SANTA MISA DEL RITO DE ADMISIÓN A LAS SAGRADAS ORDENES 16 de junio de 2018

Queridos hermanos:

Tanto a mí como a vosotros nos afecta gustosamente el propósito de Fernando, que hoy se presenta ante la Iglesia para manifestar su deseo de ser admitido como candidato a las Sagrada Orden Sacerdotal.

Fue el mismo Cristo quien nos mandó: “Rogad al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies”. Por ello, Fernando, sabedor desea solicitud del Señor para su grey aquí en Ibiza y Formentera, que necesita buenos ministros, está dispuesto, y así se presenta hoy aquí, a responder generosamente a esa llamada del Señor, diciéndole: “Aquí estoy, Señor, mándame”.

Hemos escuchado un fragmento del libro de Jeremías (1,4-9). La vocación de Jeremías responde bien al paradigma de vocaciones proféticas. Aquí encontramos los elementos de la manifestación divina – las fórmulas de misión – la objeción por parte de la persona – la confirmación con la fórmula “yo estoy contigo” – un signo de la intervención divina.

La narración de la vocación de Jeremías comprende la llamada (Jr 1,4-10). La vocación de Jeremías se caracteriza por el protagonismo de la palabra. La palabra lo elije, lo consagra y lo envía: precede al nacimiento para expresar el carácter profundo de la llamada en la existencia del profeta. La objeción que pone el profeta es su dificultad con la palabra.

El mensaje de Jeremías es ambivalente, unas veces será encargado de discutir y denunciar, otras veces encargado de consolar y edificar. Suscitará reacciones diversas. Será, además, uno de los grandes profetas perseguidos por su propio pueblo. Por eso en los versos finales, Dios exhorta al profeta a la perseverancia y a la firmeza frente a la dificultad y la contestación. Su fortaleza queda garantizada por Dios. Y así es en todas las vocaciones.

Y una de esas vocaciones la vemos en ti, Fernando, seminarista desde hace ya varios años y que hoy vas a ser admitido a ser buen candidato de las Sagradas Órdenes.

En el tiempo en que te conocemos hemos apreciado en tí tu deseo de recibir el Orden sagrado, mantenido con las disposiciones necesarias durante un prolongado tiempo, ha alcanzado el grado suficiente de madurez.

Estamos ante un sacramental, en el que,  presentándote hoy ante la Iglesia y el Obispo, manifiestas precisamente tu deseo de ser admitido a las Órdenes Sagradas. Y nosotros oramos por este propósito tuyo, para que la gracia de Dios te acompañe en el tiempo en que serás de nuevo llamado, esta vez al ministerio sagrado por la imposición de las manos del Obispo.

A través de diferentes acontecimientos de tu vida, has intuido y descubierto la voz del Señor que te llamaba y, como joven prudente, has visto en estos acontecimientos la manifestación de la voluntad de Dios.

Si bien es Dios mismo quienes te llama a participar del sacerdocio ministerial de Cristo, sin embargo, nos encomienda a los obispos que, una vez comprobada la idoneidad de los candidatos por sus formadores (Rector, formadores, directores espirituales), te llamemos para el servicio de Dios y de la Iglesia, marcándolos con el sello peculiar del Espíritu Santo para tal misión.

Pero, te queda todavía completar la formación de tal forma que seas digno de que, en su día, se te pueda confiar el ministerio eclesial. Quedas, pues, desde ahora al cuidado especial de la Iglesia, preocupada siempre por tener buenos y santos sacerdotes, de modo que tu perseverancia en la vocación a la que fuiste llamado te convierta en candidato idóneo para el ministerio apostólico.

Ciertamente, a través de los diversos acontecimientos de la vida has ido intuyendo y descubriendo la voz de Dios que te llama, y siendo una persona prudente, se ve que esa es la voluntad clara de Dios. Dios mueve y ayuda con su gracia a quienes llama a que sean sacerdotes, Y a los obispos nos encomienda, que comprobada la idoneidad de los candidatos, los acojamos y los consagremos al servicio de Dios y de la Iglesias.

Y así los acogidos, por medio del orden sagrado, quedan destinados a perpetuar esa gran misión salvadora que Cristo realizó en el mundo. Así pues, cuando llegue el momento oportuno de tu ordenación, servirás íntegramente a la Iglesia y edificarás, mediante la palabra de Dios y los sacramentos a las comunidades cristianas donde seas enviado.

Querido Fernando, candidato al ministerio sacerdotal: hasta ahora ha sido fundamental revestirse de Cristo, y mantener una relación de amistad con Él, de modo que ya has experimentado que únicamente viviendo con Él y como Él se puede ir adelante en esta vocación vital para la Iglesia. Ahora debes comenzar a percibir una modulación en tu seguimiento a Jesucristo: pasar, en el cuidado de tu vocación, de un centrarse en lo bueno que  seguir a Cristo, y cuanto bien nos hace, a abrirte al amplio campo de la misión de la Iglesia.

Quiero decir que, leyendo las Escrituras queda claro que la propuesta del Evangelio no es solo la de una relación personal con Dios… La propuesta es el promover el Reino de Dios; se trata de amar a Dios que reina en el mundo. En la medida en que Él logre, por nuestras acciones, reinar entre nosotros, la vida social será ámbito de fraternidad, de justicia, de paz, de evangelización, de dignidad para todos

Tienes, pues, que escuchar qué dice el Espíritu y qué dice a la Iglesia. Cristo, buen Pastor, por su parte nos conoce porque tiene una relación personal con cada uno de nosotros, por medio del amor: nos ha mostrado su amor muriendo por nosotros. Y nosotros podemos saber si somos de su rebaño, si le queremos, si le hemos encontrado, si es para nosotros una persona viva con la que nos hallamos en relación estrecha, si le ofrecemos el sacrificio de nuestra propia vida. Encontrándole a Él, encontramos la felicidad.

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