HOMILIA EN LA FIESTA DE SANTA GERTRUDIS 16 de Noviembre de 2019

Un año más  tenemos la suerte y la alegría de reunirnos en este templo para celebrar la Santa Misa con motivo de la fiesta de Santa Gertrudis,  titular de este templo parroquial. La fiesta hace que nos reunamos ahora participando en la celebración de la Santa Misa, escuchando la Palabra de Dios, y acercarnos a Jesús a través de la sagrada comunión y admirar la figura de Santa Gertrudis. Con estos sentimientos, pues, vamos a tratar de celebrar y aprovechar los beneficios que nos pueden venir de ello.

Unos de los actos que se organizan con motivo de la fiesta de este Santo Patrón, Santa Gertrudis, es la celebración de la Santa Misa en el día de su fiesta. Y participar en la Santa Misa es una cosa que nos hace bien: escuchamos y acogemos Palabras de Dios de la Biblia, hacemos peticiones, consagramos el pan y en vino como Cuerpo y Sangre de Jesús y comulgamos.

En esta Misa de hoy hemos escuchado una porción del Evangelio de San Juan 15,1-8.

Hemos escuchado la Palabra de Dios tal como nos la transmite la Biblia. El evangelio de hoy nos anima a crecer en la fe. En este Evangelio de hoy escuchamos unos de los discursos de Jesús sobre la vid y los sarmientos. Y creo que hay tres aspectos dignos de ser mencionados.

El primero es que Jesús nos invita a permanecer en Él. Sabemos que permanecer es más que estar; implica relación afectiva, amor recíproco, no es el solo mantenerse. El permanecer en Jesús es netamente activo: es querer entrar siempre en relación con Jesús, escuchando, interpelando, ahondando, amando. Permanecer tiene más que ver con amar recíprocamente que con estarse parado y esperando algo de la vida.

El segundo, es el que nos habla de que sin Jesús, separados de Él, no podemos hacer nada bueno. Es decir, que es este permanecer es más profundo todavía: no es que tenemos que amar a Jesús porque no nos queda otra, sino que es la única vía posible si queremos lograr algo en esta vida y en este mundo. Si de veras queremos luchar día a día por la construcción de un mundo más justo, más fraterno y más solidario, todo esto solo lo podemos hacer de la mano de Jesús. Sin Él estamos perdidos y la vida sabe a vacío.

   El tercero es el que tiene que ver con los frutos: el que permanece en Jesús, toma conciencia de que sin Él no puede nada y entonces, sólo con Él, uno puede dar fruto. Si permanece, si ama, si está con Jesús, si se relaciona con Él, puede dar fruto y ese fruto es abundante.

Todo esto hoy nos dice mucho. Porque de veras si queremos ser discípulos de Jesús no podemos vivir de otra manera que no sea la de permanecer y dar fruto al estilo de cómo lo plantea Juan. Si somos discípulos tenemos que buscar una y otra vez a Jesús para relacionarnos con Él. Pero claro… ¿dónde lo encuentro a Jesús?

Estar unidos a Jesús  es escucharlo, y en consecuencia hacer las cosas buenas que nos va diciendo.

Permanecer en Jesús es amarlo en nuestros hermanos. Porque amar a Dios y amar al prójimo es lo mismo.

Por eso, si queremos que nuestra vida dé fruto, que sea algo cuestionable, que le diga algo a alguien, que cuestione, que denuncie las injusticias del pecado social y anuncie la liberación a todos los cautivos del sistema, no puede ser de espaldas a Jesús. Él es el modelo. Él es el que guía. Él camina primero. Nosotros vamos detrás, siguiendo. Por eso queremos encontrarnos con el Corazón de Jesús. Y para eso tenemos que ir a lo más hondo y al barro más profundo del corazón del mundo. Allí se provoca el encuentro. Allí renace la esperanza. Allí renace el amor.

Contemplando hoy de forma muy especial a Santa Gertrudis nos preguntamos: ¿qué es un santo? ¿Vale la pena acercarnos a los santos? ¿Tienen una ayuda, una enseñanza para nuestra vida?

Un santo es la persona que después de haber cumplido en sus años de vida en la tierra en el encargo que Dios le ha hecho, ahora está para siempre, eternamente en el cielo y desde allí, imitando a Dios con el amor y la misericordia, es nuestro defensor e intercesor.

Siendo los santos personas agradables a Dios, estando unidos a Él por la comunión perfecta de su vida se convierten así en ser nuestros intercesores y con su ayuda obtenernos las gracias de las que tenemos necesidad. Y nosotros hemos de aprender a invocarlos a menudo, con fe, sintiéndolos hermanos y amigos.

Cada uno de nosotros puede encontrar en los Santos el modelo que imitar, su guía preferencial. En efecto, los Santos pertenecen a todas las edades de vida en la tierra, estados de vida, condiciones sociales; hay santos que fueron sacerdotes o religiosos y religiosas, pero hay también santos laicos, casados y solteros; hay santas que fueron madres y santos que fueron padres; santos jóvenes y santos ancianos, y también niños; santos pertenecientes a familias ricas y santos pobres, santos que han sido muy listos y otros no tantos, santos que han conservado siempre la inocencia bautismal y santos que han conocido la amarga experiencia del pecado y de la lejanía de Dios.

En cada fiesta, pues, de un santo, lo honramos, veneramos, invocamos. Pero ello no es suficiente: además y sobre todo hay que imitarlos. La Iglesia nos los propone como modelos, como maestros, como faros de luz que nos indican el camino que hay que seguir. Cada uno de nosotros puede encontrar en los Santos el modelo que imitar, su guía preferencial.

Y así, nuestra vida aquí en la tierra hemos de llevarla siguiendo el ejemplo de Jesús y poniendo en práctica las enseñanzas del Evangelio, siendo misericordiosos, caritativos, pacientes, puros de corazón y operadores de la paz, haciendo oraciones, como hacia Jesús y la Virgen María y participando en los actos religiosos, como han hecho todos los santos.

Y todo esto nos lo enseña con su vida y sus palabras Santa Gertrudis. Y una persona que escucho y transmitió la Palabra de Dios es Santa Gertrudis, persona de la cual podemos aprender muchas cosas, pero una de ellas, fundamental e importante ahora y siempre es escuchar, cumplir y transmitir la Palabra de Dios.

Nace el 6 de enero de 1256, fiesta de la Epifanía, pero no se sabe nada ni de sus padres ni del lugar de su nacimiento. A los cinco años de edad, en 1261, entra en el monasterio, como era habitual en aquella época, para la formación y el estudio. Allí transcurre toda su existencia, de la cual ella misma señala las etapas más significativas. En sus memorias recuerda que el Señor la previno con paciencia e infinita misericordia me educaran entre tus amigos más devotos» (ib., II, 23, 140 s).

Gertrudis fue una estudiante extraordinaria; aprende todo lo que se puede aprender de las ciencias, la formación de su tiempo; se siente fascinada por el saber y se entrega al estudio profano con ardor y tenacidad, consiguiendo éxitos escolares más allá de cualquier expectativa. Con humildad pide consejo y oraciones por su conversión.

De estudiante pasa a consagrarse totalmente a Dios en la vida monástica y durante veinte años no sucede nada excepcional: el estudio y la oración son su actividad principal. Destaca entre sus hermanas por sus dotes; es tenaz en consolidar su cultura en varios campos. Desde ese momento se intensifica su vida de comunión íntima con el Señor, sobre todo en los tiempos litúrgicos más significativos —Adviento-Navidad, Cuaresma-Pascua, fiestas de la Virgen— incluso cuando no podía acudir al coro por estar enferma. Es el mismo humus litúrgico de Matilde, su maestra, que Gertrudis, sin embargo, describe con imágenes, símbolos y términos más sencillos y claros, más realistas, con referencias más directas a la Biblia, a los Padres, al mundo benedictino.

Su biógrafa indica dos direcciones de la que podríamos definir su particular «conversión»: en los estudios, con el paso radical de los estudios humanistas profanos a los teológicos, y en la observancia monástica, con el paso de la vida que ella define negligente a la vida de oración intensa, mística, con un excepcional celo misionero.

El Señor, que la había elegido desde el seno materno y desde pequeña la había hecho participar en el banquete de la vida monástica, la llama con su gracia «de las cosas externas a la vida interior y de las ocupaciones terrenas al amor de las cosas espirituales». Gertrudis comprende que estaba alejada de él, en la región de la desemejanza, como dice ella siguiendo a san Agustín; que se ha dedicado con demasiada avidez a los estudios liberales, a la sabiduría humana, descuidando la ciencia espiritual, privándose del gusto de la verdadera sabiduría; conducida ahora al monte de la contemplación, donde deja al hombre viejo para revestirse del nuevo. «De gramática se convierte en teóloga, con la incansable y atenta lectura de todos los libros sagrados que podía tener o procurarse, llenaba su corazón de las más útiles y dulces sentencias de la Sagrada Escritura. Por eso, tenía siempre lista alguna palabra inspirada y de edificación con la cual satisfacer a quien venía a consultarla, junto con los textos escriturísticos más adecuados para confutar cualquier opinión equivocada y cerrar la boca a sus opositores» (ib., I, 1, p. 25).

Gertrudis transforma todo eso en apostolado: se dedica a escribir y divulgar la verdad de fe con claridad y sencillez, gracia y persuasión, sirviendo con amor y fidelidad a la Iglesia, hasta tal punto que era útil y grata a los teólogos y a las personas piadosas.

De esta intensa actividad suya nos queda poco, entre otras razones por las vicisitudes que llevaron a la destrucción del monasterio de Helfta. Además del Heraldo del amor divino Las revelaciones, nos quedan los Ejercicios espirituales, una rara joya de la literatura mística espiritual.

En la observancia religiosa —dice su biógrafa— nuestra santa es «una sólida columna (…), firmísima propugnadora de la justicia y de la verdad» (ib., I, 1, p. 26). Con las palabras y el ejemplo suscita en los demás gran fervor. A las oraciones y las penitencias de la regla monástica añade otras con tal devoción y abandono confiado en Dios, que suscita en quien se encuentra con ella la conciencia de estar en presencia del Señor. Y, de hecho, Dios mismo le hace comprender que la ha llamado a ser instrumento de su gracia. Gertrudis se siente indigna de este inmenso tesoro divino y confiesa que no lo ha custodiado y valorizado.

Exclama: «¡Ay de mí! Si tú me hubieses dado por tu recuerdo, indigna como soy, incluso un solo hilo de estopa, habría tenido que mirarlo con mayor respeto y reverencia de la que he tenido por estos dones tuyos» (ib., II, 5, p. 100). Pero, reconociendo su pobreza y su indignidad, se adhiere a la voluntad de Dios, «porque —afirma— he aprovechado tan poco tus gracias que no puedo decidirme a creer que se me hayan dado para mí sola, al no poder nadie frustrar tu eterna sabiduría. Haz, pues, oh Dador de todo bien que me has otorgado gratuitamente dones tan inmerecidos, que, leyendo este escrito, el corazón de al menos uno de tus amigos se conmueva al pensar que el celo de las almas te ha inducido a dejar durante tanto tiempo una gema de valor tan inestimable en medio del fango abominable de mi corazón» (Ib., II, 5, p. 100 s).

Estima en particular dos favores, más que cualquier otro, como Gertrudis misma escribe: «Los estigmas de tus salutíferas llagas que me imprimiste, como joyas preciosas, en el corazón, y la profunda y saludable herida de amor con la que lo marcaste. Tú me inundaste con tus dones de tanta dicha que, aunque tuviera que vivir mil años sin ninguna consolación ni interna ni externa, su recuerdo bastaría para confortarme, iluminarme y colmarme de gratitud. Quisiste también introducirme en la inestimable intimidad de tu amistad, abriéndome de distintos modos el sagrario nobilísimo de tu divinidad que es tu Corazón divino (…). A este cúmulo de beneficios añadiste el de darme por Abogada a la santísima Virgen María, Madre tuya, y de haberme encomendado a menudo a su afecto como el más fiel de los esposos podría encomendar a su propia madre a su amada esposa» (Ib., ii, 23, p. 145).

Orientada hacia la comunión sin fin, concluye su vida terrena el 17 de noviembre de 1301 ó 1302, a la edad de cerca de 46 años. En el séptimo Ejercicio, el de la preparación a la muerte, santa Gertrudis escribe: «Oh Jesús, a quien amo inmensamente, quédate siempre conmigo, para que mi corazón permanezca contigo y tu amor persevere conmigo sin posibilidad de división y tú bendigas mi tránsito, para que mi espíritu, liberado de los lazos de la carne, pueda inmediatamente encontrar descanso en ti. Amén» (Ejercicios, Milán 2006, p. 148).

Me parece obvio que estas no son sólo cosas del pasado, históricas, sino que la existencia de santa Gertrudis sigue siendo una escuela de vida cristiana, de camino recto, y nos muestra que el centro de una vida feliz, de una vida verdadera, es la amistad con Jesús, el Señor. Y esta amistad se aprende en el amor a la Sagrada Escritura, en al amor a la liturgia, en la fe profunda, en el amor a María, para conocer cada vez más realmente a Dios mismo y así la verdadera felicidad, la meta de nuestra vida. Gracias.

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