Homilía en la ordenación sacerdotal de Vicente Baudilio Piedra Carrión SANTA IGLESIA CATEDRAL DE SANTA MARÍA IBIZA, 1 de octubre de 2016

  1.  Estamos celebrando el expresivo rito de la ordenación sacerdotal.

Es expresivo para ti, querido Vicente, que desde hoy y para siempre serás sacerdote; con el Sacramento recibes unas misiones, unos encargos divinos, ordenados al servicio de las demás personas en general y en particular y concretos serán a favor de las personas a las que en cada momento tu Obispo de encargue. Con el ejercicio de ello, como las personas son siempre necesitadas de Dios,  aunque a veces no sean conscientes de ello, llevarás adelante un servicio que no es excluyente para nadie y, como hacia Jesús con sus palabras y sus obras, será en beneficio de todos. Así, desde hoy, con este rito quedas objetivamente configurado con Cristo, sacerdote, maestro y rey; Él te coloca en su Iglesia como ministro del Evangelio, de la Eucaristía, del fomento de la caridad, de la misericordia, siendo misericordioso para que todos los que de traten puedan ser misericordiosos como nuestro Padre Dios es misericordioso.

Este rito es expresivo para esta diócesis de Ibiza, que desde hoy cuenta con un nuevo presbítero para llevar adelante la vida nueva que Cristo, Nuestro Señor, quiere darle a través de las acciones propias del ministerio sacerdotal.

Dentro de la diócesis, para un grupo muy especial este es también un día esperado y gozoso; al manifestar esta constatación pienso en tú familia, que te ha ayudado en tu camino vocacional, pienso en los tantos amigos que tienes y muchos de los cuales te acompañan también hoy.

Es expresivo para mí pues, pues es una más de las ordenaciones sacerdotales que he ido realizando en los casi 12 años de mi servicio episcopal aquí, un servicio que me pidió un Santo, San Juan Pablo II, y me han conservado hasta ahora sus sucesores, el Papa Benedicto XVI y el Papa Francisco. Con tu ordenación sacerdotal te colocas desde hoy a mi lado y al de mis sucesores en esta sede ebusitana como colaborador leal y generoso del ministerio episcopal, cumpliendo una promesa que harás y que yo confió que cumplirás de ser persona con respecto y obediencia conmigo y mis sucesores.

  1.  Hemos dado inicio a este rito llamándote por tu nombre. ¿Quién te ha llamado? ¿Era la voz de un hombre o la voz de Dios? Era Dios que te ha llamado a través de uno de sus servidores. ¡Que sea Dios el que llame de la manera que Él quiere es una buena explicación del misterio de la vocación! Y tú, con sencillez y audacia, te has presentado: adsum!, ¡Aquí estoy!Como un día, cuando el Señor llamó a los apóstoles y ellos fueron.

¡Qué coloquio! ¡Qué respuesta! Has oído pronunciar tu nombre y has respondido. La voz que te ha llamado ahora era eco de la voz de Dios que ya te había hablado hace años, manteniendo contigo una conversación especial, única, íntima, personal. Sí, querido Vicente, tú has sido llamado y con tu respuesta esta mañana te pones en marcha en un camino especial y concreto, un camino señalado por Dios y que como tal lo has de recorrer así.

Has pronunciado tu adsum! , y vas a subir al altar, revestido desde ahora y para siempre con los ornamentos sacerdotales. Te pido que consideres la inmensa gracia que Dios te hace con esa elección: te ha llamado, ha puesto sobre ti un proyecto suyo, te ha manifestado que espera algo de ti.

  1. El Evangelio que hemos proclamado en esta celebración está ambientado en lo que Jesús iba diciendo camino de Jerusalén, donde iba a dar el cumplimiento a la misión que el Padre le había encomendado por el bien y la salvación de toda la humanidad. Jesús camina con seguridad porque aunque será entregado y condenado a muerte, se burlarán de él, lo azotarán y lo crucificarán, al tercer día resucitará (Cf. Mt 20, 17-19).

Los Apóstoles, que estaban llamados a ser continuadores de esa misión, sirviendo, amando correctamente, ayudando a todos sin excepción y especialmente a los más necesitados, podían tener tentaciones y abandonar ese camino. Y por ello, Jesús les dio entonces y ahora a nosotros estas enseñanzas.

Dejemos hablar a Jesús en este pasaje del Evangelio. Ante quien pide privilegios, Jesús indica que su camino, y en consecuencia nuestro camino, ha de ser el de servir, el de ayudar, a dar hasta la vida cada día a favor de los otros.

Vicente: desde hoy queda claro que por invitación de Dios, por respuesta tuya, entras a formar parte de un grupo muy especial, el cuerpo de los presbíteros que, en comunión y unidad con el Obispo y con el Papa, al igual que el Hijo del hombre, de Jesús de Nazaret, está en el mundo no para ser servido sino para servir y dar la vida en rescate por muchos. Él te llama a entrar a formar parte de un grupo muy especial.

Y en esa misión sepas que no estás solo. Además de la cercanía del Obispo, de los otros sacerdotes, tienes una cercanía muy clara y cierta. Jesús está hoy y siempre cerca de ti para que cumplas bien y como Él espera y quiere la misión que te confía y que la Iglesia te concreta. Y esa misión es exactamente la misma que el Padre le confió a Jesús: “Como el Padre me envió, así os envío yo a vosotros” (Jn 20,21). Debemos, pues los sacerdotes, y tú lo eres para siempre desde hoy, realizar la misma tarea de Cristo: ése es el sentido de nuestra configuración con Él.

Cumpliendo ello serás testigo cualificado y representante especial de Jesucristo; valen para ti las palabras: “Quien os recibe a vosotros, a mí me recibe… quien a mi me recibe, recibe al que me ha enviado” (Mt 10,40).

Y para que quede claro, se te dan unos poderes sobrehumanos: “Como el Padre me envió, así os envío yo a vosotros. A quienes perdonéis los pecados, les serán perdonados” (Jn 20,21-23). Una vez los fariseos reprocharon a Jesús que el perdonar pecados era solo posible a Dios y Él les dio la razón; sólo lo puede hacer quien posee el poder mismo de Dios. Y ahora, Dios te da a ti ese poder.

  1. Cuando Jesús muere en la cruz por nuestra salvación, acción que tu representarás cada día sacramentalmente en el altar, nos cuenta el libro de los Evangelios que exclamó: “Consummatum est”. En tu caso, querido Vicente, todo se ha cumplido: un camino intelectual suficiente, el esfuerzo orante y vigilante de preparación de tantos años, el proceso de maduración, de resolución de dudas, tantas confidencias clarificadoras. Parte de ese proceso lo has llevado a cabo en el Real Colegio-Seminario de Corpus Christi, donde sigue vivo el espíritu de un gran pastor de almas, San Juan de Ribera. En su doctrina y enseñanza encontraras un válido modelo del servicio a la Iglesia por amor de Dios. Vaya en este momento mi gratitud al Señor Rector del Colegio, aquí presente, por lo que esa benemérita y centenaria institución ha hecho y seguirá haciendo por esta diócesis, en mi persona y en la de otros sacerdotes de esta iglesia particular.

Al renovar tu “sí” hoy, al recibir la imposición de las manos de un Sucesor de los Apóstoles, al revestirte de los ornamentos propios del sacerdote podrás decir agradecido desde dentro de tu corazón: “Consummatum est”. Pero también Incipit vita nova”. Nuestra existencia terrena, que algunos definen bien como status viae, es decir como una peregrinación, a una etapa le sucede otra y cada meta no es sino un punto de partida. Para ti, hoy comienza una etapa nueva: empieza tu vida sacerdotal.

  1. No puedo decirte todas las cosas que vienen a mi mente y a mi corazón en este momento. Has tenido ocasión de prepararte, de conocer, de meditar, de estudiar, de penetrar en el misterio que hoy se va a realizar en ti. Lo dejo a la silenciosa meditación tuya, rogándote que prolongues esa meditación toda tu vida. Sólo te dejo algunas ideas, consciente de tu responsabilidad y de la mía, recordándote, con el afecto del padre tuyo que soy, algunas consideraciones y algunos deberes que asumes hoy.

En primer lugar, el deber de formarte una conciencia sacerdotal, ser consciente, siempre y todos los días, de lo que hoy te ha acaecido, y ser consecuente en sus expresiones de la novedad indeleble que el rito de hoy aporta a tu vida. Sacerdos in aeternum, Sacerdos et Ostia. Se te da un nombre nuevo, se te da un lugar nuevo en la Iglesia, se te comunica una nueva misión, adquieres una nueva forma de configuración con Cristo. Querido Vicente, en pocas palabras, desde hoy no eres ya el mismo: eres sacerdote. No temas que tu identidad sacerdotal te separe de tus hermanos los hombres, más bien la tienes para ellos, será ella la que te unirá al mundo sin ser ya del mundo. A este respecto, el Papa Juan Pablo II decía en una ceremonia similar a la nuestra decía: “No temáis ser separados de vuestros fieles y de aquellos a quienes vuestra misión os destina. Más bien os separaría de ellos el olvidar o descuidar el sentido de la consagración que distingue vuestro sacerdocio. Ser uno más en la profesión, en el estilo de vida, en el modo de vestir, en el compromiso político, no os ayudaría a realizar plenamente vuestra misión; defraudaríais a vuestros propios fieles, que os quieren sacerdotes de cuerpo entero: liturgos, maestros y pastores, sin dejar por ello de ser, como Cristo, hermanos y amigos” (Homilía, 8,XI.1982).

En segundo lugar la hora actual del ministerio sacerdotal no es fácilCiertamente el ejercicio del ministerio sacerdotal es apasionante, vale la pena, pero no es fácil. Vivimos unos momentos en que se difunde el secularismo, el mundo del error no está ausente, más bien se organiza. Los sacerdotes oímos la voz del Señor que nos manda, pero en ocasiones esa voz nos recuerda: mitto vos sicut oves in medio luporum os mando como ovejas en medio a los lobos. Ante esta situación, el sacerdote tiene que dar crédito también a esa otra palabra del Señor: nolite timere, nolite timere no tengáis miedo. No tenemos miedo ni nos echamos atrás porque no lo tuvo Cristo y nosotros somos Sacerdotes de Cristo.  Ello exige de nosotros un espíritu de sacrificio, que es lo opuesto a buscarse a uno mismo: hoy son necesarios sacerdotes que sepan darse, multiplicarse y poner a disposición de los demás los tesoros que el Señor ha puesto en su corazón con la cultura, la preparación y, sobre todo, con la vida espiritual. Es necesario ser fuentes inagotables para los demás, llegar a todas partes, a todos los areópagos, responder a todas las necesidades: ésta debe ser la característica del sacerdote de nuestros días. Hoy nuestro ministerio exige de nosotros dar vida a obras, a estructuras, pero todo ello acompañado de un sentimiento que trasmita una vida interior auténtica y veras; habrá que organizar espacios, horarios, actividades, pero para transmitir espíritu y vida, cosa que sólo Cristo, y quien actúa con Él puede hacer.

En tercer lugar, quiero recordarte que el espíritu de sacrificio nos lleva a la exigencia de un testimonio auténtico en la vida y en el ejemplo, como nos enseña el ritual: “Considera lo que realizas, e imita lo que conmemoras. Y confirma tu vida con el ministerio de la cruz del Señor”. Si tu vida no fuera así, tus palabras serían inútiles y las almas a las que te dirigirás serán como sordas. El pueblo al que serás enviado a lo largo de tu vida, te querrá, pero estarás siempre observado, incluso allí donde te parezca que a nadie le interese lo que harás, lo que leerás, lo que  hablaras, de cómo vivirás. Es necesario, pues, ser verdadero imitador de Cristo, para poder decir con san Pablo: “Imitatores mei estote”: vosotros ¡sed imitadores míos! Piensa que estas son palabras que por la integridad de tu vida y costumbres has de poder decir con verdad muchas veces.

  1.  Querido Vicente: en estos días me he sentido muy cercano a ti con constante recuerdo en la oración. Y ahora parte con ilusión allí donde la Providencia y la obediencia te llevarán. Parte seguro porque contigo va el Señor.”Ecce ego vobiscum sum ómnibus diebus usque ad consumationem saeculi”(Mt 28,20). La promesa  de la compañía que Jesús hace a los suyos debe ser tenida en cuenta también en el apostolado moderno.

Yo que tengo la dicha y también la tremenda responsabilidad de hacer las veces de Cristo Pastor y Cabeza en esta querida Iglesia local, te quiero decir, con los sentimientos mismos de Cristo, las palabras que salen de mi corazón: Hijo mío, no te mando afuera, sino que te coloco al lado mío, formando esa Áurea corona que es el presbiterio diocesano; procuraré acompañarte, conocerte más y mejor y comprenderte, consolarte si no necesitas y apoyarte si estuvieras en dificultad; vamos a trabajar juntos para hacer que nuestro mundo moderno conozca una forma moderna de ser cristianos. Y  te deseo que el día que concluyas esta peregrinación terrena, puedas decir, como san Pablo: “He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe.”  (2Tm 4,7) Y a tu lado, una voz paterna y amiga te diga: “gracias por el sí que diste el 1 de octubre de 2016 y que nunca has retirado”.

Que la Virgen María, Madre de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote, que en Eivissa y Formentera llamamos de Virgen de las Nieves,  de la cual cada año recordamos que este noble pueblo la quiso “amb corona d’or” e imitando que fue antes coronada per mans de l’Omnipotent, sia para ti llum i gombol, y sientas siempre su cercanía y materna intercesión.

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