1. Una vez más, la rueda del tiempo ha dado una vuelta completa y, como todos los años, el 12 de febrero nos ha traído hasta esta iglesia parroquial en el llamado Puig de Misses para celebrar la fiesta de su titular, Santa Eulalia. Esta iglesia es, por su espléndida ubicación, sus relevantes méritos, su cuidadosa conservación y, especialmente por ser testigo de tantos momentos de la vida de los habitantes de este pueblo, motivo de orgullo para todos los que aquí viven y de satisfacción para los visitantes y turistas que vienen hasta aquí. Seguramente, después de la Catedral, es la iglesia más antigua, pues se tienen datos de la misma ya en 1302. El templo actual fue inaugurado en 1568 como una vicaría que dependía de la única parroquia, la de Santa María, nuestra actual Catedral. En 1785 el primer Obispo de Ibiza, Monseñor Manuel Abad y Lasierra la erigió en parroquia. Presidida por este imponente retablo, destaca en el mismo la figura juvenil, tierna y cariñosa de Santa Eulalia, con la cruz y el fuego, los dos símbolos de su martirio. 2. De Santa Eulalia sabemos que nació en cerca Barcelona, hacia los últimos años del siglo tercero. Descendía de noble familia; brillaba en aquella niña un acendrado amor a Dios Nuestro Señor; y era piadosa. Los emperadores romanos Diocleciano y Maximiano, que hablan oído contar la rápida y maravillosa propagación de la fe cristiana en las lejanas tierras de España, mandaron un cruel juez, llamado Daciano, para que acabara de una vez con aquella "superstición". Al entrar en Barcelona dio orden de buscar cautelosamente todos los cristianos para obligarles a abjurar de su fe. Un día, a la hora de mayor silencio, mientras los suyos dormían, emprendió sigilosamente el camino de Barcelona, al rayar el alba. Hizo todo el trayecto a pie, y al entrar en la ciudad, oyó la voz del pregonero que leía el edicto, y se fue intrépida al foro. Allí vio a Daciano sentado en su tribunal y, penetrando valerosamente por entre la multitud, mezclada con los guardianes, se dirigió hacia él, y con voz sonora le dijo: "Juez inicuo, ¿de esta manera tan soberbia te atreves a sentarte para juzgar a los cristianos? ¿Es que no temes al Dios altísimo y verdadero que está por encima de todos tus emperadores y de ti mismo, el cual ha ordenado que todos los hombres que Él con su poder creó a su imagen y semejanza le adoren y sirvan a Él solamente? Ya sé que tú, por obra del demonio, tienes en tus manos el Poder de la vida y de la muerte; pero esto poco importa". Daciano, pasmado de aquella intrepidez, mirándola fijamente, le respondió, desconcertado: "Y ¿quién eres tú, que de una manera tan temeraria te has atrevido, no sólo a presentarte espontáneamente ante el tribunal, sino que, además, engreída con una arrogancia inaudita, osas echar en cara del juez estas cosas contrarias a las disposiciones imperiales?". Mas ella, con mayor firmeza de ánimo y levantando la voz, dijo: "Yo soy Eulalia, sierva de mi Señor Jesucristo, que es el Rey de los reyes y el Señor de los que dominan: por esto, porque tengo puesta en Él toda mi confianza, no dudé siquiera un momento en ir voluntariamente y sin demora a reprochar tu necia conducta, al posponer al verdadero Dios, a quien todo pertenece, cielos y tierra, mar e infiernos y cuanto hay en ellos, al diablo, y lo que es peor, que quieres obligar a hacer lo mismo a aquellos hombres que adoran al Dios verdadero y esperan conseguir así la vida eterna. Tú les obligas inicuamente, bajo la amenaza de muchos tormentos, a sacrificar a unos dioses que jamás existieron, que son el mismo demonio, con el cual todos vosotros que le adoráis vais a arder otro día en el fuego eterno". Enfurecido y rabioso, Daciano mandó traer el potro. La extienden en él, y mientras unos esbirros la torturaban con garfios, otros le arrancaban las uñas. Pero Santa Eulalia, con cara sonriente, iba alabando a Dios Nuestro Señor. Desesperado ya Daciano mandó a los soldados que, extendida todavía sobre el potro, le aplicaran hachones encendidos para que pereciera envuelta en llamas. Al oír aquella decisión judicial, Santa Eulalia, contenta y alegre, repetía las palabras del salmo: "He aquí que Dios me ayuda y el Señor es el consuelo de mi alma. Dad, Señor, a mis enemigos lo que merecen, y confundidles; voluntariamente me sacrificaré por Vos y confesaré vuestro nombre, pues sois bueno, porque me habéis librado de toda tribulación y os habéis fijado en mis enemigos". Y habiendo dicho esto, las llamas empezaron a volverse contra los mismos soldados. Viendo lo cual Santa Eulalia, levantando la vista al cielo, oraba con voz más clara todavía, diciendo: "Oh Señor mío Jesucristo, escuchad mis ruegos, compadeceos misericordiosamente de mí y mandad ya recibirme entre vuestros escogidos en el descanso de la vida eterna, para que, viendo vuestros creyentes la bondad que habéis obrado en mí, comprueben y alaben vuestro gran poder". Luego que hubo terminado su oración se extinguieron aquellos hachones encendidos que, empapados como estaban en aceite, debían haber ardido por mucho tiempo, no sin antes abrasar a los verdugos que los sostenían, los cuales, amedrentados, cayeron de hinojos, mientras Santa Eulalia entregaba al Señor su espíritu, que voló al cielo saliendo de su boca en forma de blanca paloma. El pueblo que asistía a aquel espectáculo, al ver tantas maravillas, quedó fuertemente impresionado y admirado, en especial los cristianos, que se regocijaban por haber merecido tener en los cielos como patrona y abogada una conciudadana suya. Pero Daciano, al ver que después de aquella enconada controversia y que, a pesar de tantos suplicios, nada había aprovechado, descendió del tribunal, mientras, enfurecido, daba la orden de que fuera colgada en una cruz y vigilada cautelosamente por unos guardianes: "Que sea suspendida en una cruz hasta que las aves de rapiña no dejen siquiera los huesos". Y he aquí que al punto de ejecutarse la orden cayó del cielo una copiosa nevada que cubrió y protegió su virginidad. Los guardas, aterrorizados, la abandonaron para seguir vigilándola a lo menos desde lejos, según se les había ordenado. Tan pronto se divulgó lo acaecido por los poblados circunvecinos de la ciudad, muchos quisieron ir a Barcelona para ver las maravillas obradas por Dios. Sus mismos padres y amigas corrieron enseguida con gran alegría, pero lamentando al propio tiempo no haber conocido antes lo sucedido. Después de tres días que Santa Eulalia pendía de la cruz, unos hombres temerosos de Dios la descolgaron con gran sigilo, sin que se dieran cuenta los soldados o guardianes; y habiéndosela llevado, la embalsamaron con fragantes aromas y amortajaron con purísimos lienzos. 3. Han pasado muchos siglos desde entonces. Muchos, muchísimos cristianos, como Eulalia, han pagado su adhesión a Cristo y a su Iglesia con la propia vida. ¿Por qué seguimos nosotros festejando a Santa Eulalia? ¿Qué tiene que ver ello con todos nosotros? Vamos a buscar la respuesta en el Evangelio. Un día, de forma espontánea y algo egoísta, Pedro, le pregunta a Jesús: “Maestro, y a nosotros que lo hemos dejado todo por seguirte, ¿qué nos va tocar?..”. Y Jesús respondió: “A vosotros, que habéis dejado todo por mí y por causa del Evangelio, os prometo el ciento por uno en esta vida y después la vida eterna” (Mc 10, 28-30). El ciento por uno en esta tierra! Jesús prometía, pues, una cierta gloria terrena. Y así hoy, hombres y mujeres, en tantos pueblos rinden tributo a Santa Eulalia, la dan una cierta gloria terrena. Ahora bien, esa gloria terrena no está exenta de esa gloria terrena que Santa Eulalia ya experimentó en su vida como la experimenta cada cristiano que vive coherentemente su fe, y es la gloria de la paz interior, esa paz que sólo Dios puede dar. La paz verdadera, la que cuenta es la tranquilidad que cada uno de nosotros siente y que casi casi no se puede explicar con palabras. Y es esa paz que hace que en el suplicio, en el dolor, en el ansía y en la fatiga haya siempre una esperanza, silenciosa y cierta. En el libro del Apocalipsis, el libro con el que termina la Biblia, el Apóstol Juan nos narra una visión que él tuvo. Y dice el Apóstol que vio delante del trono del Cordero, es decir, de Cristo, una multitud inmensa de personas vestidas de blanco, con la palma en las manos, Y preguntó Juan: ¿quiénes son esos personajes y de dónde vienen? Y como respuesta obtuvo: ¿Éstos son los que vienen de la gran tribulación, son los que han lavado sus vestiduras en la Sangre del Cordero, y por eso, están siempre delante de Dios y no pasan hambre, ni sed, ni el sol ni el bochorno les hace daño. Cristo está con ellos y les mantiene en las fuentes de aguas vivas. Santa Eulalia forma parte de esa escuadra de mártires, de la cual el calendario está lleno de bellas figuras. Este testimonio de los mártires debe estar siempre muy vivo en la Iglesia y en el corazón de cada cristiano. Los mártires de la Iglesia lo son porque en sus personas ha triunfado la fe, el talante evangélico y la fidelidad a Cristo. 4. Mártir quiere decir testigo, el que ha visto de una manera tan fuerte que no puede decir nunca, ni de palabra ni de obra, lo contrario. El mártir es el cristiano valiente hasta el punto que con su vida y con su muerte proclama esa verdad. Por eso, los mártires nos animan a vivir claramente nuestra pertenencia al Señor y a dar, siempre y en todas partes, público testimonio de su amor, por encima del miedo y del respeto humano. Después de un cuidadoso estudio, se puede afirmar que a lo largo de los XX siglos de historia de la Iglesia, ha habido alrededor de 40 millones de mártires. De esos cuarenta millones, 27, casi dos terceras partes, han sido sólo en el siglo pasado, el siglo XX, el siglo en el que hemos nacido y vivido gran parte de la vida muchos de nosotros. Si queremos usar la estadística, ello quiere decir que cada año del siglo habrá habido una media de 270.000 mártires, 740 cada día… el siglo de tantos progresos ha dado cada año 270.000 mártires, 740 cada día. Sólo con pensarlo vienen los escalofríos. “Si el mundo os odia, sabed que a mí me ha odiado antes que vosotros… como no sois del mundo, el mundo os odia. Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros. Me han odiado sin razón”, dice el Señor en el Evangelio. Es la respuesta al por qué del martirio: ante esa respuesta no nos podemos extrañar de que sigan habiendo mártires y persecuciones, es la rebelión de las tinieblas a la luz. Los apóstoles experimentaron enseguida la verdad de esas palabras de Jesús. Pedro y Pablo en Roma, Santiago en Jerusalén, Juan en Patmos…, a continuación de haber hecho el bien fueron arrestados y condenados con la única acusación de haber predicado a Jesús y a su Evangelio. La historia de la Iglesia es también la historia de un martirio continuo y es casi casi un milagro que la Iglesia exista aún, que a pesar de las persecuciones y de la debilidad de los fieles, la Iglesia exista, esté viva y continuo anunciando a Jesús, cueste lo que cueste, cueste aunque sea la sangre. Hace pensar todo esto. Es expresión de que la Iglesia no es de los hombres, sino de Dios. Y Él la defiende. Ni Nerón, ni Daciano y Diocleciano antes, ni en el pasado siglo Stalin, Hitler y otros enemigos del hombre y de Dios pudieron acabar con la Iglesia, como tampoco podrán los que lo quieran hacer en este siglo. Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. 5. ¿Qué podemos concluir de todo ello? Si la sangre de los mártires, según la expresión feliz de Tertuliano, es semilla de nuevos cristianos, toda la sangre martirial e inocente derramada en el siglo XX ha de ser el germen de una santidad en el siglo XXI, el que vivimos ahora. Nuestro siglo ha de ser un siglo de santidad, porque la sangre de los mártires del siglo pasado lo reclama. El panorama no es alentador: se seculariza la sociedad, se deshace la familia, se generalizan los atentados a la vida, como la guerra, el aborto, la eutanasia, se persigue, de forma más o menos solapada a la Iglesia, cuando no se la atenaza o se la quiere hacer callar… Sin embargo, sigue siendo verdad que nuestro siglo ha de ser un siglo de santidad. Nuestro siglo empezó con grandes calamidades y guerras: los atentados del 11-S y del 11 –M, el ciclón Tsunami, las guerras y rebeliones en diversas partes del planeta…¿Cómo hacer frente a todo eso? Con la fuerza de la santidad: nuestro siglo ha de ser un siglo de santos. La sangre de los mártires del pasado siglo ha de ser una potente levadura de santidad; a nosotros nos corresponde el protagonismo de hacer germinar esa levadura. Aquí en este pueblo tenéis ese programa bajo la protección de vuestra Santa Patrona, Santa Eulalia. |