«LA DECLARACIÓN UNIVERSAL DE LOS DERECHOS HUMANOS PRESENTA ALGUNAS LIMITACIONES»

«LA DECLARACIÓN UNIVERSAL DE LOS DERECHOS HUMANOS PRESENTA ALGUNAS LIMITACIONES»

Mons. Vicent Ribas, obispo de Ibiza, dedica su artículo del mes de enero a aclarar algunos aspectos sobre la Declaración Universal de los Derechos Humanos y la Iglesia.

La Iglesia católica nunca ha suscrito la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Lo más probable es que no lo supieses. Y te preguntarás, ¿cómo es posible? Te parecerá algo inaudito.

En un primer momento resulta desconcertante. Sin embargo, la Iglesia, que es la principal defensora de los derechos humanos, considera que estos derechos no son tan “universales” como dice su propio título.

El artículo 1 de la Declaración dice que “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”. Esto, que está muy bien y es digno de alabar, no contiene, sin embargo, referencia alguna a los derechos de los no nacidos. Algo en lo que la Iglesia cree firmemente y que defiende con denodado esfuerzo. Solo habla de aquellos que “nacen”. Lo que sería extraño es que la Iglesia católica se adhiriera a una Declaración que se le queda “corta”. La Iglesia va más allá. Podemos decir que la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en relación a la enseñanza de la Iglesia, presenta una serie de limitaciones que han llevado a la Iglesia no suscribir la Declaración. Hacerlo sería como un “autolimitarse” la Iglesia misma en sus más profundas convicciones.

Y es que las cosas no son tan simples como pudiera parecer. La Iglesia es la principal defensora de los derechos humanos. Lo ha sido en el pasado, lo es en el presente y lo seguirá siendo en el futuro. Defender los derechos es una cosa y simplemente quedarse en ellos es otra.

El movimiento hacia la identificación y la proclamación de los derechos del ser humano es uno de los esfuerzos más relevantes para responder eficazmente a las exigencias imprescindibles de la dignidad humana. La Iglesia ve en estos derechos la gran oportunidad que nuestro tiempo ofrece para que, mediante su consolidación, la dignidad humana sea reconocida más eficazmente y promovida universalmente como característica impresa por Dios Creador en los hombres y mujeres. Los últimos papas y el Concilio Vaticanos II no han dejado de valorar la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, proclamada por las Naciones Unidas el 10 de diciembre de 1948, que san Juan Pablo II definió como “una piedra miliar en el camino del progreso moral de la humanidad”.

Hoy, el papa Francisco se manifiesta como uno de los principales defensores de los derechos humanos y de que estos se respeten, pues garantizan la estabilidad y el progreso de los pueblos: “Todos los miembros de la sociedad deben trabajar juntos; todos han de tener voz. Todos han de sentirse libres de expresar sus inquietudes, sus necesidades, sus aspiraciones y sus temores. Siempre que las personas se escuchan unos a otros con humildad y franqueza, sus valores y aspiraciones comunes se hacen más evidentes. El camino hacia la justicia, la reconciliación y la armonía social se ve con más claridad aún. En este sentido, la gran obra de reconstrucción debe abarcar no sólo la mejora de las infraestructuras y la satisfacción de las necesidades materiales, sino también, y más importante aún, la promoción de la dignidad humana, el respeto de los derechos humanos y la plena inclusión de cada miembro de la sociedad” (Discurso en el aeropuerto de Sri Lanka a las autoridades locales, 13 enero 2015).

Este es el camino para solución de los problemas. Este es el camino de la mediación. En este camino siempre está la Iglesia y quienes formamos parte de ella.

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