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HOMILÍA EN LA FIESTA DE SANTA EULALIA

12/2/2007
PARROQUIA DE SANTA EULALIA
1.      Como todos los años, el 12 de febrero nos convoca en esta iglesia parroquia del Puig de Misses para celebrar la fiesta de su titular, Santa Eulalia. Esta iglesia es la primera fuera de Vila de las que se tiene noticia escrita cierta, pues se tienen datos de la misma ya en 1302. El tempo actual fue inaugurado en 1568 como una vicaría que dependía de la única parroquia, la de Santa María, nuestra actual Catedral. En 1785 el primer Obispo de Ibiza, Monseñor Manuel Abad y Lasierra la erigió en parroquia y hoy aparece enriquecida por este espléndido retablo que procedente de la iglesia de San Milán, en Segovia, se instaló aquí por iniciativa del Marques de Loyola.         En este retablo destaca ahora la figura tierna y cariñosa de Santa Eulalia, con la cruz y el fuego, los dos símbolos de su martirio.2.      El testimonio de los mártires nos ayuda a entender que el Señor, muerto y resucitado por la salvación de la humanidad, permanece vivo en medio de nosotros ofreciéndonos amor, perdón y salvación. Las personas que han experimentado el martirio nos recuerdan que quien conoce, acoge y ama a Jesucristo, está dispuesto a entregar la vida por Él y por los hermanos hasta el derramamiento de la propia sangre.La confesión de fe más nítida que un cristiano puede profesar es el martirio. Pero no se trata de una confesión improvisada, sino de una auténtica manifestación de fe, consecuencia lógica de una vida dirigida y animada por el Evangelio.En el caso de Santa Eulalia, sabemos que  nació en Barcelona, hacia los últimos años del siglo tercero. Descendía  de noble familia; brillaba en aquella niña un acendrado amor a Dios Nuestro Señor; su piedad la llevaba a encerrarse cotidianamente en una pequeña celda de su casa con un grupo de amiguitas rezando oraciones que alternaban con el canto de himnos. Mientras, los emperadores romanos Diocleciano y Maximiano, que hablan oído contar la rápida y maravillosa propagación de la fe cristiana en las lejanas tierras de España, donde hasta entonces había sido tan rara aquella fe, mandaron al más cruel y feroz de sus jueces, llamado Daciano, para que acabara de una vez con aquella "superstición". Al entrar en Barcelona dio orden de buscar cautelosamente todos los cristianos para obligarles a hacer otro tanto.  Oyéndolo contar, Eulalia se regocijaba en su espíritu y se le oía repetir alegremente: "Gracias os doy, mi Señor Jesucristo, gloria sea dada a vuestro nombre porque veo muy cerca lo que tanto anhelé, y estoy segura de que con vuestra ayuda podré ver cumplida mi voluntad".Un día, a la hora de mayor silencio, mientras los suyos dormían, emprendió sigilosamente el camino de Barcelona, al rayar el alba. Hizo todo el trayecto a pie,  y llegado que hubo a las puertas de la ciudad, y así que entró, oyó la voz del pregonero que leía el edicto, y se fue intrépida al foro. Allí vio a Daciano sentado en su tribunal y, penetrando valerosamente por entre la multitud, mezclada con los guardianes, se dirigió hacia él, y con voz sonora le dijo: "Juez inicuo, ¿de esta manera tan soberbia te atreves a sentarte para juzgar a los cristianos? ¿Es que no temes al Dios altísimo y verdadero que está por encima de todos tus emperadores y de ti mismo, el cual ha ordenado que todos los hombres que Él con su poder creó a su imagen y semejanza le adoren y sirvan a Él solamente? Ya sé que tú, por obra del demonio, tienes en tus manos el Poder de la vida y de la muerte; pero esto poco importa".Daciano, pasmado de aquella intrepidez, mirándola fijamente, le respondió, desconcertado: "Y ¿quién eres tú, que de una manera tan temeraria te has atrevido, no sólo a presentarte espontáneamente ante el tribunal, sino que, además, engreída con una arrogancia inaudita, osas echar en cara del juez estas cosas contrarias a las disposiciones imperiales?".Mas ella, con mayor firmeza de ánimo y levantando la voz, dijo: "Yo soy Eulalia, sierva de mi Señor Jesucristo, que es el Rey de los reyes y el Señor de los que dominan: por esto, porque tengo puesta en Él toda mi confianza, no dudé siquiera un momento en ir voluntariamente y sin demora a reprochar tu necia conducta, al posponer al verdadero Dios, a quien todo pertenece, cielos y tierra, mar e infiernos y cuanto hay en ellos, al diablo, y lo que es peor, que quieres obligar a hacer lo mismo a aquellos hombres que adoran al Dios verdadero y esperan conseguir así la vida eterna. Tú les obligas inicuamente, bajo la amenaza de muchos tormentos, a sacrificar a unos dioses que jamás existieron, que son el mismo demonio, con el cual todos vosotros que le adoráis vais a arder otro día en el fuego eterno".Enfurecido y rabioso, Daciano mandó traer el potro. La extienden en él, y mientras unos esbirros la torturaban con garfios, otros le arrancaban las uñas. Pero Santa Eulalia, con cara sonriente, iba alabando a Dios Nuestro Señor, diciendo: "Oh Señor mío Jesucristo, escuchad a esta vuestra inútil sierva; perdonad mis faltas y confortadme para que sufra los tormentos que me infligen por vuestra causa, y así quede confuso y avergonzado el demonio con sus ministros".Díjole Daciano: "¿Dónde está este a quien llamas e invocas? Escúchame a mí, oh infeliz y necia muchacha. Sacrifica a los dioses, si quieres vivir, pues se acerca ya la hora de tu muerte y no veo todavía quién venga a librarte".Mas he aquí que Santa Eulalia, gozosa, le respondió: "Nunca vas a tener prosperidad, sacrílego y endemoniado perjuro, mientras me propongas que reniegue de la fe de mi Señor. Aquel a quien invoco está aquí junto a mí; y a ti no es dado el verle porque no lo mereces por culpa de tu negra conciencia y la insensatez de tu alma. Él me alienta y conforta, de manera que ya puedes aplicarme cuantas torturas quieras, que las tengo por nada".Desesperado ya Daciano mandó a los soldados que, extendida todavía sobre el potro, le aplicaran hachones encendidos para que pereciera envuelta en llamas. Al oír aquella decisión judicial, Santa Eulalia, contenta y alegre, repetía las palabras del salmo: "He aquí que Dios me ayuda y el Señor es el consuelo de mi alma. Dad, Señor, a mis enemigos lo que merecen, y confundidles; voluntariamente me sacrificaré por Vos y confesaré vuestro nombre, pues sois bueno, porque me habéis librado de toda tribulación y os habéis fijado en mis enemigos". Y habiendo dicho esto, las llamas empezaron a volverse contra los mismos soldados. Viendo lo cual Santa Eulalia, levantando la vista al cielo, oraba con voz más clara todavía, diciendo: "Oh Señor mío Jesucristo, escuchad mis ruegos, compadeceos misericordiosamente de mí y mandad ya recibirme entre vuestros escogidos en el descanso de la vida eterna, para que, viendo vuestros creyentes la bondad que habéis obrado en mí, comprueben y alaben vuestro gran poder".Luego que hubo terminado su oración se extinguieron aquellos hachones encendidos que, empapados como estaban en aceite, debían haber ardido por mucho tiempo, no sin antes abrasar a los verdugos que los sostenían, los cuales, amedrentados, cayeron de hinojos, mientras Santa Eulalia entregaba al Señor su espíritu, que voló al cielo saliendo de su boca en forma de blanca paloma. El pueblo que asistía a aquel espectáculo, al ver tantas maravillas, quedó fuertemente impresionado y admirado, en especial los cristianos, que se regocijaban por haber merecido tener en los cielos como patrona y abogada una conciudadana suya.Pero Daciano, al ver que después de aquella enconada controversia y que, a pesar de tantos suplicios, nada había aprovechado, descendió del tribunal, mientras, enfurecido, daba la orden de que fuera colgada en una cruz y vigilada cautelosamente por unos guardianes: "Que sea suspendida en una cruz hasta que las aves de rapiña no dejen siquiera los huesos". Y he aquí que al punto de ejecutarse la orden cayó del cielo una copiosa nevada que cubrió y protegió su virginidad. Los guardas, aterrorizados, la abandonaron para seguir vigilándola a lo menos desde lejos, según se les había ordenado.Tan pronto se divulgó lo acaecido por los poblados circunvecinos de la ciudad, muchos quisieron ir a Barcelona para ver las maravillas obradas por Dios. Sus mismos padres y amigas corrieron enseguida con gran alegría, pero lamentando al propio tiempo no haber conocido antes lo sucedido. Después de tres días que Santa Eulalia pendía de la cruz, unos hombres temerosos de Dios la descolgaron con gran sigilo, sin que se dieran cuenta los soldados o guardianes; y habiéndosela llevado, la embalsamaron con fragantes aromas y amortajaron con purísimos lienzos.3.      En la vida y en la muerte de los mártires, como sucedió con Santa Eulalia, se cumple a la perfección el evangelio de Jesucristo. Impresiona comprobar la fortaleza de su fe ante el martirio y la valentía con la que afrontaron los tormentos. Actúan siempre desde la serenidad que nace de su confianza ilimitada en el Señor y, a imitación del Maestro, ofrecen gestos y palabras de perdón y de paz para todos, incluso para sus verdugos. Ellos manifiestan una experiencia honda del amor de Dios. Impulsados y sostenidos por este amor, y como respuesta al mismo, quienes han padecido el martirio no dudan en profesar la fe hasta las últimas consecuencias, mostrando de este modo una perfecta unidad entre lo que creen y lo que hacen, entre lo que confiesan y esperan alcanzar. Han entendido a la perfección aquella enseñanza de Jesús, según la cual “nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos” (Jn. 15, 13).Pero, además, los mártires confiesan la verdad que da sentido a sus vidas hasta las últimas consecuencias. Saben que esta defensa de la verdad puede acarrearles persecución, sufrimiento e, incluso, la misma muerte, pero conocen también que, como hijos amados de Dios, están llamados a heredar la vida eterna, si no ocultan la luz que ha sido encendida en sus corazones por el Espíritu Santo y si, rechazando el pecado y las obras de las tinieblas, confiesan a Jesucristo como la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo.  4.      Este testimonio de los mártires debe estar siempre muy vivo en la Iglesia y en el corazón de cada cristiano. Los mártires de la Iglesia lo son porque en sus personas ha triunfado la fe, el talante evangélico y la fidelidad a Cristo. Ellos nos emplazan hoy a vivir nuestra pertenencia al Señor y a dar público testimonio de su amor y salvación superando los miedos y el respeto humano. El Papa Juan Pablo II nos lo recordaba con ocasión del gran Jubileo del año 2000, cuando pedía que permaneciese viva, en este momento de la historia, la memoria de tantos hermanos y hermanas nuestros, que pasaron por la dura experiencia del martirio. La velocidad de la vida y la rápida sucesión de los acontecimientos pueden hacernos olvidar que la experiencia del martirio, no solo afecta a la Iglesia de los primeros siglos, sino que es una realidad que acompaña toda la historia de la Iglesia.Concretamente, más del sesenta por ciento de los mártires reconocidos por la Iglesia pertenecen al siglo pasado. Miles de cristianos fueron perseguidos, torturados y asesinados en los cinco continentes por el mero hecho de confesar a Jesucristo muerto y resucitado o por acudir con el resto de la comunidad cristiana a celebrar la fe. La experiencias vividas en los campos de concentración nazis y soviéticos o la persecución religiosa padecida en España, sin citar otras realidades que están en la mente de todos, nos permiten tener muy presente la realidad del martirio. En la actualidad, aunque no aparezcan recogidas en los medios de comunicación, son frecuentes las noticias que nos hablan de encarcelamientos, torturas o desapariciones de obispos, sacerdotes, religiosos y cristianos laicos en China, en Sudán, en la India, en Irak o en otros países. Detrás de estos comportamientos violentos suele estar casi siempre el fanatismo, el fundamentalismo o la falta de respeto a la libertad religiosa, que lleva consigo la manifestación pública de las propias creencias.Las persecuciones, del tipo que sean, no surgen de modo espontáneo. En la preparación de las mismas intervienen factores culturales, políticos y sociológicos, que van fraguando y alimentando una postura de hostilidad hacia los creyentes en Jesús. Al activarse modelos sociales o antropológicos, que chocan con el modelo evangélico, y al rechazarse la verdad sobre Dios y sobre la dignidad de la persona, se generan actitudes de odio a la fe que, en sus manifestaciones más extremas, derivan en diversas situaciones de violencia.Ciertamente, en nuestro país nos ha tocado vivir unos tiempos, en los cuales, como consecuencia del relativismo y del secularismo imperantes, muchos han perdido el sentido de lo sagrado, se han olvidado de Dios y han relegado a un segundo plano en sus vidas la dimensión espiritual de la persona. Esto está provocando un rechazo de los valores absolutos y permanentes y, consecuentemente, un desprecio por parte de algunos de los valores y de los signos religiosos. En la actualidad se interpreta como signo de progreso y de modernidad el desprecio a lo religioso, como si la práctica y defensa de los valores del Reino, como son la verdad y la justicia, el amor y la paz, fuesen un obstáculo para el desarrollo de la sociedad, para la convivencia social y para la consecución del bien común. Por ello se pide que la religión y las prácticas religiosas queden relegadas al ámbito intimista de la conciencia personal y, de este modo, no tengan repercusión en la vida pública.Estoy seguro de que algunos de vosotros habréis tenido que sufrir desprecio o mofa por manifestar vuestra condición de cristianos. En otros casos me imagino que habréis experimentado que la religión en los ambientes laborales y estudiantiles, en algunos medios de comunicación y en la misma convivencia social es menospreciada y relegada a un segundo plano. Es más, alguno habrá percibido que la religión y la misma Iglesia reciben un trato hostil de sus actos como consecuencia de interpretaciones subjetivas y alejadas de la realidad.Al constatar este conjunto de actitudes y comportamientos, no debemos olvidar que la persecución y las dificultades son connaturales con el anuncio del Evangelio. Jesús ya les recordaba a los suyos que el discípulo no era más que el Maestro y que, si a El le habían perseguido, también ellos experimentarían la persecución. San Agustín dirá, refiriéndose a los mártires: “Todos los tiempos son de martirio. No se diga que los cristianos no sufren persecución; no puede fallar la sentencia del Apóstol: 'todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución'. Todos, dice, a nadie excluye, a nadie exceptuó. Si quieres probar la certeza de ese dicho empieza tú a vivir piadosamente, y verás cuánta razón tuvo para decirlo" (San Agustín, Sermón 6).Teniendo en cuenta estas enseñanzas y el testimonio de los mártires, todos debemos escuchar la invitación del Señor a purificar nuestras creencias religiosas y a vivir más consciente y responsablemente nuestra fe en Jesucristo. Para ello debemos crecer en nuestra formación cristiana y en nuestra relación con Jesucristo en la oración. Solo así podremos dar razón de nuestra esperanza y no sentiremos vergüenza de nuestra condición de creyentes. Aún más, experimentaremos el gozo interior de confesar públicamente aquello que creemos, desde una actitud de verdadera libertad y de auténtico amor a nuestros semejantes. Unidos a Cristo y acogiendo su gracia, podremos ofrecer a los hombres de nuestro tiempo el amor de Dios y su infinita misericordia, podremos decirles que somos felices porque el Señor da sentido a nuestra existencia y alienta nuestra esperanza en el más allá de esta vida. En los momentos más difíciles, si vivimos desde la fe y nos dejamos guiar por la Palabra de Dios, encontraremos la paz del corazón y el consuelo de Dios que el mundo nunca podrá ofrecernos.Invoquemos en este día sobre nosotros y sobre toda la Ciudad la especial protección de Santa Eulalia y pidámosle que, al contemplar su vida y su testimonio creyente, no tengamos miedo a confesar con obras y palabras nuestra fe en Jesucristo, el único Salvador de la humanidad. Dios es fiel y no permitirá nunca que las dificultades y las pruebas de la vida superen nuestras fuerzas.

 
     

 

 

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