1. Hoy este pueblo, que se honra con el nombre del Santo Patriarca, celebra su fiesta patronal y, naturalmente, acto cumbre de esta jornada es la celebración de la Santa Misa que reúne en esta iglesia a tantas personas de aquí y de fuera, venidas para disfrutar de la jornada, tener un rato de solaz y convivencia y, sobre todo, venerar a San José y pedirle su intercesión. Entrando en esta Parroquia de San Josep de Sa Talaia, que camina hacia su tercer centenario de existencia, nos acoge, con su mirada tierna y cariñosa la figura de San José, quien en la hermosa y artística imagen que preside el retablo principal se nos presenta teniendo en sus manos, con tanto primor y afecto, al Niño Jesús. Al mirar esta imagen uno siente que expresa todo un programa y una invitación para los cristianos: acoger en la propia vida la presencia amiga de Jesucristo y hacer que su luz y sus enseñanzas sean las que orienten la propia vida. No son muchos los pasajes del Evangelio que se refieren a San José. Del que hemos escuchado hoy en esta misa, quiero resaltar dos aspectos. “José, esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo” (Mt 1, 16). Y “José, su esposo, que era justo”. 2. Estas breves palabras del Evangelio que acabamos de escuchar colocan a San José en una situación peculiar en el conjunto de todos los santos. Él recibió de Dios el encargo de hacer en esta tierra las veces de padre de Jesús, misión que cumplió con fidelidad. La grandeza de esta paternidad honra a San José más que todos los elogios que la piedad cristiana pueda dedicarle. Dios puso en manos de S. José lo que más quería: su Hijo y su Madre. “Si es verdad que la Iglesia entera es deudora a la Virgen Madre por cuyo medio recibió a Cristo, después de María es S. José a quien debe un agradecimiento y una veneración singular. José viene a ser el broche del Antiguo Testamento, broche en el que fructifica la promesa hecha a los patriarcas y los profetas. Sólo él poseyó de una manera corporal lo que para ellos había sido mera promesa” (S. Bernardino de Siena). La paternidad de San José no se limita sólo a Jesús, sino que se extiende a toda la Iglesia, pues Ella continúa en este mundo la misión salvadora de Cristo. Por eso, la Iglesia lo venera como patrón universal, y cuida de la Iglesia como cuidó de Jesús, protegiendo a quienes le tienen una particular devoción. “Desde los primeros siglos, los Padres de la Iglesia, inspirándose en los Evangelios, han subrayado que San José, al igual que cuidó amorosamente a María y se dedicó con gozoso empeño a la educación de Jesucristo, también custodia y protege su cuerpo místico, la Iglesia, de la que la Virgen Santa es figura y modelo” (Juan Pablo II). La protección de San José sobre los fieles es una constante, pues, en la historia. A este respecto, me complace recordar el testimonio de Santa Teresa de Jesús, la gran mística del Siglo de Oro español y Doctora de la Iglesia cuando dice: “No me acuerdo de haberle pedido cosa que la haya dejado de hacer. Es cosa que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios por medio de este santo; los peligros de que me ha librado, así de cuerpo como de alma. Que a otros santos parece les dio el Señor gracia para socorrer una necesidad, mas a este glorioso santo tengo experimentado que socorre en todas y que quiere darnos a entender que, así como le fue sujeto en la tierra, así en el cielo hará cuanto le pidamos.”. Es por ello que la devoción a San José es fuente de tantas gracias para los fieles. En este día señalado de su fiesta, nos atrevemos a pedirle por tantas necesidades que tenemos. Encomendamos a Dios, por intercesión de este Gran Santo los problemas y necesidades más importantes de este querido pueblo. Pedimos por los ancianos y los enfermos, por los que no tienen trabajo, por los matrimonios fracasados, por los niños sin familia, por los pobres y necesitados, por los angustiados y los que han perdido la esperanza y las ganas de vivir. Pedimos también por los jóvenes, por las nuevas familias, por los empresarios y los trabajadores, por los que desempeñan la gestión de los asuntos públicos y se ocupan de garantizar el bien común. Todas las intenciones que cada uno lleva en su vida, caben en el corazón generoso de San José. Particularmente quisiera poner ante la mirada de San José, pidiendo su intercesión, dos grandes males de nuestra época: el Papa Benedicto XVI, en su Carta a los Obispos de la Iglesia católica, del día 11 de este mes, nos decía: “El auténtico problema en este momento actual de la historia es que Dios desaparece del horizonte de los hombres y, con el apagarse de la luz que proviene de Dios, la humanidad se ve afectada por la falta de orientación, cuyos efectos destructivos se ponen cada vez más de manifiesto”, y entre ellos yo quisiera destacar la proliferación de los ataques a las creencias cristianas, pisoteando el derecho y la libertad de los cristianos en tantas partes. Otro problema que quiero presentar a la intercesión de San José es el desprecio y la violación tan repetida del don de la vida, con hechos tan abominables como el aborto, la eutanasia o el maltrato de las personas, entre otras. Hago mías la llamada entristecida de Juan Pablo II cuando ante una multitud de fieles exclamó: “Una nación que mata a sus propios hijos es una nación sin futuro». Creedme que no me ha resultado fácil decir estas cosas refiriéndome a mi nación, pero yo deseo para ella un futuro, un futuro maravilloso. Es necesaria, por consiguiente, una movilización general de las conciencias y un esfuerzo ético común, para hacer realidad la gran estrategia de la defensa de la vida” (4 de junio de 1997). 3. La segunda frase que deseo comentar del Evangelio de hoy es: “José, su esposo, que era justo” (Mt ). ¡No se puede decir más y mejor con menos palabras! Yo las repito aquí hoy invitando a que de cada uno de nosotros se puedan también decir un día. Para ello es necesario revisar nuestra vida, aclarar y fortalecer nuestra fe, examinar y discernir nuestras actividades a la luz del Evangelio de Jesucristo. Estamos viviendo en nuestro mundo una época de profunda transformación económica, demográfica, cultural y también religiosa y moral. En estos momentos de cambio en el que bajo la presión del laicismo dominante, muchos cristianos sienten la tentación de la indiferencia, del retraimiento o incluso de la deserción y del abandono, San José nos invita a renovar nuestro amor sincero y entusiasta hacia Nuestro Señor Jesucristo, a caminar por la vida con la seguridad y la fuerza que nos da el amor de Dios, este amor que está en Cristo crucificado, que lo podemos palpar en la Eucaristía, que lo sentimos cada día en los muchos dones que recibimos de Dios y que lo tenemos que multiplicar por todas partes con nuestras obras de amor, de justicia y de misericordia. Nuestro compromiso tiene que hacer que este torrente de gracia no se interrumpa. Hemos de procurar, hermanos, que este acercamiento a la figura de san José mueva en nosotros el deseo y el compromiso de ser fermento de renovación en nuestra Iglesia, renovación de fe viva y de piedad, renovación de comunión y de unidad eclesial, renovación de testimonio valiente y de apostolado incansable. San José, “que era justo” con su ejemplo y su intercesión, nos empuja a ser en nuestro mundo discípulos fieles y entusiastas de Jesús, misioneros de la fe y del amor, constructores de un mundo nuevo, un mundo de justicia y de misericordia, un mundo de amor y de esperanza, tal como Dios lo quiere para sus hijos. Como San José, ante la voz del ángel cambió radicalmente, ojala escuchemos también nosotros la llamada del Señor, una llamada que es a la vez exigencia de nuestra fe y por eso mismo la gran ocasión de nuestra vida. Vivamos nuestra fe con sinceridad y hondura, asumamos sin miedo y con entusiasmo esta gran responsabilidad de transmitir a todos, y en especial a nuestros jóvenes, con el ejemplo de nuestra vida y con la palabra acertada, la fe en el Dios de Jesucristo que nosotros recibimos de nuestros padres, y pongamos todo el empeño en construir entre todos una sociedad justa, una sociedad tranquila, donde nadie se sienta arrastrado por la tentación del odio o de la violencia, donde nadie recurra a la mentira o a la amenaza para dominar a los demás, donde haya sitio para todos los que quieran vivir en paz, sobre el fundamento de nuestro patrimonio social cristiano, este terreno sólido de la justicia, de la libertad, del amor y de la paz. La fe, manifestada en su aceptación de la Palabra de Dios, la valentía manifestada en la defensa del Divino Niño y de su Madre y la generosidad mostrada en la custodia generosa de la Sagrada Familia nos iluminen y acompañen en esta tarea. |