1. Doy gracias a Dios por poder estar hoy aquí con vosotras en esta fiesta especial, fiesta de la Iglesia diocesana entera, cuando tres religiosas, con historias personales diferentes, una transcurrida la mayor parte en Sant Jordí, las otras en Bohol (Filipinas), tiene el valor, que siempre da la gracia divina, de consagrar sus vidas a Dios, con el deseo de ser en medio de este mundo punto de encuentro con Dios, referencia permanente de su presencia en la medio de la historia, presencia providente de Dios. La solemne profesión perpetua en este Monasterio es la explicación de una bella historia protagonizada por Dios con cada una de vosotras ¡Qué historia maravillosa ha ido realizando Dios con vosotras, queridas hermanas! ¡Qué acompañamiento, consentido por vosotras, hizo Dios a través de vuestras vidas hasta llegar este momento que aquí y ahora estamos viviendo todos! Ha sido algo singular y único. Dios, con cada una de vosotras, ha esculpido, con su gracia y con su amor, la más bella obra de arte que uno se pueda imaginar, pues con su gracia y amor os ha puesto un corazón nuevo. Sí, un corazón nuevo. Un día, que cada una de vosotras conserva para siempre en la memoria, os llamó y os habló en lo más profundo de vuestra vida, de tal manera que se hicieron verdad estas palabras que hemos escuchado de la Carta a los Efesios: «El nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo”. Frente a todas las seducciones que tiene este mundo y tras las cuales van tantos hombres y mujeres, Dios ha tenido con vosotras una gracia especial: no ha querido que fueseis cautivadas por cosas, incluso por muy buenas que fueren, sino que ha querido seduciros Él mismo: su persona os ha impresionado con tal hondura, que habéis dejado que os hable al corazón. Y en esa conversación con Dios, habéis tomado la decisión más grande que un ser humano puede realizar: poner toda la vida al servicio de Dios y, desde Él, al servicio de los hombres. ¡Qué amor os manifestado Dios mismo! ¡Qué manera de contar con vuestras vidas para hacer su obra!: «Meteré mi ley en su pecho, la escribiré en sus corazones ». Hermanas, nunca olvidéis lo que Dios hizo con vosotras: os ha elegido para ser para Él. Por eso las consecuencias en vuestra vida tienen que ser que la dedicación fundamental de vuestra vida ha de ser para Él. Solamente desde Él, podréis ser y hacer. A mí me gusta repetir una constatación: Cuando Dios te da una vocación, ya no sirves para nada más en esta vida, para absolutamente nada más, y si hacemos cosas fuera de esa vocación, son cosas inútiles. Por eso, solamente desde Él mantendréis la dirección clara de vuestra vida. Solamente desde Él tenéis la seguridad de que servís a los hombres y mujeres de este mundo, aunque sea desde el camino exigente y sacrificado del claustro. Por eso, centrar la vida en Él, ha de ser en vuestra existencia la gran tarea y el compromiso fundamental. La consagración en la vida religiosa adquiere aquí el sentido y la profundidad más bella. 2. ¿A qué tarea os ha llama Dios cuando os pide que hagáis una consagración perpetua de vuestras vidas? ¿Cuál va a ser vuestro trabajo fundamental? Nos lo ha dicho claramente el Evangelio invitándonos a llevar la cruz de Jesús y con Jesús. Por eso, la vida de la consagrada es predicar con l4a vida entera a Cristo Crucificado. «Nosotros predicamos a un Cristo Crucificado, escándalo para los judíos y locura para los gentiles...pero es Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios». ¿Qué es una tarea difícil? Nos lo dice, también, el Apóstol: «Considerad vuestra llamada...Dios ha escogido lo débil según elmundo para confundir a los fuertes...Por Él estáis vosotros en Cristo Jesús, que, de parte de Dios, se ha hecho para vosotros sabiduría, justicia, santificación y redención, a fin de que como está escrito, el que se gloríe, que se gloríe en el Señor". Esta es vuestra tarea, queridas hermanas, predicar, ser testigos de palabra y de obra de Cristo crucificado, en quien el amor de Dios se ha desbordado para los hombres. Vuestra vida tiene que ser un desbordamiento de ese mismo amor de Dios que habéis recibido. Buscad y dad siempre este Amor, que es Cristo mismo. ¡Qué belleza adquiere la vida humana, cuando se vive solamente para ser testigos de Cristo, que es fuerza y sabiduría de Dios, que es expresión clara, sencilla y patente del mismo amor, del cual tan necesitados están todos los hombres! 3. Encontrándonos tan cerca de la gran fiesta de la Inmaculada, quisiera presentaros los cimientos desde los que edificó su vida la Virgen María, la Madre de Jesús, el primer ser humano que consagró enteramente su vida a Dios y por ello enteramente a los hombres. Esos cimientos aparecen con una claridad muy grande en el evangelio de la Anunciación, que se proclamará el día de la fiesta de la Inmaculada, ya próxima: 1. Vivir sabiendo que Dios está con nosotros y que nos da su gracia para realizar lo que nos pide. A la Virgen María, el Señor le pidió la vida entera para hacerse presente entre los hombres. Nos dice el evangelio que ante aquella petición, «Ella se turbó», pero recibió una respuesta muy clara: «Has hallado gracia ante Dios». Cuando Dios llama a una consagración religiosa para siempre, pueden suscitarse preguntas e interrogantes. Siempre surgirán mientras estemos pensando desde nuestras propias fuerzas, pero cuando llega la fuerza de Dios las cosas son diferentes, son nuevas, pues ya el protagonismo no es nuestro, sino de Dios mismo. Lo único que Dios nos pide es que acojamos su propuesta de amor. Aceptada y contando siempre con Él, también nosotros podremos hacer todo lo que nos pide. Ello nos está exigiendo mantener una relación clara, directa con el Señor. Una relación constante. Un escuchar su Palabra, de tal manera que ésta sea para nosotros la que determine nuestra vida. Nos pide que nos encontremos con Él a través de la vida en comunidad, de la recitación de Oficio divino y de la recepción de los Sacramentos, especialmente de la Eucaristía y de la Penitencia. Celebrar la Eucaristía diariamente será para nosotros permanecer en esa comunión de vida y amor con quien nos ha llamado y nos invita a entregar la vida como Él mismo lo hace, hasta dar la última gota de la sangre; nos invita a vivir en una comunión con todos los hombres, recreando en nosotros para ellos la vida y el modo de relacionarse del Señor con todos los hombres. Celebrar con frecuencia el Sacramento de la Penitencia donde recibimos el perdón del Señor y donde al ponernos a la intensidad de su luz, descubrimos más las oscuridades que persisten en nuestra vida y las reconocemos ante el Señor, pidiéndole el perdón de las mismas y la gracia de que nos las quite, para reflejar cada día más y mejor su luz. 2. Dejarnos hacer por la gracia de Dios y confiar sólo en su Palabra que es la que realiza al ser humano. Al igual que la Virgen María, que oyó decir al ángel, «el Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra» y creyó en la verdad de aquellas palabras, «porque nada es imposible para Dios», también quien ha sido llamada para consagrar la vida perpetuamente mediante los votos, recibe la fuerza y la gracia de Dios. Y lo que nos parece difícil para nuestras fuerzas, es fácil cuando se cuenta con la gracia y con la fuerza que Dios da a quien le hace un encargo, como os lo hace a vosotras hoy. Por eso el «hágase en mí según tu Palabra» de la Virgen María, deben ser las palabras que ocupen el corazón y toda la vida, de tal manera que sean las que expliquen que la decisión fundamental de nuestra vida ha sido ponerla enteramente en manos de Dios. «Hágase en mí según tu Palabra», es lo mismo que decir, aquí me tienes Señor, haz de mí y en mí lo que Tú deseas. El Beato Charles de Foucault, gran creyente y gran religioso, se expresa así: “Enseguida que yo creí que Dios existe, entendí que no podía hacer otra cosa que vivir para Él solo, mi vocación religiosa nació en el mismo instante en el que nació mi fe. Dios es tan grande! Hay una diferencia inmensa entre Dios y todo lo que no sea Él.” Charles de Foucault, que se encontró con el rostro de Dios, expresa de este modo su “Hágase” en su famosa oración del abandono: “Padre, Me pongo en tus manos. Haz de mí lo que quieras. Sea lo que fuere, Por ello te doy las gracias. Estoy dispuesto a todo. Lo acepto todo, Con tal de que se cumpla Tu voluntad en mí Y en todas tus criaturas. No deseo nada más, Padre. Te encomiendo mi alma, Te la entrego Con todo el amor de que soy capaz, Porque te amo y necesito darme, Ponerme en tus manos sin medida, Con infinita confianza, Porque tu eres mi Padre”. Tened también vosotras una oración semejante y nunca fallaréis. 4. Estamos celebrando la eucaristía. Jesucristo se va a hacer presente realmente en el altar. El mismo Señor, que os llamó a seguirle con radicalidad, con la misma radicalidad que su Madre Santísima, viene a nosotros. El Señor, que os ha llamado a que viváis la maternidad de su Madre en la Iglesia. Entrando en comunión con Él, vivamos la experiencia de comunión con todos los hombres y la urgencia de hacer que sea conocido, alabado y acogido Jesucristo en el corazón de cada ser humano. |