros en cada lugar del mundo. Esa es su misión materna. ¡Para siempre! Conscientes, pues, de su papel de madre siempre y en todo lugar, hoy, como ibicencos creyentes, seguros de su materna intercesión nos dirigimos a ella para decirle, una vez más, a Ella, la Madre del Buen amor, la honra del nuestro pueblo: Verge i Mare nostra de les Neus, Santa Maria d’Eivissa,que de més de set segles ençà heu acompanyat la fe del poble pitiús,a les vostres mans pos els gojos i esperances,les tristors i sofriments de tots els vostres fills. Implorau per a mí i per als sacerdots els dons de l’Esperit Sant,perquè, fidels a les promeses del dia de la nostra ordenació,puguem ser incansables missatgers de la Bona Nova,especialment entre els més pobres i necessitats,entre els allunyats i els indiferents. Infoneu en els religiosos i religiosesel vostre exemple de total consagració a Déu,perquè l’abnegat servei que presten als germanses manifesti en totes les seues activitats. Mare de l’Església a Eivissa i Formentera, animau els fidels laicsa comprometre’s seriosament en els treballs de la nova evangelitzaciói siguen els apòstols del Tercer Mil·lenitambé amb el gojós testimoni de la seua vida. Protegiu totes les famílies d’Eivissa i Formentera,perquè siguen autèntiques esglésies domèstiqueson es custodiï el tresor de la fe i de la vida,s’ensenyi i practiqui la caritat fraterna. Ajudau els catòlics a ser sal i llum per als altres,com autèntics testimonis de Crist,presència salvadora del Senyor, instruments de pau, d’alegria i esperança. Mare i Reina coronada d’Eivissa i Formentera,il·luminau les nostres autoritatsperquè treballin per al progrés integral de tothom,emparin els valors morals i socials que fan dignes els pobles. Ajudau a cadascun dels vostres fills i filles,perquè amb Crist, el nostre germà i Senyor,caminem plegats cap al Pareen la unitat de l’Esperit Sant.Amén. |
 |
|
|
| |
|
|
|