1. Viniendo hoy hasta esta Iglesia parroquial de la Mare de Deu de Jesús, celebramos la fiesta patronal de este pueblo, qué coincide con la fiesta de la Natividad de María. Desde hace más de cuatro siglos vienen aquí personas de diferentes pueblos de nuestra Isla, así como de otras naciones, que oran trayendo consigo los deseos de su corazón, así como sus preocupaciones y esperanzas más íntimas. Aquí, ante este maravilloso retablo, que Mons. Isidor Macabich señalaba como una de las tres grandes obras artísticas de nuestra tierra, junto con la custodia de la Catedral y las Murallas de Dalt Vila, podemos experimentar la presencia y la bondad consoladora de la Madre; aquí encontramos a Jesucristo, en quien Dios está con nosotros como afirma el pasaje evangélico de hoy. Refiriéndose a Jesús, la lectura del profeta Miqueas dice: "él será la paz" (Cf. Mi 5, 4). Hoy participamos en esa peregrinación a esta iglesia y santuario, poniéndonos ante la Madre del Señor para implorarle: "Muéstranos a Jesús". Muéstranos a nosotros, peregrinos, a Aquel que es al mismo tiempo el camino y la meta: la verdad y la vida. 2. El pasaje evangélico que acabamos de escuchar amplía nuestros horizontes. Presenta la historia de Israel desde Abraham como una peregrinación que, con subidas y bajadas, por caminos cortos y por caminos largos, conduce en definitiva a Cristo. La genealogía con sus figuras luminosas y oscuras, con sus éxitos y sus fracasos, nos demuestra que Dios también escribe recto en los renglones torcidos de nuestra historia. Dios nos deja nuestra libertad y, sin embargo, sabe encontrar en nuestro fracaso nuevos caminos para su amor. Dios no fracasa. Así esta genealogía es una garantía de la fidelidad de Dios, una garantía de que Dios no nos deja caer y una invitación a orientar siempre de nuevo nuestra vida hacia él, a caminar siempre nuevamente hacia Cristo. Peregrinar significa estar orientados en cierta dirección, caminar hacia una meta. Esto confiere una belleza propia también al camino y al cansancio que implica. Entre los peregrinos de la genealogía de Jesús algunos habían olvidado la meta y querían ponerse a sí mismos como meta. Pero el Señor había suscitado siempre de nuevo personas que se habían dejado impulsar por la nostalgia de la meta, orientando hacia ella su vida. El impulso hacia la fe cristiana, el inicio de la Iglesia de Jesucristo fue posible porque existían en Israel personas con un corazón en búsqueda, personas que no se acomodaron en la rutina, sino que escrutaron a lo lejos en búsqueda de algo más grande: Zacarías, Isabel, Simeón, Ana, María y José, los Doce y muchos otros. Al tener su corazón en actitud de espera, podían reconocer en Jesucristo a Aquel que Dios había mandado, llegando a ser así el inicio de su familia universal. La Iglesia de los gentiles pudo hacerse realidad porque tanto en el área del Mediterráneo como en las zonas de Asia más cercanas, a donde llegaban los mensajeros de Jesucristo, había personas en actitud de espera que no se conformaban con lo que todos hacían y pensaban, sino que buscaban la estrella que podía indicarles el camino hacia la Verdad misma, hacia el Dios vivo. 3. Hoy seguimos necesitando tener este corazón inquieto y abierto. Es el núcleo de la peregrinación. Tenemos necesidad de Dios, del Dios que nos ha mostrado su rostro y abierto su corazón: Jesucristo. San Juan, con razón, afirma que "él es el Hijo único, que está en el seno del Padre" (Jn 1, 18); así sólo él, desde la intimidad de Dios mismo, podía revelarnos a Dios y también revelarnos quiénes somos nosotros, de dónde venimos y hacia dónde vamos. Ciertamente ha habido en la historia muchas grandes personalidades que han hecho bellas y conmovedoras experiencias de Dios. Sin embargo, son sólo experiencias humanas, con su límite humano. Sólo él es Dios y por eso sólo él es el puente que pone realmente en contacto inmediato a Dios y al hombre. Así pues, aunque nosotros lo consideramos el único Mediador de la salvación válido para todos, que afecta a todos y del cual, en definitiva, todos tienen necesidad, esto no significa de ninguna manera que despreciemos a las otras religiones ni que radicalicemos con soberbia nuestro pensamiento, sino únicamente que hemos sido conquistados por Aquel que nos ha tocado interiormente y nos ha colmado de dones, para que podamos compartirlos con los demás. De hecho, nuestra fe se opone decididamente a la resignación que considera al hombre incapaz de la verdad, como si esta fuera demasiado grande para él. Estoy convencido de que esta resignación ante la verdad es el núcleo de la crisis de occidente, de Europa, demasiado enferma de relativismo Si para el hombre no existe una verdad, en el fondo no puede ni siquiera distinguir entre el bien y el mal. Entonces los grandes y maravillosos conocimientos de la ciencia se hacen ambiguos: pueden abrir perspectivas importantes para el bien, para la salvación del hombre, pero también, como vemos, pueden convertirse en una terrible amenaza, en la destrucción del hombre y del mundo. 4. Necesitamos la verdad. Pero ciertamente, a causa de nuestra historia, tenemos miedo de que la fe en la verdad conlleve intolerancia. Si nos asalta este miedo, que tiene sus buenas razones históricas, debemos contemplar a Jesús como lo vemos aquí, en el santuario dedicado a la Virgen de Jesús. Lo vemos en dos imágenes: como niño en brazos de su Madre y, junto al altar, crucificado. Son dos imágenes de la misma persona, que es la verdad. Hoy parece cómo si la Virgen de Jesús nos quiera decir: "Mirad a Cristo". "Muéstranos a Jesús". María responde, presentándonoslo ante todo como niño. Dios se ha hecho pequeño por nosotros. Dios no viene con la fuerza exterior, sino con la impotencia de su amor, que constituye su fuerza. Se pone en nuestras manos. Pide nuestro amor. Nos invita a hacernos pequeños, a bajar de nuestros altos tronos y aprender a ser niños ante Dios. Nos ofrece el Tú. Nos pide que nos fiemos de él y que así aprendamos a vivir en la verdad y en el amor. Naturalmente, el niño Jesús nos recuerda también a todos los niños del mundo, en los cuales quiere salir a nuestro encuentro: los niños que viven en la pobreza; los que son explotados como soldados; los que no han podido experimentar nunca el amor de sus padres; los niños enfermos y los que sufren, pero también los alegres y sanos. Nos estamos empobreciendo demasiados de niños: lo queremos todo para nosotros mismos, y tal vez no confiamos demasiado en el futuro. Pero la tierra carecerá de futuro si se apagan las fuerzas del corazón humano y de la razón iluminada por el corazón, si el rostro de Dios deja de brillar sobre la tierra. Donde está Dios, hay futuro. 5. "Mirad a Cristo": volvamos a dirigir brevemente la mirada al Crucifijo situado sobre el altar mayor. Dios no ha redimido al mundo con la espada, sino con la cruz. Al morir, Jesús extiende los brazos. Este es ante todo el gesto de la Pasión: se deja clavar por nosotros, para darnos su vida. Pero los brazos extendidos son al mismo tiempo la actitud del orante, una postura que el sacerdote asume cuando, en la oración, extiende los brazos: Jesús transformó la pasión, su sufrimiento y su muerte, en oración, en un acto de amor a Dios y a los hombres. Por eso, los brazos extendidos de Cristo crucificado son también un gesto de abrazo, con el que nos atrae hacia sí, con el que quiere estrecharnos entre sus brazos con amor. De este modo, es imagen del Dios vivo, es Dios mismo, y podemos ponernos en sus manos. "Mirar a Cristo". Si lo hacemos, nos damos cuenta de que el cristianismo es algo más, algo distinto de un sistema moral, una serie de preceptos y leyes. Es el don de una amistad que perdura en la vida y en la muerte: "Ya no os llamo siervos, sino amigos" (Jn 15, 15) dice el Señor a los suyos. Nos fiamos de esta amistad. Pero, precisamente por el hecho de que el cristianismo es más que una moral, de que es el don de la amistad, implica una gran fuerza moral, que necesitamos tanto ante los desafíos de nuestro tiempo. Si con Jesucristo y con su Iglesia volvemos a leer de manera siempre nueva el Decálogo del Sinaí, penetrando en sus profundidades, entonces se nos revela como una gran enseñanza, siempre válida. El Decálogo es ante todo un "sí" a Dios, a un Dios que nos ama y nos guía, que nos sostiene y que, sin embargo, nos deja nuestra libertad, más aún, la transforma en verdadera libertad (los primeros tres mandamientos). Es un "sí" a la familia (cuarto mandamiento); un "sí" a la vida (quinto mandamiento); un "sí" a un amor responsable (sexto mandamiento); un "sí" a la solidaridad, a la responsabilidad social y a la justicia (séptimo mandamiento); un "sí" a la verdad (octavo mandamiento); y un "sí" al respeto del prójimo y a lo que le pertenece (noveno y décimo mandamientos). En virtud de la fuerza de nuestra amistad con el Dios vivo, vivimos este múltiple "sí" y, al mismo tiempo, lo llevamos como señal del camino en esta hora del mundo. "Muéstranos a Jesús". Con esta petición a la Madre del Señor nos hemos puesto en camino hacia este lugar. Esta misma petición nos acompañará en nuestra vida cotidiana. Y sabemos que María escucha nuestra oración: sí, en cualquier momento, cuando miramos a María, ella nos muestra a Jesús. Así podemos encontrar el camino recto, seguirlo paso a paso, con la alegre confianza de que ese camino lleva a la luz, al gozo del Amor eterno. Amén. |