HOMILÍA EN LA FIESTA DE SAN CARLOS BORROMEO Parroquia de Sant Carles de Peralta 4 de noviembre de 2016

Un año más  tenemos la suerte y la alegría de reunirnos en este templo para celebrar la Santa Misa con motivo de la fiesta de San Carlos, titular de este templo parroquial. La fiesta hace que nos reunamos ahora participando en la celebración de la Santa Misa, escuchando la Palabra de Dios, y acercarnos a Jesús a través de la sagrada comunión y admirar la figura de San Carlos. Con estos sentimientos, pues, vamos a tratar de celebrar y aprovechar los beneficios que nos pueden venir de ello.

En 1785 se convirtió en parroquia, por el primer Obispo de nuestra diócesis, Mons. Manuel Abad y Lasierra. Este Obispo, al establecer las veinte primeras parroquias, quiso dedicar una a San Carlos, de modo que todas las enseñanzas que nos pueden venir de este Santo Obispo nos sirvieran para los que vivimos aquí y en todas nuestras Islas.

Su construcción fue ordenada por el obispo Abad y Lasierra en 1785 y las obras concluyeron antes de finalizar el siglo XVIII. En aquellos tiempos, la zona de Sant Carles estaba habitada por unas 80 familias, que para asistir a los oficios religiosos se veían obligadas a desplazarse hasta el templo de Santa Eulària.

Tanto el amplio porche con columnas, arcos y pozo, como la espadaña o la casa rectoral fueron añadidos con posterioridad. La de Sant Carles, al igual que las iglesias de Sant Llorenç o Sant Mateu, llama la atención por tener el campanario desplazado a un lado, en este caso el izquierdo. El interior es de una sola nave con siete capillas laterales. El altar mayor y los retablos originales de las capillas fueron destruidos durante persecución religiosa de la Guerra Civil española (1936-1939), y hace unos años, Don Vicente, el Párroco actual, con la ayuda y colaboración de los obreros y otras personas de aquí llevó a cabo este nuevo y hermoso retablo que preside el altar mayor.

Contemplando a San Carlos nos preguntamos: ¿qué es un santo?

Un santo, conocido o no conocido es la persona que después de haber cumplido en la tierra en el encargo que Dios le ha hecho, ahora está para siempre en el cielo y es nuestro defensor e intercesor. Siendo los santos personas agradables a Dios, estando unidos a Él por la comunión perfecta de su vida pueden eficazmente ser nuestros intercesores y obtenernos las gracias de las que teneos necesidad. Y nosotros hemos de aprender a invocarlos a menudo, con fe, sintiéndolos hermanos y amigos.

Pero honrarlos, venerarlos e invocarlos no es suficiente: además y sobre todo hay que imitarlos. La Iglesia nos los propone como modelos, como maestros, como faros de luz que nos indican el camino que hay que seguir.

Cada uno de nosotros puede encontrar en los Santos el modelo que imitar, si guía preferencial. En efecto, los Santos pertenecen a todas las edades, estados de vida, condiciones sociales, hay santos que fueron sacerdotes y almas consagradas, pero hay también santos laicos, casados y solteros; hay santas mares y santos padres; santos jóvenes y santos ancianos y también niños; santos pertenecientes a familias ricas y santos pobres, santos listos y otros no tanto, ricos y pobres, santos que han conservado siempre la inocencia bautismal y santos que han conocido la amarga experiencia del pecado y de la lejanía de Dios.

El Concilio Vaticano II, en la Constitución dogmática sobre la Iglesia, Lumen gentium, tiene un capítulo titulado precisamente “Vocación universal a la santidad” (n. 40), con el cual quiere llamar a todos al deber de la santidad. ¿En qué sentido todos sin distinción estamos llamados por Dios a la santidad? En el sentido de que:

todos estamos llamados a buscar la perfección de la vida cristiana, es decir no a cosas excepcionales y extraordinarias, sino a la perfección del amor a Dios y al prójimo,

todos estamos llamados a llevar adelante la vida que hemos recibido como don, como regalo, en nuestro bautismo y que consiste en la gracia santificante y en las virtudes de la fe, la esperanza y la cariad; y eso lo podemos ir alcanzando con la ayuda de la oración, con el alimento de la Palabra de Dios, con el apoyo de los santos sacramentos participando frecuentemente de ellos, especialmente de la Eucaristía. (Lumen gentium, 2)

todos estamos llamados a conducir nuestra vida siguiendo el ejemplo de Jesús y poniendo en práctica las enseñanzas del Evangelio, que un resumen del mismo está en el discurso del Sermón de la Montaña o de las bienaventuranzas, que hemos escuchado hoy, siendo pobres de espíritu, humildes, misericordiosos, caritativos, pacientes, puros de corazón y operadores de la paz.

Y esa ideas sobre los santos, se cumplen perfectamente en San Carlos Borroneo. Este personaje nació en un pueblo del norte de Italia llamado Arona. Yo tuve la suerte de estar en una ocasión en ese pueblo y visitar la imagen de San Carlos que hay allí: es una estatua de 25 metros sobre un pedestal de 11 metros, situado ello en —— y colocada sólo 68 años después de su muerte. Con esa estatua, pues, en ese pueblo quieren dejarnos una buena, grande idea y enseñanza de quien fue San Carlos y el bien que nos puede hacer sus enseñanzas.

San Carlos Borromeo, fue una persona que tomó muy en serio las palabras de Jesús; “Quien ahorra su vida, la pierde, pero el que gasta su vida por Mí, la ganará”. Era de familia muy rica. Su hermano mayor, a quien correspondía la mayor parte de la herencia, murió repentinamente al caer de un caballo. El consideró la muerte de su hermano como un aviso enviado por el cielo, para estar preparado porque el día menos pensado llega Dios por medio de la muerte a pedirnos cuentas. Renunció a sus riquezas y fue ordenado sacerdote y más tarde Arzobispo de Milán. Aunque no faltan las acusaciones de que su elección fue por nepostismo (era sobrino del Papa), sus enormes frutos de santidad demuestran que fue una elección del Espíritu Santo.

Como obispo, su diócesis que reunía a los pueblos de Lombardía, Venecia, Suiza, Piamonte y Liguria. Los atendía a todos. Su escudo llevaba una sola palabra: “Humilitas”, humildad.  El, siendo noble y riquísimo, vivía cerca del pueblo, privándose de lujos. Fue llamado con razón “padre de los pobres”

Decía que un obispo demasiado cuidadoso de su salud no consigue llegar a ser santo y que a todo sacerdote y a todo apóstol deben sobrarle trabajos para hacer, en vez de tener tiempo de sobra para perder.

Para con los necesitados era supremamente comprensivo. Para con sus colaboradores era muy amigable y atento, pero exigente. Y para consigo mismo era exigentísimo y severo.

Fue el primer secretario de Estado del Vaticano (en el sentido moderno).

Fue blanco de un vil atentado, mientras rezaba en su capilla, pero salió ileso, perdonando generosamente al agresor. Fundó seminarios para formar sacerdotes bien preparados, y redactó para esos institutos unos reglamentos tan sabios, que muchos obispos los copiaron para organizar según ellos sus propios seminarios.

Fue amigo de San Pío V, San Francisco de Borja, San Felipe Neri, San Félix de Cantalicio y San Andrés Avelino y de varios santos más.

Murió joven y pobre, habiendo enriquecido enormemente a muchos con la gracia. ……murió diciendo: “Ya voy, Señor, ya voy”. En Milán casi nadie durmió esa noche, ante la tremenda noticia de que su queridísimo Cardenal arzobispo, estaba agonizando.

Repasando su vida podemos ver que Su labor supuso una mejora de las costumbres y un incremento de la vida cristiana en su diócesis. Toda una enseñanza y un programa para nuestra vida. Que su celebración nos ayude a ser así, a caminar así, y vivir mejor en nuestras Islas.

 

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