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HOMILÍA EN LA CELEBRACIÓN ECUMENICA DE CLAUSURA DE LA SEMANA DE ORACIÓN POR LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS

25/1/2009
Parroquia de San Pablo

1.      Bajo el lema “Estarán unidas en tu mano” (Ez 37,17) llevamos desde el domingo pasado orando de una forma especial y, en unión con otras iglesias y confesiones cristianas, por la unidad de los Cristianos. Hoy, cuando el calendario litúrgico romano celebra la fiesta de la Conversión de San Pablo, nos reunimos en este templo, que lleva el nombre del Apóstol de los Gentiles, para un intenso momento de oración y, clausurando esta semana, renovar el compromiso ecuménico para cumplir de ese modo la inequívoca voluntad de Cristo, Nuestro Salvador.        

Sed todos bienvenidos, mientras saludo con tanto afecto en el Señor a los pastores y fieles de otras comunidades cristianas que, animados por ese espíritu de unidad, participan en esta celebración. 

2.      La Semana de oración por la unidad de los cristianos, que hoy es una actividad espiritual que afortunadamente va tomando cada vez una mayor importancia como respuesta al ardiente petición que Jesús dirigió al Padre en el Cenáculo, precisamente en las horas anteriores a su gloriosa Pasión: “Que todos sean uno, para que el mundo crea que tú me has enviado (Jn, 17,21).

De ese modo sabemos que la verdadera y plena unidad está íntimamente relacionada con la misión de la Iglesia en el mundo. Ahora bien, esa unidad sólo puede alcanzarse si hay, como preámbulo necesario, una unión con Cristo. Es responsabilidad, pues, de los creyentes en Cristo hacer que esa unidad sea visible, de modo que haga creíble y atractiva nuestra fe. Por eso mismo forma parte del ejercicio concreto de la evangelización el utilizar todos los medios de los que disponemos para alcanzar este objetivo tan grande y necesario.

La unidad es, en primer lugar, un “don” del Señor. Por eso, el primer paso hacia la unidad es el pedirla con humildad e insistencia. Solo abriéndonos a Cristo y permaneciendo unidos con Él podremos realmente estar unidos entre nosotros. Este es el primer compromiso que deriva de la Semana de oración por la unidad de los cristianos y lo hemos de afrontar con generosidad y empeño

3.      Este año, como he dicho al principio esta especial Semana tiene como lema, que ha de inspirar nuestra oración y nuestra acción, unas palabras sacadas del libro del profeta Ezequiel: “Estarán unidas en tu mano” (37,17).

En el pasaje del libro del profeta Ezequiel, de donde se ha tomado el lema, el Señor manda al profeta de tomar dos varas, una como símbolo de Judá y de las tribus que están unidas a él, y otro como símbolo de Jesé y las tribus que están con él, y le pide que las acerque, de modo que formen una sola vara en su mano. El mensaje de esta parábola es muy claro: a quienes pregunten el por qué de esa acción, Ezequiel ha de responder que el Señor mismo toma las dos varas y las acerca para que los dos reinos, con sus respectivas tribus, sean “una sola cosa en tu mano”. Si queremos ir más allá y profundizar en el significado de la parábola podemos ver en la mano del profeta la mano misma de Dios, que reúne a su pueblo y a toda la humanidad. Y también podemos aplicarnos estas palabras nosotros los cristianos, viendo en ellas una exhortación a orar, a trabajar con firme empeño para que se alcance la unidad de todos los discípulos de Cristo, e incluso a que nuestras propias manos sean manos que colaboren con las manos de Dios que unen. En el texto del profeta Ezequiel que estamos comentando se profundizan en el significado y en las condiciones de la unidad de las tribus en un solo reino. Mientras estaban dispersos, los israelitas habían conocido cultos erróneos, habían asumido condiciones de vida equivocadas, habían asumido costumbres ajenas a la ley divina. Con esa deseada unidad el Señor les avisa que no se contaminarán ya con los ídolos de los pueblos paganos, con sus abominables costumbres y con sus iniquidades, De esa manera les dice Dios mismos: “Ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios” (cfr. Ez 37, 23). Con ese nuevo modo de vida y la renovación interior que exige, se pueden seguir los mandamientos, observar la ley de Dios y ponerla en práctica.

4.      La visión de Ezequiel nos sirve mucho para afianzar nuestro compromiso ecuménico. En primer lugar porque manifiesta la exigencia imprescindible de una autentica renovación interior de todos los componentes del pueblo santo de Dios, renovación que sólo Dios puede llevar a cabo. Tenemos que estar abiertos a esa renovación interior, de modo que todos nosotros, que provenientes de lugares e ideas tan diferentes, podemos dejarnos influir por usos y costumbres lejanos a la voluntad de Dios.  .Puesto que toda la renovación de la Iglesia –se lee en el Decreto sobre ecumenismo del Concilio Vaticano II- consiste esencialmente en el aumento de la fidelidad a su vocación, por eso, sin duda, hay un movimiento que tiende hacia la unidad.” (UR, 6), es decir, una mayor fidelidad al deseo de Dios. El mismo Decreto subraya después la dimensión interior de la conversión del corazón: “El verdadero ecumenismo –sigue diciendo el Concilio-  no puede darse sin la conversión interior. En efecto, los deseos de la unidad surgen y maduran de la renovación del alma, de la abnegación de sí mismo y de la efusión generosa de la caridad” (UR, 7). De ese modo, la Semana de oración por la unidad de los cristianos es para todos nosotros un estímulo para una mayor y más sincera conversión y para una atención más dócil y fiel a la Palabra de Dios, así como a una fe más profunda.

Esta Semana debe ser también una buena ocasión para dar gracias a Dios por lo que El nos ha permitido hacer hasta ahora para acercarnos, los unos a los otros, los cristianos divididos entre sí y las mismas Iglesias y comunidades eclesiales.

En la diversidad de las situaciones, se percibe un esfuerzo que pretende sinceramente la recomposición de la plena unidad. Las relaciones entre las Iglesias y los diálogos teológicos han dado frutos positivos que animan a proseguir por ese camino.

5.      Queridos hermanos y hermanas: aprovechemos la oportunidad que nos ofrece esta Semana de oración por la unidad de los cristianos para pedir al Señor que prosigan, y si es posible, se intensifiquen el compromiso y el dialogo ecuménico. Dentro del contexto del Año Paulino, que conmemora el bimilenario del nacimiento de San Pablo, y que precisamente hoy, fiesta de su Conversión alcanza uno de sus momentos álgidos, tenemos que acoger con renovado entusiasmo lo que el este Apóstol nos ha dejado escrito a propósito de la unidad de la Iglesia. Valga por todos el texto que escribe dirigiéndose a la comunidad de Efeso: “Hay un solo Cuerpo y un solo Espíritu, así como hay una misma esperanza, a la que habéis sido llamados, de acuerdo con la vocación recibida. Hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo” (Ef 4,4-5). Hagamos nuestro el deseo de san Pablo, que ha entregado su vida generosamente por el Señor y por la unidad de su Cuerpo Místico, la Iglesia, ratificando con el martirio su testimonio supremo de fidelidad y de amor a Cristo.

Que siguiendo su ejemplo y acogiéndonos a su intercesión, cada comunidad tenga un creciente compromiso hacia la unidad, que participando en estas celebraciones empieza a gozar, en cierto modo, del gozo de la unidad plena. Oremos para que entre las Iglesias y Comunidades eclesiales prosiga el diálogo de la verdad, indispensable para dirimir las divergencias, así como el diálogo de la caridad que ayuda a vivir juntos dando un testimonio común. Tengamos el deseo ardiente de que apresure la llegada del día de la comunión plena cuando todos los discípulos del único Señor y Salvador, puedan celebrar y recibir juntos la Eucaristía, el sacrificio de la vida y de la salvación del mundo. Que nos ayude en este compromiso la materna intercesión de la Virgen María, que muchos de nosotros invocamos como Madre de la Iglesia, modelo de escucha atenta de la Palabra de Dios, maestra de oración.

 
     

 

 

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