El pasado domingo 28 de diciembre, la S.I. Catedral de Ibiza acogió la celebración de clausura del Año Jubilar de la Esperanza, un acontecimiento que puso fin a un tiempo especial de gracia, reflexión y renovación espiritual. La celebración coincidió con la Fiesta de la Sagrada Familia, marco litúrgico que sirvió para profundizar en el sentido cristiano de la esperanza vivida en la vida cotidiana, especialmente en el seno de las familias.
La Eucaristía estuvo presidida por el obispo de Ibiza, Mons. Vicent Ribas, quien, en su homilía, invitó a los fieles a contemplar el amor como fundamento de la unidad perfecta, tomando como punto de partida las palabras de san Pablo: «Y por encima de todo esto, el amor, que es el vínculo de la unidad perfecta». El obispo subrayó que el amor es el lazo que da cohesión a todas las dimensiones de la vida humana: la familia, la comunidad y la relación con Dios, y recordó que ese mismo amor es el que ha congregado al pueblo de Dios en la Catedral para cerrar este Año Santo.
Durante su predicación, el prelado destacó que el Año Jubilar de la Esperanza ha sido un tiempo para aprender a mirar el futuro con confianza, incluso en medio de las dificultades, y para mantener el corazón lleno de luz cuando la oscuridad parece imponerse. En este contexto, señaló a la Sagrada Familia de Nazaret como modelo sublime de esperanza cristiana, una esperanza vivida en medio de la precariedad, la persecución y la incertidumbre, pero siempre sostenida por una confianza inquebrantable en Dios.
El obispo insistió en que la esperanza cristiana no es un simple deseo ni una ilusión pasajera, sino una confianza firme en las promesas de Dios, estrechamente unida a la fe. Recordó cómo María y José supieron avanzar sin tener todas las respuestas, confiando en el plan divino incluso en los momentos más difíciles, como la huida a Egipto para proteger la vida del Niño Jesús.
En su reflexión, Mons. Ribas no eludió los grandes desafíos del mundo actual: el sufrimiento, la violencia, la pobreza, las injusticias sociales, las divisiones y la incertidumbre que marcan a la humanidad. Frente a esta realidad afirmó que la esperanza cristiana tiene un poder transformador, ya que no es pasiva ni resignada, sino activa y comprometida, capaz de impulsar a los creyentes a trabajar por la justicia, la paz, la dignidad humana y el bien común.
Asimismo, recordó que, aunque el mal está presente en el mundo, no tiene la última palabra. A la luz del misterio pascual, la cruz de Cristo se convierte en fuente de vida nueva y en garantía de que el bien prevalecerá. En este sentido, animó a los cristianos a ser testigos de esperanza en una sociedad marcada por el individualismo y la desesperanza.
Al concluir el Año Santo de la Esperanza, el obispo invitó a todos los fieles a renovar su compromiso como discípulos de Jesucristo, viviendo cada día con confianza y dejándose guiar por el amor de Dios. Finalmente, pidió que la esperanza vivida durante este año jubilar no quede solo como un recuerdo, sino que se traduzca en una actitud permanente que ilumine el futuro de la Iglesia y de la sociedad en Ibiza y Formentera.
