1. Un año más nos hemos reunido en esta entrañable Parroquia para celebrar con solemnidad la fiesta de san Antonio, cuya historia es bien conocida, y cuya imagen, presidiendo el altar mayor de esta iglesia, parece que nos acoge cuando entramos aquí. Nació en Egipto hacia el año 251, en el seno de una familia cristiana. Cuando sólo contaba con 18 años queda huérfano, debiendo encargarse de su hermana menor y de la administración de los bienes que dejaron sus padres. Un día entrando en el templo, Antonio escuchó como el sacerdote leía el evangelio que también hoy hemos proclamado, causando en él un especial impacto las palabras que Jesús dirigía a aquel joven: “Si quieres llegar al final, vende todo lo que tienes, da el dinero a los pobres y luego sígueme”. Al poco tiempo, al regresar a aquel templo escuchó otra lectura evangélica que decía “No os preocupéis por el día de mañana”. San Antonio, entendiendo que aquellas palabras se dirigían de un modo especial a él, vendió sus tierras y sus muebles, se despojó de todo, confió su hermana al cuidado de un grupo de vírgenes que vivían según los consejos evangélicos y se retiró a las afueras de la ciudad a vivir en soledad y oración. Se dice que el demonio al ver la vida de penitencia y oración que llevaba san Antonio le tentaba continuamente. Le hacía ver todo el bien que él podía haber hecho si en lugar de repartir sus riquezas entre los pobres las hubiera conservado y dedicado a extender la religión; le mostraba lo difícil y dura que sería su vida como monje ermitaño; trataba de que se sintiera descontento con la vocación a la cual Dios le había llamado, pero pese a todo no conseguía doblegar la voluntad de Antonio y su clara opción por Jesucristo. Tan dura era la batalla contra el demonio que en una ocasión un amigo que iba a visitarle le encontró completamente exhausto en la entrada de su cabaña, y creyéndolo muerto se lo llevó a la población vecina y dispuso los funerales. Antonio recobró el sentido y volvió a su refugio a orar y meditar. Tras esto San Antonio se retiró a la otra orilla del Nilo y encontrando un cementerio abandonado se quedo allí a vivir en absoluta soledad entre ayunos y oraciones en medio del desierto. Aunque nos pueda parecer sorprendente, la vida eremítica de San Antonio atrajo a muchos otros cristianos que querían vivir una vida de oración y soledad siguiendo su ejemplo. Aquel ermitaño se convirtió en Padre Abad de aquella comunidad que se reunía para celebrar en común los divinos oficios, compaginando el silencio y la soledad con la vida en común. San Antonio murió con más de cien años. Siempre aparecía alegre y amable, tanto es así que cuando llegaban peregrinos buscándole para consultarle alguna cuestión y preguntaban por él les decían: Busque entre los monjes y el más alegre de todos ellos, ese en Antonio 2. Entrando en esta iglesia, la imagen de San Antonio parece que nos saluda, nos acoge y nos deja su mensaje. Como todos los santos, San Antonio es un don de Dios a su Iglesia y a la humanidad entera. Al acercarnos a esta figura colosal descubrimos que podemos ver en él a un maestro de vida, que nos presenta cuan importante es acoger las palabras de vida de Jesús y encarnarlas en los días de nuestra existencia. En nuestro caso, acercarse a él, conocerle mejor, rezar bajo su protección es sentir el deseo de ser mejor, de amar más a N.S. Jesucristo, de liberarnos de preocupaciones insustanciales y vivir más intensamente el amor de Dios y del prójimo en el camino que Dios quiera poner ante nosotros. San Antonio es lo que es porque la Palabra de Dios cambió su vida y la configuró de un modo determinado. Si nuestro mundo configura las expresiones de su cultura al margen de la Palabra de Dios, silenciándola o, peor aún, contra ella, nuestra civilización será irremediablemente una cultura atea. Los cristianos no podemos resignarnos a ello. De ahí la importancia que hay que dar a la escucha, a la lectura, personal y comunitaria, de la Palabra de Dios. Es fundamental que toda nuestra actividad esté orientada por la Palabra de Dios, más aún, debemos procurar hacer de la Palabra de Dios el alimento cotidiano de nuestras vidas. La lectura de la Palabra de Dios nos lleva al encuentro vivo con Jesucristo, que es esa Palabra hecha carne. La meditación asidua de la Palabra nos lleva a conocer mejor a Jesús, para así poder amarlo, imitarlo y anunciarlo. El fruto mejor y más genuino de la lectura de la Palabra de Dios es el encuentro con Jesucristo 3. En una celebración como la de hoy, el ambiente festivo, justo y lógico, no debe distraernos de dos cosas básicas: encomendarnos a Dios y renovar los compromisos fundamentales de nuestra vida cristiana. Acompañados por la memoria y la intercesión de nuestro Santo Patrón, encomendamos a Dios los problemas y necesidades más importantes de este pueblo. Pedimos por los ancianos y los enfermos, por los que no tienen trabajo, por los matrimonios fracasados, por los niños sin familia, por los pobres y necesitados, por los angustiados y los que han perdido la esperanza y las ganas de vivir. Pedimos también por los jóvenes, por las nuevas familias, por los empresarios y los trabajadores, por los que desempeñan la gestión de los asuntos públicos y se ocupan de garantizar el bien común. Dios ilumina, suscita y purifica nuestros deseos, orienta y fortalece nuestra voluntad, decisiones y deseos. Por eso, le hoy pedimos con humildad y confianza que ilumine nuestra mente y fortalezca nuestras decisiones en el camino del bien. Al pedirle estas cosas a Dios debemos también revisar nuestra vida, aclarar y fortalecer nuestra fe, examinar y discernir nuestras actividades a la luz del Evangelio de Jesucristo. 4. Estamos viviendo en nuestro mundo una época de profunda transformación económica, demográfica, cultural y también religiosa y moral. Basta ver la evolución de este pueblo en los últimos decenios. En estos momentos de cambio es preciso que los católicos sepamos mantener viva la estima de nuestro patrimonio espiritual, patrimonio de fe y de espiritualidad; se trata de un patrimonio que es a la vez raíz viva y firme de nuestra identidad histórica y cultural y estímulo vigoroso y sereno para afrontar situaciones nuevas con sabiduría y responsabilidad. Nuestra vida personal y familiar, nuestras tradiciones populares y culturales están todas ellas impregnadas, purificadas y enriquecidas por obra de una fe cristiana fuertemente arraigada y vivida en el corazón de nuestros antepasados. Sería una pérdida irreparable para todos nosotros que esta fe que ha sido como el esqueleto de nuestra cultura y de nuestra historia, dejara de ser fe viva y operante para generaciones futuras. Sobre nosotros cristianos recae la gran responsabilidad de transmitir a las nuevas generaciones este patrimonio a la vez religioso, cultural y moral sobre el cual descansa la estabilidad y el bienestar espiritual de nuestra sociedad. Las familias, los centros educativos, las distintas instituciones eclesiales que tienen algo que ver con la juventud, las parroquias y todas las obras de Iglesia, cada uno a su manera, según sus propias competencias y con los métodos que le sean propios, tenemos que hacer un gran esfuerzo para que nuestros jóvenes perciban, asimilen y vivan el valor de la fe cristiana, la fecundidad humana de una religiosidad sinceramente vivida, la riqueza y la calidad humana que proporcionan las normas y principios de la moral cristiana en la vida personal, familiar y social a quien las acoge con convencimiento y trata de vivirlas con sinceridad y diligencia. 5. Nuestro compromiso tiene que hacer que este torrente de gracia no se interrumpa. Hemos de procurar, hermanos, que este acercamiento a la persona de san Antonio mueva en nosotros el deseo y el compromiso de ser fermento de renovación en nuestra Iglesia, renovación de fe viva y de piedad, renovación de comunión y de unidad eclesial, renovación de testimonio valiente y de apostolado incansable. San Antonio, con su ejemplo y su intercesión, nos empuja a ser en nuestro mundo discípulos fieles y entusiastas de Jesús, misioneros de la fe y del amor, constructores de un mundo nuevo, un mundo de justicia y de misericordia, un mundo de amor y de esperanza, tal como Dios lo quiere para sus hijos. Necesitamos confiar en Dios y confiar también nosotros mismos. En un día como hoy os invito a recordar las palabras del Señor: “Me ha sido dado todo poder en el Cielo y en la tierra. Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. Confiado en esta palabra y en esta promesa del Señor, Antonio se lanzó a la gran aventura de llevar una vida que se ajustara en todo a los valores del Evangelio. Y en esta decisión encontró la posibilidad de desplegar y multiplicar la grandeza de su personalidad humana y cristiana. Ojala escuchemos también nosotros la llamada del Señor, una llamada que es a la vez exigencia de nuestra fe y por eso mismo la gran ocasión de nuestra vida. Vivamos nuestra fe con sinceridad y hondura, asumamos sin miedo y con entusiasmo esta gran responsabilidad de transmitir a, todos, y muy especialmente a nuestros jóvenes, en todo su esplendor y con todo su fuerza vivificante la fe en el Dios de Jesucristo que nosotros recibimos de nuestros padres, y pongamos todo el empeño en construir entre todos una sociedad justa, una sociedad tranquila, donde nadie se sienta arrastrado por la tentación del odio o de la violencia, donde nadie recurra a la mentira o a la amenaza para dominar a los demás, donde haya sitio para todos los que quieran vivir en paz, sobre el fundamento de nuestro patrimonio social cristiano, este terreno sólido de la justicia, de la libertad, del amor y de la paz. La fe, la valentía y la generosidad de San Antonio nos iluminen y acompañen en esta tarea. El Dios de la gracia y de la misericordia bendiga y proteja de todo mal este hermoso pueblo que lleva su nombre. |