El 31 de enero de 1817, tras una larga y paciente espera por parte del clero y pueblo fiel de la joven diócesis de Ibiza, el entonces obispo de la misma, fray Felipe González Abarca, pudo por fin consagrar con el crisma de la salvación este templo que nos cobija. Son resto visible de esa festiva y solemne dedicación las doce cruces inscritas dentro de círculos pintadas con almagre sobre las pilastras y paredes de todo el recinto, iluminadas hoy con la llama de su correspondiente cirio. También lo es esta tan humilde como entrañable celebración de la santa Misa, que, desde entonces, viene ofreciéndose ininterrumpidamente cada año en la efeméride, con la presencia de los capitulares. Así “revivimos”, conmemoramos el día en que el Señor se dignó llenar su casa de gloria y santidad (Cf. Orac. Ofr.). Es verdad que mucho antes, durante casi seis siglos, se habían celebrado aquí los divinos misterios, primero, al modo parroquial (1235); según estatuto catedralicio, después (1784). Entre estos muros había resonado con fuerza el anuncio y la predicación de la palabra de Dios, se habían cantado cotidianamente las alabanzas de las horas canónicas, se había engendrado de nuevo a innumerables hijos con las aguas de su venerable pila bautismal, se había dado la efusión del Espíritu Santo, perdonando, confirmando, uniendo a los esposos, consolando o ungiendo ministros del Señor, se habían ofrecido y consagrado sobre los altares las especies eucarísticas, alimento para los fieles y prenda de la vida eterna. Cristo estaba presente y actuaba en este lugar (Cf. Catecismo, 1181). Entonces, ¿por qué no estaba ya dedicado? Cabría buscar la respuesta que justificara la dilatada tardanza en las adversas circunstancias de las épocas medieval y moderna, sumidas en la inseguridad del permanente estado de guerra. Este edificio, que conocía las heridas de los cañonazos al alzarse prominente en primera línea de defensa, no podía ser consagrado para exponerse a la destrucción probable. También se explica el retraso por la nunca acabada arquitectura, que llevó a la casi total reconstrucción del edificio, durante la primera mitad del siglo XVIII; o por las diversas remodelaciones y mejoras de su interior, acometidas a partir de 1785, desde el pontificado del primer prelado, Manuel Abad y Lasierra, a saber: la ampliación y transformación del presbiterio y del coro, la colocación del templete con la nueva imagen de Santa María y el cambio de lugar de la mesa del altar en 1816, etc. Y si Cristo ya estaba presente y actuaba en este lugar, a esas alturas de la historia, ¿para qué el rito de consagración? ¿Cambiaban en algo estas antiguas piedras? Podríamos buscar la contestación en los canónes y en las rúbricas al uso, que lo exigían. Este argumento sería correcto, ajustado a la letra de las leyes eclesiásticas, pero en modo alguno a la verdadera intención de nuestros antecesores, quienes por encima de todo desearon ofrecer a Dios un culto en “espíritu y en verdad” (Jn 4,24). Quiso fray Felipe González Abarca, amante, estudioso y buen conocedor de las Escrituras, lo que sin duda han ansiado siempre los legítimos sucesores de los apóstoles: que con la consagración sacramental fueran transformadas las “piedras vivas” que habrían de elevar el “edificio espiritual” (1Pe 2,4-5) de la novel diócesis, de modo que todos y cada uno de sus fieles llegasen a ser “templos del Espíritu Santo, resplandecientes por la santidad de vida” (1Co 6,19 y Pref. Dedic. B). Desde entonces, el recinto sagrado de la Santa Iglesia Catedral es mucho más que un espacio de culto, que un edificio insigne por su arte y por su admirable historia de fe: verdaderamente significa y manifiesta a la Iglesia particular que vive y peregrina en las Pitiusas, la cual es "morada de Dios con los hombres reconciliados y unidos en Cristo". (Catecismo, 1180). Desde este santuario "Dios impone reverencia", "da fuerza y poder a su pueblo" (Sal 67,36). De todas las sedes catedralicias del mundo debe decirse que son “madre gozosa” (Pref. Dedic. B), pero de pocas como de la nuestra puede predicarse con tanta propiedad y verdad. Santa María la Mayor de Ibiza fue la única parroquia de estas islas durante siglos. En su seno, constantemente fecundado por el Espíritu, fueron surgiendo cual embriones las capillas, las iglesias urbanas y rurales, que asistidas puntualmente por presbíteros beneficiados de la matriz, facilitaron el acceso a la gracia de Dios a todos los habitantes de estas tierras. En 1662, merced a las disposiciones del arzobispo Francisco de Rojas-Borja, esos sencillos templos crecieron y adquirieron el rango de “vicarías”, con presencia continuada de capellán propio y reserva de la Eucaristía. Sólo la erección del obispado en 1782 les posibilitó madurar y convertirse en hijos adultos, obtener la categoría parroquial (1785). Conservarían, no obstante, más aún, en cierto modo acrecentarían dentro de una dimensión nueva y más profunda, su unión con la “madre”, adornada ahora con el título de Catedral. Hoy, con la participación festiva en la Eucaristía, debemos revivir aquí y en todas las parroquias de la diócesis la dedicación sólo para Dios de este espacio que nos identifica y significa. No simplemente como algo pasado digno de ser recordado, no. “En verdad, es justo y necesario” dar gracias al Padre por Jesucristo en el Espíritu, y renovar nuestra propia dedicación exclusiva al Señor como ungidos en el bautismo y en la ordenación sacerdotal; estrechar nuestros lazos de comunión con la “madre” y entre los hermanos, conscientes de que, a pesar de ser tan distintos, no podemos prescindir los unos de los otros, pues somos miembros del mismo cuerpo. El obispo y los canónigos en particular, tenemos la especial responsabilidad y el privilegio de cultivar en nosotros mismos e infundir “en las almas de los fieles el amor y la veneración por la catedral” (Caer. Ep. 45) con todos los medios a nuestro alcance: la asistencia frecuente y diligente al oficio coral, el fomento de esta misma fiesta de la dedicación, de las fiestas patronales, de peregrinaciones, de la Misa Crismal, las ordenaciones, etc. (Cf. Id.). Cada ibicenco y formenterano ha de llegar a sentirla como lo que es en verdad: la parroquia madre de todos. Puesto que “nada es amado si no es conocido”, en nuestra misión entra también enseñar y recordar a menudo la historia y el significado del primer templo. La sede es “signo del magisterio y de la potestad del pastor de la Iglesia particular y es además signo de la unidad en la fe que el obispo anuncia a los creyentes, como pastor de la grey” (Caer. Ep. 42). Ha de ser por ello el “centro de la vida litúrgica de la diócesis” (Id. 44), de donde salga la “Ley”, la “palabra del Señor” (Is 2), de donde fluyan los sacramentos, la gracia, hacia todas las comunidades, como el agua que manaba del santuario del templo (Cf. Ez 47). Hacia la encumbrada catedral, imagen terrena de la Jerusalén celestial, deben confluir todos los pueblos al escuchar la invitación: “Venid, subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob” (Is 2). La catedral, en fin, debe estimular nuestro deseo de avanzar en el camino ascendente de fe hacia las “moradas” eternas, donde alabaremos por siempre a nuestro Dios (Cf. Sal 83). Ojalá el Señor nos conceda poder cumplir fielmente la misión que nos ha encomendado, de tal manera que al contemplar nuestro modo de vivir y de actuar pueda llegar a decirse de nosotros, como del mismo Jesús, que el celo de su casa nos devora (Cf. Jn, 2). Que Santa María, titular de esta iglesia, nuestra excelsa patrona, vele e interceda constantemente por nosotros y nos lo alcance de su Hijo. |