1. Esta es la Noche de paz, noche de amor, como dice la antigua canción navideña que en estos días se repite en todos los ángulos de la tierra. En esta noche santa resuena una muy buena noticia, una gran noticia, la noticia más grande de todos los tiempos: el Nacimiento de Jesús. Esta noticia, cada año, vuelve a llenar la mente y el corazón de cada hombre y de los pueblos de una gran alegría. Jesús nació en Belén de Judá, y no nace una segunda vez, pero todos, creyentes o no, pueden encontrar consuelo recogiéndose ante la sencilla cuna del belén contemplando más que comprendiendo este misterio. San Lucas, en el evangelio que hemos proclamado esta Noche Santa coloca el nacimiento de Jesucristo dentro del marco de la historia de la humanidad, que en aquellos momentos casi se confunde con la historia del Imperio romano. Lo que ocurrió en la gruta de las afueras de Belén, en la humildad y la sencillez, de modo escondido a los ojos de los hombres, fue el acontecimiento definitivo que cambió la historia de la humanidad. 2. La alegría, don de la Navidad. La Navidad no es un mito; la Encarnación del Verbo, de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad no es una fábula. El haber salido de calor de nuestras casas para venir hasta las iglesias en esta Noche fría no es algo cultural, ni un ceder ante una tradición arraigada, ni una manifestación folclorística. Las campanas de nuestras iglesias esta noche repican a fiesta, y como que nos invitan a disfrutar, a estar alegres, recordándonos el Acontecimiento de los acontecimientos, que sucedió hace muchos años: Dios ha entrado en el mundo. Jesús no trae alegría para algunos, como le sucedió a Herodes… algunos pueden pensar que una vida con Dios es sólo una vida de obligaciones y prohibiciones. Pero no es así: los ángeles, en el Evangelio que hemos escuchado nos han anunciado una “gran alegría para todo el pueblo”. Jesús nace como un niño que viene a traer la paz, a colmar la sed más profunda de nuestro corazón. Vivir son Dios es la cosa más triste que le puede suceder a una persona. 3. “No tengáis miedo”. En esta noche, el ángel ha invitado a los pastores a no tener miedo, y nos lo repite a cada uno de nosotros. Por eso, la Iglesia llama siempre a la esperanza. El Papa Benedicto XVI he publicado hace un mes una hermosa encíclica sobre la esperanza con el título “Spe salvi”. La esperanza cristiana, si es auténtica y se entiende bien no hace más angosto y lejano el horizonte de nuestra vida, no la hace más difícil, sino todo lo contrario: hace que elevemos la mirada, ayuda a respirar aire nuevo, fresco y limpio. Pero la esperanza cristiana no es una idea, sino que tiene un nombre: Jesucristo, el Hijo de Dios, hecho hombre por nosotros y entre nosotros. Si queremos vencer al miedo, hay que buscar a Jesucristo, acogerlo como compañero de viaje, ir con Él, seguirle. A Jesús le tienen miedo los que, como Herodes, quieren llevar una vida sin Él, al margen suyo o contra Él. Naciendo esta Noche en nosotros, se nos quiere acercar y pide que nos acerquemos a Él: si eso ocurre, tiene lugar un encuentro que puede cambiar la vida: se enciende la llama de la esperanza. La vida de cada persona es difícil, y por eso nos puede ayudar sólo quien es como nosotros pero al mismo tiempo distinto de nosotros. En esta noche, la luz que brota en la cueva de Belén que alumbra fuertemente a quien la quiera ver. Como cristianos, no podemos ceder a la tentación del desánimo y la queja porque Jesús, el único salvador, ha venido, viene y vendrá. Fijémonos como los pastores se movían entre la oscuridad de la noche, y encuentran la luz en Cristo. 4.”Encontraréis a un Niño envuelto en pañales”. Los pastores se han puesto en camino hacia un Niño. Y lo descubrirán en un pesebre. A veces buscamos la varita mágica, capaz de cambiar el mundo y nuestra situación en un momento, y después Dios nos sorprende con sus intervenciones simples y humildes, que no tienen nada que ver con los criterios con los que se mueve esta sociedad. En el Niño envuelto en pañales no tenemos que ver sólo una sentimental ternura, sino al Dios grande que, para entrar en la historia de los hombres se hace sencillo y pequeño, necesitado de nosotros: desde luego, sólo Dios es capaz de darnos esas sorpresas. Celebramos la Navidad, después de haberla celebrado en familia en cada casa, en el marco de la Eucaristía. Navidad es Eucaristía; en efecto, la palabra Belén significa “casa del pan”. También en la Eucaristía Jesús está presente en silencio, no se impone, espera nuestra visita y participación, está dispuesto a dejarse comer. Hay que redescubrir este inestimable don de la Eucaristía, en la cual se encuentra al prójimo, se fomenta la unidad, se da sabor auténtico a la vida. Cristo está siempre disponible para acogernos en su casa; sin embargo a veces nuestras iglesias se parecen un poco a la solitaria cueva de Belén, casi al margen de la vida de la gente. Como si las nuevas iglesias, los lugares que dan vida sean los supermercados y las discotecas, los gimnasios y los negocios. Y me pregunto: ¿cuál es la sociedad que nace en esos ambientes y de la lógica que los distingue? Es muy fuerte el contraste que hay entre el mundo que huele a viejo, a muerte y a egoísmo y Jesús Niño, que expande el perfume de la frescura del amor y de la entrega. Por eso, de una forma especial en esta noche se canta Gloria in excelsis Deo, et in terra pax, Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra. Acogiendo a Cristo en el corazón en esta noche, descubramos la belleza de la vida y trabajemos juntos por un mundo mejor, allí donde Dios nos ha puesto. Este es mi deseo y mi felicitación en esta Navidad. A tots us desig el millor en aquest Nadal, i que l’any que ve siga testimoni de la realizatçiò dels votres legitmits desitgos y de les vostres nobles aspiracions. Bon Nadal, i que molts anys el pugam veure a comenzar y acabar amb salud, alegría y gracia de Deu. |