1. Hace escasos minutos acabamos de descubrir la imagen de nuestra amada y venerada Patrona, la Mare de Deu dels Desamparats. ¡Cuántas horas hemos estado esperando este ansiado momento! Y tras la espera, hemos sido recompensados con la visión de la Virgen. Ha valido la pena el esfuerzo. Poco a poco el tapiz que la ocultaba a nuestros ojos ha ido desapareciendo para que pudiésemos contemplar a nuestra madre Santísima y seguir recibiendo de ella esa mirada amorosa y, con ella, gracia tras gracia. Desde hace casi seiscientos años la Virgen María es invocada por sus hijos valencianos con esta bella y sugerente advocación de Madre de los Desamparados, confiándonos a su protección en la vida y en la muerte, como le pedimos en el Avemaría: “¡Ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte!” Ella orienta nuestras vidas hacia Jesús, fruto bendito de su vientre y llevamos su imagen bendita grabada en nuestros corazones. María, la reina del cielo y la tierra, bajo este título de Virgen de los Desamparados, tiene en Valencia y en el corazón de cada valenciano su propia casa. Desde esta Real Basílica, rodeada del afecto, del amor filial, de la veneración y el respeto de sus hijos valencianos, ejerce como nadie su papel de madre. 2. Todos los que nos hemos reunido aquí en esta madrugada, venidos desde distintos lugares, traemos ante la Virgen súplicas y plegarias, promesas y agradecimientos para confiárselos a ella y ponerlos en sus manos. Ella es la madre de todos, pero, como buena madre, se preocupa especialmente de los que más ayuda y amparo necesitan: de los que sufren, de los débiles, de los desamparados. María, aunque predestinada y elegida por Dios, no por ello deja de ser una mujer de su época, una muchacha de carne y hueso que por encima de todo se fió siempre de Dios, se puso en sus manos y se dejó guiar por Él, mostrándonos que vale la pena abandonarse en las manos de Dios. Y no creamos que en ese camino ella lo tuvo sencillo por ser la Madre de Dios. Pensemos por un momento cuando en Belén, lejos de su casa, le llego el momento del parto. No dio a luz a su hijo en un gran palacio, ni lo pudo poner en una preciosa cuna digna del Hijo de Dios. Sólo le pudo ofrecer un pobre pesebre y la compañía de su casto esposo San José y de unos pastores que estaban cuidando sus rebaños en los alrededores. O pensemos cuando después de largos años cuidando, educando y siguiendo a su Hijo Jesús, a aquel que ella sabía que era el Salvador del mundo, el hijo de Dios, tuvo que pasar por el momento más doloroso de su vida: la muerte de su Hijo en una cruz como si de un vulgar ladrón se tratase. La experiencia más dolorosa para una madre es peder a su hijo. Y pese a todo, María permaneció fiel a Dios, nunca le dio la espalda, nunca desconfió de aquel que la había elegido para que fuera la Madre del Salvador del Mundo. Con razón podemos exclamar llenos de alegría con el salmista: “Tu eres el orgullo de nuestro Pueblo”. 3. Cada uno de nosotros sentimos una emoción especial al hablar de nuestra madre, al recordar momentos vividos junto a ella cuando éramos pequeños, cuando recordamos consejos que nos dio a los largo de la vida, o lo protegidos que nos sentíamos si ella estaba cerca de nosotros. Tantas y tantas cosas vividas junto a nuestra madre. Pues esta misma emoción, o mayor aún si cabe, nos invade al hablar de la Virgen, nuestra Madre del cielo, la mejor de todas las madres, aquella que Dios se escogió para que fuera la madre de su Hijo. Pero nuestra devoción a la Santísima Virgen sería incompleta si se redujese solamente al campo sentimental y no produjese en nosotros un afán de imitar a nuestra Madre, de reflejar el rostro maternal de María en nosotros. La mejor manera de honrar y demostrar nuestra devoción y nuestro amor a la Virgen de los Desamparados debe consistir en un amor incondicional, primero a Dios, como hizo Ella, y después y en consecuencia a todos los que nos rodean, traducido en obras concretas a favor de nuestros hermanos y de modo especial de aquellos más desamparados. 4. Queridos hermanos, que esta fiesta en honor a la Virgen de los Desamparados no sea simplemente una fiesta más, un año más que ya ha pasado. No nos olvidemos nunca, ni un solo día de nuestra vida, que tenemos en María un apoyo y una ayuda como nadie nos puede prestar, y desde luego no olvidemos que es posible cumplir la voluntad del Señor. María, una mujer de nuestro pueblo, de nuestra raza, nos muestra que es posible decirle si al Señor, que se es más feliz y mejor persona si nos fiamos plenamente de Dios. Venidos aquí con fe y devoción en estas primeras horas del día grande que Valencia le dedica, elevemos nuestra mirada hacia nuestra Madre Santísima y digámosle con confianza de Hijos: “Verge subirana de terres de Llevant, a les vostres mans posem els nostres gojos i les nostres esperances, les tristors i els sofriments. Mare de Dèu, rosa perfumada, ampara les nostres familias i els nostres pobles. Ajudamos a ser enmig del mon autèntics testimonis del teu fil Jesucrist, ajudamos a ser instruments de pau, d’alegria i esperança. Volem repetirte aquella oració que mos van ansenyar els nostres majors: “Mare del Desamparats no mos desampareu ni en la vida, ni en la mort, ni el lo tribunal de Deu”. Que la Mare de Dèu del Desamparats ens protegeixca, ens ampare i ens beneisca a tots. Amén. |