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HOMILÍA EN LA SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI EN LA S.I. CATEDRAL

10/6/2007
1.      La celebración de la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, de tan honra raigambre en el pueblo cristiano al que pertenecemos todos los aquí presentes. Esta fiesta es un día especial, siendo una cita importante para cada comunidad cristiana. Esta fiesta tuvo in origen preciso en un determinado contexto histórico y cultural, pues surgió con el objetivo preciso de reafirmar abierta y públicamente la fe del Pueblo de Dios realmente presente en la Eucaristía. Es una fiesta instituida para adorar, alabar y agradecer de forma notable al Señor, que “en el Sacramento eucarístico continua a amarnos hasta el extremo, hasta el extremo de darnos su Cuerpo y su Sangre” (Sacramentum caritatis, 1).2.      La celebración eucarística de esta tarde nos lleva al clima espiritual del Jueves Santo, el día en el cual, en la víspera de su Pasión, Jesús instituyó en el Cenáculo el admirable Sacramento de la Eucaristía. De ese modo,  el Corpus Domini vuelve a considerar el misterio del Jueves Santo, casi como obedeciendo al mandato de Jesús de “pronunciar desde los tejados” lo que Él nos dice en el secreto (cfr Mt 10,27). El don de la Eucaristía los Apóstoles lo recibieron del Señor en la intimidad de la Ultima Cena, pero estaba destinado a todos, al mundo entero. Por eso, debe ser anunciado y expuesto abiertamente para que cada uno pueda encontrar a Jesús que pasa, como ocurría por las calles de Galilea, de Semaría y de Judea, para que cada uno, recibiéndolo, pueda ser curado y renovado con la fuerza de su amor. Esta tarde, queridos hermanos, la herencia viva y perpetua herencia que Jesús nos la dejado en el Sacramento de su Cuerpo y Sangre está presente entre nosotros de una forma especial. Esa herencia nos pide acogerla, pensada con nuevo estupor, vivida más plenamente, para que como decía Pablo VI, pueda “imprimir su inagotable eficacia todos los días de nuestra vida mortal”.3.      En su reciente Exhortación postsinodal sobre la Eucaristía, comentando la exclamación del sacerdote después de la consagración: “Este es el Sacramento de nuestra fe”, el Papa Benedicto XVI comenta que con estas palabras se proclama el misterio celebrado y se manifiesta la admiración ante la conversión sustancial del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre del Señor, una realidad que supera la capacidad de comprensión humana. (n. 6). Precisamente porque se trata de una realidad misteriosa que supera nuestra comprensión, no debe de extrañarnos que incluso hoy muchos tengan dificultad en aceptar la presencial real de Cristo en la Eucaristía. No puede ser de modo diverso. Ya fue así en los comienzos, cuando en la sinagoga de Cafarnaún, Jesús manifestó claramente que había venido para darnos como alimento su Cuerpo y su Sangre  (cfr Jn 6,26-58). El lenguaje usado por Jesús les pareció "duro" y muchos se echaron para atrás. Hoy, como entonces, la Eucaristía es un  "signo de contradicción" y no puede ser de otro modo, porque un Dios que se hace carne y se entrega a si mismo para la vida del mundo hace entrar en crisis la sabiduría de los hombres. Pero con humilde confianza, la Iglesia conserva la fe de Pedro y de los otros Apóstoles y con ellos proclama, y proclamamos nosotros: “Señor, ¿a quién iremos, si sólo tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6,68). Renovemos, pues, también nosotros en esta tarde la profesión de fe en Cristo vivo y presente en la Eucaristía, con la certeza de que el pan se transforma en Carne de Cristo, el vino se transforma en Sangre de Cristo. ".3.      La Secuencia del Corpus, que se lee hoy después de las lecturas, dice en su punto culminante:  "Ecce panis angelorum, / factus cibus viatorum: / vere panis filiorum – He ahí el pan de los ángeles, el pan de los peregrinos, verdadero pan para los hijos”. Por la gracia del Señor, nosotros somos hijos. La Eucaristía es la comida reservada a aquellos que en el Bautismo han sido librados de la esclavitud y han llegado a ser hijos; es la comida que les sostiene en el largo camino del éxodo que es la existencia humana. Como fue el maná para el pueblo de Israel, así para cada generación cristiana es el alimento indispensable para sostenernos mientras caminamos por el desierto de este mundo, lleno de sistemas ideológicos y económicos que no defienden la vida, sino que la atacan;  un mundo donde domina la lógica del poder y del tener más que la del servicio y del amor; un mundo donde con frecuencia triunfa la cultura de la violencia y de la muerte. Pero en esa situación, Jesús sale a nuestro encuentro y nos da seguridad. Él es el mismo "pan de la vida" (Jn 6,35.48). El pan vivo bajado del cielo, quien come de ese pan, vivirá para siempre.4.      En el pasaje evangélico proclamado antes, san Lucas, contándonos el milagro de la multiplicación de los cinco panes y los dos peces, con los que Jesús sació el hambre de la multitud en una zona desierta, concluye diciendo: “Todos comieron y se saciaron” (cfr Lc 9,11b–17). Quisiera destacar aquel “todos”  En efecto, es deseo del Señor que cada persona se alimente de la Eucaristía, porque la Eucaristía es para todos. Si el Jueves  Santo se pone de relieve la íntima relación que hay entre la Ultima Cena y el misterio de la muerte de Jesús, hoy se pone de relieve, con la procesión y la adoración de la Eucaristía llevadas a cabo de forma solemne y pública, que Jesús se ha inmolado por toda la humanidad. Su paso entre las casas y las calles de nuestra Ciudad , será, para los que allí viven y lo contemplan con los ojos de la fe y del amor, una ofrenda de alegría, de vida inmortal, de paz.En el pasaje evangélico hay otro elemento que destaca también: el milagro realizado por el Señor contiene una invitación explícita a ofrecer cada uno la propia contribución. Los cinco peces y los dos panes sirven para indicar que nuestra aportación, pequeña pero necesaria, él la transforma en un don de amor para todos. La ’Eucaristia es, pues, una llamada a la santidad y al servicio generoso a los hermanos, porque nuestra vocación es, como la de Cristo, ser pan partido para la vida del mundo.Esta invitación, nuestro Señor y Redentor la dirige en concreto a nosotros, queridos hermanos y hermanas de Ibiza, reunidos en esta Iglesia catedral,, y a los que renuevo mi saludo. Al concluir la celebración eucarística, nos uniremos todos en la procesión, casi como llevando idealmente a Jesús por todas las calles y barrios de Ibiza. Le daremos entrada, por decirlo de algún modo, en lo ordinario de nuestra vida, para que Él vea por dónde caminamos, para que viva donde vivimos nosotros. Nosotros caminamos por las calles de nuestro mundo sabiendo que le tenemos a nuestro lado, sostenidos por la esperanza de verle un día abiertamente, cara a cara, en el encuentro definitivo.I        Mientras tanto, escuchemos una vez más, su voz que nos repite, como leemos en el Apocalipsis: “Yo estoy a la puerta y llamo; si alguno me escucha mi voz y me abre, entraré y cenaremos juntos” (Ap 3,20). La fiesta del Corpus Domini nos quiere recordar, a pesar de la dureza de nuestro oído interior, esta llamada del Maestro: Jesús llama a la puerta de nuestro corazón y pide que le dejemos entrar, no sólo un día, sino para siempre

 
     

 

 

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