HOMILIA EN LA VIGILIA PASCUAL S.I. CATEDRAL 15 DE ABRIL DE 2017

Nuestra celebración extraordinaria de hoy nos invita a acoger con alegría las palabras que el Ángel del Señor dijo cuando se estaba acabando el sábado después de la crucifixión de Jesús y estaba llegando el domingo: “«Vosotras no temáis, pues sé que buscáis a Jesús, el Crucificado; no está aquí, ha resucitado, como lo había dicho. Venid, ved el lugar donde estaba. Y ahora id enseguida a decir a sus discípulos: “Ha resucitado de entre los muertos e irá delante de vosotros a Galilea; allí le veréis.” Ya os lo he dicho.». Ante esa indicación María Magdalena fue diciendo después por todas partes: “Cristo, mi esperanza ha resucitado”

La acogida de esas palabras verdaderas y santas ha de ser nuestro convencimiento y nuestra actividad. Y así, con toda la Iglesia ir diciendo: “Sí, estamos ciertos y convencidos: Cristo verdaderamente ha resucitado”.

Que este día, prolongándose después así a lo largo de todos los días del año dejémonos pues llenarnos de la luz y de la alegría que trae el misterio de la resurrección de Jesús: hemos de reafirmar con vigor y convencimiento nuestra fe en Cristo Resucitado.

Que Cristo haya resucitado verdaderamente es un dato real, un hecho histórico documentado ampliamente.

En los evangelios se nos narra la aparición de Jesús resucitado a algunas mujeres y a los apóstoles; y después, como nos testimonia San Pablo, Jesús se apareció a más de 500 discípulos reunidos juntos, algunos de los cuales eran aún vivos cuando San Pablo lo escribe (1 Cor 15,6)

Desde entones, los Apóstoles por toda partes de la muerte y resurrección de Jesús han hecho el centro y el punto de apoyo de su predicación. Desde esa experiencia los Apóstoles se declaran y califican como “los testigos de la resurrección”, enviados por Dios para “anunciar al pueblo y testimoniar que Jesús es el juez de vivos y muertos constituido por Dios”.

Son testigos porque han estado con Jesús después de su resurrección, han comido y bebido con Él, han tenido una experiencia directa e profunda de su resurrección, han vivido en íntima comunión con Cristo resucitado.

Testigos, los Apóstoles, que con su vida completamente cambiada, radicalmente trasformada, han demostrado la realidad y la eficacia de la resurrección de Jesús, y por eso se han adherido a ello incluso con la oferta de su sangre y el propio martirio, siendo también con ello testigos de la resurrección.

Y ante esa actitud de los Apóstoles ante la resurrección del Señor, ¿Cual debe ser nuestra actitud ante la resurrección de Jesús?

Todos nosotros estamos espiritualmente resucitados con Cristo y en Cristo, como San Pablo dice muchas veces en sus cartas. En efecto, en virtud de nuestro bautismo hemos recibido el don de la resurrección, es decir, hemos pasado de la muerte del pecado a la vida de la gracia, hemos pasado de la muerte que nos ha puesto el pecado original, a la condición de vivientes en Cristo y por Cristo.

Con el Sacramento de la penitencia, con la confesión, somos también resucitados de la muerte de nuestros pecados y hechos participes de la vida de Cristo Resucitado. Y si precisamente no hemos roto la amistad con Dios pecando gravemente, con el sacramento de la penitencia estamos cada vez más abundantemente enriquecidos de la gracia divina.

Con el Sacramento de la Eucaristía somos alimentados y nos alimentamos del cuerpo de Cristo resucitado, realmente presente bajo los signos sacramentales del pan y del vino.

Con esta reflexión podemos llegar a una conclusión lógica, a la que nos conduce San Pablo: “Barred la levadura vieja para ser una masa nueva, ya que sois panes ácimos. Porque ha sido inmolada nuestra víctima pascual: Cristo. Así pues celebremos la Pascua, no con la levadura vieja (levadura de corrupción y maldad), sino con los panes ácimos de la sinceridad y la verdad”(1 Cor 5,7-8).

Así pues, si habéis resucitado con Cristo buscad las cosas de arriba, donde esta Cristo sentado a la diestra de Dios. Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra. Porque habéis muerto y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos con Él”(Col 3,1-4).

Miremos, pues, hacia arriba, a Cristo resucitado y sentado a la derecha del Padre: esa es nuestra meta y nosotros debemos seguir los pasos y las enseñanzas de Cristo resucitado.

Y esa misma exhortación la dirige San Pedro a los primeros cristianos, pero que vale también para los cristianos de todos los tiempos: “Como hijos obedientes, no os amoldéis a las aspiraciones que teníais antes en los días de vuestra ignorancia;  al contrario, lo mismo que es santo (Cristo) el que os llamó, sed santos también vosotros en vuestra conducta, porque está escrito: Sed santos, porque yo soy santo”(1Pe 1,14-16).

Y para alcanzar ello nos sigue diciendo el Apóstol Pedro: “Rechazad, por tanto, toda malicia y todo engaño, hipocresías, envidias y toda clase de maledicencias. Como niños recién nacidos, desead la leche espiritual pura, a fin de que, por ella, crezcáis para la salvación, si es que habéis gustado que el Señor es bueno. Acercándoos a él, piedra viva, desechada por los hombres, pero elegida, preciosa ante Dios, 5.también vosotros, cual piedras vivas, entrad en la construcción de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios,  por mediación de Jesucristo.” 

La Santa Pascua, pues, es una invitación a unirnos más a Cristo, a vivir en comunión profunda con Cristo resucitado, para ser piedras vivas del edificio espiritual que es la Iglesia; nos estimula a vivir nuestra vocación, derivada del bautismo, con plena fidelidad a nuestros deberes de cristianos, y a los deberes de nuestro estado de vida; nos pide hacer toda nuestra existencia, con sus alegrías y sus dolores, con sus esperanzas y sus desilusiones, con las fatigas y las satisfacciones, una oferta a Dios, un sacrificio agradable a Él.

Que cada día, pues, de nuestra vida, sea una expresión de haber vivido hoy la Pascua. Que Cristo resucitado os ayude con su gracia a vivir cada día con el espíritu de Pascua.

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