1. Un año más nos reunimos en la Catedral, “iglesia madre de todas las iglesias de la diócesis”, en la mañana del Jueves Santo para esta celebración importante del Año litúrgico conocida como Misa Crismal. En ella, el Obispo celebra con su presbiterio, con la participación numerosa de religiosos y fieles, y consagra el santo crisma y bendice los demás oleos. Es también una manifestación de comunión de los presbíteros con el propio Obispo (Cf. OGMR 157). Por ello, quisiera que mis primeras palabras fueran de gratitud y aprecio a todos y cada uno por esa comunión, afectiva y efectiva, que a lo largo de todo el año me manifestáis en tantos y tantos gestos. Correspondo asegurándoos mi recuerdo en la oración y mi cercanía. Aunque en alguna ocasión para alguno esto último podría no ser claro, yo deseo ratificarlo y renovar mi compromiso personal de continuar por ese camino. En efecto, queridos sacerdotes, si por divina disposición, recogida después en la disciplina de la Iglesia, sois mis primeros colaboradores, para vosotros tiene que ir mi primer afecto humano, mi primera preocupación, y mi dedicación. Y ello hacia todos, sin primar ni infravalorar a ninguno ni excluir a nadie. Vosotros participáis de mi sagrada función en la construcción, santificación y conducción del Pueblo de Dios, para lo cual es menester una unidad de fe, disciplina y caridad. 2. En esta Santa Misa consagraré el crisma con el cual se ungen los recién bautizados, son sellados los confirmados y, cuando es el caso –por desgracia no frecuente aún entre nosotros y ello me duele profundamente- se ungen las manos de los neopresbíteros, así como las cabezas de los Obispos el día de su ordenación, y también los templos y los altares con ocasión de su dedicación. Con el óleo de los catecúmenos, éstos se preparan y disponen para el bautismo, mientras que con el óleo de los enfermos éstos reciben alivio espiritual en su enfermedad. Por medio de estos óleos, la gracia divina se derramará en las almas de los fieles de Ibiza y Formentera, proporcionándoles luz, apoyo y fuerza. A través de los óleos actuará el Espíritu Santo, principio de consagración, en el bautismo, en la confirmación y en el orden sagrado, siendo también efusión de misericordia en la unción de los enfermos. Al llevarlos después a vuestras parroquias, donde deben ser recibidos con solemnidad, os invito a tomar renovada conciencia de su valor, transmitiendo estos sentimientos a los fieles y procurando después su custodia digna a lo largo del año. 3. El Ceremonial de los Obispos enseña que en la homilía de esta Misa, el Obispo debe exhortar a sus presbíteros a guardar la fidelidad en su ministerio e invitarlos a renovar públicamente sus promesas sacerdotales. Con este espíritu os hable el primer año de la importancia de la santidad sacerdotal. El año pasado dediqué la homilía a la importancia de la predicación de la Palabra de Dios y de la administración de los Sacramentos. Quisiera detenerme este año un promover algunas ideas acerca de la fraternidad y unión sacerdotal, que son consecuencia de nuestra consagración en el Sacramento del Orden, así como la Eucaristía en la vida del Pueblo de Dios. Se trata de dos Sacramentos cuya institución conmemoramos especialmente en esta celebración. En la primera lectura Isaías ha profetizado la dignidad de la que están revestidos los sacerdotes. Hemos escuchado: “Vosotros os llamaréis «Sacerdotes del Señor, dirán de vosotros «Ministros de nuestro Dios»…todos los que los vean, reconocerán que son la estirpe bendecida por el Señor.” Esa dignidad nos viene no de nuestros méritos ni de nuestras cualidades personales, sino porque somos continuadores elegidos de la misma misión salvífica de Jesucristo. Esa misión cosiste en conducir a los hombres hacia Dios, hacia el Dios que nos ama, nos habla y quiere mantener una relación con el hombre. De ello se deriva, como consecuencia lógica, que debemos tener muy presente la unidad de los creyentes, todos colocados bajo la mirada de Dios. La discordia o la contraposición interna, pone en duda la credibilidad de su hablar de Dios. De ahí la necesidad de que todos los que creen en Dios busquen juntos la paz, intenten acercarse unos a otros, para caminar bien unidos hacia la fuente de la luz, la paz y la vida, Y si esto vale para todos, tiene un valor especial en el caso de los presbíteros, quienes en comunión con el propio Obispo forman el colegio presbiteral. Quien anuncia a Dios como Amor "hasta el extremo" debe dar testimonio del amor, empezando por los hermanos con quienes forma parte de ese cuerpo, el cuerpo de los presbíteros. En su reciente Carta a los Obispos de la Iglesia católica del mes pasado, el Papa Benedicto XVI nos escribe lo siguiente: “tuve que interpretar y comentar en el Seminario Romano el texto de Ga 5,13-15. Percibí con sorpresa la inmediatez con que estas frases nos hablan del momento actual: «No una libertad para que se aproveche el egoísmo; al contrario, sed esclavos unos de otros por amor. Porque toda la ley se concentra en esta frase: "Amarás al prójimo como a ti mismo". Pero, atención: que si os mordéis y devoráis unos a otros, terminaréis por destruiros mutuamente». Siempre fui propenso a considerar esta frase como una de las exageraciones retóricas que a menudo se encuentran en San Pablo. Bajo ciertos aspectos puede ser también así. Pero desgraciadamente este "morder y devorar" existe también hoy en la Iglesia como expresión de una libertad mal interpretada. ¿Sorprende acaso que tampoco nosotros seamos mejores que los Gálatas? Que ¿quizás estemos amenazados por las mismas tentaciones? ¿Que debamos aprender nuevamente el justo uso de la libertad? ¿Y que una y otra vez debamos aprender la prioridad suprema: el amor?” Si bien estas palabras del Papa fueron escritas para una circunstancia concreta muy diferente, pueden sernos de inspiración para fortalecer con vitalidad siempre nueva la fraternidad y la unión sacerdotal, garantía y condición de la fecundidad de nuestro apostolado y expresión de nuestra identidad sacerdotal. 4. El Evangelio proclamado nos ha presentado a Jesús en la sinagoga del lugar donde se habría criado, Nazaret. Allí, partiendo de la profecía de Isaías que hemos leído también en la primera lectura, se presenta como el autor de una liberación global que atañe a los pobres por la acción de la buena noticia, a los cautivos por la concesión de la libertad, a los privados de luz por cambiar su condición, a los agobiados por la liberación de la opresión… en definitiva para todos a raíz de que ha llegado el tiempo de poder alcanzar la gracia del Señor. Nosotros somos herederos de esa misión de liberación, que sólo Dios puede actuar. Y entre los medios para ello tenemos la Eucaristía, de la cual somos ministros, es decir, servidores y distribuidores para el Pueblo de Dios. El Concilio Vaticano II puso de relieve el papel especial que el misterio eucarístico tiene en la vida de los fieles (Cf. Sacrosantum Concilium, nn 48-54.56). En efecto, la Eucaristía está presente a lo lardo de toda la historia de la Salvación, primero como figura, después como acontecimiento y, en nuestros tiempos como sacramento, y es la fuente de la gracia, proporcionándonos tanto nuestra santificación como la oportunidad de dar gloria a Dios. En este sentido, todas las actividades de la Iglesia derivan de la Eucaristía y tienden a la misma (Cf. Sacrosantum Concilium, n. 10; Lumen gentium, n. 11; Presbyterorum ordinis, n. 5, etc.). La Iglesia vive y crece continuamente por la Eucaristía (Cf. Lumen gentium, n. 26). Forma parte de nuestra misión, pues, tanto tomar conciencia del preciosísimo misterio del que somos depositarios, tanto en la celebración la Misa como en el culto a las Sagradas Especies conservadas en el sagrario para continuar difundiendo la gracia derivarte del Sacrificio (Cf. Eucharisticum mysterium, n. 3, g.). La Iglesia católica ha enseñado y vivido la fe en la presencia real del Cuerpo y la Sangre de Cristo en la Eucaristía, adorándola siempre con culto de latría, que corresponde sólo a Dios (Cf. Mysterium fidei, n. 56; Catecismo de la Iglesia católica, n. 1378). Esta noche invitaremos a los fieles a permanecer un tiempo largo en adoración ante el Santísimo Sacramento, depuesto solemnemente en el Monumento o “Casa Santa”. La palabra ad-oración en su origen etimológico latino indica una presencia física en un ambiente de amor. En este caso, nos ponemos ante Aquel que es amor y derrama su amor sobre nosotros. Desde este punto de vista, la Eucaristía, celebrada y adorada, libera porque cambia la vida al trasformar en nosotros la muerte en vida, la violencia en paz. Por eso, las palabras del Señor: “Tomad y comed esto es mi cuerpo” “Tomad y bebed ésta es mi Sangre” no pretenden sólo la transubstanciación de las especies, por utilizar una expresión de la teología clásica, sino que buscar nuestra transformación: El Cuerpo y la Sangre de Cristo se nos dan para que también nosotros nos transformemos. Y nos transformemos en Cristo, asumiendo sus sentimientos y su vida. Se habla mucho en nuestros días de renovación, de revisión. Juan Pablo II, en su Carta apostólica Spiritus et Sponsa, escrita con ocasión del 40º aniversario de la Constitución Sacrosantum Concilium apelaba a dar los pasos necesarios para la renovación, profundizando para ello en la esencia de cada cosa. Y esto es importante también en lo que se refiere a la adoración eucarística. No se la puede infravalorar o suprimir sin perder así un componente importantísimo de la vida cristianiza. Por ello, en esta cuestión es importante fomentar un mayor conocimiento del misterio, en fidelidad plena a la Tradición, incrementado a la vez la vida litúrgica en las comunidades que nos han sido confiadas. Es buen baremo para percibir la fe de las comunidades ver cómo se celebra en ellas y cómo se reserva la Eucaristía, cómo se dispone la colocación del sagrario para la adoración de los fieles, cómo se lleva a cabo la adoración eucarística solemne en determinados momentos. No se puede privar a los fieles de esos medios de gracia que la Iglesia conserva como depositaria por encargo del Señor. Sería empobrecerlos y privarlos de esas ayudas para el incremento y el progreso de su vida cristiana. Grandes desafíos de nuestra sociedad y de nuestra Iglesia merecen también ser contemplados y afrontados a la luz de la Eucaristía, para que actuando el benedictino proverbio del “Ora et labora” se alcance la solución. En estos días pasados os he invitado a una gran campaña de oración por la vida. ¿Qué mejor que iniciar la defensa de la vida en oración ante Aquel que vino a dar la vida y dárnosla en abundancia? La petición al Dueño de la mies para que mande los tan necesarios operarios ¿Dónde mejor concretarla que en la presencia amorosa del Señor Sacramentado? Los ejemplos podrían multiplicarse. Por estos y tantos motivos os pido en este Jueves Santo, desde la cátedra que configura mi ministerio: ¡que no falte en ninguna parroquia la debida adoración eucarística de la que tantos bienes se derivan! 5. Queridos hermanos sacerdotes: dentro de unos momentos, en presencia de los fieles que nos quieren y nos acompañan vais a renovar las promesas sacerdotales, las mismas que hicisteis el día gozoso de la ordenación sacerdotal. Para algunos han pasado muchos años, para otros menos. Mayores o jóvenes, la misión es la misma. Con esta renovación reavivamos los sentimientos que inspiraron nuestra entrega al Señor y a su Iglesia, profundizando y gustando sin cesar la belleza del “sÍ” que dimos como respuesta a la llamada a seguir a Cristo de una forma concreta, el ministerio sacerdotal. Con ellas asumimos el compromiso y, podría decir, el gusto de vivir en plenitud la belleza de nuestro ministerio, en el seguimiento de Cristo, gozosamente entregados al servicio de los demás. Siendo fieles prestamos un servicio en favor de los demás hombres y mujeres, en nombre de Dio. Seamos conscientes de que bien espiritual de numerosas personas, como tal vez también la salvación de muchos, depende de cómo las cumplamos. Que nos ayuden en ello la intercesión de nuestros Patronos, la Virgen de las Nieves y San Ciriaco mártir, ante cuyas veneradas imágenes celebramos esta Misa, renovamos las promesas y los ponemos como testigos del compromiso. Amen. |