1. El segundo miércoles de julio en muchos pueblos de la Comunidad Valenciana, también en el que yo nací, se celebra la fiesta de la Preciosísima Sangre de Cristo. Por eso, desde pequeño, aprendí a dedicar este día la contemplación de ese aspecto de la entrega de Jesucristo por nosotros y por nuestra salvación. Vengo, pues, hoy contento a celebrar esta fiesta en honor de Jesucristo con todos vosotros y agradezco muy de corazón al Cura Párroco su invitación amable a participar con todos vosotros. Al agradecérselo, le saludo cordialmente, extendiendo ese saludo a los demás sacerdotes que concelebran, algunos de los cuales, pertenecen a mí diócesis de Ibiza. Saludo así mismo a las autoridades que están presentes y a todos los que, con su colaboración, empeño y entusiasmo hacen posible la celebración de esta fiesta. No hace mucho tuve ocasión de ver por la televisión un reportaje sobre la celebración de la fiesta del Corpus en esta población. Ahora, tras la reforma del calendario litúrgico la fiesta que llamábamos del Corpus ha pasado a denominarse correctamente Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo. En aquella circunstancia pude comprobar, con tanta satisfacción, cómo en Picanya es una fiesta muy sentida y las calles se adornar con espléndidas alfombras de flores para acoger el paso del Señor Sacramentado, tras la Misa solemne, casi como una prolongación necesaria y natural de la misma, yendo con Aquel que es el Camino. Vienen a habitar con nosotros, Jesús nos libera de la parálisis, nos hace ponernos en pie y dar un paso adelante y después otro, y otro, y otro paso, y así nos pone en camino con la fuerza que da ese admirable Sacramento. En cierto sentido, esta fiesta de hoy es prolongación también de aquella festividad. 2. “Este es el cáliz de mi Sangre, Sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados. Haced esto en conmemoración mía”. Con profunda emoción los sacerdotes pronunciamos y los fieles escuchan estas palabras que Jesús pronunció en el Cenáculo, en Jerusalén el primer jueves santo de la historia. Hace dos mil años. Desde entonces, han sido repetidas, de generación en generación, por quienes participan del sacerdocio de Cristo a través del sacramento del orden sagrado. A través nuestro Cristo mismo repite continuamente estas palabras, mediante la voz de sus sacerdotes en todos los rincones del mundo. Obedeciendo al mandamiento de Cristo, la Iglesia repite estas palabras todos los días en la celebración de la Eucaristía. Estas palabras brotan de lo más profundo del misterio de la Redención. Durante la celebración de la cena pascual en el Cenáculo, Jesús tomó el cáliz lleno de vino, lo bendijo y lo dio a sus discípulos. Esto formaba parte del rito pascual en el Antiguo Testamento. Pero Cristo, el Sacerdote de la alianza nueva y eterna, usó esas palabras para proclamar el misterio salvífico de su pasión y muerte. Bajo las especies del pan y del vino instituyó los signos sacramentales del sacrificio de su Cuerpo y de su Sangre. 3. Estas palabras han alimentado la fe del pueblo cristiano a lo largo de todo el tiempo de existencia de la Iglesia y han fomentado una espiritualidad, la espiritualidad de la Sangre de Cristo, fuente de autentica conversión y renovación de los hombres. Desde tiempo inmemorial existe en Valencia la devoción a la Preciosa Sangre de Cristo, a la que se le han dedicado cofradías y parroquias en la diócesis con ese título. Aquí en Picanya esa devoción llegó de la mano del Santo Patriarca San Juan de Ribera. La devoción fervorosa que el Arzobispo de Valencia, San Juan de Ribera, profesaba a la Santa Eucaristía. Era muy conocida. Dedicó al Corpus Christi. el Colegio Seminario con su templo. Y aquí es donde se enmarca su devoción a la Sangre de Cristo. Existía una rama franciscana capuchina en Italia, cuyo General era San Lorenzo de Brindis. El Beato Nicolás Factor, valenciano y gran amigo del Patriarca, le había hablado con gran encarecimiento, y deseó intensamente traerlos a su Diócesis de Valencia creando una provincia para ellos: La Provincia Capuchina de la Sangre de Cristo. El Beato Nicolás Factor, su amigo, había profesado como capuchino en Barcelona, y le había hablado de la profunda reforma de la Orden. Escribió al General y les prometió casa y protección. Vencidas graves dificultades y ya establecidos, les visitaba y comía con ellos muy asiduamente y trató con el General San Lorenzo de Brindis, dotado del mismo carisma eucarístico de San Juan de Ribera. San Juan de Ribera, Arzobispo, Virrey y Capitán General de Valencia, complementó su devoción eucarística erigiendo el Colegio Seminario Capilla del Corpus Christi, e instituyendo y protegiendo la Provincia Capuchina de la Sangre de Cristo. Más cercano en el tiempo a nosotros, en el año 1960 dispuso el Beato Juan XXIII introducir en las letanías de la Bendición eucarística la alabanza: Bendita sea su Preciosísima Sangre. El Pontífice llamado por el pueblo “El Papa Bueno” quería así destacar la extraordinaria importancia de la Sangre salvadora, que hace que su memoria tenga un lugar central y esencial en la celebración del misterio del culto: ante todo en el centro mismo de la asamblea eucarística, en la que la Iglesia eleva a Dios Padre, en acción de gracias, el "cáliz de la bendición" (1 Cor 10,16) y lo ofrece a los fieles como sacramento de verdadera y real "comunión con la sangre de Cristo" (1 Cor 10,16). 4. ¿Qué nos da Jesús cuando en la Santa Misa nos ofrece su Sangre para que la bebamos? Jesús, después de darnos su Cuerpo, y con él toda su vida nos da la parte más preciosa del mismo: su propia muerte. Si la palabra “cuerpo” en la Biblia indica la vida toda entera, Jesús, al entregarnos su Cuerpo en la Eucaristía nos entrega como don toda su existencia, desde el primer instante de la Encarnación hasta el último momento, con todo lo que efectivamente había llenado su vida: la pobreza de Belén, la huída a Egipto, el silencio de Nazaret, las fatigas evangelizadora, su oración prolongada, las luchas frente al mal, las humillaciones de la pasión, etc. Cuando en la Misa oímos “Tomad y comed porque esto es mi Cuerpo” Jesús nos está dando todo eso. Y cuando en la Misa nos dice, por medio de los labios del sacerdote “Tomad y bebed, este es el cáliz de mi Sangre”, Jesús nos está ofreciendo su muerte. Y esto Jesús lo hace en el momento en que, como dice el Evangelio: “Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13,1). La entrega de la muerte de Cristo, es decir, de su Sangre, es un acto de amor. 5. El amor quiere ser correspondido, el amor desea ser pagado con la misma moneda. Por eso, cuando el la Misa participamos del gesto de amor que Jesucristo realiza con sus palabras, anticipo sacramental de lo hará en su Pasión, ¿cuál tiene que ser nuestra reacción? Corresponder a ese amor, exactamente a ese amor del modo como indicaba San León Magno: “Nuestra participación en el Cuerpo y Sangre de Cristo no tiende a otra cosa que a convertirnos en aquello que recibimos” (Sermón 12, sobre la Pasión, CCL 138,388). Ante lo que Cristo nos da, ¿qué debemos dar nosotros? Lo mismo que ofreció Jesucristo, nuestro Señor: la vida y la muerte. Con la palabra «cuerpo», damos todo aquello que constituye la vida que llevamos a cabo en este cuerpo: tiempo, salud, energías, capacidades, afecto, quizá esa sonrisa que sólo un espíritu que vive en un cuerpo puede ofrecer y que es, a veces, algo extraordinario. Con la palabra «sangre», expresamos también nosotros la ofrenda de nuestra muerte; pero no necesariamente la muerte definitiva, el martirio por Cristo o por los hermanos. Es muerte todo aquello que en nosotros, desde ahora, prepara y anticipa la muerte: humillaciones, fracasos, enfermedades, limitaciones debidas a la edad, a la salud, todo aquello que nos «mortifica». Esa es la verdadera devoción o espiritualidad de la Sangre de Cristo. Todo esto exige, sin embargo, que cada uno de nosotros, nada más salir a la calle al término de la misa, nos pongamos manos a la obra para realizar 1o que hemos dicho; que, a pesar de todos nuestros límites, nos esforcemos realmente en ofrecer a los hermanos nuestro «cuerpo», es decir, nuestro tiempo, nuestras energías, nuestra atención; en una palabra, nuestra vida. Jesús, después de haber pronunciado aquellas palabras: «Tomad... esto es mi cuerpo; tomad... ésta es mi sangre», no dejó pasar mucho tiempo hasta cumplir aquello que había prometido: al cabo de pocas horas dio su vida y derramó su sangre en la cruz. De otro modo, todo se quedaría en palabras vacías, aún más, todo sería una mentira. Es necesario, pues, que, después de haber dicho a los hermanos: «Tomad, comed», nos dejemos «comed realmente»; y nos dejemos comer sobre todo por quien no lo hace con toda la delicadeza y la cortesía que esperaríamos. Tratemos de imaginar qué sucedería si celebrásemos la misa con esta participación personal, si dijéramos realmente todos, en el momento de la consagración, unos en voz alta y otros en silencio, cada uno según su ministerio: Tomad, comed... Imaginemos una madre de familia que celebra así su misa, y después va a su casa y empieza su jornada hecha de multitud de pequeñas cosas. Su vida es, literalmente, desmigajada; pero lo que hace no es en absoluto insignificante: ¡Es una eucaristía junto con Jesús! Pensemos en una religiosa que viva de este modo la misa, después también ella se va a su trabajo cotidiano: niños, enfermos, ancianos... Su vida puede parecer fragmentada en miles de cosas que, llegada la noche, no dejan ni rastro; una jornada aparentemente perdida. Y, sin embargo, es eucaristía; ha «salvado» su propia vida. Imaginemos un sacerdote, un párroco, y con más razón, un obispo, que celebra así su misa y después se va: ora, predica, confiesa, recibe a la gente, visita a los enfermos, escucha... También su jornada es eucaristía. Del mismo modo que Jesús sigue siendo uno en la fracción del pan, así también una vida gastada de este modo por los demás es unitaria, no es dispersiva, y aquello que la hace unitaria es el hecho de ser eucaristía. También él permanece unido en la fracción, unido en la división, unido en la donación. Un gran maestro de espíritu, decía: «Por la mañana, en la misa, yo soy el sacerdote y Jesús es la víctima; durante la jornada, Jesús es el sacerdote y yo soy la víctima» (P. Olivaint). Así un sacerdote imita al «buen Pastor», porque real- mente da la vida por sus ovejas. 6. Pero no hay que olvidar que también hemos ofrecido nuestra «sangre», es decir, nuestras pasiones, las mortificaciones. Éstas son la mejor parte que el mismo Dios destina a quien tiene más necesidad en la Iglesia. Cuando ya no podemos seguir ni hacer aquello que queremos, es cuando podemos estar más cerca de Cristo. Después de la Pascua, le dijo Jesús a Pedro: «Cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas adonde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará adonde tú no quieras». Con esto indicaba la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios (Jn 21, l8ss.). Un poco antes, Jesús le había dicho a Pedro, por tres veces: «Apacienta mis ovejas», pero ahora le hace comprender que la mayor gloria es la que ofrecerá a Dios muriendo. Gracias a la eucaristía, ya no existen vidas «inútiles» en el mundo; nadie debería decir: « ¿De qué sirve mi vida? ¿Para qué estoy en el mundo?» Estás en el mundo para el fin más sublime que existe: para ser un sacrificio vivo, una eucaristía con Jesús |