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HOMILÍA EN LA FIESTA DE SAN JUAN DE RIBERA

14/1/2009
Capilla del Real Colegio-Seminario de Corpus Christi

1.      Hemos escuchado en la primera lectura el pasaje del Profeta Ezequiel que nos habla del buen pastor. En esta lectura se percibe enseguida cómo es el amor que Dios tiene a su pueblo: un amor gratuito y fiel, paternal y misericordioso, un amor que encuentra una expresión en el cuidado pastoral del rebaño elegido, atendiendo con predilección a las ovejas más débiles.

En el Evangelio Jesús mismo gusta de presentarse él como Buen Pastor, que corre en búsqueda de las ovejas perdidas, cuida con desvelo a las descarriadas y cura a las heridas por la dureza del camino. A imagen del Buen Pastor, San Juan de Ribera fue en Badajoz y después en Valencia, un pastor inspirado en ese modelo evangélico. Su fecundo episcopado dejó una huella profunda y firme que el paso del tiempo no ha podido suprimir, sino agrandar y ofrecer con renovado impulso a la contemplación de pastores y fieles. 

2.      A las 3 y cuarto de la mañana del jueves 6 de enero de 1611, en su celda –hoy convertida en capilla y que para nuestro Santo fue la antecámara del cielo- expiró el Santo Arzobispo de Valencia, Patriarca de Antioquía, Virrey y Capitán General Juan de Ribera, al que el Papa San Pío V le había llamado, hacía cuarenta años, "lumen totius Hispaniae" ("lumbrera de toda España"). Cuando el anciano pastor –había cumplido ya los setenta y ocho años y en aquella época eso era mucho- rindíó su alma a Dios, los niños en tropel cantaban por las calles de la ciudad del Turia: "El señor patriarca está en la gloria, con la palma y corona de la victoria.", anticipándose así al juicio definitivo de la Iglesia cuando, en el día de la Santisima Trinidad, del año 1960, el Beato Juan XXIII le inscribió, con juicio infalible, en el catálogo de los Santos.        

Hoy, a casi cuatro siglos de aquel día, nos reunimos en esta Real Capilla para honrar su memoria, solicitar su intercesión y aprovechar su rico patrimonio espiritual para nuestro crecimiento en la fe, la esperanza y la caridad, virtudes que nuestro Santo práctico en grado heroico. 

3.      Fue natural de la ciudad de Sevilla, hijo del ilustre don Pedro Afán Enríquez de Ribera y Portocarrero, conde de los Molares, marqués de Tarifa, duque de Alcalá, virrey de Nápoles y antes de Cataluña. El niño creció sin el amor materno. Sevilla era a la sazón la puerta de América, por donde se derramaba en Europa aquel torrente de riquezas, de conocimientos nuevos, de sustancias desconocidas: oro, plata, perlas, cacao, maíz, animales raros, hombres y mujeres de razas exóticas. Pero también riquezas del espíritu daba de sí esta ciudad al mundo.  

Llegado el momento Don Juan fue enviado por su padre a la Universidad de Salamanca, que por entonces vive un periodo áureo: lecciones de Vitoria, teólogos a Trento, introducción del método teológico salmanticense en Italia por obra de los hijos del patriarca de Loyola. Y en suma, foco del prestigio hispano que batalla con la espada y con la pluma frente a turcos y herejes. Ribera salió discípulo aventajado en aquellas aulas, sacó sus títulos y tuvo cátedra en la misma. Estaba para terminar el concilio de Trento y el papa Pío IV escogió para la mitra vacante de Badajoz a nuestro joven maestro: aún no había cumplido los treinta años. Para la reforma y santificación de su diócesis pacense  reclutó misioneros y recabó la ayuda del Maestro Ávila. El, por su parte, no se desdeñaba de administrar los sacramentos a los enfermos y sentarse para atender a las almas como confesor ordinario en su iglesia. En la predicación ponía tal fuego y acierto, que los vecinos de los lugares circunvecinos a donde predicaba se convidaban mutuamente: "Vamos a oír al apóstol."

En dos ocasiones vendió la vajilla de plata y el importe lo invirtió en comprar trigo y remediar a los pobres en años de carestía. El pintor Morales nos ha transmitido la efigie del obispo de Badajoz: sus facciones revelan a un hombre de nervio, pero limpio de toda excitación exterior, contemplativo y apóstol, con aires de alta nobleza y finos modales. El día que partió de su obispado, siendo ya patriarca de Antioquía, para regir la archidiócesis valentina, dio a los pobres todas sus alhajas, dinero y bienes. 

4.      En Valencia, como en Badajoz, se sujetó a un horario que recuerda hábitos estudiantiles. Gran madrugador, se levantaba de tres a cuatro de la mañana y comenzaba el estudio y meditación sobre la Biblia hasta las siete; daba cuatro horas para el rezo del oficio divino, Santa Misa, preparar sermones y un breve descanso. A la una de la tarde, audiencia pública. Se retiraba a eso de las tres, sin tener tiempo señalado para la comida, y sólo tomaba algunos higos secos, uvas o fruta del tiempo. Bebía muy poco, raramente vino con agua. Por la tarde concedía audiencia sin poner inconvenientes. Terminada esta obligación, marchaba a un jardín extramuros donde iba acumulando libros y más libros. Tornaba a palacio al anochecer, y por espacio de tres horas se recogía en oración. Tampoco para cenar había momento señalado. Antes de acostarse tenía unos momentos de solaz con los suyos. Al rigor ordinario en la comida, añadía ciertos ayunos, como en los días de Semana Santa, que se pasaba cuarenta horas sin probar alimento, y, mientras fue joven, tres veces por semana ayunaba como un monje: sólo pan y agua.

No le llamaban de otra manera que "el arzobispo santo". Vestía un hábito humilde y apedazado, guardó en todo gran pobreza voluntaria. No hizo testamento, porque no tenía de qué. Y a fin de morir totalmente desprendido. Renunció en favor de su iglesia ciertos derechos que sobre ella le correspondían.

Los valencianos se percataron pronto que don Juan de Ribera, su nuevo pastor, aunque joven - llegaba a esta sede a los treinta y seis años -, era de solera en doctrina, virtud y prudencia. Solían decir los que trataban con el patriarca que de sus palabras fluía un no sé qué misterioso que infundía juntamente respeto y un gozo conmovedor. Cierto que Ribera tenía ante sí una perspectiva ardua: aplicar a sus ovejas la doctrina reformatoria del concilio de Trento, que acababa de ser aceptado en España: un plan salvador, intenso, y cuyos frutos no se tocarían sino a largo plazo.

Once veces visitó completamente, por sí o por sus delegados, todas las parroquias de su amplia jurisdicción. Cada bienio tenía noticia cabal del estado de sus 290 parroquias rurales. Celebró siete sínodos. Cada vez, los decretos eran pocos, breves y prácticos, para evitar que la proliferación de los mismos tentase a olvidarlos. Del clero, en estrecha comunión con su obispo, cabía esperar con toda razón la enmienda del pueblo y una vida cristiana floreciente. Tratábalos con exquisita cortesía, ya en los retiros a puerta cerrada en la parroquia de Santo Tomás donde solía instruirles y aun reprenderles, ya en privado con advertencias paternales. Jerónimo Martínez de la Vega recordó toda su vida las palabras del arzobispo cuando le otorgaba licencia de confesar: "Mirad, hijo, lo que hacéis; que sois mozo y el oficio es peligroso."

Cuidadoso de la juventud, estableció en su palacio una escuela, pues como él mismo decía, se debía a todos como pastor. Desde muy niños estaban en casa del señor patriarca aprendiendo la piedad y las letras. De ella salieron un cardenal, un arzobispo, doce obispos, amén de un buen número de religiosos, canónigos y rectores de iglesias. Cuando las condiciones aconsejaron la conveniencia de empuñar juntamente el báculo y la espada, Felipe III le nombró virrey y capitán general. La tranquilidad, largos años perturbada, vino como por encanto y la justicia se aplicaba con rectitud. 

5.      San Juan de Ribera, siguiendo las orientaciones del Concilio de Trento, tuvo siempre la idea de erigir en Valencia un Colegio-Seminario para la formación de sacerdotes. Tenía claro que la renovación de la Iglesia dependía muy directamente de la renovación del clero. Deseaba para las parroquias "sacerdotes ejemplares y doctos". Esta intención recuerda la feliz expresión que le oí decir al Siervo de Dios Juan Pablo II: “las parroquias caminan con los pies de los párrocos”. Por eso fundó en 1583 este Real-Colegio Seminario, donde se educase a los futuros sacerdotes "con tan buena y santa disciplina que donde quiera que los vean den noticia de nuestra intención y de su diligencia, y muestren por su compostura interior y exterior el provecho que sacan de estar en esta Congregación". El mismo Papa Juan Pablo II, recordando la obra de nuestro Fundador decía: “El volcó en esa obra toda su sensibilidad y fineza de alma, para que los sacerdotes allí formados, siguiendo las directrices dadas poco antes por el Concilio de Trento, fueran ejemplares y doctos, y sirvieran fielmente a las iglesias como rectores y vicarios idóneos, como confesores y ministros útiles al servicio de Dios, como promotores de la devoción a la Eucaristía, que quiso ver vivida en la Capilla” (Discurso, 14 de diciembre de 1983).

Pese al paso del tiempo, entre las instituciones que gozan de tradición y popularidad, destaca en Valencia a este Real Colegio y Capilla de Corpus Christi: relicario de la liturgia y de la piedad, de las ciencias y de las bellas artes, remanso de paz, monumento original a Jesucristo sacramentado. Es obligado, en honor a la verdad y a la justicia, decir una palabra de reconocimiento a los Colegiales Perpetuos,  que la han regido a lo largo de los siglos de su ya dilatada existencia, pues con su generosidad y buen espíritu, en continuidad con el del Fundador, han hecho posible su pervivencia frente a tantos desafíos y dificultades de todo orden.  Este edificio, que no falta quien califica de “Domus Speciosa” eleva e invita a honrar al Señor Sacramentado. Esta joya guarda en su interior no solo el cuerpo, sino también el espíritu de su santo Arzobispo Juan de Ribera, devoto fiel de la Eucaristía.

6.      Estos datos los ofrezco con humildad para cumplir un cometido, que es propio de quienes en la Iglesia llevamos a cabo el servicio de ser pastores, cual es el de acompañar a todos a meditar y contemplar los rasgos de santidad como aparecen en aquellos que la Iglesia nos propone.        

Hemos de reflexionar sobre los santos, como un paso  necesario en nuestro inexcusable camino de santidad personal. Ello porque cada santo nos interpela acerca de nuestra unión con Jesucristo. Así ocurrió desde los primeros siglos de la Iglesia, donde el ejemplo de unos era móvil para los otros. Ya San Pablo, cuyo Año jubilar estamos celebrando, refiriéndose a su pasión por Cristo, no tiene reparo en decir: “Haceos imitadores míos como yo lo soy de Cristo” (1Cor 11,1). También el autor de la Carta a los Hebreos nos dice al respecto: “Por lo tanto, ya que estamos rodeados de una verdadera nube de testigos, despojémonos de todo lo que nos estorba, en especial del pecado, que siempre nos asedia, y corramos resueltamente al combate que se nos presenta .Fijemos la mirada en el iniciador y consumador de nuestra fe, en Jesús, el cual, en lugar del gozo que se les ofrecía, soportó la cruz sin tener en cuenta la infamia, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios” (12,1-2).        

Los santos, y hoy vemos ello en San Juan de Ribera, nos recuerdan lo que señaló Juan Pablo II en la Bula de convocatoria del Gran Jubileo del 2000: “La historia de la Iglesia es una historia de santidad” y nos provocan a formar parte de esa historia, recordándonos cómo han acogido ellos la invitación que a todos formula el Señor de la historia. Contemplando a los santos no podemos quedarnos en una existencia monótona y gris, sino que, como señala San Pablo: “sigo mi carrera con la esperanza de alcanzarla, habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús… me lanzo hacia adelante y corro en dirección a la meta, para alcanzar el premio del llamado celestial que Dios me ha hecho en Cristo Jesús” (Filp 3, 13-14). Pablo fue santo porque llegó a la meta. San Juan de Ribera es santo porque, como hemos visto de su perfil biográfico y de su fina espiritualidad, también la alcanzó. Santo es, pues, el que llega a la meta, a la Casa del Padre, donde Él nos espera a todos después de habernos buscado por los caminos de nuestra vida, con su corazón de Padre, que nos quiere santos porque Él es santo (Cf. Lev 19,2). 

7.      Ese camino San Juan de Ribera lo recorrió teniendo como el eje fundamental el culto y la adoración al Santísimo Sacramento. En la Eucaristía se nos entrega el regalo más preciado que Dios puede hacer a la humanidad, pues se da Él mismo. Así lo manifiesta maravillado nuestro Santo en su lema episcopal: “Tibi post haec, Fili. mihi, ultra quid faciam”. Jesucristo viene a hacerse presente entre nosotros, bajo las especies del pan y del vino, como sucederá en esta celebración y en todas las eucaristías hasta el fin de la historia.

San Juan de Ribera nos enseña, queridos hermanos, a que nosotros hagamos también que la Eucaristía sea el centro y la cima de nuestra vida. La Iglesia vive de la Eucaristía, Ecclesia de Eucaristía, nosotros vivimos de la Eucaristía y ella debe ser el centro de nuestras vidas, que en ella, y sólo de ella, podemos sacar las fuerzas necesarias para convertirnos, cada uno de nosotros, desde nuestra situación concreta, en otros Cristos en medio del mundo para que el mundo tenga vida y la tenga en abundancia (Cf. Jn 10,10). San Juan de Ribera es la prueba de que podemos realizarlo, que podemos hacer de nuestra vida una alabanza a Cristo; que si nos nutrimos de la Eucaristía, con un corazón bien dispuesto, los que nos rodean al vernos y ver cómo actuamos podrán reconocer la presencia de Jesucristo. Ciertamente no nos faltarán dificultades en el camino, pero estoy seguro que, si acudimos siempre a Jesucristo, que ha querido quedarse entre nosotros en el Santísimo Sacramento del Altar hasta el fin de los tiempos (Cf. Mt 20,28), el nos guiará y nos ayudará. Confiemos, pues, en Jesucristo, amémosle profundamente como le amó San Juan de Ribera. En ese camino acudimos a la intercesión y al ejemplo de nuestro Santo Arzobispo, y hoy y siempre le dirigimos nuestra súplica esperanzada: “A Jesús Sacramentado, ¿Quién cual vos amar pudiera? Por ser de Dios tan amado, sálvanos Juan de Ribera”. 

¡ALABADO SEA EL SANTÍSIMO SACRAMENTO!

 
     

 

 

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