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HOMILIA EN LA VIGILIA DE LA INMACULADA EN LA PARROQUA NUESTRA SEÑORA DE JESÚS

8/12/2007

1.      Me alegra encontrarme con vosotros en este lugar tan singular, uno de los lugares con más historia de nuestra Isla y donde se conserva uno de los tesoros de mayor valor artístico de los que disponemos aquí. Me alegra encontrarme con los jóvenes de la diócesis en todas las ocasiones que sea posible. Ya en el día de mi ordenación episcopal os decía desde la Catedral: “El meu salut vull que sigui manifestació de l’afecte d’un amic pels nens i per la joventut”. Con aquel mismo afecto, que el paso del tiempo no ha hecho sino aumentar, me dirijo ahora a vosotros, asegurándoos mi cercanía, mi deseo de compartir vuestras alegrías y tristezas, y sobre todo, las esperanzas más íntimas que lleváis en el fondo del corazón. A la vez, os aseguro que cada día pienso en vosotros en la oración, y, por ello, pido a Dios que os conceda el don de una vida plena y feliz, una vida llena de sentido y compromiso, en definitiva, una vida verdadera.         

He tenido oportunidad de ir conociéndoos a muchos de vosotros; en primer lugar a los que he administrado el Sacramento de la Confirmación, sea en la celebración de la liturgia como en las reuniones preparatorias de la misma; también, con ocasión de las visitas a las parroquias; también en algunas experiencias de convivencia que la diócesis organiza, como la Ruta Gent Jove, las acampadas en Els Cubells, etc. Todo ello me ha ido proporcionando el conocimiento de una juventud que es el futuro de la Iglesia y de la humanidad. Tengo motivos, pues, para llamaros amigos y quisiera serlo de verdad para cada uno de vosotros.        

Nos encontramos en una velada especial, en la que se entrelazan oraciones, cantos y silencios, una velada llena de esperanzas y profundas emociones. Nos encontramos en la vigilia de la Inmaculada, una fiesta tan grande que no basta un solo día para poderla celebrar: por eso, la empezamos a celebrar ya desde las primeras horas de la noche anterior.

A este lugar habéis llegado impulsados por mil motivos diversos: unos por pertenecer a un grupo; otros, invitados por algún amigo o empujados por el sacerdote de vuestra parroquia; otros, por íntima convicción; otros,  con alguna duda en el corazón; y otros, por simple curiosidad... Cualquiera que sea el motivo que os ha traído aquí, quiero deciros que quien nos ha reunido aquí, aunque hace falta valentía para decirlo, es el Espíritu Santo. Sí, esto es lo que ha sucedido. Quien os ha guiado hasta aquí es el Espíritu. Habéis venido con vuestras dudas y vuestras certezas, con vuestras alegrías y vuestras preocupaciones. Ahora nos toca a todos nosotros, a todos vosotros, abrir el corazón y ofrecer todo a Jesús.

2.      Hemos escuchado en la lectura del Evangelio cómo una joven decidida y valiente, como hay que ser, le ha dicho a Dios: “Aquí estoy, hágase en mí según tu palabra”. Y ¿qué tenéis que decir también vosotros? Probad a decir desde el fondo de vuestro corazón:”Heme aquí. Ciertamente no soy todavía como tú quisieras que fuera; ni siquiera logro entenderme a fondo a mí mismo, pero con tu ayuda estoy dispuesto a seguirte. Señor Jesús, esta noche quisiera hablarte, haciendo mía la actitud interior y el abandono confiado de aquella joven que hace dos mil años pronunció su "sí" al Padre, que la escogía para ser tu Madre. El Padre la eligió porque era dócil y obediente a su voluntad". Como ella, como la pequeña María, cada uno de vosotros, queridos jóvenes amigos, diga con fe a Dios:”Heme aquí, hágase en mí según tu palabra".

3.      ¡Qué espectáculo tan admirable de fe joven y comprometedora estamos viviendo esta noche! Esta noche, gracias a vosotros, este pueblo de Jesús, con su simpática parroquia, se ha convertido en la capital espiritual de los jóvenes. En este momento nos sentimos, en cierto modo, rodeados por las expectativas y las esperanzas de todos los jóvenes de Ibiza y Formentera. En esta misma hora unos están en vela, otros se encuentran durmiendo y otros están estudiando o trabajando; unos esperan y otros desesperan; unos creen y otros no logran creer; unos aman la vida y otros, en cambio, la están desperdiciando.

Por desgracia, hoy, con frecuencia, muchos jóvenes creen que una existencia plena y feliz es un sueño difícil, a veces casi irrealizable. Muchos coetáneos vuestros piensan en el futuro con miedo y se plantean no pocos interrogantes. Se preguntan, preocupados: ¿Cómo integrarse en una sociedad marcada por numerosas y graves injusticias y sufrimientos? ¿Cómo reaccionar ante el egoísmo y la violencia, que a menudo parecen prevalecer? ¿Cómo dar sentido pleno a la vida?

Con amor y convicción os repito a vosotros, jóvenes aquí presentes, y a través de vosotros a vuestros coetáneos de Ibiza y Formentera a los que os pido les habléis de esta vigilia: ¡No tengáis miedo! Cristo puede colmar las aspiraciones más íntimas de vuestro corazón. ¿Acaso existen sueños irrealizables cuando es el Espíritu de Dios quien los suscita y cultiva en el corazón? ¿Hay algo que pueda frenar nuestro entusiasmo cuando estamos unidos a Cristo? Nada ni nadie, diría el apóstol san Pablo, podrá separarnos del amor de Dios, en Cristo Jesús, Señor nuestro (cf. Rm 8, 35-39).

Permitidme que os repita esta tarde: cada uno de vosotros, si permanece unido a Cristo, puede realizar grandes cosas. Por eso, queridos amigos, no debéis tener miedo de soñar, con los ojos abiertos, en grandes proyectos de bien y no debéis desalentaros ante las dificultades. Cristo confía en vosotros y desea que realicéis todos vuestros sueños más nobles y elevados de auténtica felicidad.

Nada es imposible para quien se fía de Dios y se entrega a Dios. Mirad a la joven María. El ángel le propuso algo realmente inconcebible: participar del modo más comprometedor posible en el más grandioso de los planes de Dios, la salvación de la humanidad. Como hemos escuchado en el evangelio, ante esa propuesta María se turbó, pues era consciente de la pequeñez de su ser frente a la omnipotencia de Dios, y se preguntó: ¿Cómo es posible? ¿Por qué precisamente yo? Sin embargo, dispuesta a cumplir la voluntad divina, pronunció prontamente su "sí", que cambió su vida y  la  historia de la humanidad entera. Gracias a su "sí" hoy también nosotros nos encontramos reunidos esta noche.

4.      Me pregunto y os pregunto: lo que Dios nos pide, por más arduo que pueda parecernos, ¿podrá equipararse a lo que pidió a la joven María? Queridos amigos y amigas, aprendamos de María a pronunciar nuestro "sí", porque ella sabe de verdad lo que significa responder con generosidad a lo que pide el Señor. María, queridos jóvenes, conoce vuestras aspiraciones más nobles y profundas. Conoce bien, sobre todo, vuestro gran anhelo de amor, vuestra necesidad de amar y ser amados. Mirándola a ella, siguiéndola dócilmente, descubriréis la belleza del amor, pero no de un amor que se usa y se tira, pasajero y engañoso, prisionero de una mentalidad egoísta y materialista, sino del amor verdadero y profundo.

En lo más íntimo del corazón, todo muchacho y toda muchacha que se abre a la vida cultiva el sueño de un amor que dé pleno sentido a su futuro. Para muchos este sueño se realiza en la opción del matrimonio y en la formación de una familia, donde el amor entre un hombre y una mujer se vive como don recíproco y fiel, como entrega definitiva, sellada por el "sí" pronunciado ante Dios el día del matrimonio, un "sí" para toda la vida. Sé bien que este sueño hoy es cada vez más difícil de realizar. ¡Cuántos fracasos del amor contempláis en vuestro entorno! ¡Cuántas parejas inclinan la cabeza, rindiéndose, y se separan! ¡Cuántas familias se desintegran! ¡Cuántos muchachos, incluso entre vosotros, han visto la separación y el divorcio de sus padres!

A quienes se encuentran en situaciones tan delicadas y complejas quisiera decirles esta noche: la Madre de Dios, la comunidad de los creyentes, con el Obispo a la cabeza, están cerca de vosotros y oran para que la crisis que afecta a las familias de nuestro tiempo no se transforme en un fracaso irreversible. Ojalá que las familias cristianas, con la ayuda de la gracia divina, se mantengan fieles al solemne compromiso de amor asumido con alegría ante el sacerdote y ante la comunidad cristiana el día solemne del matrimonio.

Frente a tantos fracasos con frecuencia se formula esta pregunta:” ¿Soy yo mejor que mis amigos y que mis parientes, que lo han intentado y han fracasado? ¿Por qué yo, precisamente yo, debería triunfar donde tantos otros se rinden?". Este temor humano puede frenar incluso a los corazones más valientes, pero hoy, en este lugar entrañable de la Parroquia de Nuestra Señora de Jesús, en la vigilia de la Inmaculada, la Virgen María os repetirá a cada uno de vosotros, queridos jóvenes amigos, las palabras que el ángel le dirigió a ella:  "¡No temáis! ¡No tengáis miedo! El Espíritu Santo está con vosotros y no os abandona jamás. Nada es imposible para quien confía en Dios".

5.      Eso vale para quien está llamado a la vida matrimonial, y mucho más para aquellos a quienes Dios propone una vida de total desprendimiento de los bienes de la tierra a fin de entregarse a tiempo completo a su reino. Algunos de entre vosotros podríais emprender, ¿por qué no?, el camino del sacerdocio, de la vida consagrada.

Queridos jóvenes, si el Señor os llama a vivir más íntimamente a su servicio, responded con generosidad. Tened la certeza de que la vida dedicada a Dios nunca se gasta en vano. Queridos jóvenes, antes de concluir estas palabras, quiero abrazaros con corazón de padre. Os abrazo a cada uno, y os saludo cordialmente. Idealmente estaremos unidos mañana para el momento más importante de esta fiesta,  cuando Jesús mismo se haga realmente presente en su Palabra y en el misterio de la Eucaristía.

 
     

 

 

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