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HOMILÍA EN LA SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI EN LA S.I. CATEDRAL

14/6/2009

1.      Nos reunimos hoy en esta Santa Iglesia Catedral para celebrar la entrañable fiesta del Corpus Christi, de tanta raigambre entre nosotros y que nos invita a revivir, con un sabor distinto, el gran misterio que celebramos el Jueves Santo y cuya conmemoración hacemos también cada domingo.  

¿En qué consiste esta fiesta? ¿Cuál es el significado específico de esta  solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo? Nos lo hace presente la sucesión de momentos que componen esta celebración:  ante todo, nos reunimos ante el altar del Señor para estar juntos en su presencia, escuchar su Palabra y recibir su Santísimo Cuerpo; luego, tendrá lugar la procesión, es decir, caminar con el Señor por las calles de nuestra ciudad; y, por último, llegados a la meta, que en este caso será la Parroquia del Salvador de la Marina, arrodillarnos ante el Señor en actitud de  la adoración, postrados ante Aquel que se inclinó hasta nosotros y dio la vida por nosotros. Reflexionemos brevemente sobre estas tres actitudes para que sean realmente expresión de nuestra fe y de nuestra vida.  

2.      El primer acto es, como he dicho, reunirnos con el Señor en su casa.  Es lo que antiguamente se llamaba "statio" y ahora llamamos Misa estacional. Fijándonos en la tradición, en la Iglesia particular, con el obispo y en torno a él, en torno a la Eucaristía celebrada por él, se constituía la comunidad, única, pues era uno solo el Cáliz bendecido y era uno solo el Pan partido, como hemos escuchado en las palabras del apóstol san Pablo en la segunda lectura (Cf. 1 Co 10, 16-17).  Por eso, en esta tarde sólo se celebra la Eucaristía en esta Catedral.

Ante este hecho viene a la mente una expresión de san Pablo:  "Ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús" (Ga 3, 28). "Todos vosotros sois uno". En estas palabras se percibe la verdad y la fuerza de la revolución cristiana, la revolución más profunda de la historia humana, que se experimenta precisamente alrededor de la Eucaristía:  aquí se reúnen, en la presencia del Señor, personas de edad, sexo, condición  social e ideas políticas diferentes.

La Eucaristía no puede ser nunca un hecho privado, reservado a personas escogidas según afinidades o amistad. La Eucaristía es un culto público, que no tiene nada de esotérico, de exclusivo. Nosotros, esta tarde, no hemos elegido con quién queríamos reunirnos; hemos venido y nos encontramos unos junto a otros, unidos por la fe y llamados a convertirnos en un único cuerpo, compartiendo el único Pan que es Cristo. Estamos unidos más allá de nuestras diferencias de nacionalidad, de profesión, de clase social, de ideas políticas:  nos abrimos los unos a los otros para convertirnos en una sola cosa a partir de él. Esta ha sido, desde los inicios, la característica del cristianismo, realizada visiblemente alrededor de la Eucaristía, y es necesario velar siempre para que las tentaciones del particularismo, aunque sea de buena fe, no vayan de hecho en sentido opuesto. Por tanto, el Corpus Christi ante todo nos recuerda que ser cristianos  quiere decir reunirse desde todas  las  partes para estar en la presencia del  único Señor y ser uno en él y con él.

Hoy se percibe la necesidad de afianzar la unidad entre todos los creyentes entre sí y con Cristo. Que cada celebración de la Eucaristía sea un paso adelante hacia esa unidad. 

3.      El segundo momento constitutivo de hoy es la procesión, el  caminar con el Señor después de la Santa Misa, como  su  prolongación natural, avanzando tras Aquel que es el Camino. Con el don de sí mismo en la Eucaristía, el Señor Jesús nos libra de nuestras "parálisis", nos levanta y nos hace "pro-cedere", es  decir,  nos hace dar un paso adelante, y luego otro, y de este modo nos pone en camino, con la fuerza de este  Pan  de  la vida.

La procesión del Corpus Christi nos enseña que la Eucaristía nos quiere librar de todo abatimiento y desconsuelo, quiere volver a levantarnos para que podamos reanudar el camino con la fuerza que Dios nos da mediante Jesucristo. Es la experiencia del pueblo de Israel en el éxodo de Egipto, la larga peregrinación a través del desierto, de la que nos ha hablado la primera lectura. Una experiencia que para Israel es constitutiva, pero que resulta ejemplar para toda la humanidad.

De hecho, la expresión "no sólo de pan vive el hombre, sino que el hombre vive de todo lo que sale de la boca del Señor" (Dt 8, 3) es una afirmación universal, que se refiere a todo hombre en cuanto hombre. Cada uno puede hallar su propio camino, si se encuentra con Aquel que es Palabra y Pan de vida, y se deja guiar por su amigable presencia. Sin el Dios-con-nosotros, el Dios cercano, ¿cómo podemos afrontar la peregrinación de la existencia, ya sea individualmente ya sea como sociedad y familia de los pueblos?

La Eucaristía es el sacramento del Dios que no nos deja solos en el camino, sino que nos acompaña y nos indica la dirección. En efecto, no basta avanzar; es necesario ver hacia dónde vamos. No basta el "progreso", si no hay criterios de referencia. Más aún, si nos salimos del camino, corremos el riesgo de caer en un precipicio, o de alejarnos más rápidamente de la meta. Dios nos ha creado libres, pero no nos ha dejado solos:  se ha hecho él mismo "camino" y ha venido a caminar juntamente con nosotros a fin de que nuestra libertad tenga el criterio para discernir la senda correcta y recorrerla. 

4.      Cuando en el libro del Éxodo Dios promulga el  "Decálogo", los diez mandamientos, está escrito al inicio:  "Yo, el Señor, soy tu Dios, que te he sacado del país de Egipto, de la casa de servidumbre. No habrá para ti otros dioses delante de mí" (Ex 20, 2-3). Aquí encontramos el tercer momento constitutivo de nuestra celebración de hoy:  arrodillarse en adoración ante el Señor. Adorar al Dios de Jesucristo, que se hizo pan partido por amor, es el remedio más válido y radical contra las idolatrías de ayer y hoy. Arrodillarse ante la Eucaristía es una profesión de libertad:  quien se inclina ante Jesús no puede y no debe postrarse ante ningún poder terreno, por más fuerte que sea. Los cristianos sólo nos arrodillamos ante Dios, ante el Santísimo Sacramento, porque sabemos y creemos que en él está presente el único Dios verdadero, que ha creado el mundo y lo ha amado hasta el punto de entregar a su Hijo único (Cf. Jn 3, 16).  Aprovecho para recordar que durante la consagración en la Santa Misa debemos permanecer, si uno no está impedido físicamente o las condiciones del local lo desaconsejan, de rodillas. Lamento que entre nosotros en ocasiones se haya perdido está piadosa práctica y exhorto vivamente a recuperarla. Lo mismo vale para la genuflexión, devota y digna al pasar ante la Sagrario, así como la posibilidad para los fieles que así lo deseen, de recibir la comunión de rodillas. Son loables prácticas exteriores que reflejan una actitud interior.

Nos postramos ante Dios que primero se ha inclinado hacia el hombre, como buen Samaritano, para socorrerlo y devolverle la vida, y se ha arrodillado ante nosotros para lavar nuestros pies en el Cenáculo. Adorar el Cuerpo de Cristo quiere decir creer que allí, en ese pedazo de pan, se encuentra realmente Cristo, el cual da verdaderamente sentido a la vida, al inmenso universo y a la criatura más pequeña, a toda la historia humana y a la existencia más breve.

La adoración eucarística, que tan vivamente recomiendo en todas las ocasiones que puedo, es oración que prolonga la celebración y la comunión eucarística; en ella el alma sigue alimentándose:  se alimenta de amor, de verdad, de paz; se alimenta de esperanza, pues Aquel ante el cual nos postramos no nos juzga, no nos aplasta, sino que nos libera y nos transforma. 

5.      Vamos pues a proseguir, vamos a disfrutar de nuestra reunión, vamos después a caminar, a adorar llenos de alegría, serenidad y dinamismo. Vamos a llevar a nuestra oración a  todas las personas que viven en esta ciudad, en esta diócesis, en nuestras dos islas de Ibiza y Formentera que tienen este templo como Iglesia-madre, de modo que todos puedan conocer al  Padre, y al que nos envió, a Jesucristo, a fin de tener así la vida en abundancia, por los siglos de los siglos. 

 
     

 

 

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