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HOMILÍA EN LA FIESTA DE JESUCRISTO, SUMO Y ETERNO SACERDOTE

15/5/2008
Casa de Espiritualidad Es Cubells

1.      Celebramos hoy la fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, de cuya misión nosotros participamos en virtud del Sacramento del Orden. Esta fiesta, cuya extensión es debida a la obra del Siervo de Dios José María García Lahiguera, santo obispo, es una llamada a reconsiderar nuestra identidad, que deriva de la de Jesucristo, de cuyo sacerdocio hemos sido hecho partícipes.        

Es verdad que la Iglesia celebra el día del Sacerdocio en el Jueves Santo, y nosotros, según la tradición lo celebramos con la Misa Crismal y la Misa vespertina en nuestras parroquias. Pero, del mismo modo que la institución de la Eucaristía tiene una doble conmemoración, el mismo Jueves Santo y el día del Corpus Christi, también la institución del Sacerdocio puede tener una doble conmemoración, añadiendo a la ya citada del Jueves Santo, la de hoy; y, como hicimos el Jueves Santo, tenemos una celebración esta mañana y se prolongará está tarde en cada parroquia. 

2.      Jesucristo fue enviado por el Padre para ser Sacerdote, y restableciendo la amistad –perdida por el pecado- del hombre con Dios, ejerce de una vez para siempre el sacerdocio sumo y eterno, que no pasa.         

Viene espontáneo preguntarse: ¿cómo hemos sido elegidos nosotros? San Lucas nos lo aclara perfectamente: “Por entonces, subió Jesús a la montaña a orar; y pasó la noche orando a Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, escogió a doce de ellos y los nombró apóstoles…” (Lc 6, 12ss). La elección de los apóstoles fue un acto de oración, fue el resultado de un diálogo amoroso entre el Padre y el Hijo. Ello nos hace ver claramente que hemos sido engendrados en la oración, la familiaridad de Jesús con el Padre. Por eso, los trabajadores de la mies no se les puede elegir de un modo sencillo o convencional, sino que han de ser pedidos y elegidos por el Dueño de la mies. De ahí la indicación de Jesús: “Rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies” (Mt 9, 38). Uno no puede hacerse apóstol por sí mismo, sino que es el resultado de una elección, de una decisión de la voluntad de Jesús, basada, a su vez, en su unidad de voluntad con el Padre. 

3.      San Lucas seguirá explicando el cometido del elegido: “para que estuvieran con Él y para enviarlos…” El estar con el quiere decir que hemos sido llamados a conocerlo con un conocimiento que no está al alcance de todas las gentes, que muchas veces ven a Jesús sólo desde la distancia.         

Ese conocimiento se adquiere con el trato. De ahí la importancia de que nuestro ministerio se componga de oración, de estudio, de reflexión, de conciencia clara de la cercanía. Este año, en la Carta a los Sacerdotes para la Jornanda Mundial, la Congregación para el Clero recuerda la prioridad de la oración con respecto a la acción, en cuanto que de ella depende la eficacia del obrar: “De la relación personal de cada uno con el Señor Jesús depende en gran medida la misión de la Iglesia. Por tanto, la misión debe alimentarse con la oración: Ha llegado el momento de reafirmar la importancia de la oración ante el activismo y el secularismo” (Benedicto XVI, Deus caritas est, 37).        

Cumbre de la oración es la celebración diaria de la Santa Misa, no sólo para cumplir un compromiso pastoral o una exigencia de la comunidad a la que servimos, sino por absoluta necesidad y convencimiento personal de que es la más alta expresión de lo que somos. Además, vale la pena recordar cómo el Santo Padre, en la Exhot. Apostólica postsinodal Sacramentum caritatis, n. 66, nos vuelve a proponer con fuerza la afirmación de San Agustín: “Nadie coma de esta carne sin antes adorarla (…) pecaríamos si no la adorásemos” ( Enar. In Psalmos, 98,9). No podemos vivir, no podemos conocer la verdad sobre nosotros mismos sin dejarnos mirar y observar por el mismo Cristo en la adoración eucarística. La Virgen María, en su “Stabat Mater” al pie de la cruz, nos da el ejemplo más sublime y significativo de contemplación y adoración del Sacrificio redentor, incluso cuando las circunstancias son adversas.        

La cantidad de trabajo, a veces enorme, que las actuales condiciones del ministerio nos exigen llevar a cabo, lejos de desalentarnos, debe impulsarnos a cuidar con mayor atención aún, nuestra identidad sacerdotal, la cual, como he señalado antes, tiene una raíz ciertamente divina. En este sentido, con una lógica opuesta a la del mundo, precisamente las condiciones peculiares del ministerio nos deben impulsar a elevar el tono de nuestra vida espiritual, testimoniando con mayor convicción y eficacia, la respuesta a la llamada de Dios. 

4.      Estar con Jesús y conocerlo es también una llamda a proseguir profundizando en la formación teológica que iniciamos en los años del Seminario y que nos debe acompañar a lo largo de nuestra vida. No podemos vivir de la renta de los estudios de unos años en nuestra juventud. El sacerdocio es tanto un don como una tarea. El Directorio para el Ministerio y la Vida de los Presbíteros nos recuerda la importancia de la formación permanente como obra del Espíritu Santo, que confiere continuamente la gracia de Dios a la vida y a la actividad misionera del sacerdote. A través de la formación permanente “el sacerdote no sólo está ‘consagrado’ por el Padre y ‘enviado’ por el Hijo, sino también ‘animado’ por el Espíritu Santo (Directorio para el Ministerio y para la Vida de los Presbíteros, n. 69).

El Directorio pone en evidencia que a través de la formación permanente,  el sacerdote continua manifestando la propia fidelidad y respondiendo más adecuadamente a su vocación. La gracia del Espíritu Santo lo ayuda a realizar su ministerio en una sociedad secularizada y sometida a rápidas mutaciones. La vida pastoral del sacerdote llega a ser más significativa y profunda gracias a la formación espiritual permanente. La formación que había comenzado en el seminario debería seguir después de la Ordenación, porque es el momento en el que tiene más necesidad, en su vida y en su ministerio, del poder de discernimiento del Espíritu Santo.

La formación sacerdotal permanente es necesaria porque de tal manera el presbítero continúa haciendo presente el amor y la gracia de Dios en el mundo.

La formación permanente requiere espíritu de sacrificio para dar espacio al crecimiento y a la eficacia del ministerio. El sacerdote debe morir a sí mismo para poder servir y desarrollar la generosidad. Dedicarse a la formación después de la Ordenación sacerdotal significa buscar con humildad la santificación. Es un modo de superar las propias debilidades en los desafíos de los “signos de los tiempos”. La formación permanente de los sacerdotes es considerada una “necesidad” porque deriva de la gracia de Dios, que dona constantemente al sacerdote la fuerza de conformarse in persona Christi. La negligencia en la formación permanente puede crear un dualismo entre el ministerio y la espiritualidad, que puede ser la causa de algunas crisis en el sacerdote. 

5.      Volviendo al texto de Marcos, ya citado, además de llamarnos para estar con él, nos envía. Y ¿a qué se nos envía? “A predicar con poder de expulsar demonios”  (Mc 3,14). El primer encargo es, pues, predicar, dar a los hombres la luz de la palabra. Ahora bien, dado que el mundo al que hemos de dar la palabra tiene en sí también la huella del pecado y la fuerza del mal, nosotros, con la Palabra de Dios hemos de liberar y salvar al mundo. El teólogo aleman escribe que “los mensajeros de Jesús, siguiendo sus pasos, tienden a exorcizar el mundo, a la fundación de una nueva forma de vida en el Espíritu Santo, que libere de la obsesión diabólica”

 
     

 

 

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