FIESTA DE SANTA EULALIA. • Domingo 12 de febrero de 2017 • Parroquia de Santa Eulalia del Rio

  • La festividad de cada santo o santa nos ofrece la ocasión de conocer a una persona que acogió la llamada que Jesús le hizo a que escuchara su Palabra y la puso en práctica, incluso cuando no le faltaron medios que se lo impedían. Y celebrar la fiesta de cada Santo o Santa es, viendo esa vida, tratar con fuerza de que sea esa también nuestra vida: que acojamos la llamada de Jesús, que escuchemos su palabra y que en todo la pongamos en práctica.
  • Así fue fue una joven de Cataluña que rezaba cada día con sus amigas. Con ese trato con Jesús se acogió a sus palabras e indicaciones y, cuando la persecución a los cristianos llevada a cabo por los emperadores romanos  Diocleciano y Maximiano, que habían oído contar la rápida y maravillosa propagación de la fe cristiana en las tierras de España, mandaron al más cruel y feroz de sus jueces, llamado Daciano, para que acabara de una vez con aquella religión.
  • El maravilloso ejemplo de Santa Eulalia quedó muy grabado en aquellas tierras. Y así, sus restos se encuentran en la Catedral de Barcelona y allí es venerada. Por eso, cuando hace casi ocho siglos gente de allí vino a Ibiza, entre las cosas buenas que quisieron traer estuvo la vida y las enseñanzas que esa jovencita les dejó para que también eso sea una bondad para los que vivimos aquí.
  • Eulalia nació en la ciudad de Barcelona, en los últimos años del siglo tercero. Brillaba en aquella niña un acendrado amor a Dios; se encerraba en una pequeña celda de su casa con un grupo de amiguitas para pasar buena parte del día en el servicio del Señor, rezando oraciones alternadas con el canto de himnos. Ya púber, hacia los doce o trece años, llegó a sus oídos que la persecución contra los cristianos volvía a arder en todo el Imperio, y quien se obstinara en negarse a sacrificar a los ídolos era atormentado con espantosos suplicios.
  • Los emperadores romanos Diocleciano y Maximiano, viendo la rápida propagación de la fe cristiana en las lejanas tierras de España, mandaron al cruel y feroz Daciano a exterminar aquella religión. En Barcelona hizo, con todo su séquito, públicos y solemnes sacrificios a los dioses, y dio orden de buscar a todos los cristianos para obligarles a sacrificar también. La ciudad era perturbada por un juez impío e inicuo. Oyéndolo contar Santa Eulalia se regocijaba y se repetía: “Gracias os doy, mi Señor Jesucristo, gloria sea dada a vuestro nombre porque veo muy cerca lo que tanto anhelé, y estoy segura de que con vuestra ayuda podré ver cumplida mi voluntad”.
  • Sus padres estaban preocupados por aquel deseo tan vehemente de Eulalia.  Una noche, Eulalia -que tenía 13 años- emprendió el camino hacia Barcelona a pie para increpar a Daciano.
  • Se lo encontró en el foro y se dirigió a él:
  • -Juez injusto, ¿de esta manera tan soberbia atreve a sentarse para juzgar a los cristianos?
  • -¿Y quién eres tú, que de una manera tan temeraria te has atrevido, no sólo a presentarte espontáneamente ante el tribunal, sino que, además, te atreves a reprocharme cosas contrarias a las disposiciones imperiales? – contestó Daciano.
  • Eulalia se presentó como una servidora de Dios, lo que propició su detención y que, inmediatamente, la azotaran. Daciano la torturó con 13 prácticas diferentes, entre ellas, la extendieron en un potro donde unos hombres con garfios le arrancaron la piel, le cortaron los pechos y la rociaron en aceite para quemarla. Sus oraciones continuas permitieron que las llamas se volvieran en contra de los soldados que las sostenían.
  • Daciano decidió también poner en un tonel lleno de cristales rotos y cuchillos y tirarla por lo que hoy en día se conoce como Bajada de Santa Eulalia. Posteriormente, el juez romano mandó colgarla en una cruz en forma de aspa, que a partir de ese momento, pasaría a llamarse cruz de Santa Eulalia. En el momento de su muerte en la cruz, una paloma blanca salió de la boca de Santa Eulalia, llevando su alma al cielo.
  • El pueblo que asistió a aquel espectáculo, al ver tantas maravillas, quedó fuertemente impresionado y admirado, en especial los cristianos.
  • Hoy nosotros, también habiendo recordado esto, quedemos impresionados, admirados y deseosos, como ella, se ser personas que escuchamos la Palabra de Dios frecuentemente, y especialmente los domingos asistiendo a la Santa Misa, acogiéndola y poniéndola en práctica en nuestras palabras y obras.
  • Dios se ha ido revelando progresivamente  las personas. La plenitud de esa revelación nos llega con Jesucristo, la Palabra hecha carne, resplandor de la gloria divina (Cf. Heb 1, 1, ss). En el Antiguo Testamento Dios dio su Ley a través de Moisés (Cf. Ex 20, 1ss; Dt 5, 1ss), esa Ley significó un gran paso en orden a formar la identidad de un pueblo escogido por Dios; pero, muchas veces, quienes estaban llamados a cumplirla no fueron fieles a la misma, haciendo mal uso de su libertad. El hombre, dice el libro del Eclesiástico, tiene delante de sí para escoger entre la muerte y la vida, si cumple los mandatos del Señor entonces tendrá la vida (Cf., Eclo 15, 16-21). Por otra parte, Dios no se complace en la muerte del pecador, sino en que se convierta y viva (Cf., Ez 33, 11). En realidad Dios no ofrece dos opciones al hombre: salvación y condenación, sino que su oferta es una sola: salvación. Cuando el hombre rechaza libremente la oferta de Dios, obviamente, hay condenación; pero, dicha condenación no puede achacarse a la responsabilidad de Dios, sino exclusivamente al hombre.
  • Los mandamientos del Señor no son obstáculos que Dios nos pone para complicarnos la existencia sino, todo lo contrario: constituyen una ayuda, una orientación para que el hombre pueda seguir rectamente los caminos del Señor, para que pueda saber con certeza lo que Dios le pide en orden a la salvaciónLas prohibiciones(“no matarás, no robarásno cometerás adulterio, etc.,) son afirmaciones sobre el valor de la vida, el respeto del otro. Así mismo, algo no es malo porque Dios lo haya prohibido, sino que ha sido prohibido porque es efectivamente malo; es decir, no se trata de una arbitrariedad de Dios que ha querido señalar lo que es bueno y malo. Hay personas que cumplen los mandamientos no porque estén convencidos de la necesidad de cumplirlos, por propio bien, sino solo porque así Dios lo ha mandado o prohibido. Para esas personas lo importante es “cumplir” con la letra de la ley, se cae en el legalismo. Ese fue el error de muchos letrados y fariseos, a quienes Jesús alude con estas duras palabras: “si no son mejores que los letrados y fariseos no entrarán en el reino de los cielos.”(Mt 5, 20).
  • El Evangelio de este domingo (Mt 5, 17-37) es parte del Sermón de la Montaña, en el cual Jesús expone lo más importante y central de su mensaje y enseñanza. Jesús es claro en señalar que su doctrina no es una mera continuidad de lo enseñado en el Antiguo Testamento. Él no ha venido a abolir la Ley dada a Moisés, sino a darle su plenitud. No significa ninguna disminución de las exigencias, sino todo lo contrario: es más fácil cumplir literalmente la ley que vivir según su espíritu. En otras palabras: el amor es más exigente que la ley. La ley establece unos límites precisos de lo que debemos o no hacer, el mandamiento del amor desborda los límites.
  • En tiempos de Jesús, como sabemos, además de los diez mandamientos dados a través de Moisés, existían una gran cantidad de normas y preceptos, al punto que había que escribirlos y llevarlos colgados en el manto para poder recordarlos; había candentes debates sobre su interpretación entre los letrados, quienes se habían convertido en “especialistas de la ley”. Ante esa maraña de normas y preceptos era lícito que le preguntaran a Jesús “¿Cuál es el mandamiento mayor de la Ley?” (Mt 22, 36), ¿Qué es lo importante y qué es lo secundario? Sabemos cuál fue la respuesta de Jesús: lo fundamental es amar a Dios y al prójimo, pues  “de estos nos mandamiento penden toda la ley los profetas” (Mt 22, 40).
  • En realidad se trata de un único mandamiento, pues el amor a Dios viene mediado por el amor al prójimo, como dice el apóstol Juan: “Quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve.” (1Jn 4, 20). San Pablo dice: “quien ama cumple la ley entera” (Rm 13, 10), pues quien ama su prójimo no le hace ningún mal. La nueva ley del Sermón de la Montaña, como hemos dicho, no significó ninguna reducción de exigencias, sino todo lo contrario, pues el cumplimiento del mandato del amor no tiene límites de exigencias. Ser mejores que los letrados y fariseos nos exige vivir el espíritu de la nueva ley traída por Jesús, nueva en el sentido que es la plenitud de la antigua ley. Esta plenitud exige la superación del legalismo, del mero formalismo legal. Es el Espíritu Santo quien nos anima y fortalece para vivir la nueva ley. La sabiduría divina se nos revela por el Espíritu, “y el Espíritu todo lo penetra, hasta la profundidad de Dios.” (1Cor 2, 10).
  • Nuestras celebraciones litúrgicas no son mejores porque cumplimos con todas las rúbricas, sino porque vivimos y hacemos   vivir a los fieles el verdadero sentido de la liturgia, el cual conlleva a un compromiso en la vida: vivir lo que celebramos, es decir: vivir el amor, la fraternidad, la justicia, la solidaridad; de lo contrario caemos en un culto vacío, separado de la vida, aquello que tanto cuestionaron los grandes profetas del Antiguo Testamento.
  • El Sermón de la Montaña nos exige un cambio radical de actitud, una nueva mirada y reformulación de nuestra forma de vivir la religión. No se trata de más o menos normas, o de simplificación de normas, sino de un cambio de mentalidad y actitud. Vivir en el Espíritu es mucho más exigente que cumplir con el formalismo legal y religioso.

Así vivió Santa Eulalia y nos deja el ejemplo para nosotros, para todos nosotros. Que su fiesta nos anime a vivir de acuerdo con la Palabra de Dios, aunque haya dificultades a ello

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