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HOMILÍA EN LA FIESTA DE SAN CIRIACO

8/8/2008
S.I. CATEDRAL

1.      Hoy es ocho de agosto, día grande para Ibiza y Formentera, día que recuerda cómo en esta misma fecha, en la que el calendario romano recuerda al mártir San Ciriaco, en el año 1235 las tropas cristianas entraron en esta Ciudad, y con ellas, vino la cultura cristiana, fuente de civilización.  Los que entraron en Ibiza el 8 de agosto trajeron la fe cristiana, que en los primeros albores del primer milenio de la era cristiana ya había estado presente en nuestras Islas. La fe cristiana, pues, es una antiquísima raíz de la identidad pitiusa y el ocho de agosto nos lo recuerda        

Fieles a la tradición multisecular, fuertemente consolidada, se entona en esta Catedral el Himno Te Deum, con el cual,  según antiquísima costumbre en la Iglesia, se dan gracias a Dios y se le pide que nos siga bendiciendo; ésta fue la melodía con que los primeros pobladores de Ibiza se congratularon por la empresa, y con esos sentimientos lo entonaremos nosotros al finalizar la Santa Misa. Además, se recuerda de un modo especial en esta Santa Misa a quienes ofrecieron su vida en aquellos memorables acontecimientos, extendiendo nuestro recuerdo espiritual y agradecimiento vivo a todos aquellos que han ido construyendo, de un modo u otro, esta sociedad de la que formamos parte nosotros, en el respeto y promoción de nuestra identidad, una identidad que hunde, pues, sus raíces en el cristianismo y los valores que del mismo se derivan.

Con el 8 de agosto de 1235 les Pitiuses recobran su carácter cristiano que llega hasta el día de hoy: nuestros pueblos toman nombres de santos, sus fiestas determinan el calendario de la Isla, la fe motiva las mejores obras de arte que poseemos, aparecen las obras de caridad, asistenciales y educativas propias de la religión católica, las familias se forman con las virtudes derivadas del matrimonio cristiano, las gentes crecen y se desarrollan bajo el signo del amor de Dios, los grandes hombres del mundo de la cultura tuvieron sus inspiración en el cristianismo.  

2.      El ocho de agosto de 1235 quienes vinieron a poblar estas Islas trajeron consigo y dejaron un modo de vida, una cultura, una lengua y, por encima de todo, su fe cristiana. Con las adaptaciones derivadas del paso del tiempo, ese es el marco sociocultural del que nos sentimos satisfechos y que queremos preservar y ofrecer al conjunto de personas y pueblos que entran en contacto con nosotros.        

La fe cristiana, que no es meramente individual sino que tiene también ricas expresiones comunitarias, está en el origen de nuestras comunidades y pueblos; así, fue en torno a las iglesias, más tarde convertidas en parroquias cuando el primer Obispo de Ibiza, Mons. Antonio Abad y Lasierra las elevó a esa categoría al constituirse en 1782 la diócesis, era donde la gente se agrupaba, se relacionaba y se fomentaba la conciencia colectiva. Sus muros son desde entonces los brazos que acogen a cada persona en los momentos ordinarios y también en los momentos fuertes, como son las bodas, bautizos, comuniones, entierros: reciben a los fieles cuando nacen, los acompañan a lo largo de sus días y los despiden al terminar su peregrinación terrena.

Signo externo de la institución parroquial, común en la Iglesia y con particularidades especiales en Ibiza, son las banderas de cada una de las parroquias, que las representan y simbolizan. Me alegra su presencia en esta celebración, pues nos traen la presencia espiritual y el recuerdo emocionado de cada uno de los pueblos. Agradezco a los obreros que, año tras año, las traen en esta fiesta y en la de la Virgen de las Nieves. Respetando y reverenciando a cada una de las banderas se respeta y reverencia a cada uno de los pueblos y a sus habitantes, y bendiciendo a la bandera bendigo de corazón a cada pueblo y a quienes lo habitan.

3.      Hoy, más de siete siglos después de aquella gloriosa fecha, nos encontramos con el compromiso de afianzar aquel camino emprendido. Afianzar el camino porque el cristianismo es una importante aportación a nuestra vida, ya que no es una larga lista de prohibiciones, sino una opción positiva. Por eso, los cristianos han de presentar la belleza de la “buena noticia”, del Evangelio frente a quienes ven el en el cristianismo sólo un conjunto de rígidas normas.        

La fe cristiana ayuda a conjugar perfectamente dos conceptos, que son fundamentales y son las dos caras de una misma monedad: la verdad y la libertad. . El Cardenal Ratzinguer, en su homilía al inicio del conclave que lo eligió Papa señalaba: “Cuántos vientos de doctrina hemos conocido durante estos últimos decenios!, ¡cuántas corrientes ideológicas!, ¡cuántas modas de pensamiento!... La pequeña barca del pensamiento de muchos cristianos ha sido zarandeada a menudo por estas olas, llevada de un extremo al otro: del marxismo al liberalismo, hasta el libertinaje; del colectivismo al individualismo radical; del ateísmo a un vago misticismo religioso; del agnosticismo al sincretismo, etc... A quien tiene una fe clara, según el Credo de la Iglesia, a menudo se le aplica la etiqueta de fundamentalismo. Mientras que el relativismo, es decir, dejarse «llevar a la deriva por cualquier viento de doctrina», parece ser la única actitud adecuada en los tiempos actuales. Se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida sólo el propio yo y sus antojos” (Homilía 18 de abril de 2005). Hay que tener claro que  la libertad no es la ausencia de restricciones a la propia conducta, sino más bien, la posibilidad de llegar a ser el tipo de persona que Dios ha  llamado a ser a cada uno: no es libre el que hace todo lo que quiere, sino el que hace aquello que debe hacer; vistas así las cosas la libertad no es se puede invocar para abusar del pobre, odiar al prójimo, suprimir la vida engendrada en el seno materno, sino que libertad es llevar a término las inmensas potencialidades que tenemos como personas, creadas a imagen y semejanza de Dios, que tiene un proyecto sobre cada uno de nosotros.

4.      El camino para llevar a cabo ese proyecto encontramos el camino en el Misterio Eucarístico, inmenso don del que se derivan consecuencias importantísimas. A este respecto, deseo recordar las palabras de Benedicto XVI a los jóvenes en Colonia en la XX Jornada Mundial de la Juventud: “(La Eucaristía) es la transformación sustancial que se realizó en el Cenáculo y que estaba destinada a suscitar un proceso de transformaciones cuyo último fin  es  la  transformación  del mundo hasta que Dios sea todo en todos (cf. 1 Co 15, 28). Desde siempre todos los hombres esperan en su corazón, de algún modo, un cambio, una transformación del mundo Esta es, por usar una imagen muy conocida para nosotros, la fisión nuclear llevada en lo más íntimo del ser; la victoria del amor sobre el odio, la victoria del amor sobre la muerte. Solamente esta íntima explosión del bien que vence al mal puede suscitar después la cadena de transformaciones que poco a poco cambiarán el mundo. Todos los demás cambios son superficiales y no salvan” (Homilía 21 de agosto de 2005).        

La fe vivida en la Eucaristía lleva después a una vida diferente, que en el plano personal invita a actuar en coherencia con los postulados de la misma fe y en el plano social fomenta los esfuerzos para construir un mundo en el que el amor de Cristo sea el fundamento de la sociedad, en lugar de equivocadas ideologías, del egoísmo y del deseo de poder. Sí, la Eucaristía es la única fuerza capaz de salvar el mundo. 

5.      Estos principios han de informar la vida de cada cristiano, de todo cristiano. Así ha sido desde el principio y así será hasta el final de los tiempos. Y esa vivencia ha dado origen a los Santos. Hoy recordamos a San Ciriaco, diácono mártir romano, cuya fiesta en esta fecha tan señalada para Ibiza y Formentera, ha hecho que lo consideremos y veneremos como patrono e intercesor nuestro ante Dios.         

Bajo el altar mayor de la iglesia romana de Santa María in Via Lata se conserva el sepulcro de este mártir. Célebre diácono, fue muy conocido por haberse dedicado a dar apoyo a los cristianos condenados a trabajos forzados; fue martirizado por orden del emperador Maximiano Hercúleo, en la Vía Salaria. El Papa San Marcelo trasladó su sepultura a la Vía Lata precisamente un ocho de agosto. La vida de San Ciriaco fue un reflejo de la preocupación constante de la Iglesia de Roma por promover la ayuda a los necesitados. Así lo refiere un testimonio de la época, el Obispo Dionisio de Corinto, cuando escribe: "Tenéis la costumbre y tradición, ininterrumpida desde el principio mismo del Cristianismo, de que ayudáis con toda clase de socorros a los hermanos; y proveéis de toda clase de recursos a innumerables iglesias, esparcidas por cada una de las ciudades, cuando están en necesidad. Y de este modo aliviáis la indigencia de muchísimos; y a los hermanos condenados en las minas les suministráis lo necesario. Y esta costumbre…; suministrando abundantemente recursos a los santos, y aun socorriendo a los que llegan a ésa desde lejos; sin que, como padre cariñoso, a la vez los deje de consolar con santas exhortaciones”.        

San Ciriaco es, pues, un hermoso testimonio de cómo la fe cristiana se expresa en un servicio generoso, aunque a veces arriesgado, a los hermanos. Un servicio inspirado en el amor a Dios, que se extiende naturalmente en el amor a los demás, especialmente a los más necesitados, pues, como recordaba no hace muchos años la Beata Madre Teresa de Calcuta: “Si no tenemos a Dios, somos demasiado pobres para poder ofrecer algo a los pobres”.        

Que bajo la protección de San Ciriaco, nuestra Iglesia camine decidida y generosa en el servicio a todos, y nuestra sociedad conserve y cuide sus raíces cristianas, dando así abundantes frutos de progreso integral y genuino, valores humanos y cristianos, solidaridad y paz social, respeto y colaboración. 

 
     

 

 

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