1. Esta mañana vivimos una fiesta singular. Es fiesta del pueblo de Dios, el cual contempla hoy el misterio de la unción, que marca la vida de todo cristiano, desde el día de su bautismo. Es fiesta, de manera especial, de todos nosotros, queridos hermanos en el sacerdocio, ordenados presbíteros para el servicio del pueblo cristiano. Os doy gracias cordialmente por vuestra presencia en nuestra Catedral, primera y madre de todas las iglesias que están diseminadas por el territorio diocesano de Ibiza y Formentera. Celebramos la Misa Crismal, en el umbral del Triduo pascual, centro y cumbre del Año litúrgico, en esta Santa Iglesia Catedral el Obispo y los presbíteros, junto con religiosos, religiosas y fieles, para rememorar la institución de los Sacramentos de la Eucaristía y del Orden y consagrar los óleos. Por medio de estos óleos, la gracia divina se derramará en las almas de los fieles de Ibiza y Formentera, proporcionándoles luz, apoyo y fuerza. A través de los óleos actuará el Espíritu Santo, principio de consagración, en el bautismo, en la confirmación y en el orden sagrado, siendo también efusión de misericordia en la unción de los enfermos. 2. Todo el pueblo cristiano participa de la dignidad sacerdotal, profética y real de Cristo, que es el consagrado por excelencia. Hemos escuchado las palabras: "El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido" (Lc 4, 18). Jesús es el Salvador precisamente porque es el Cristo, o sea, el que ha sido "ungido". La bendición de los óleos nos recuerda que los hemos recibido cuando hemos sido bautizados, y después confirmados, que fuimos “ungidos”, es decir, nuestra vocación común -sacerdotes y fieles- a ser otros Cristos en nuestra vida. Jesús demuestra su condición de ungido al proclamar que ha sido enviado para anunciar a los pobres la Buena Nueva, proclamar la liberación a los cautivos y dar la vista a los ciegos, para conceder la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor (Cf. Lc 4,16-19). Recuerdo la emoción que me produjo la lectura de este texto en las ruinas de la Sinagoga de Cafarnaun hace casi dos meses. Allí pensé ya con gusto en esta Misa Crismal y pedía en mi interior que todos, fieles y sacerdotes, con el Obispo a la cabeza, pusieramos bien de relieve en nuestra vida nuestra condición de “ungidos”, o sea, que como Cristo, pasásemos por esta vida liberando, dando luz, anunciando siempre la gracia del Señor. Quisiera que este fuera un compromiso común que todos asumiéramos hoy en esta celebración. 3. La liturgia de esta misa reserva una atención especial y da un relieve privilegiado al sacerdocio ministerial. Hoy es la fiesta, en particular, de los que hemos sido consagrados mediante el sacramento del orden: diáconos, presbíteros y obispos. Enriquecen esta visión los distintos ritos que se celebran en esta ocasión. En primer lugar, la escucha y la proclamación de la Palabra de Dios; después la renovación de las promesas que hicimos conscientemente el día de nuestra ordenación; la bendición de los oleos que utilizaremos a lo largo del año, hasta la próxima Pascua, en la celebración de los Sacramentos, y, finalmente, la consagración del pan y del vino, que se convertirán en el Cuerpo y la Sangre del Señor y que recibiremos en la comunión. He ahí algunos de los modos, pues como se ejerce nuestro ministerio, sobre los que vamos a reflexionar brevemente. 4. “Jesús recorría las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, predicando el Evangelio y curando toda enfermedad y dolencia” (Mt 9,44). Con esa frase del Evangelio de Mateo se resume una jornada de Jesús. Debería también ser el resumen de la jornada de un sacerdote, más aun cuando la predicación de la Palabra de Dios es la respuesta a una necesidad que el mundo tiene. Y como es una necesidad del mundo, nuestra predicación, utilizando todos los medios a nuestro alcance, no puede quedar restringida a unos pocos. La Palabra de Dios no va dirigida ni ha sido escrita para unos pocos, que tienen el don de la fe. El Evangelio es buena noticia para todo hombre que viene a la tierra. Con su Palabra, Dios no sólo nos revela el misterio de su vida divina, sino que también revela la verdad sobre el hombre (Cf. Gaudium et spes, 22), da respuesta a todas las preguntas que nos hacemos. No podemos ni debemos callar la Palabra que nos ha sido confiada, “Toda Escritura inspirada por Dios es también útil para enseñar, para reprender, para corregir, para educar en la virtud; así el hombre de Dios estará perfectamente equipado para toda obra buena. Ante Dios y ante Cristo Jesús, que ha de juzgar a vivos y muertos, te conjuro por su venida en majestad: proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, reprocha, exhorta, con toda comprensión y pedagogía” (2 Tim 4, 1). Para llevarlo a cabo nos enseña el Concilio Vaticano II como “Es necesario, pues, que todos los clérigos, sobre todo los sacerdotes de Cristo y los demás que como los diáconos y catequistas se dedican legítimamente al ministerio de la palabra, se sumerjan en las Escrituras con asidua lectura y con estudio diligente, para que ninguno de ellos resulte "predicador vacío y superfluo de la palabra de Dios que no la escucha en su interior", puesto que debe comunicar a los fieles que se le han confiado, sobre todo en la Sagrada Liturgia, las inmensas riquezas de la palabra divina” (Dei Verbum, 25). Tengamos en gran estima, la Palabra de Dios, que sea nuestra principal lectura y la palabra que con más frecuencia salga de nuestra boca, esforzándonos, con generosidad e imaginación, en que nuestra palabra, dócilmente trasmisora de la Palabra de Dios, llegue a todos, sin exclusión ni división, como hacía el mismo Jesús. 5. Con la renovación de las promesas que cada uno de nosotros hicimos el día de nuestra ordenación reavivamos los sentimientos que inspiraron nuestra entrega al Señor y a su Iglesia, profundizando y gustando sin cesar la belleza del “sÍ” que dimos como respuesta a la llamada a seguir a Cristo de una forma concreta, el ministerio sacerdotal. A nosotros, presbíteros y obispos, el Jueves santo nos abre el corazón para renovar las promesas con las que nos vinculamos a Cristo sacerdote el día de nuestra ordenación, y nos pide el compromiso y, podría decir, el gusto de vivir en plenitud la belleza de nuestro ministerio, en el seguimiento de Cristo, gozosamente entregados al servicio de los demás. Con nuestra fidelidad a los compromisos sacerdotales podemos sostener a nuestros hermanos en la fidelidad a sus deberes cristianos. Estamos llamados a prestar un servicio en favor de los demás hombres y mujeres, en nombre de Dios, y a desempeñarlo con los rasgos característicos del buen Pastor. Y eso nos compromete de un modo especial a seguir a Cristo más de cerca y con mayor fidelidad. El bien espiritual de numerosas personas, como tal vez también la salvación de muchos, está vinculado a nuestra santidad de vida y a nuestra labor pastoral. 6. Le bendición de los óleos y la consagración del crisma, que dan nombre propio a esta celebración, nos recuerda, queridos sacerdotes, nuestra misión de celebrar los Sacramentos de la Iglesia. Los Sacramentos, siete según la definición del Concilio de Trento, significan y producen una transformación en el hombre, de modo que quien no pone obstáculos a la acción de Dios, recibe en los sacramentos la gracia o ayuda divina que lo santifica y le proporciona las gracias actuales necesarias para cumplir sus deberes. Siendo nosotros ministros de los Sacramentos, nos cabe la responsabilidad de no privar a nuestros hermanos de esa gracia; más aún, de disponerlos a recibirla convenientemente. A nosotros nos corresponde prepararlos debidamente, con la adecuada catequesis, celebrarlos con dignidad y provecho, recordarles la eficacia de la gracia que reciben. Todo ello nos exige un compromiso, siempre renovado y eficaz en las catequesis de preparación, especialmente en lo que se refiere al bautismo, la primera comunión, confirmación o el matrimonio, además de proporcionar todas las facilidades para que los fieles se acerquen a los mismos. Una mención especial quisiera hacer al Sacramento de la Unción de los Enfermos, que no siempre es debidamente valorado y apreciado, y en consecuencia, su recepción en ocasiones no es tenida en su debida cuenta. Una oportuna catequesis y un insistente ofrecimiento a los fieles que lo puedan necesitar deben formar parte importante de nuestro apostolado. 7. En la institución de la Eucaristía, que hoy conmemoramos de forma especial, esta mañana en la Catedral y en la tarde en cada una de las parroquias, Jesús confió a la Iglesia la celebración y custodia de ese divino Misterio. En la Eucaristía Jesús está real y verdaderamente presente con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad bajo las especies del pan y del vino. Así lo dijo a los Apóstoles con las palabras de consagración que repetimos los sacerdotes en la Santa Misa: “Este es mi cuerpo..., Esta es mi sangre..., haced esto en memoria mía”. Sucesores de los Apóstoles, los Obispos, con la colaboración de los presbíteros, somos custodios del grandísimo don de la Eucaristía, mediante la cual se cumple la promesa de Jesús antes de subir a los cielos: “Sabed que yo estoy con vosotros, todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 20,28). La Eucaristía es la mayor responsabilidad de la Iglesia en la historia. La Iglesia es responsable de muchas cosas: de una sana doctrina, del hombre, de una cultura, de tesoros de arte... Pero todas estas responsabilidades son poca cosa comparadas con la que tiene en relación con el Cuerpo y la Sangre del Salvador. Por eso, la Eucaristía no puede ser trivializada, reducida a algo «ordinario», que se puede tratar con toda desenvoltura y superficialidad. Los sacerdotes debemos decirnos a nosotros mismos, y también a los demás, estas cosas, porque tratamos cotidianamente el cuerpo y la sangre de Cristo, somos los «custodios» encargados por la Iglesia y los que más estamos expuestos al riesgo de acostumbrarse, al riesgo de olvidar que se trata de Dios, y Dios debe ser adorado. Cuando se trata de Dios, la confianza y la familiaridad deben ir siempre acompañadas de reverencia. La primera catequesis eucarística al pueblo es la que un párroco hace con su modo de estar en el altar y de ir y venir delante del Santísimo. Una genuflexión ante el sagrario, hecha de un modo determinado, puede valer más que toda una predicación sobre la presencia real. Hay muchos pequeños signos en los que se comprende hasta qué punto se siente presente a Jesús en una comunidad. Si el Hijo de Dios no consideró indigno de sí mismo manifestar su amor por nosotros con signos, ¿por qué deberíamos tener miedo de manifestarle también nosotros con signos nuestro amor? Ciertamente, Jesús no se complace en los gestos del cuerpo sino en los sentimientos del corazón; pero somos nosotros los que necesitamos de los gestos del cuerpo para suscitar y expresar los sentimientos del corazón. La premura y la delicadeza (no la melindrería) con la que se tiene en una iglesia el Santísimo Sacramento es el termómetro que mide la fe y la piedad del sacerdote y de la comunidad que allí se reúne. Alguien que no creía en la presencia real dijo: «Si yo pudiera creer que allí, en el altar, está Dios de verdad, creo que caería de rodillas y ya no podría levantarme». Quizá Jesús no nos pida esto precisamente, porque está también el deber de la caridad y el del servicio a los hermanos; es decir, no nos pide que estemos siempre materialmente de rodillas, pero sí que lo estemos espiritualmente, con el corazón. Es posible estar, con el corazón, en adoración ante el Santísimo, mientras nuestras manos trabajan, absuelven, escriben... La vida de todo cristiano, pero especialmente la de los sacerdotes, debe estar orientada hacia el sagrario. Jesús dijo que donde esté nuestro tesoro, allí estará nuestro corazón (Cf. Mt 6, 21). Y nuestro mayor tesoro en este mundo es la presencia del Salvador en la Eucaristía. 8. Concluyo deseando que la renovación de las promesas con las que nos vinculamos a Cristo y a su Iglesia el día de nuestra ordenación, sea una renovación de la gracia del sacramento del orden. Que nuestra adhesión sea fuerte y total a Él: a Cristo, Sacerdote de la Alianza Nueva y Eterna: "Aquel que nos amó, nos ha librado de nuestros pecados por su sangre, nos ha convertido en un reino, y hecho sacerdotes de Dios, su Padre. A El la gloria y el poder por los siglos de los siglos" (Ap 1, 5-6). |