1. En esta Noche Santa hemos escuchado el relato del nacimiento de Jesús. Podemos decir que el Evangelio apenas escuchado tiene dos partes. En la primera, que comprende los versículos 1-7, Lucas nos explica las razones por las que nació Jesús en Belén, al sur de la Palestina, siendo que la Virgen y San José, sus padres legales, Vivian en Nazaret, en el Norte. José tuvo que acudir a un censo. Como descendiente del rey David, eso quería decir que tenia que acudir a Belén: Dios se sirve de lo que hacen los hombres para que se cumplan sus promesas, según las cuales, el Mesías sería descendiente de David; más aún, el lugar del nacimiento de Jesús estaba anunciado por los profetas. En la segunda parte del Evangelio leído, vemos cómo llega al mundo exterior la noticia del nacimiento de Jesús: los pastores reciben sorprendidos la gran noticia, un ángel revela la verdadera identidad de aquel Niño, nacido en un establo porque no había ningún otro sitio donde pudieran alojarse María y José. Los demás ángeles parece que no pueden refrenar su entusiasmo por el nacimiento de este Niño y, como un gran ejército, se unen y cantan sus alabanzas a Dios. Hasta aquí la lectura del Evangelio, pero la historia no se detiene: los pastores se creen lo que les comunica el ángel y van a Belén para verlo por sí mismos, encuentran a Jesús con María y José y cuentan después lo que han visto. Son los primeros en anunciar que Jesús, el Niño de Belén, es el Salvador que por tanto tiempo habían esperado. Vamos a fijarnos en algunos puntos del Evangelio. 2. « A María le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada» (Cf. Lc 2,6s). Estas frases, nos llegan al corazón siempre de nuevo. Llegó el momento anunciado por el Ángel en Nazaret: «Darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo» (Lc 1,31). Llegó el momento que Israel esperaba desde hacía muchos siglos: que Dios se preocupase por nosotros, que saliera de su ocultamiento, que el mundo alcanzara la salvación y que Él renovase todo. Podemos imaginar con cuánta preparación interior, con cuánto amor, esperó María aquella hora. El breve inciso, «lo envolvió en pañales», nos permite vislumbrar algo de la santa alegría y del callado celo de aquella preparación. Los pañales estaban dispuestos, para que el niño se encontrara bien atendido. Pero en la posada no había sitio. En cierto modo, la humanidad espera a Dios, su cercanía. Pero cuando llega el momento, no tiene sitio para Él. Está tan ocupada consigo misma de forma tan exigente, que necesita todo el espacio y todo el tiempo para sus cosas y ya no queda nada para el otro, para el prójimo, para el pobre, para Dios. Y cuanto más se enriquecen los hombres, tanto más llenan todo de sí mismos y menos puede entrar el otro. 3. Juan, en su Evangelio, fijándose en lo esencial, ha profundizado en la breve referencia de san Lucas sobre la situación de Belén: “Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron” (1,11). Esto se refiere sobre todo a Belén: el Hijo de David fue a su ciudad, pero tuvo que nacer en un establo, porque en la posada no había sitio para él. Son palabras que nos las podemos aplicar también a nosotros, a cada persona y a la sociedad en su conjunto. ¿Tenemos tiempo para el prójimo que tiene necesidad de nuestra palabra, de mi palabra, de mi afecto? ¿Para aquel que sufre y necesita ayuda? ¿Para el prófugo o el refugiado que busca asilo? ¿Tenemos tiempo y espacio para Dios? ¿Puede entrar Él en nuestra vida? ¿Encuentra un lugar en nosotros o tenemos ocupado todo nuestro pensamiento, nuestro quehacer, nuestra vida, con nosotros mismos? 4. Gracias a Dios, la noticia negativa no es la única ni la última ni la más importante que encontramos en el Evangelio. De la misma manera que en Lucas encontramos el amor de su madre María y la fidelidad de san José, la vigilancia de los pastores y su gran alegría, y en Mateo encontramos la visita de los sabios Magos, llegados de lejos. Hay quienes lo acogen y, de este modo, desde fuera, crece silenciosamente, comenzando por el establo, la nueva casa, la nueva ciudad, el mundo nuevo. El mensaje de Navidad recuerda que hay una parte del mundo que se cierra a Dios, una realidad que vemos cotidianamente. Pero nos dice también que Dios no se deja encerrar fuera. Él encuentra un espacio, entrando tal vez por el establo; hay hombres que ven su luz y la transmiten. Mediante la palabra del Evangelio, el Ángel nos habla también a nosotros y, en la sagrada liturgia, la luz del Redentor entra en nuestra vida. Si somos pastores o sabios, la luz y su mensaje nos llaman a ponernos en camino, a salir de la cerrazón de nuestros deseos e intereses para ir al encuentro del Señor y adorarlo. Lo adoramos abriendo el mundo a la verdad, al bien, a Cristo, al servicio de cuantos están marginados y en los cuales Él nos espera. 5. En el establo de Belén el cielo y la tierra se tocan. El cielo vino a la tierra. Por eso, de allí se difunde una luz para todos los tiempos; por eso, de allí brota la alegría y nace el canto. Hoy en uno de los días más gozosos del calendario cristiano, hoy se nos invita a unirnos a la adoración que millones y millones de personas van a tributar a Jesús por todo el mundo. No hay palabras para expresar la maravillosa noticia de que Dios Padre, el Eterno, el Omnipotente, el Creador de cielo y tierra, haya enviado a su Hijo al mundo de esa manera. No hay palabras para expresar la admiración que produce que la entrada del mundo del Hijo de Dios se produjera de esa manera, abandonando la gloria del cielo para nacer en la tierra en un establo, propio de los animales. ¡Qué grande es el amor que el Padre y el Hijo nos tienen como para estar dispuestos a realizar todo eso! 6. Hoy es Nochebuena, empieza la Navidad. La Nochebuena, la puerta que nos introduce en estos días, la llamamos precisamente buena porque en ella recordamos aquel momento de la historia en el que en Belén de Judá, en medio al silencio de la noche, nació de María Virgen, el que iba a ser el Salvador del Mundo, es decir, mi salvador, el salvador de cada uno de nosotros. Desde entonces cada hombre y cada mujer tienen la esperanza cierta de poder ser salvados. Y eso nos llena de alegría. Que la Navidad sea para todos una gran fiesta, pero que de esa gozosa experiencia surja para todos el compromiso de que la luz de Belén llegue a todos los campos del obrar humano. Un compromiso de difundir esa luz de Cristo, para que brille y sea consuelo para cuantos viven en la necesidad de cualquier tipo. Ante la gran luz del misterio de Belén me surge espontáneo decir desde la Catedral a todos los fieles de Ibiza y Formentera: «Venid, adorad al Señor». Con María, José y los pastores, con los Magos y la muchedumbre innumerable de humildes adoradores del Niño recién nacido, que han acogido el misterio de la Navidad a lo largo de los siglos, dejemos también nosotros que la luz de la Navidad se difunda por todas partes, que entre en nuestros corazones, alumbre y dé calor a nuestros hogares, lleve serenidad y esperanza a nuestros pueblos, y conceda al mundo la paz. Éste es mi deseo. Un deseo que se hace oración humilde y confiada al Niño Jesús, para que su luz disipe las tinieblas de vuestra vida y os llene del amor y de la paz. El Señor, que ha hecho resplandecer en Cristo su rostro de misericordia, os colme con su felicidad y os haga mensajeros de su bondad. ¡Feliz Navidad! |