1. Un año más, con el favor de Dios nos reunimos ante el sepulcro que custodia los restos mortales de Santa Teresa de Jesús Jornet, para celebrar su dies natalis, ese día en el que en el año 1897, en la Casa-Asilo de Liria entregó su alma a Dios y escuchó aquellas palabras tan maravillosas que hemos oído en el Evangelio de San Mateo que se ha proclamado hace poco y que un día a cada uno nos gustaría escuchar de los labios mismos de Jesús como premio a nuestra vida. En la provincia y Diócesis de Lérida y en Aytona, España, de Francisco Jornet y de Antonieta Ibars, agricultores, nace el 9 de enero de 1843, Teresa Jornet. Su caridad activa hacia los pobres, le movía a llevarlos a casa de su tía en Lérida, a donde se había trasladado para poder asistir a la escuela de la ciudad. Estudia magisterio en Argensola, provincia de Barcelona. Solicitó ser admitida en las clarisas de Briviesca, cerca de Burgos, pero no pudo profesar por la prohibición de la legislación en vigor. Se dedicó a la enseñanza y se hizo terciaria carmelita, bajo la guía de su tío, el Beato Francisco Palau y Quer. Una enfermedad que padeció después de la muerte de su padre, la obligó a permanecer en su casa por algún tiempo. Don Saturnino López Novoa, canónigo de Huesca, su director, a quién confió la dirección de su alma, la encauzó hacia la fundación de una obra destinada a recoger a los ancianos sin familia y sin medios de subsistencia. Teresa, que hasta el momento había tenido la impresión desagradable de no haber hecho nada en su vida, se orientó decididamente hacia este ideal. En 1872, nació la primera casa en Barbastro, con la ayuda de algunas jóvenes, y de su hermana, María. Teresa se adelantó a su tiempo, pues hizo frente a una necesidad social de nuestros días, cuando en muchas ocasiones a las personas mayores, que son verdaderos tesoros de sabiduría auténtica, aunque estén también llenos de achaques y debilidades, ahora, ni los quieren, ni les cuidan, y se arman líos entre las familias para zafarse del engorro de los viejos, se les minusvalora en esta cultura de la juventud, la belleza y el cultivo de los cuerpos. 2. El 27 de enero de 1873, los miembros de la nueva congregación, recibieron el hábito religioso y Teresa fue elegida superiora. Un grupo de buenos católicos de Valencia propuso asegurar la vida de la pequeña comunidad. La madre Teresa aceptó y, como está en Valencia, constituye Patrona a la Virgen de los Desamparados, título muy apropiado para los ancianos Desamparados. Muy pronto el número de ancianos fue aumentando y creciendo sin cesar. Para poder recibir más, compró el antiguo convento de los Agustinos. Esta casa se convirtió en la casa madre de la Congregación de las Hermanas de los Ancianos Desamparados, querido edificio que hoy nos acoge. Se desarrolló tan de prisa la Obra, que en 1887, cuando fue aprobada por la Santa Sede, contaba ya con 58 casas. Teresa de Jesús formó muy sólidamente a sus hijas en el cumplimiento de sus obligaciones con los ancianos, hasta exponerse a la soledad, al frío y al hambre, para poder darles abrigo y un verdadero cariño. Su organismo no pudo resistir al régimen que se impuso. A las fatigas físicas se juntaban los dolores mortales, como el de la epidemia del cólera, que acabó con veinticuatro hermanas y setenta ancianos. Cuando la enfermedad la obligó a detenerse, se retiró a Liria, Valencia, con la esperanza de que el buen aire le devolviera la salud. Y allí murió el 26 de Agosto de 1897. El 27 de abril de 1958 el Papa Pío XII la beatificó y fue canonizada por Pablo VI en enero de 1974. 3. El relato de los hechos de su vida terrena es insuficiente para comprender algo de su profunda espiritualidad, una espiritualidad de la que el Papa Pablo VI dijo: “servir, inmolarse por los demás, será la faceta distintiva de la espiritualidad de Santa Teresa Jornet”. Aprendió de las terciarias carmelitas la devoción a la Virgen, y de las Clarisas el amor a los pobres, y en los ejercicios de San Ignacio, el ardiente deseo de identificar sus sentimientos con la voluntad divina. Desarrolló una actividad incansable con una inalterable confianza en Dios. A los que le reprochaban que se ocupara de los más humildes oficios, respondía: "No hay nada pequeño cuando se trata de la gloria de Dios". Cuando le decían que emprendía obras con un atrevimiento casi temerario, se sonreía diciendo: "Mientras más pobres haya, habrá más bienhechores". Tenía el secreto de su paz interior inalterable en medio del tráfago continuo, en sus palabras: "Dios en el corazón, la eternidad en la cabeza, y el mundo bajo los pies”. El mismo Papa Pablo VI, en la homilía de la canonización de la Santa Madre decía “Teresa Jornet tuvo algo, misterioso si se quiere, que nos atrae. A su lado se siente esa presencia inefable de la Vida que la sostuvo y la alentó en sus afanes de consagración a Dios y al prójimo, orientándola hacia la senda concreta de la caridad asistencial”. Esa caridad es fruto del amor que Dios infunde en los corazones, pero ¿cómo lo hace? ¿Cómo lo infundió en Santa Teresa Jornet y lo sigue haciendo hoy en día en todas y cada una de las Hermanitas? La atención a los ancianos, la entrega generosa a sus necesidades brotan de una única causa: “el amor a Cristo que todo lo soporta, todo lo supera, todo lo vence, hasta lo que para tantas mentalidades de hoy, empapadas de egoísmo o prisioneras del placer, es considerado una locura”. Se trata de un amor que se alimenta en la oración y adquiere un ulterior dinamismo en la Eucaristía, capaz de impulsar a ver en los ancianos “una mística prolongación de Cristo, a atenuar en ellos sus fatigas, sus enfermedades, sus sufrimientos, cuyo alivio repercute con cadencias de evangelio en el mismo Cristo: «a Mí me lo hicisteis». 4. Camino que Santa Teresa Jornet recorrió y que nos señala a los demás como válido para hacer presente el amor es el del Misterio Eucarístico. Inmenso don del que se derivan consecuencias importantísimas. A este respecto, deseo recordar las palabras de Benedicto XVI a los jóvenes en Colonia en la XX Jornada Mundial de la Juventud: “(La Eucaristía) es la transformación sustancial que se realizó en el Cenáculo y que estaba destinada a suscitar un proceso de transformaciones cuyo último fin es la transformación del mundo hasta que Dios sea todo en todos (Cf. 1 Co 15, 28). Desde siempre todos los hombres esperan en su corazón, de algún modo, un cambio, una transformación del mundo Esta es, por usar una imagen muy conocida para nosotros, la fisión nuclear llevada en lo más íntimo del ser; la victoria del amor sobre el odio, la victoria del amor sobre la muerte. Solamente esta íntima explosión del bien que vence al mal puede suscitar después la cadena de transformaciones que poco a poco cambiarán el mundo. Todos los demás cambios son superficiales y no salvan” (Homilía 21 de agosto de 2005). La fe vivida en la Eucaristía lleva después a una vida diferente, que en el plano personal invita a actuar en coherencia con los postulados de la misma fe y en el plano social fomenta los esfuerzos para construir un mundo en el que el amor de Cristo sea el fundamento de la sociedad, en lugar de equivocadas ideologías, del egoísmo y del deseo de poder. Sí, la Eucaristía es la única fuerza capaz de salvar el mundo. Si queremos un mundo mejor, al que colaboró Santa Teresa Jornet, hay que recorrerlo con la Eucaristía. 5. Quiero concluir repitiendo unas palabras de Jesús en el Evangelio de San Mateo: “"Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en el Cielo" (Mt 5:16). Con humildad, sin pretensiones, los creyentes tenemos el mandato de Jesús de hacer que, por medio de nuestras obras, los demás puedan glorificar a Dios. Y esto Santa Teresa Jornet lo cumplió a la perfección. No se enseña sólo con palabras, sino con hechos; Pablo VI repetía: “El hombre de hoy escucha más a los testigos que a los maestros y si escucha a los maestros lo hace porque antes son testigos”. Las enseñanzas de Santa Teresa Jornet tienen un valor incalculable y son útiles ayudas para la vida espiritual porque sus acciones concuerdan fielmente con sus palabras. Si queremos resumir en una palabra su vida, esa vida que es una luz para que la humanidad de gloria al Padre que está en el cielo, esa palabra es caridad, es entrega, es donación, es oblación. Primero a Dios y por Dios a los demás, concretándolo en el servicio a los ancianos. Acojamos esa luz y, con la fuerza que dimana de la Eucaristía hagamos nuestra la petición de la oración colecta de esta Misa: ¡Oh Dios, que has guiado a la Virgen Santa Teresa a la perfectacaridad en el cuidado de los ancianos! Concédenos a ejemplo suyo, servir a Cristo en el prójimo para ser testimonio de tu amor” |