1. En las primeras horas de la fiesta de la Asunción de la Virgen a los cielos, fiesta que algunos llaman “la Pascua de la Virgen” nuestro muy querido Don Juan Torres Tur, ha tenido su pascua, su paso de esta vida temporal a la vida eterna. Su muerte aunque sea después de una enfermedad, que con el paso de los años ha ido minando sus fuerzas, es una llamada a reflexionar serenamente y con ello, sacar enseñanzas para todos nosotros, que naturalmente nos dirigimos sobre el mismo camino. El misterio de la muerte, aún cuando se realice en una persona que tenga muchos años y nos parezca inesperada, es siempre motivo de tristeza por la separación que supone y además, porque nos recuerda una realidad a la que ninguno escaparemos. Por eso, vamos a examinarla a la luz de la fe, mirándola con serenidad, sin miedo, de modo que podamos transformar este acontecimiento en enseñanza de vida. La fe tiene esa cualidad: transformar el dolor en alegría. 2. Conocí a Don Juan en el año 2005, apenas llegado a Ibiza, cuando ya la enfermedad era su compañera habitual. Al inicio de mi ministerio pastoral en esta diócesis, el Vicario General me informó sobre los sacerdotes enfermos, que en realidad eran dos: Don Vicente Costa, que nos dejó en diciembre de ese mismo año, y Don Juan Torres, que nos ha dejado ahora. En mis visitas a su casa de San Jordi pude apreciar las hermosas dotes con las que la Providencia le había distinguido y de las que, a pesar del paso del tiempo y de las dolencias, no habían disminuido. Me impresionó mucho en una de aquellas conversaciones cómo de repente él me interrumpió y me dijo tajantemente: “Aunque me vea así, yo me siento contento de haber sido sacerdote y de seguir siéndolo”. Ese mismo año, acudí la víspera de Navidad a felicitarle las fiestas que se acercaban y él quiso honrarme con un regalo personal: se levantó de la silla, fue a su mesa de trabajo y volvió con la cinta con las que le ataron las manos en día de su Primera Misa. Me sorprendió que se desprendiera de un recuerdo tan personal, pero él me contestó que me lo entregaba como señal de respeto y afecto, los dos sentimientos que él estaba seguro que yo tenía para con él. Desde aquel día guardo esa cinta con devoción, más aún porque los sacerdotes de mi tiempo ya no la utilizamos en el día gozoso de la primera misa. 3. En las conversaciones que pude mantener con él en el tiempo antes de su ingreso en la Residencia Reina Sofía, mientras sus razonamientos eran lúcidos, fui descubriendo en su persona algunas cualidades que como creyente y sacerdote nos deja como testamento espiritual. En primer lugar una tierna devoción a la Virgen María, que nosotros veneramos en Ibiza como la Virgen de las Nieves. Salía este tema en la conversación y me explicaba que, por donde pasó como sacerdote en nuestra diócesis quiso dejar la imagen de la Virgen, y cómo encargó algunas tallas sencillas, para extender esa devoción entre nosotros; en algunas parroquias las he podido ver. Aprecié en él un gran amor a la Iglesia diocesana. Como Vicario General fue un válido apoyo de los Obispos, no escatimando fuerzas ni energías en cumplir esa delicada misión. Es de todos conocida su dedicación al oficio de la Curia llegando hasta extremos pequeños y sencillos. En las parroquias donde sirvió, no ahorro esfuerzos en mejorar las estructuras parroquiales para servir mejor; entre otras obras, ahí queda la Capilla de la Sagrada Familia, en Ses Países, levantada como parte de un proyecto mayor que aún tenemos que llevar a cabo, con el fin de atender mejor la población que, aunque perteneciente a la Parroquia de San Antonio, está asentada en esa zona que dista del centro parroquial; más adelante, las obras llevadas a cabo en la Parroquia de Santa Cruz para adaptarla a las nuevas necesidades litúrgicas. Don Juan nos deja también el testimonio de su vida misionera. Ordenado sacerdote a los 34 años, partió en cuanto pudo, como han hecho otros sacerdotes de la diócesis, a servir a la Iglesia en territorios de misión; así transcurrió algunos años en Perú, y a su regreso, dio forma a la Institución diocesana Ibiza Misionera, que acompaña y sigue a los misioneros ibicencos. Otra de sus preocupaciones, sobre todo en los últimos años, fue que se conociera el testimonio de los mártires de nuestra Iglesia diocesana. Nacido en 1927, pudo ver, con la inocencia propia de los niños, la persecución religiosa que azotó a España en los años treinta del pasado siglo, y que en Ibiza se cobró la vida inocente de 22 sacerdotes y seglares cristianos. El poeta chino Ai Quina, mientras leía el Evangelio entre barrotes en las cárceles chinas, escribía sus poesías en míseras hojas de papel. Y decía en una de ellas: “¿Quién podrá en las capas terrestres encontrarlas lágrimas de los sacrificados que han sufrido todas las penas? aquellas lágrimas están encerradas entre miles de barrotes de hierro pero hay una única llave que puede abrir estas rejas. Y los innumerables valientes que han deseado apropiarse la llave están todos muertos bajo las armas de los guardianes. Si se pudiera recoger un poco de estas lagrimas…”. La Iglesia recoge las lágrimas de sus mártires. Las custodia con veneración, las expone a sus fieles sin ningún rubor, porque son la historia del triunfo de Cristo sobre todas las cosas, mientras que en nuestros días donde tanto se habla de derechos humanos y de libertad, parece que el martirio y la persecución deban ocultarse, aunque así se oculten también la grandeza del dolor y la valiente actitud de los perseguidos por causa de la justicia, de la verdadera justicia. Don Juan empezó un trabajo sobre nuestros mártires, que recogemos con agradecimiento y con el compromiso de llevarlo a término. Otro de sus amores fue el Monasterio de San Cristóbal, Ses Monges Tancades, que él amo y ayudó en la medida de sus posibilidades. Es una riqueza, dentro de nuestra sencillez, tener un monasterio contemplativo en la diócesis. Es algo que nos atañe a todos, y del que todos, cada uno según sus posibilidades y sus condiciones, debe ayudar. 4. He querido, no sé si lo habré logrado, trazar algunas líneas de la fina espiritualidad sacerdotal de Don Juan. Algunos de los presentes podrían añadir muchas más cosas. Vosotros, queridos hermanos, testimoniáis con vuestra afectuosa presencia que don Juan ha luchado en la noble batalla de la vida, ha llevado a término con dignidad su carrera, aún en medio a las dificultades. Ahora, por tanto, sólo le queda recibir la corona que no se marchita, que el Señor ha prometido a sus siervos fieles. Esta es la hora en que Don Juan puede repetir con el autor de la Carta a los Hebreos: “En cuanto a mí, el momento se ha cumplido… He combatido el buen combate, he terminado la carrera, he mantenido la fe. Por lo demás, me está reservada la corona de justicia que me entregará el Señor en aquel día, Él que es un juez justo, y no sólo a mí, sino a todos aquellos que han amado su verdad” (Heb 2,4-6). Esta certeza nos consuela en medio al dolor por la separación e ilumina la esperanza de que nuestra oración sea escuchada, una oración llevada a cabo alrededor del altar. Don Juan no presidirá más la santa misa en esta nuestra diócesis. Pero pensamos que ahora participa en la liturgia celeste, donde Dios es contemplado y adorado no ya por medio de los signos, sino cada a cara. 5. El sacerdote es también ministro de la Palabra. Cuantos sermones, catequesis, exhortaciones ha hecho Don Juan a lo largo de su vida sacerdotal. El sacerdote, aunque haya muerto sigue hablando. Por eso, expresadle vuestro agradecimiento con la decisión de recordar y tomar en serio todas las enseñanzas y consejos que en los días de su vida mortal os dio. ¿Qué cosa hay que alegre más y haga feliz a un sacerdote sino el ver cómo la Palabra de Dios que él predica toma lugar en el corazón de los fieles y produzca frutos de vida eterna? ¿Qué nos dice hoy Don Juan desde su ataúd, él que fue mandato y permaneció los años que se le pidieron en las parroquias donde sirvió, sino recordar sus enseñanzas y llevarlas a la práctica para llevar adelante una vida digna de los hijos de Dios? Os pido pues, ante esta ataúd de un pastor sencillo, bueno y generoso que tanto os ha hablado y guiado en el nombre de Jesús que toméis siempre el camino de la fidelidad y de la respuesta a las iniciativas de de Dios. 6. Una palabra de gratitud se impone en este momento. A todos los sacerdotes diocesanos que formáis hoy esta corona espiritual alrededor del altar y que recibisteis de Don Juan consejos y ejemplos, que la habéis apreciado y acompañado en su enfermedad, aún sabiendo muchas veces que él no os reconocía ya. A su familia, que le ha cuidado con amor y de forma primorosa siempre. Cuando con el paso de los años y el agravarse de la enfermedad su cuidado podía ser una carga, ellos no querían abandonarle. Fue la reacción enérgica de Don Juan, que no la voluntad de los suyos, la que motivó que pasara los últimos años fuera del hogar familiar. Mientras los suyos le querían entre ellos para seguir atendiéndole, él quiso ir hasta la Residencia Reina Sofía para no ser una carga, aunque en este aso fuera una dulce carga que la familia llevaba a gusto. A las Hijas de la Caridad y demás personal de la Residencia Reina Sofía, de la Fundación Ignacio Wallis, que le han atendido con primor y competencia en estos años. A todos los que asistís hoy a este funeral y os unís a mi oración por Don Juan. Recemos por Don Juan, para que sea recibido entre los santos pastores del Pueblo de Dios, tal como nos enseña la Iglesia. También esto es expresión de gratitud, y seguramente esa es la mejor manera de pagarle toda la deuda que cada uno tiene con él por todo el bien recibido. Recemos también por nosotros, que tenemos necesidad de fuerza y de constancia para progresar por el camino que conduce a Dios, corresponder a los dones de gracia recibidos para poder caminar hacia el Señor acompañados de las buenas obras. Y recemos también para que otros tomen el lugar que don Juan deja libre con su partida. La muerte de un sacerdote tiene también este aspecto que en nuestros días no es menos angustioso: un puesto vacío entre los trabajadores de la viña del Señor, donde hay tanto trabajo y los trabajadores son tan pocos. |