1. Nos reunimos hoy, día del ayuno voluntario para celebrar esta Santa Misa con la que pedimos a Dios la fuerza, la ilusión y el entusiasmo para seguir trabajando en la lucha contra el hambre en el mundo. Muchos hermanos nuestros, en diversas latitudes sufren el azote del hambre y de la privación de derechos fundamentales. Desde Manos Unidas, organización católica, nacida dentro de la Iglesia y que permanece en la Iglesia, trabajando siempre con un fino y claro espíritu eclesial, se colabora eficazmente en esta lucha. Hay un hermoso pasaje evangélico, la parábola del rico Epulón y del pobre Lázaro donde el mismo Jesús se ha preocupado de explicarnos quienes son los hambrientos y quienes los que están saciados (Lc 16, 19-31). En esa parábola, en la primera lectura, parece que la pobreza y la riqueza sean examinadas desde el punto de vista de la falta o de la abundancia de comida.: el rico tenía banquetes todos los días, mientras que el pobre trataba sin conseguirlo, de alimentarse con lo que caía de la mesa del rico. 2. Esta parábola nos explica sobre todo por qué los pobres son bienaventurados y los otros desgraciado. En efecto, un día el pobre murió y fue llevado al cielo por los ángeles, mientras que Epulón fue sepultado. Ese final nos explica donde llevan los dos caminos, el duro de la pobreza y el placentero de la riqueza. La riqueza y la abundancia encierran al hombre en un horizonte meramente terreno, porque como dice Jesús en otro pasaje del Evangelio: “donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón”, hacen olvidar que un día hemos de dar cuenta de que un día ha de dar cuenta a Dios de los propios actos, hacen difícil entrar en el Reino de los cielos, más difícil aún que un camello pase por el ojo una aguja (Lc 18,25). Epulón y otros ricos que nos presenta el evangelio no son condenados por ser ricos, sino por el uso que hacen o por el abuso que llevan a cabo de sus riquezas. En la parábola del rico Epulón Jesús enseña claramente que para ese rico había una salida digna: la de acordarse de Lázaro, que estaba a su puerta, y compartir con él la comida que tenia. 3. La parábola del rico Epulón y del pobre Lázaro se repite también hoy, en nuestro mundo, a escala mundial. Los dos personajes están en gran parte dividido por los dos hemisferios. La situación es tal que se puede decir que si sobre la tierra hubiera sólo tres personas, uno se comería el 85% de todo, y aún así lucharía por tomar algo aún del 15% restante. El desperdiciar las cosas es casi una costumbre en los países ricos: el abuso de la electricidad, del agua, de las reservas naturales, de la energía… es algo habitual en el primer mundo, mientras que en otros países del llamado tercer mundo no tienen acceso a esas fuentes vitales. Hace algunos años, una investigación llevada a cabo por el Ministerio de agricultura de USA calculó que de 161 mil millones de alimentos producidos, 43 mil millones, es decir, casi la cuarta parte, acaban en la basura. De esa parte de los alimentos tirados a la basura, se podrían recuperar, si se quisiera 2 mil millones, una cantidad suficiente para alimentar durante un 4. El mayor pecado contra los pobres y los que pasan hambre es, seguramente, la indiferencia, el hacer como si no se viera, el pasar de largo. Ignorar las multitudes de hambrientos, de mendigos, de gente sin techo ni hogar, sin asistencia médica ni escolarización, y sobre todo, sin esperanza de un futuro mejor– decía Juan Pablo II en la encíclica Sollicitudo rei socialis – “significa parecerse al rico Epulón que disimulaba como si no conociera al pobre Lázaro, que pasaba el día a la puerta de su casa”. La primera cosa hacer, en relación con los pobres es superar la indiferencia, la insensibilidad. Hemos de compartir los sentimientos de indiferencia. Hemos de compartir los sentimientos de Cristo, que sintió compasión de la muchedumbre que no tenía nada que comer”: misereor super turba “(cf. Mc 8,2). Cuando se ha tenido ocasión de ver con los propios ojos lo que es la miseria y el hambre, visitando pueblos o periferias de capitales, como me sucedía a mí cuando residía en Mozambique, la compasión hace un nudo en la garganta y deja a uno sin palabras. Eliminar o reducir el escandaloso e injusto abismo que hay entre los hambrientos y los hartos de este mundo es una tarea urgente y grande que la humanidad no ha logrado resolver hasta nuestros días. Una tarea tan grande e impresionante no puede ser llevada a cabo por ninguna autoridad o poder político, tantas veces condicionado por los intereses de la propia nación. 5. “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia”. La justicia es el plan de Dios, y se resume en el doble precepto del amor a Dios y del amor al prójimo (cf. Mt 22,40). Es el amor al prójimo el que ha de empujar a los que tienen hambre y sed de la justicia, es decir a los creyentes católicos a preocuparse de los que tienen hambre de pan. Jesús nos ha dejado una cosa que exactamente la contraria al banquete del rico Epulón: la Eucaristía, la Santa Misa. La Misa es la celebración diaria de aquel gran banquete al que todos, ricos y pobres, cojos y sanos, ciegos y mudos, es decir, todos los pobres lázaros que hay por el mundo están invitados. En la Eucaristía se da a todos la misma comida –el Cuerpo de Cristo- y la misma bebida –La Sangre de Cristo- y en la misma cantidad, tanto para quien preside, como para quien es el último que ha llegado, para el pobrísimo y para el riquísimo. Que la celebración de la Eucaristía nos ayude a superar barreras, a bajar niveles, a levantar puentes para que la humanidad sea, siempre y en todas partes, la gran familia de los hijos de Dios. Concluyo con las palabras que escribía hace unos días en la prensa local: “¡Ánimo, bienhechores y amigos de Manos Unidas de la diócesis de Ibiza!, ¡adelante delegados y voluntarios! ¡Seguid siempre así, colaboradores y entusiastas en cada parroquia de esta diócesis! A nosotros se nos han adjudicado algunos proyectos en esa línea para este año. En esos lugares, con el resultado de la campaña llevada a cabo en las Pitiüses, se crearán esas condiciones para que las madres sean madres sanas, alegres y libres, y los hijos crezcan con la compañía y el cuidado de una madre que merezca tal nombre. Allí el nombre de Ibiza será pronunciado como una bendición, como sucede con los proyectos que en años anteriores hemos podido llevar a cabo con la aportación eficaz de vosotros…” Que la Virgen Santísima, que en Caná de Galilea estuvo a atenta a las necesidades de aquellos esposos y para remediar su necesidad mandó hacer lo que dijera Jesús, nos ayude en este compromiso de la lucha valiente, decidida y audaz contra el hambre en el mundo. |