Nos reunimos hoy en esta Santa Misa, dentro de la celebración del XXXII Aniversario de las Asociación de la Tercera Edad de esta ciudad de Ibiza y en coincidencia con la fiesta litúrgica del Patrono de esta Asociación, San Vicente de Paul, y así, con esta celebración tenemos tres detalles para reflexionar, aprender y después practicar: lo que nos ha dicho el Evangelio, lo que es San Vicente de Paul y lo que es la Asociación de Personas Mayores de Ibiza.

1.   El Evangelio de San Lucas que hemos escuchado nos ha presentado una buena actuación de Jesús, que para todos nosotros es una buena enseñanza que hemos de acoger y practicar. Jesús se dirige hacia Jerusalén y entrando en un pueblo no le dan el alojamiento que pide porque va hacia Jerusalén. Los samaritanos eran enemigos, eran contrarios a los judíos y, en consecuencia, no los apoyan. Eso es una cosa mala: no hay que ver a las otras personas como enemigos. Y claro, sintiéndose tratados como enemigos, los apóstoles, el grupo que va con Jesús y tiene que cumplir lo que piensa Jesús, le dicen: esas personas nos han tratado mal, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo y que acabe con ellos?, es decir, ¿buscamos una venganza para con esos?

Y Jesús que es bueno, que es misericordioso, se lo dice bien claro: “No he venido a perder a los hombres, sino a salvarlos”. Y si más adelante, en la última cena Jesús les dirá a los apóstoles entonces y ahora a nosotros: ·”Amaos unos a los otros como yo os he amado”, quiere eso decir que nosotros no hemos de ser personas que busquen el mal, que procuren la venganza contra los otros.

Jesús no se detiene ante el rechazo. Los discípulos quieren detenerse a pelear, pero el Maestro decide continuar con su camino. Seguramente todos hemos sufrido algún tipo de rechazo en nuestra vida: en nuestras familias, en el trabajo, en nuestro vecindario, al ejercer nuestro ministerio. Hay dos maneras de enfrentarse al rechazo: pelear para convencer a otros que nos acepten o buscar otros espacios de aceptación, sin por eso hacer daño a nadie. En definitiva ser buenos y misericordiosos. 

2.      Un ejemplo de persona que cumpliendo las enseñanzas de Jesús es bueno y misericordioso fue San Vicente de Paul.

Nació San Vicente en el pueblecito de Pouy en Francia, en 1580. Su niñez la pasó en el campo, ayudando a sus padres en el pastoreo de las ovejas. Desde muy pequeño era sumamente generoso en ayudar a los pobres. Los papás lo enviaron a estudiar con los padres franciscanos y luego en la Universidad de Toulouse, y a los 20 años, en 1600 fue ordenado de sacerdote.
Dice el santo que al principio de su sacerdocio lo único que le interesaba era hacer una carrera brillante, pero Dios lo purificó con tres sufrimientos muy fuertes.

. El Cautiverio. Viajando por el mar, cayó en manos de unos piratas turcos los cuales lo llevaron como esclavo a Túnez donde estuvo los años 1605, 1606 y 1607 en continuos sufrimientos.

. Logró huir del cautiverio y llegar a Francia, y allí se hospedó en casa de un amigo, pero a este se le perdieron 400 monedas de plata y le echó la culpa a Vicente y por meses estuvo acusándolo de ladrón ante todos los que encontraba. El santo se callaba y solamente respondía: «Dios sabe que yo no fui el que robó ese dinero». A los seis meses apareció el verdadero ladrón y se supo toda la verdad. San Vicente al narrar más tarde este caso a sus discípulos les decía: «Es muy provechoso tener paciencia y saber callar y dejar a Dios que tome nuestra defensa».

. La tercera prueba fue una terrible tentación contra la fe, que aceptó para lograr que Dios librara de esa tentación a un amigo suyo. Esto lo hizo sufrir hasta lo indecible y fue para su alma «la noche oscura». A los 30 años escribe a su madre contándole que amargado por los desengaños humanos piensa pasar el resto de su vida retirado en una humilde ermita. Cae a los pies de un crucifijo, consagra su vida totalmente a la caridad para con los necesitados, y es entonces cuando empieza su verdadera historia gloriosa.

Hace voto o juramento de dedicar toda su vida a socorrer a los necesitados, y en adelante ya no pensará sino en los pobres.

El santo fundaba en todas partes a donde llegaba, unos grupos de caridad para ayudar e instruir a las gentes más pobres. Pero se dio cuenta de que para dirigir estas obras necesitaba unas religiosas que le ayudaran. Y habiendo encontrado una mujer especialmente bien dotada de cualidades para estas obras de caridad, Santa Luisa de Marillac, con ella fundó a las hermanas Vicentinas.

En sus últimos años su salud estaba muy deteriorada, pero no por eso dejaba de inventar y dirigir nuevas y numerosas obras de caridad. Lo que más le conmovía era que la gente no amaba a Dios. Exclamaba: «No es suficiente que yo ame a Dios. Es necesario hacer que mis prójimos lo amen también».
El 27 de septiembre de 1660 pasó a la eternidad a recibir el premio prometido por Dios a quienes se dedican a amar y hacer el bien a los demás. Tenía 80 años.

El Santo Padre León XIII proclamó a este sencillo campesino como Patrono de todas las asociaciones católicas de caridad. Una persona, pues, que vivió como Dios es y nos enseña a que vivamos nosotros: siendo personas practicantes de la caridad.

3.    Esta Asociación tiene como Patrono a San Vicente de Paul. Es una ventaja y un compromiso.

Las personas mayores en el mundo son un don y una bendición. Llegar a la edad madura es, en la visual bíblica, signo de la bendición y de la benevolencia del Altísimo. La longevidad se presenta de este modo, como un especial don divino.

Las personas ancianas están llamadas a ejercer en la sociedad y en la Iglesia, y, de este modo, disponer también nuestro espíritu a la afectuosa acogida que a éstos se debe. En la sociedad moderna, gracias a la contribución de la ciencia y de la medicina, estamos asistiendo a una prolongación de la vida humana y a un consiguiente incremento del número de las personas ancianas. Todo ello solicita una atención más específica al mundo de la llamada «tercera edad”, con el fin de ayudar a estas personas a vivir sus grandes potencialidades con mayor plenitud, poniéndolas al servicio de toda la comunidad. El cuidado de las personas ancianas, sobre todo cuando atraviesan momentos difíciles, debe estar en el centro de interés de todos los fieles, especialmente de las comunidades eclesiales de las sociedades occidentales, donde dicha realidad se encuentra presente en modo particular.

Hay que hacer crecer en la opinión pública la conciencia de que los ancianos constituyen, en todo caso, un gran valor que debe ser debidamente apreciado y acogido. Deben ser incrementadas, por tanto, las ayudas económicas y las iniciativas legislativas que eviten su exclusión de la vida social. Es justo señalar que, en las últimas décadas, la sociedad está prestando mayor atención a sus exigencias, y que la medicina ha desarrollado terapias paliativas que, con una visión integral del ser humano, resultan particularmente beneficiosas para los enfermos.

4.    El mayor tiempo a disposición en esta fase de la existencia, brinda a las personas ancianas la oportunidad de afrontar interrogantes existenciales, que quizás habían sido descuidados anteriormente por la prioridad que se otorgaba a cuestiones consideradas más apremiantes. La conciencia de la cercanía de la meta final, induce al anciano a concentrarse en lo esencial, en aquello que el paso de los años no destruye.

Es precisamente por esta condición, que el anciano puede desarrollar una gran función en la sociedad. Si es cierto que el hombre vive de la herencia de quien le ha precedido, y su futuro depende de manera determinante de cómo le han sido transmitidos los valores de la cultura del pueblo al que pertenece, la sabiduría y la experiencia de los ancianos pueden iluminar el camino del hombre en la vía del progreso hacia una forma de civilización cada vez más plena.

¡Qué importante es descubrir este recíproco enriquecimiento entre las distintas generaciones!

 

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