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HOMILIA EN LA SOLEMNIDAD DE LA DEDICACIÓN DE LA SANTA IGLESIA CATEDRAL

31/1/2009

1.      En esta mañana, reunido el Cabildo de esta S.I. Catedral, nos disponemos a celebrar con solemnidad el aniversario de la Dedicación del templo catedralicio, acontecimiento que tuvo lugar el 31 de enero de 1817, cuando mi predecesor Fray Felipe González Abarca llevó a cabo el rito solemne en este primer templo de la Diócesis, iglesia madre de todas las iglesias que se diseminan por el territorio diocesano en Ibiza y Formentera, madre por su primacía cronológica y madre por su altísima dignidad y función.

Como es sabido, en 1782 había vuelto a ser erigida la diócesis de Ibiza, pero los primeros trabajos de organización, la guerra de la Independencia – de cuyo inicio este año estamos celebrando el bicentenario- y otras circunstancias retrasaron el momento en el que la oración consagratoria y la unción con el crisma de las 12 cruces situadas en los pilares maestros del templo, hoy recordada con las velas que se encienden en los mismos, determinaban litúrgicamente el carácter sagrado del templo que nos acoge hoy con el rango de Catedral.

2.      Es verdad que el cambio de los tiempos, la nueva configuración de la geografía de la capital diocesana y diversas circunstancias han dificultado la afluencia de los fieles a la Catedral, aunque en las fiestas principales todos nos esforzamos por llevar a cabo el servicio como es debido, con la solemnidad y dignidad que corresponde a la Catedral. Pero esa situación nueva no priva en nada a este tempo de su dignidad y de su misión en la Diócesis. A nosotros, Obispo y Cabildo, nos corresponde la inexcusable responsabilidad de conservarla en todos los órdenes y ofrecerla al servicio de la diócesis como el primero y principal lugar institucional del encuentro con Dios, que siendo Omnipotente y Omnipresente, quiere habitar también en los edificios construidos por los hombres. Sería una buena oportunidad para examinar el compromiso que a cada uno nos corresponde en este sentido.

3.      La fiesta de la Dedicación sirve para recordarnos que Dios ofrece a sus hijos un espacio para encuentro con Él. Y a este espacio, le damos el nombre de iglesia o casa de oración. En dicho espacio la nota distintiva tiene que ser a genuina alegría del encuentro del Padre con los hijos: “los alegraré en mi casa de oración”, dice la Escritura.

Dios, que nos ama profundamente, desea mantener la profunda comunión con el hombre; de esa comunión es también instrumento  el templo, espacio que favorece la intimidad de un diálogo apacible, confiado y frecuente con cada persona. Nuestra plenitud en esta tierra está en el encuentro con Dios. El  manifiesta su interés y su plena disposición a facilitarnos ese encuentro para que nuestros esfuerzos no queden baldíos. Más aún, nos llama hacia El, y nos atrae al mimo tiempo, facilitándonos el acercamiento interior que debe ser nuestra aportación a ese encuentro siempre renovador para nosotros.  

4.      La atracción del Señor, que acompaña a su llamada para hacernos asequible su requerimiento, nos la ha recordado el profeta Isaías, describiendo cómo es ambiente y los efectos del místico encuentro. Parece que el Profeta ha recibido de Dios el encargo de hacernos apetecible el encuentro. Lo hemos escuchado en la Primera lectura. 

Es importante considerar que lo primero que el Señor nos dice hoy a través del profeta Isaías, es que Él tomará la iniciativa, no solo llamándonos, sino llevándonos donde El está para  nosotros: “los traeré a mi monte santo”, ambiente propicio.

El ámbito sagrado propio del monte santo, es rememorado por Jesucristo al defender el templo del mal uso de los mercaderes. Por eso les dice: “no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre”. Es en la casa del Padre, en el lugar santo del Padre, en el espacio divino del amor y de la misericordia, donde se da el encuentro con el Señor.

El ambiente sagrado, al que el Señor nos llama para que nos encontremos con El, y que está simbolizado en el Templo Santo, es esencialmente el amor misericordioso de Dios. Si el Señor, con el amor que nos tiene, no buscará el encuentro con nosotros, no tendríamos posibilidad alguna de encontrarnos con Dios y de dialogar con El en la oración. Por eso, el encuentro con el Señor se debe desarrollar en la gratitud a Dios y en el ofrecimiento sincero de sí mismo, sentimientos adecuados para responder a esa iniciativa divina.

5.      Esas actitudes tienen su marco adecuado en el templo: lugar digno, espacio ordenado, ámbito de silencio y recogimiento donde la belleza nos habla de la gracia divina y donde cada objeto, cada imagen y cada uno de los ritos que integran las celebraciones sagradas nos habla de la trascendencia, nos invita a mirar a Dios y nos transporta a su cercanía mostrándonos su rostro amable de Padre, Amigo y Redentor. Por ello, no resulta difícil entender que el Señor, al llevarnos junto a Él, al encontrarse con nosotros en el templo santo, cumple lo anunciado hoy a través de Isaías, profeta: “los alegraré en mi casa de oración”.

Esa brotará al comprobar que, por la benevolencia de Dios, nuestras pobres ofrendas, nuestros balbucientes propósitos de escuchar y seguir al Señor, y nuestra decisión inicial de acudir a El, son valoradas, bien acogidas y bendecidas por Dios. Así lo manifiesta a través del profeta Isaías: “aceptaré sobre mi altar sus holocaustos y sacrificios”.

Ante ello, no podemos menos que exultar interiormente con verdadero gozo, y elevar himnos de sincera gratitud cantando en gozosa exclamación, como nos invita a hacer el salmo interleccional: “Dichosos los que viven en tu casa alabándote siempre; mi alma se consume y anhela los atrios del Señor. Mi corazón y mi carne retozan por el Dios vivo” (Sal 83.)

La admiración y la gratitud han de ser, pues, nuestras actitudes hacia el Señor en este templo catedralicio, al reconocer cuán grande es su amor, su interés, su obra, en nosotros y en favor nuestro, simbolizada en el templo santo cuya dedicación hoy rememoramos.

6.      Pero, tanto la admiración como la gratitud, han de crecer en nosotros al recordar que ese templo santo, morada de Dios con los hombres, casa hogareña de la familia de los hijos de Dios, espacio sagrado del encuentro con el Señor, lugar donde el Señor nos llama, nos acoge, nos enseña y nos bendice, es, además, el signo por excelencia de la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica; la Madre y Maestra de todos los que buscan al Señor con sincero corazón.

En esa Iglesia nos integramos como piedras vivas constituidas en tales por la redención de Jesucristo, edificadas sobre el cimiento de los apóstoles y trabadas en sólida arquitectura por la obra del Espíritu Santo. Por obra del mismo Espíritu, nuestro corazón es, a la vez, templo vivo de Dios, en el que Cristo mora, sobre todo, por la gracia de la Eucaristía: “Quien come mi carne y bebe mi sangre, habita en mí y yo en él” (Jn 6, 56). En lo más profundo de nosotros mismos, el Señor se hace presente para intimar con nosotros. Por él se hace posible en nosotros la vida interior que da sentido a la vida terrena en sus diferentes momentos y nos proyecta a la vida eterna junto a Dios en el cielo.

7.      No desaprovechemos la oportunidad y, dando gracias al Señor, dispongámonos a enriquecer nuestra alma para que sea digno trono de Dios. De este modo, a través nuestro, brillará la luz de Dios en el mundo y seremos destello de su bondad, belleza y misericordia.

Que la Santísima Virgen María, Madre de Dios y primer templo vivo del Señor en el mundo, cuya imagen bajo el titulo de la Virgen de las Nieves preside este templo y lo adopta como santuario, nos ayude a entender la dignidad con que Dios nos ha dotado por el bautismo, y estimule y apoye nuestros esfuerzos por ser verdaderos templos de Dios.

Que así sea.

 
     

 

 

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