1. Celebramos hoy, cerca de la urna que guarda sus restos mortales, la fiesta del Santo Arzobispo Juan de Ribera, fundador de este Real Colegio-Seminario de Corpus Christi y su aneja Capilla. En estos días, resuenan entre los muros de esta Capilla los Gozos a San Juan de Ribera que compuso Don Félix Senent, Rector que fue de esta Casa y mártir en la persecución religiosa que azotó a nuestro País en los convulsos años XXX del pasado siglo. Empiezan esos gozos –que los colegiales recordamos con afecto y emoción- diciendo que “Sevilla meció tu cuna”. Efectivamente, nuestro Santo nació en Sevilla, parece que en la llamada Casa de Pilatos hacía 1532. Su vida piadosa y académica fue un esfuerzo continuo para ser fiel testigo de Jesucristo. Hombre profundamente religioso, dedicó gran parte de su tiempo al estudio y la meditación de la Sagrada Escritura. Se cuenta de él que, levantándose temprano todos los días, se dedicaba hasta la una a la oración y al estudio de la Palabra de Dios. Pero esas horas dedicadas al estudio de la Sagrada Escritura no era en beneficio propio, para su provecho personal, para su propia santificación, sino que el deseo de adquirir amplios conocimientos bíblicos era para emplearlos después en el anuncio del Reino de Dios, en la difusión del mensaje evangélico de amor y paz, en la proclamación de la Buena Nueva que es Jesucristo; en definitiva, para ser voz de Dios en medio del mundo. Se anticipaba así a la certera exhortación del Concilio Vaticano II, cuando en la Constitución dogmática Dei Verbum dice “Es necesario, pues, que todos los clérigos, sobre todo los sacerdotes de Cristo y los demás que como los diáconos y catequistas se dedican legítimamente al ministerio de la palabra, se sumerjan en las Escrituras con asidua lectura y con estudio diligente, para que ninguno de ellos resulte "predicador vacío y superfluo de la palabra de Dios que no la escucha en su interior", puesto que debe comunicar a los fieles que se le han confiado, sobre todo en la Sagrada Liturgia, las inmensas riquezas de la palabra divina” (n. 25). 2. Esa intensa espiritualidad, reforzada con su amplia formación intelectual, le llevó, durante todos los años de su episcopado, a tener un verdadero celo pastoral, una constante preocupación por el pueblo de Dios a él encomendado, primero como Obispo de Badajoz, y después, por más de cuarenta años, como Arzobispo de Valencia. Sirvió a estas iglesias particulares con aquel estilo que san Agustín llama “amoris officium” (Tratados sobre el Evangelio de San Juan, 123,5). Ciertamente el Santo Patriarca fue modelo de prelados, tal y como el mismo Papa San Pío V dijo en el consistorio en el que le concedía el título de Patriarca de Antioquia: “Juan de Ribera es una lumbrera de toda España, singular ejemplo de virtud y de bondad, dechado de gloriosas costumbres y santidad… porque no sólo cumple con la obligación de obispo, sino con la de cura, ejercitándose él mismo en administrar los Sacramentos… Su vida es más de un religioso que de un prelado y muchos obispos en España siguen su ejemplo”. Por ello, los Gozos de don Félix Senent dice con razón y admiración: “ser Vos el mejor prelado, que jamás España diera”, apoyándose para ello no únicamente en la personal devoción al Patriarca, característica de los que aquí nos hemos formado, sino también en el juicio del Papa Santo de la época. 3. Hemos escuchado en la primera lectura el pasaje del Profeta Ezequiel que nos habla del buen pastor. En esta lectura se percibe enseguida cómo es el amor que Dios tiene a su pueblo: un amor gratuito y fiel, paternal y misericordioso, un amor que encuentra una expresión en el cuidado pastoral del rebaño elegido, atendiendo con predilección a las ovejas más débiles. En el Evangelio Jesús mismo gusta de presentarse él como Buen Pastor, que corre en búsqueda de las ovejas perdidas, cuida con desvelo a las descarriadas y cura a las heridas por la dureza del camino. A imagen del Buen Pastor, San Juan de Ribera fue en Valencia un gran pastor. Su fecundo episcopado dejó una huella profunda y firme que el paso del tiempo no ha podido suprimir. Su preocupación por el clero, por los fieles, por los religiosos, y sobre todo por la celebración del culto digno y reverente al Augusto Sacramento del Altar, son notas específicas de su perfil espiritual que perviven en esta Casa, don del Patriarca a la Iglesia valentina, del cual –es justo decirlo- nos beneficiamos también otras iglesias particulares, como la mía de Ibiza. Y como fruto de ello, como no puede ser de otra manera en cualquier espiritualidad que su diga cristiana, brota el amor preferencial, al estilo de Jesucristo, por los pobres y necesitados. Dirigiéndose a nuestro Santo, dicen también los Gozos ya citados anteriormente: “la caridad que os devora, vendidas van tus vajillas, socorre si se la implora a costa de maravillas, pues nunca fue desairado pobre que a Vos acudiera”. 4. San Juan de Ribera, siguiendo las orientaciones del Concilio de Trento, tuvo siempre la idea de erigir en Valencia un Colegio-Seminario para la formación de sacerdotes. Tenía claro que la renovación de la Iglesia dependía muy directamente de la renovación del clero. Deseaba para las parroquias "sacerdotes ejemplares y doctos". Esta intención recuerda la feliz expresión que le oí decir al Siervo de Dios Juan Pablo II: “las parroquias caminan con los pies de los párrocos”. Por eso fundó en 1583 este Real-Colegio Seminario, donde se educase a los futuros sacerdotes "con tan buena y santa disciplina que donde quiera que los vean den noticia de nuestra intención y de su diligencia, y muestren por su compostura interior y exterior el provecho que sacan de estar en esta Congregación". El mismo Papa Juan Pablo II, recordando la obra de nuestro Fundador decía: “El volcó en esa obra toda su sensibilidad y fineza de alma, para que los sacerdotes allí formados, siguiendo las directrices dadas poco antes por el Concilio de Trento, fueran ejemplares y doctos, y sirvieran fielmente a las iglesias como rectores y vicarios idóneos, como confesores y ministros útiles al servicio de Dios, como promotores de la devoción a la Eucaristía, que quiso ver vivida en la Capilla” (Discurso, 14 de diciembre de 1983). Y junto con este Colegio, la Capilla. Esta Capilla en la que nos encontramos, iba a tener una especial relevancia. Nos dice el Santo que: “Aunque nuestro primer intento ha sido fundar este dicho Colegio y Seminario, pero siempre ha estado firme en nuestro ánimo un vivo deseo de fundar juntamente una Capilla o Iglesia, donde se celebren los oficios divinos con veneración del Santísimo Sacramento y de la benditísima Virgen María, Señora y Abogada nuestra, y de todos los santos. Y que en tal Capilla o Iglesia, se observe en la celebración de los oficios divinos lo que está dispuesto en los Santos Concilios, y ha sido observado en los tiempos que florecía la disciplina eclesiástica, y lo que enseñan los autores que escriben de esta materia, conviene a saber, que se digan y canten con toda pausa y atención, y de manera que se conozca que los que cantan consideran que están delante de Dios, hablando con la suprema e infinita Majestad suya: que así mismo mueva a los oyentes a devoción y veneración de este Señor y de su santo Templo". Pese al paso del tiempo, entre las instituciones que gozan de tradición y popularidad, destaca en Valencia a este Real Colegio y Capilla de Corpus Christi: relicario de la liturgia y de la piedad, de las ciencias y de las bellas artes, remanso de paz, monumento original a Jesucristo sacramentado. Es obligado, en honor a la verdad y a la justicia, decir una palabra de reconocimiento a los Colegiales Perpetuos que la han regido a lo largo de los siglos de su ya dilatada existencia, pues con su generosidad y buen espíritu, en continuidad con el del Fundador, han hecho posible, frente a tantos desafíos y dificultades de todo orden, su pervivencia. Todo este edificio eleva e invita a honrar al Señor Sacramentado. Esta joya guarda en su interior no solo el cuerpo, sino también el espíritu de su santo Arzobispo Juan de Ribera, devoto fiel de la Eucaristía. 5. La gran devoción del Santo Patriarca, el eje fundamental de su vida fue el culto y la adoración al Santísimo Sacramento. Fue siempre consciente que en la Eucaristía se nos entrega el regalo más preciado que Dios pudo hacer a la humanidad: la presencia real de Jesucristo, como lo queso expresar en su lema episcopal: “Tibi post haec, Fili. mihi, ultra quid faciam”. Es Jesucristo que viene a hacerse presente entre nosotros, que viene a entregarse a nosotros bajo las especies del pan y del vino. La Eucaristía es, como se canta aquí, siguiendo la Liturgia del Corpus Christi, cada jueves en la antífona del Magnificat: “un sagrado banquete en que Cristo es nuestra comida, se renueva el memorial de su pasión, el alma se llena de gracia y se nos da la prenda de la gloria futura”. San Juan de Ribera nos enseña, queridos hermanos, a que nosotros hagamos también que la Eucaristía sea el centro y la cima de nuestra vida. No olvidemos nuca que la Iglesia vive de la Eucaristía, Ecclesia de Eucaristía, que la Eucaristía debe ser el centro de nuestras vidas, que de la Eucaristía debemos sacar las fuerzas necesarias para convertirnos, cada uno de nosotros, desde nuestra situación, en otros Cristos en medio del mundo para que el mundo tenga vida y la tenga en abundancia (Cf. Jn 10,10). San Juan de Ribera es la prueba de que podemos realizarlo, que podemos hacer de nuestra vida una alabanza a Cristo, que si nos nutrimos de la Eucaristía, con un corazón bien dispuesto, los que nos rodean al vernos a nosotros, al ver cómo actuamos podrán reconocer la presencia de Jesucristo. Ciertamente no van a faltarnos dificultades en nuestro camino, pero estoy seguro que si acudimos siempre a Jesucristo, que ha querido quedarse entre nosotros en el Santísimo Sacramento del Altar hasta el fin de los tiempos (Cf. Mt 20,28), el nos guiará y nos ayudará. Confiemos, pues, en Jesucristo, amémosle profundamente como le amó San Juan de Ribera. En ese camino acudimos a la intercesión y al ejemplo de nuestro Santo Arzobispo, y hoy y siempre le dirigimos nuestra súplica esperanzada: “A Jesús Sacramentado, ¿Quién cual vos amar pudiera? Por ser de Dios tan amado, sálvanos Juan de Ribera”. Que el Santo Juan de Ribera nos ayude a ser imagen de Jesucristo, a vivir por y para los demás. Que él nos ayude a ser testigos fieles del mensaje de amor y esperanza que es Jesucristo para los hombres. ¡ALABADO SEA EL SANTÍSIMO SACRAMENTO! |