1. La festividad de hoy nos invita a contemplar la presentación de Jesús en el Templo y la purificación de la Virgen María, que ya semanalmente meditamos en el rezo de los misterios gozosos del Santo Rosario. Junto con esta fiesta, celebramos también la Jornada de la Vida Consagrada, que este año tiene como lema “El Evangelio en el corazón”, pretendiendo así favorecer una valoración cada vez mayor de la Palabra de Dios entre los miembros de la vida consagrada en la Iglesia. Con ese motivo os reunís aquí los religiosos y religiosas de la diócesis para manifestar vuestra alegría por la llamada que un día recibisteis, gratitud por los dones que, a lo largo de vuestra vida vais recibiendo, confianza ante los retos del futuro. Los fieles diocesanos, los sacerdotes y el Obispo, en esta ocasión queremos manifestar nuestro agradecimiento a Dios por la presencia de consagrados y consagradas en la diócesis, que con tanta dedicación y entrega lleváis adelante obras educativas y caritativas, haciendo crecer en ese sentido a esta pequeña porción del Pueblo de Dios; nuestro reconocimiento por las vocaciones a la vida consagrada que han surgido en esta Iglesia particular, que han llevado a hijos de esta diócesis a abrazar el estado de vida de los consejos evangélicos, sea en las comunidades de estas Islas, sea en comunidades situadas fuera de nuestras fronteras, en un proceso que ha de continuar en el futuro; así mismo, demostraros que os queremos, confiamos en vosotros y, desde la conciencia de la necesidad, os pedimos que continuéis acompañando la marcha de esta Iglesia desde la fidelidad al carisma propio de cada uno. 2. El Evangelio en el corazón es el lema de este año. Recientemente, en mi peregrinación a la Tierra Santa, he quedado impactado al ver cómo muchos fieles israelitas, con las filacterias y otros utensilios, quieren externan la importancia de la presencia, incluso física, de la Palabra de Dios. A cualquier cristiano, y con mayor razón, se le pide que ponga la ley de Dios, ley de libertad, de alegría y gozo, en su corazón; de ese modo, así como el corazón es el motor de toda la vida física al bombear la sangre limpia por todo el organismo humano, sea la Palabra de Dios, la buena noticia la que convenientemente recorra todo nuestro ser y aporte así un móvil a nuestra actuación. De ese modo, lo que hagamos, lo que pensemos, lo que deseemos, no será fruto nuestro, sino que tendrá su origen y su meta en Dios, que nos habla y manifiesta su voluntad a través de la Palabra. Las Constituciones, Reglas de Vida y Reglamentos de cada Instituto de vida consagrada proponer o mandan dedicar un tiempo cada día a la escucha y la meditación de la Palabra de Dios. En efecto, en ella está el origen de cada vocación, pues como dice el Hno Roger de Taizé en su Regla “si te sometes a una vida común sólo puede ser a causa de Cristo y de su Evangelio”, es decir, de su Palabra. Es esa misma Palabra la que después, en los años de la misión propia de cada Instituto va indicando el camino a seguir; es esa Palabra la que a cada Religioso le suena al oído al final de la existencia terrena invitándole a entrar en el Reino de Dios prometido a los que son fieles. Ese recorrido de la Palabra de Dios en cada religioso muestra cuán importante es el lugar y el espacio que hay que darle. Un momento, el que sea, de la vida consagrada que no esté motivado, dirigido, indicado por la Palabra de Dios puede parecer útil, válido… y sin embargo no lo es. Amados religiosos y religiosas que os gastáis y desgastáis en la diócesis de Ibiza: encontrad en la Palabra de Dios, acogida en lo más profundo del corazón de cada uno, la voz segura que guía vuestro camino. 3. Queridos hermanos y hermanas, la fiesta que celebramos hoy nos recuerda que vuestro testimonio evangélico, para que sea verdaderamente eficaz, debe brotar de una respuesta sin reservas a la Palabra de Dios, que os ha llamado para sí con un acto especial de amor. Del mismo modo que los ancianos Simeón y Ana deseaban ardientemente ver al Mesías antes de morir y hablaban de él "a todos los que esperaban la redención de Jerusalén" (Cf. Lc 2, 26. 38), los que son elegidos por Dios para la vida consagrada hacen suyo de modo definitivo este anhelo espiritual. En efecto, lo único que anhelan es el reino de Dios: que Dios reine en nuestras voluntades, en nuestros corazones, en el mundo. Tienen una sed ardiente de amor, que sólo el Eterno puede saciar. Con su ejemplo proclaman a un mundo a menudo desorientado, pero que en realidad busca cada vez más un sentido, que Dios es el Señor de la existencia, que su "gracia vale más que la vida" (Sal 62, 4). Al elegir la obediencia, la pobreza y la castidad por el reino de los cielos, muestran que todo apego y amor a las cosas y a las personas es incapaz de saciar definitivamente el corazón; que la existencia terrena es una espera más o menos larga del encuentro "cara a cara" con el Esposo divino, una espera que se ha de vivir con corazón siempre vigilante a fin de estar preparados para reconocerlo y acogerlo cuando venga. 4. En el acontecimiento que nos narra el evangelio de hoy se nos cuenta algo extraordinario dentro de su sencillez. Después de los ritos que prescribía la ley mosaica, se acercan dos ancianos, Simeón y Ana. Simeón habla a la Madre, a María Virgen y le predice sufrimientos: “Una espada te atravesará el corazón” ¡Quién sabe qué experimentaría María al escuchar estas palabras! Tal vez sintiera temor por el futuro de su hijo, pero seguramente se acordaría también de las palabras del ángel en la mañana gozosa de la Anunciación: “No temas, María, porque has hallado gracia ante Dios…” La situación nos recuerda que si bien es verdad que Jesús ha venido a la tierra a traer paz, ésta tiene a veces un precio muy alto. ¡Cuántos hermanos nuestros sufren y mueren por traer al mundo la luz del Evangelio! Nosotros mismos tenemos que combatir contra la indiferencia y la incomprensión por parte de tantas personas. Por otro lado, Simeón tuvo la dicha de tener entre sus brazos al niño; nosotros lo tenemos cada día en la Eucaristía. Detrás, presenciando esta escena conmovedora, se hallaba una mujer, una profetisa, llamada Ana, hija de Fanuel, que también esperaba la esperanza. Siete años había vivido con su marido después de su virginidad, y al quedarse viuda en la flor de la juventud, buscó un refugio en el templo, donde servía al Señor día y noche, en el ayuno y en la oración. Tenía ahora ochenta y cuatro años. El celo de la casa de Dios merecióle encontrar y venerar en ella al Salvador. Reconocióle en el momento en que Simeón le bendecía, dio gracias al Cielo, que le revelaba el misterio, y no cesaba de hablar de aquel Niño a cuantos aguardaban la redención de Israel. Ella tuvo el honor insigne de anunciar antes que nadie en Jerusalén la divinidad de aquel Niño, cuya grandeza adivinaron sus ojos, cansados ya de mirar las luces mentirosas de la tierra. Simeón y Ana recibieron, pues, un gran don de Dios, y respondieron al mismo con presteza. Como ellos, nosotros también tenemos el gran don de conocer y amar a Dios. Por eso, estamos llamados a alabar a Dios por las maravillas que opera en cada uno de nosotros. Sería estupendo que, con ocasión de esta Jornada, encontráramos un tiempo oportuno para hacer una recapitulación o lista de todos los dones que Dios nos va dando y nos detuviéramos a agradecérselo, como hicieron Simeón y Ana. Llenos de gratitud, pues a Dios, que la celebración de esta fiesta marque un punto importante en nuestro camino de cristianos, de consagrados, renovando el compromiso de anunciarlo a todos y al precio que sea, siendo luz que de vida, calor, belleza y verdad a las cosas, esforzándonos en iluminar todo lo que tenemos a nuestro alrededor. Que nos ayuden en este compromiso la Virgen Santísima, purificada hoy, San José, su esposo, los Santos fundadores y nuestros hermanos y hermanas que, después de su peregrinación terrena, contemplan hoy la luz sin ocaso que es Cristo el Señor. Amen. |