HOMILIA EN LA FIESTA DE SAN ANTONIO Parroquia de San Antonio de Portmany 17 de enero de 2019

Un año más tenemos la suerte y la alegría de reunirnos en este templo para celebrar la Santa Misa con motivo de la fiesta de San Antonio Abad, titular de este templo parroquial. Esta fiesta hace que nos reunamos ahora participando en la celebración de la Santa Misa, escuchando la Palabra de Dios, acercarnos a Jesús a través de la sagrada comunión y admirar la figura de San Antonio, aprendiendo cosas de ella.

Yo estoy contento cada año cuando tengo la oportunidad, gracias a Dios, de poder venir aquí a celebrar esta fiesta. Los primeros años acogido por Don Vicente Colomar Ferrer, que muchos años ha servido aquí en ocasiones con la ayuda de vicarios, y ahora, desde hace unos meses Son Francesc Xavier Torres Peters, con el vicario Sergio Alberto Pérez García, y también desde el inicio de su vida sacerdotal ayuda aquí también, hijo de este pueblo el canónigo Antonio Torres Costa.

Y junto a los sacerdotes aquí hoy presentes, me alegro de encontrarme con los obreros, con los miembros del Coro, con los fieles de la Parroquia a los que saludo con afecto y estima. Y lo mismo de las dignas autoridades.

Contemplando aspectos de la vida y de las obras de San Antonio, cuya fiesta tenemos la alegría y la satisfacción de celebrar hoy, podemos aprender eso nosotros para procurar imitarlo en esas bondades para vivir en el mundo como vivió él, es decir, cumpliendo las enseñanzas de Dios. Fue un hombre excepcional, dotado de particulares talentos naturales y de extraordinarios, dones de gracia, de profundísima humildad y ardiente celo por la salvación del prójimo, de íntima comunión con Dios en la contemplación y de prontitud a la hora de socorrer a los necesitados.

El Evangelio que hemos escuchado hoy, teniendo presente que siempre nos es una buena ayuda escuchar y acoger la Palabra de Dios, hoy nos narra la historia del joven que pregunta por el camino de la vida eterna. El Señor Jesús responde a la pregunta del joven rico, sobre qué cosas debe hacer para conseguir la Vida eterna.

La primera respuesta del Señor es simple: “Cumple los Mandamientos”. “No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, honrarás a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

         Pero el joven rico intuye que  a pesar de haber hecho todo esto aún le falta más y pregunta al Señor sobre qué es ese algo más por hacer. “Si quieres ser perfecto, le dijo Jesús, ve, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres: así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme”.

La respuesta del joven fue irse entristecido, porque tenía muchos bienes y estaba apegado a ellos. El Señor nos llama a seguirlo sin condiciones, a que en el camino sigamos sus huellas en todo, aún cuando esto nos signifique renunciar a lo que el mundo valora, a las falsas seguridades de bienes materiales, orgullo social, honra mundana, poder.

Es en ese estar disponibles al ciento por ciento que cumplimos realmente en Espíritu los mandamientos de Dios. Y es así como desaparece la tensión entre la voluntad de Dios y la nuestra personal.

Y es también en ese estar dispuestos a todo lo que Dios pida, como María frente al anuncio del Ángel, y más perfectamente aún, como Cristo durante toda su pasión, que la paz del Señor llega plenamente a nuestras vidas.

Por ello el Señor ensalza tantas veces a los humildes. Porque sólo los humildes se ríen de sí mismos, y dejan a un lado su propia hoja de ruta para la vida, y siguen con toda fe y confianza la palabra que el Señor nos da. Esa palabra que encontramos en las escrituras, en el catecismo, en el magisterio de la Iglesia, en la vida sacramental y de misa frecuente, en la práctica de las virtudes cristianas, en el testimonio amoroso dado en la comunidad.

Pidamos al Señor la gracia de que, en cada día de la vida que tenemos, seamos menos apegados a nuestras cosas, ideas, pensamientos, y más disponibles a su llamado,

Entre los santos más populares de todos los tiempos está San Antonio Abad. Hoy muchas poblaciones celebran con festejos especiales la memoria de San Antón, con bendición después de la Misa de animales domésticos o de compañía, con jornada festiva en el campo y otras celebraciones. Se podría pensar que San Antonio Abad fue un santo muy alegre.

Nos cuenta su historia que cuando murieron sus padres, Antonio tenía unos dieciocho o veinte años, y quedó él solo con su única hermana, pequeña aún, teniendo que encargarse de la casa y del cuidado de su hermana. Habían transcurrido apenas seis meses de la muerte de sus padres, cuando un día en que se dirigía, según su buena costumbre, a la iglesia, iba pensando en su interior cómo los apóstoles lo habían dejado todo para seguir al Salvador, y cómo, según narran los Hechos de los Apóstoles, muchos vendían sus posesiones y ponían el precio de la venta a los pies de los apóstoles para que lo repartieran entre los pobres; pensaba también en la magnitud de la esperanza que para éstos estaba reservada en el cielo; imbuido de estos pensamientos, entró en la iglesia, y dio la casualidad de que en aquel momento estaban leyendo aquellas palabras del Señor en el Evangelio que hemos leído hoy: “Si quieres llegar hasta el final, vende lo que tienes, da el dinero a los pobres -así tendrás un tesoro en el cielo- y luego vente conmigo.”

Entonces Antonio, como si Dios le hubiese infundido el recuerdo de lo que habían hecho los santos y como si aquellas palabras hubiesen sido leídas especialmente para él, salió en seguida de la iglesia e hizo donación a los aldeanos de las posesiones heredadas de sus padres (tenía trescientas parcelas fértiles y muy hermosas), con el fin de evitar toda inquietud para sí y para su hermana. Vendió también todos sus bienes muebles y repartió entre los pobres la considerable cantidad resultante de esta venta, reservando sólo una pequeña parte para su hermana.

Habiendo vuelto a entrar en la iglesia, oyó aquellas palabras del Señor en el Evangelio: “No os agobiéis por el mañana.”. Saliendo otra vez, dio a los necesitados incluso lo poco que se había reservado, ya que no soportaba que quedase en su poder ni la más mínima cantidad. Encomendó su hermana a unas vírgenes que él sabía eran de confianza y cuidó de que recibiese una conveniente educación; en cuanto a él, a partir de entonces, libre ya de cuidados ajenos, emprendió en frente de su misma casa una vida de ascetismo y de intensa mortificación.

Trabajaba con sus propias manos, ya que conocía aquella afirmación de la Escritura: El que no trabaja que no coma; lo que ganaba con su trabajo lo destinaba parte a su propio sustento, parte a los pobres.

Oraba con mucha frecuencia, ya que había aprendido que es necesario retirarse para ser constantes en orar: en efecto, ponía tanta atención en la lectura, que retenía todo lo que había leído, hasta tal punto que llegó un momento en que su memoria suplía los libros.

Todos los habitantes del lugar, y todos los hombres honrados, cuya compañía frecuentaba, al ver su conducta, lo llamaban amigo de Dios; y todos lo amaban como a un hijo o como a un hermano.» […]

Y con esa buena conducta fue Maestro de vida espiritual

De su magisterio hay algunas pinceladas en la Vida de San Antonio, de su discípulo San Atanasio. Así nos dice que era frecuente la predicación sobre los novísimos, porque estaba convencido de que meditar sobre la muerte y el destino del hombre da al alma fuerzas para luchar contra el demonio, contra las pasiones desordenadas, contra la impureza: Si viviéramos cada día como si hubiéramos de morir ese mismo día, jamás pecaríamos.

Su ejemplo personal y su palabra aconsejaban el ayuno, la oración, la señal de la cruz, la vivencia de la fe. Enseñaba, por propia experiencia, que el demonio tiene miedo a los ayunos, las vigilias y oraciones de los ascetas… Y decía que la mejor actitud ante las insidias del maligno son, principalmente, el amor encendido a Jesucristo, la paz del corazón, la humildad, el desprecio de las riquezas, el amor a los pobres, la limosna…

La enseñanza de Antonio cautivaba a quienes acudían a él. Y, poco a poco, fueron formándose comunidades que tenían como norma el estilo de vida de Antonio. Tradicionalmente se ha visto en este fenómeno el nacimiento del monacato oriental, hacia el año 305.

En el 311, durante la persecución de Maximino Daja en Egipto, san Antonio, con algunos de sus monjes, se dedicó a confortar a los cristianos. Después se retiró al desierto del alto Egipto buscando siempre mayor soledad y penitencia. No obstante la dureza de sus penitencias, tenía un gran sentido de equilibrio y prudencia, por ello, a los eremitas que se ponían bajo su dirección no les permitía hacer sacrificios extravagantes. Más que la austeridad misma, san Antonio recomendaba la pureza de alma y una gran confianza en Dios.

Preocupado por la fama que había adquirido sin buscarla, en el 312 quiso huir uniéndose a una caravana de beduinos y adentrándose en el desierto hasta llegar al monte Coltzim. Pero sus discípulos no tardaron en encontrarlo y fueron estableciéndose en las cercanías formando pequeñas comunidades a las que el santo visitaba de vez en cuando. De esta forma tan sencilla y sin buscarlo, nuestro santo dio inicio a lo que más tarde se conocería como “vida cenobítica” o “monástica”. Más allá de sus dotes carismáticas y de los milagros que rodearon su vida, san Antonio fue un verdadero padre para sus monjes, hombre de una espiritualidad incisiva y siempre fiel a la esencia del mensaje evangélico. La tradición dice que murió en torno al 356.

Persona que escuchaba la palabra de Dios, la ponía en práctica y la anunciaba como una buena ayuda a los demás. Así fue San Antonio, así son los santos, así tenemos que ser nosotros. Viendo su imagen aquí, en esta querida parroquia, que nos quede esa enseñanza.

Recurrir a la Palabra de Dios, escuchándola con intención cada vez que se proclama en los templos, leyéndolo en nuestras casas y conociéndola cada vez más y mejor, cumplirla y anunciarla como una ayuda a los demás. San Antonio fue así; y siendo el patrón nuestro seamos nosotros también así, sabiendo que si ese es nuestro firme propósito, él desde el cielo nos ayudará con su intercesión.

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