Fiesta de Sant Jordi. 23 de abril de 2016

Un año más, gracias a Dios, dentro del tiempo pascual, celebramos la fiesta de San Jorge, titular de esta Parroquia. Con esta ocasión, celebrando su fiesta contemplamos su figura para aprender de él el camino cristiano que él recorrió, escuchamos la Palabra de Dios, que aporta siempre enseñanzas buenas y positivas para nuestra vida aquí en la tierra, y celebramos la Eucaristía, uniéndonos más a Jesús que, a través de la Eucaristía nos dice que quiere estar cercano a cada uno de nosotros, a todos unidos que formamos la Iglesia. Y todo ello porque somos cristianos miembros de una comunidad parroquial.

Pocos son los datos que tenemos de este personaje, aunque está claro que fue un valiente caballero, martirizado probablemente en Lydda, Israel. Si la historia es parca en datos biográficos, la leyenda ha “completado” su figura. Venerado desde el sigo IV, diversos países y lugares lo han elegido como patrón: Grecia, Inglaterra, Portugal, Lituania, Génova… En el siglo XIII, su devoción entró en Valencia, Cataluña y Aragón, que también lo escogieron como patrono.

La leyenda más difundida de San Jorge es sin duda la del dragón, en la cuál se nos presenta a nuestro santo como un soldado o caballero que lucha contra un ser monstruoso (el dragón) que vivía en un lago y que tenía atemorizada a toda una población situada en Libia. Dicho animal exigía dos corderos diarios para alimentarse a fin de no aproximarse a la ciudad, ya que desprendía un hedor muy fuerte y contaminaba todo lo que estaba vivo. Al final ocurrió que los ganaderos se quedaron casi sin ovejas y decidieron que se le entregara cada día una persona viva, que sería escogida en un sorteo. Un buen día, le toco la “suerte” a la hija del rey, pero, cuando el monstruo iba a comérsela, Jorge luchó contra aquella bestia y la venció, logrando salvar así a la princesa. ¿De dónde había de sacar san Jorge la valentía para luchar contra el dragón y liberar a la princesa? De su unión y comunión con Jesús que lo alimentó con la savia de la propia vida: «Yo soy la vid; vosotros los sarmientos» (Jn 15,5). ¿De dónde obtuvo la fuerza para ser fiel y soportar el martirio? Del Señor, que dijo: «Separados de mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5). Y reuniendo a todos los vecinos que estaban llenos de admiración y de emoción, les habló muy hermosamente de Jesucristo y obtuvo que muchos de ellos se hicieran cristianos.

Después de unos años en el ejército romano, San Jorge se da cuenta que su verdadero ejército es el de Jesucristo,  reparte sus bienes entre los pobres, renuncia a su carrera militar y se enfrenta a las autoridades romanas, contrarias a la fe y a la práctica de la doctrina cristiana. El emperador Diocleciano mandó que todos adoraran ídolos o dioses que eran falsos y prohibió adorar a Jesucristo. Jorge declaró que él nunca dejaría de adorar a Cristo y que jamás adoraría ídolos. Entonces el emperador declaró la pena de muerte contra él. De paso para el sitio del martirio lo llevaron al templo de los ídolos para ver si los adoraba, pero en su presencia varias de esas estatuas cayeron derribadas por el suelo y se despedazaron. A Jorge lo martirizaron y mientras lo azotaban, él se acordaba de los azotes que le dieron a Jesús, y no abría la boca, y sufría todo por Nuestro Señor sin gritar ni llorar. Muchos al verlo exclamaban: “Es valiente. En verdad que vale la pena ser seguidor de Cristo”. Cuando lo iban a matar decía: “Señor, en tus manos encomiendo mi alma”. Él siempre rezaba y Dios siempre lo escuchaba. Al oír la noticia de que ya le iban a cortar la cabeza se puso muy contento, porque él tenía muchos deseos de ir al cielo a estar junto a Nuestro Señor Jesucristo.

Cumple así San Jorge un mensaje importante: Los cristianos estamos llamados a injertarnos en Jesús y vivir en comunión de vida con Él y con todos los demás. Así, a través nuestro, todos los otros sarmientos, incluso los que quizá viven poco o muy separados de la verdadera Vid, tendrán un cierto lazo de unión con Cristo.

«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame» (Lc 9,23), hemos escuchado en el Evangelio de hoy. Encontramos en estas palabras un compendio de la vida cristiana, el espejo de la Palabra con el que el discípulo debe conformar su propio rostro (cf. St1,22-25).

Como cristianos, nuestra vida debe llevar impresas los rasgos de Jesús, el Hijo crucificado por amor. Mirando «al que traspasaron» (Jn 19,37), la cruz se ha convertido en un sello de pertenencia a Dios en Jesús (cf. Ap 7,2ss; Ez 9,4).     Este pasaje de Jesús es rico por su contenido y porque pone las bases del discipulado: “Negarse a sí mismo, tomar la cruz de cada día y no avergonzarse de ser discípulo del Maestro”. Quien toma en serio el Evangelio y busca vivir conforme a él, lo primero que notará es que su enseñanza muchas veces es contraria a lo que muchos de nuestros conocidos hacen y piensan, es contrario a algunos de nuestros más profundos deseos y aspiraciones. Pero estas son las condiciones para la santidad y para ser verdaderamente feliz en el amor de Dios.

Llevar la cruz cada día es hacerse cargo de nuestras obligaciones, es entregarse totalmente y cada día a Cristo, viviendo para Él, hasta poder decir: «con Cristo estoy crucificado: y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Ga 2,20). Tomar la cruz significa sentirse crucificado con Cristo, ser partícipes de la Pasión del Señor Jesús, sentir que somos de él y que ya no nos pertenecemos más a nosotros mismos. En nuestro mundo actual, en donde parecen dominar las fuerzas que dividen y destruyen, Cristo continúa ofreciendo a todos su clara invitación: quien quiera ser mi discípulo, reniegue al propio egoísmo y cargue conmigo la cruz. Invoquemos la intercesión del San Jorge para que el Señor nos conceda ir con decisión detrás de Él, conformarnos a la Pasión de Cristo y ser partícipes de su resurrección.

El hecho de que hoy nos hayan sido propuestas a cada uno de nosotros estas palabras de Jesús es algo importante. Repitámoslas en el corazón y veamos qué efectos producen en cada uno de nosotros pues, ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo, si no se realiza en él este plan amoroso de Dios? Permite que el amor de Dios llene hoy tu vida. Ábrele tu corazón.

Y como voy diciendo este año en cada parroquia con ocasión de la fiesta patronal, ha de ser un día que nos ha de hacer reflexionar sobre nuestra pertenencia a una parroquia y nuestra colaboración en la vida de la parroquia. Hoy os lo digo a los de esta Parroquia de San Jordi, que tiene tantas, tantísimas cosas buenas, expresión de las buenas condiciones de los que sois miembros de esta Parroquia. Aquí se da catequesis a los niños y jóvenes, se prolonga la catequesis con el movimiento infantil de los juniors, se tiene una Caritas parroquial, se tiene un coro, un buen grupo de obreros, de catequistas; hay también aquí un colegio religioso de las Hermanas Agustinas del Amparo. En definitiva, hay muchas, muchísimas acciones buenas en esta parroquia.

El Papa Francisco define la parroquia diciendo que “es la presencia eclesial en el territorio, ámbito de la escucha de la Palabra, del crecimiento de la vida cristiana, del diálogo, del anuncio de la caridad generosa, de la adoración y celebración. A través de todas sus actividades, la parroquia alienta y forma a sus miembros para que sean agentes de la evangelización. Es una comunidad de comunidades”  (EG, 28)..

La parroquia, una vez iniciada nuestra fe, la mantiene y fortalece. Formando parte de una parroquia, hemos de preguntarnos: ¿qué hacemos nosotros por la vida de la parroquia? ¿En qué colaboramos y qué aportamos?

Cada uno de nosotros ha recibido dones de Dios y como nos enseña la parábola de los talentos (Mt 25, 14 y ss.) uno no debe guardar esos dones, sino que los debe hacer fructificar en el sentido por el cual Dios nos los hablado. Todos hemos recibido dones de Dios y por eso, cada uno puede aportar algo a los demás en la propia comunidad parroquial. Es viva y grande  una parroquia en la que todos colaboran, donde todos ayudan y no perjudican, donde todos se aman y se favorecen. Esta fiesta, pues debe provocar en cada uno una reflexión de la pertenencia a la propia parroquia, reconocer con gratitud lo que hemos recibido de Dios y usarlo y ofrecerlo al servicio de la comunidad parroquial. Por ello es una buena ocasión de preguntarnos: ¿en qué puedo servir y ayudar?

Que la celebración, pues, hoy, un año más de la fiesta de esta Parroquia nos ayude a todos a aprender más de San Jorge y de su entrega a Dios por encima de todas las cosas, a quererlo más y a ser miembros vivos de la Parroquia que lleva el nombre de este Santo y mártir.

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