1. Nos reunimos hoy en la Iglesia catedral para celebrar esta fiesta que la Cofradía de la Virgen de los Dolores ofrece anualmente en honor de su patrona y en sufragio de sus difuntos. ¿Qué podemos decir de los Dolores de la Virgen? ¿Qué os mueve, queridos cofrades, a acompañarla devotamente por las calles de nuestra ciudad? Vamos a reflexionar un poco sobre los Dolores de la Virgen. Se puede decir que, desde el principio del cristianismo, la espada que atravesó el alma de María —según las palabras de Simeón (Lc. 2,35) — ha provocado compasión tierna de los buenos cristianos. Y es que, al recordar la pasión del Redentor, los hijos de la Iglesia no podían menos de asociar al dolor del Hijo de Dios los sufrimientos de su benditísima Madre. La fiesta que celebramos hoy hace alusión a siete dolores de la Virgen. La piedad cristiana suele referir los dolores de la Virgen a los siete hechos siguientes: 1º la profecía de Simeón; 2º la huida a Egipto; 3º la pérdida de Jesús en Jerusalén, a los 12 años; 4º el encuentro de María con su Hijo en la calle de la Amargura; 5º la agonía y la muerte de Jesús en la cruz; 6º el descendimiento de la cruz; y 7º la sepultura del cuerpo del Señor y la soledad de la Virgen. Sin duda que la piedad cristiana ha sabido acertar al resumir en esos siete hechos-clave los momentos más agudos del dolor de María. Porque, ¿no es cierto que son como hitos que señalan la trayectoria ascendente de los insondables sufrimientos de la Madre de Dios? En efecto, si las enigmáticas palabras de Simeón: “He aquí que éste está destinado para caída y resurrección de muchos en Israel, y para signo de contradicción, y una espada atravesará tu misma alma, para que sean descubiertos los pensamientos de muchos corazones” (Lc. 2, 34-35), tuvieron que entristecer el semblante de María, ¿que no habremos de pensar que ocurriría en la huida a Egipto, ¡Su hijo, tan tierno, arrojado por el vendaval del odio a tierras lejanas! Y, en cuanto a la pérdida de Jesús en Jerusalén, a los doce años, ¿quien es capaz de profundizar en el abismo de incertidumbre y en la agonía de una Madre privada de su Hijo? 2. Pero donde los dolores de la Virgen rebasaron toda medida fue en el drama del Calvario y, especialmente, al pie de la Cruz. Detengámonos en su contemplación con el alma transida de compasión amorosa, como hacían los santos. Entre los personajes que asistieron de cerca a la tragedia del Gólgota destaca la figura de la Virgen. De su presencia en el Calvario nos habla San Juan en su Evangelio con palabras sencillas pero impregnadas de un intenso dramatismo: “Junto a la cruz de Jesús estaba su Madre, a hermana de su Madre, y la mujer de Cleofás”. Podemos representarnos la escena sin necesidad de hacer grandes esfuerzos de imaginación: Jesús acaba de recorrer las calles de Jerusalén con su cruz a cuestas. Durante el lúgubre desfile, el populacho le ha injuriado y escarnecido o, cuando menos, ha contemplado su paso con estupor y desconcierto. Porque, ¿no era Aquél el que hacía unos días había entrado en la ciudad santa en medio de aclamaciones? ¿No tendrían razón los escribas y fariseos al decir que era un vulgar impostor y un blasfemo? Jesús, según asegura la tradición, se encontró con su Madre bendita en la calle que el pueblo cristiano llamó "de la amargura". ¿Qué se dirían con la mirada el Hijo y la Madre? Tal vez sólo las madres que tienen la inmensa desdicha de asistir a sus hijos antes de ser ajusticiados pueden sospechar algo de lo que pasaría por el alma de la Virgen. Pero la comitiva siguió avanzando. Y después de muchos tropezones e incluso caídas de los que llevaban sudorosos sus cruces —y entre ellos iba como un vulgar facineroso Jesús—, llegaron al Calvario. La Virgen caminó también, deshecha en el dolor, en pos de su Hijo. Era el primero y el más sublime de los Vía crucis. Ya está en el lugar de la crucifixión. Es Él. Los sayones le quitan sus vestiduras. La Virgen contemplaría aquella túnica inconsútil que con tanto cariño había tejido para su Hijo...Unos momentos después suenan unos martillazos terribles. En un remolino instantáneo de recuerdos desfilarían ante la Virgen las escenas de Belén y de Nazaret, pero todo aquello quedaba muy lejos. Ahora tenía ante sí la realidad brutal de los pecados de los hombres horadando aquellas sacratísimas manos, pródigas en repartir beneficios. Unos momentos más, y la cruz —su Hijo hecho cruz— era levantada entre el cielo y la tierra. En medio del clamor confuso de la multitud, María escucharía el respirar fatigoso y jadeante de su Hijo, puesto en el mayor de los suplicios. ¡Ella que había recogido su primer aliento en el pesebre de Belén y había arrimado tantas veces su virginal rostro al corazón de su Niño Jesús, palpitante de vida! Las tres horas que siguieron, mientras Jesús derramaba gota a gota por la salud del mundo la sangre que un día recibiera de María, fueron las más sagradas de la historia del mundo. Y, si hasta las piedras se abrieron —como señala el Evangelio— ante el dolor del Hijo y de la Madre, ¿cómo podremos nosotros, los causantes de aquella "divina catástrofe" (como dice la liturgia), permanecer indiferentes en la contemplación de este divino espectáculo? No es difícil sospechar cuáles serían las reacciones del alma de la Virgen ante lo que estaba ocurriendo en el Calvario. Sin duda que poco a poco se fue abriendo camino entre la multitud y logró situarse por fin al pie de la cruz. ¿Quién de aquellos sanguinarios judíos se habría atrevido a encararse con la Madre Dolorosa? A su paso, los más empedernidos perseguidores de Jesús sentirían que la fibra del amor maternal —que jamás desaparece aun en los hombres más degradados— vibraba con un sentimiento de compasión: "Es la madre del ajusticiado —dirían—; ella no tiene la culpa. ¡Hacedle paso! Y la Virgen se fue acercando a su Hijo. Pero no era el de otras veces, el niño gracioso de Belén, el joven gallardo de Nazaret, el taumaturgo prodigioso de Cafarnaúm... ¡Era un guiñapo! (¿será irreverencia traducir así las palabras proféticas de Isaías, en las que dice que Jesús seria un gusano y no un hombre, que no tendría sino fealdad y aspecto repugnante?) Y le miraría intensamente, como identificándose con El, quedándose colgada con El de la cruz. 3. ¿Advirtió Jesús la presencia de su Madre? Lo afirma expresamente el Evangelio: "Como viese Jesús a su Madre..." (lo. 19, 25). "había tres crucificados y tres cruces, no muy lejanas unas de otras, puesto que podían hablarse y comunicarse las víctimas. María, según nos dice San Juan, se situó junto a la cruz de Jesús, iuxta crucem Iesu, lo que significa "a corta distancia de ella", tal vez tocando con la misma cruz. Y si se tiene en cuenta que, según costumbre, los maderos eran bajos, de modo que los pies del crucificado tocaban casi en el suelo, la vecindad era mayor, y María tomaba las apariencias de madre desolada que asiste a la cabecera del hijo agonizante. Jesús, pues, como anota San Juan, habiendo visto a su Madre y al discípulo amado, exclamó: "Madre, ahí tienes a tu hijo". Y en seguida, dirigiéndose al discípulo: "Ahí tienes a tu Madre" (lo. 19, 26). Fueron las únicas palabras que, según narra el Evangelio, dirigió Jesús a María en su agonía. Estas palabras, en su sentido literal, se refieren sin duda a San Juan, a quien encomienda a su Madre, que iba a quedar sola en el mundo ¿Quién no se sentirá conmovido ante el precioso legado de Jesús y ante esta espiritual maternidad de la Virgen extendida, por gracia de la redención, a todos los hombres? Pero la tragedia del Gólgota se iba aproximando hacia su acto final. Jesús era ya casi un cadáver, Sus ojos estaban mortecinos; sus labios, resecos; su rostro, lívido y cetrino; y todo su cuerpo, rígido como el de un moribundo. María contemplaba a su Hijo en los últimos estertores de su agonía. Nada podía hacer frente a aquel estado de cosas al cual había conducido el amor de Jesús hacia los hombres, ¿Para qué hacer comentarios sobre el dolor de la Virgen en estos supremos momentos de la Pasión? ¿No es mejor que el corazón intuya y que se derrita en lágrimas de devoción? Jesús —dice el Evangelio— dando una gran voz, exclamó: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu". E inclinando su cabeza expiro". María, que había dado el "sí" a la encarnación, se unió a la entrega de su Hijo y le ofreció al Padre como la única Hostia propiciatoria por nuestros pecados.Finalmente, la Virgen presidió el sepelio de Jesús. Una blanca sábana envolvía aquel cadáver que Ella había cubierto de besos y de lágrimas. Pronto la pesada losa del sepulcro se interpuso entre Madre e Hijo. Y la Madre se sintió sola, con una soledad terrible, comparable a la que momentos antes había sentido Jesús al exclamar en la cruz: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?". 4. ¿Qué decirle a la Cofradía en el día de hoy? Hoy desearía animar a todos a que la vivencia de ser cofrade se exprese en una fe fuerte, capaz de hacernos acompañar de verdad a la Virgen que sigue a Jesús en el camino que Él emprendió. Esa actitud debería prolongarse a lo largo de todo el año de modo que esta Cofradía sea expresión de la vida de fe y caridad que ha de distinguir a la Iglesia y a todos sus hijos. Será así si los cofrades son siempre los primeros en participar en la vida litúrgica, de piedad y de caridad, en colaborar en todos los proyectos que posibilitan también una vida cristiana y más generosa para todas aquellas personas necesitadas, es decir: viviendo y ayudando a vivir el Evangelio. Será así si los cofrades saben cultivar una vida interior, que se alimente y crezca, dando importancia principalmente a la participación en la Santa Misa dominical, donde de una forma sacramental y real, se celebran los mismos acontecimientos que en la Semana Santa se viven con una expresión exterior y social tan notable. Una formación que debe alimentarse también aprovechando los instrumentos que la Iglesia ofrece, y que no son pocos. Una formación que os lleve a interesarse por la vida de la Iglesia, a colaborar con ella leal y eficazmente, y no dejarse engañar por bulos y noticias mal interpretadas. 5. Vamos a celebrar la Semana Santa. El ambiente no es propicio, tenemos como una patina ante nuestros ojos. Tenemos que admirarnos ante el misterio de Jesús, que nos ama. La Semana Santa, con los cultos y procesiones ha de ser una espléndida oportunidad de evangelización, esa tarea tan necesaria y que hoy en día se ha vuelto muy difícil por el surgimiento y difusión de nuevos fenómenos sociales y culturales que más bien son una “anti-evangelización” que se expresa en la gravísima crisis del vacío de valores, lo cual provoca que haya un peligroso y extraño olvido de Dios y de su amor. Esa situación tan dramática exige respuestas valientes, coherentes y rápidas. Hay que seguir presentando a Dios, manifestado en Cristo Jesús, con nuevo y renovado ardor. Salid, pues, queridos Cofrades como misioneros a celebrar por las calles el gran misterio de la Pasión por amor, acompañando a esa testigo privilegiada de la pasión que es la Virgen Dolorosa. Vamos a celebrar la Semana Santa para presentar a nuestros conciudadanos y a los numerosos visitantes que os acompañarán en esos días el rostro de Jesús, junto al cual está su Madre. Presentadlos al mundo desde las calles de esta población para que todos puedan conocer lo que la misericordia, lo que es bondad, lo que es amor. Será el fruto más bello y duradero, el que más agrade a Dios y el más útil a los hombres, de ese hermoso acontecimiento que es la Semana Santa. |