2026
50 aniversario del Camino Neocatecumenal en Ibiza
S. I. Catedral, 18 de abril de 2026
Queridos hermanos y hermanas:
Celebramos hoy el tercer domingo de Pascua, en el que la Iglesia continúa anunciando con gozo la victoria de Cristo sobre la muerte. Y en este contexto de alegría pascual, nos reunimos también para dar gracias a Dios por el 50 aniversario del inicio del Camino Neocatecumenal en nuestra diócesis de Ibiza. Cincuenta años de historia, cincuenta años de gracia, cincuenta años en los que el Señor ha ido escribiendo, en medio de vosotros, una historia de salvación.
La primera lectura que hemos escuchado es el anuncio del kerigma, el núcleo esencial de la fe cristiana: Jesucristo, muerto y resucitado, ha sido constituido Señor y Mesías. Este anuncio no es una teoría, no es una doctrina más entre otras; es una proclamación viva que toca el corazón del hombre y lo transforma. Los apóstoles no anuncian una idea, sino un acontecimiento que ellos han visto, que han experimentado: Cristo vive.
Y este anuncio, hermanos, ha resonado también en esta diócesis durante estos 50 años a través del Camino Neocatecumenal. Cuántas veces habéis escuchado este anuncio en vuestras comunidades: que Dios os ama, que Cristo ha dado su vida por vosotros, que ha resucitado para daros una vida nueva. Y este anuncio ha tenido poder, ha cambiado vidas, ha abierto caminos donde parecía que no había salida.
El salmo nos ha hecho proclamar: “Me enseñarás el camino de la vida”. Qué palabra tan profunda y tan adecuada para este día. Porque precisamente de esto se trata: de un camino. No de un momento puntual, no de una emoción pasajera, sino de un proceso en el que el Señor nos va enseñando, paso a paso, el camino de la vida verdadera.
Muchos de vosotros podéis dar testimonio de esto. Habéis iniciado un camino, a veces sin saber muy bien adónde os llevaba. Y en ese caminar, el Señor os ha ido mostrando su voluntad, os ha ido conduciendo, os ha ido transformando. No siempre de manera fácil, no siempre de manera comprensible, pero siempre con fidelidad.
El cristianismo no es primero una moral, ni una serie de normas, sino una experiencia de encuentro con Cristo que enciende el corazón
Porque este camino, como todo camino humano, no ha estado exento de dificultades, de sufrimientos, de pruebas. Han sido cincuenta años —y también estos años concretos en la vida de cada uno— en los que ha habido momentos de oscuridad, de crisis, de tentación de abandonar. Y sería falso ocultarlo. Pero precisamente ahí se ha manifestado la fidelidad de Dios.
El Evangelio de hoy, el relato de los discípulos de Emaús, ilumina de manera extraordinaria esta experiencia. Dos discípulos caminan alejándose de Jerusalén. Se marchan tristes, desilusionados. Habían puesto su esperanza en Jesús, pero la cruz ha destruido sus expectativas. Y mientras caminan, el Señor mismo se acerca.
Este detalle es esencial: Jesús se hace presente en el camino. No espera a que los discípulos vuelvan, no los reprende desde lejos, sino que entra en su historia, camina con ellos, escucha su dolor. Pero ellos no lo reconocen.
También esto nos habla profundamente. Cuántas veces el Señor ha estado presente en nuestra vida, y no lo hemos reconocido. Cuántas veces ha estado actuando en medio de nuestras dificultades, y nosotros solo veíamos problemas.
Jesús escucha, acoge, y después ilumina. Les explica las Escrituras, les ayuda a comprender que la cruz no es el fracaso, sino el camino hacia la gloria. Y poco a poco, el corazón de los discípulos comienza a arder. “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino?”
Hermanos, esta experiencia es fundamental. El cristianismo no es primero una moral, ni una serie de normas, sino una experiencia de encuentro con Cristo que enciende el corazón.
Y esto es lo que muchos habéis vivido en el Camino Neocatecumenal. A través de la Palabra, proclamada y escuchada en comunidad, el Señor ha ido tocando vuestro corazón, ha ido encendiendo una fe que quizá estaba apagada o dormida.
Finalmente, en la fracción del pan, sus ojos se abren. Reconocen al Señor.
Durante estos 50 años, el Señor ha salido al encuentro de muchos de vosotros. Ha caminado con vosotros, ha iluminado vuestra historia, se ha dado a conocer en la Eucaristía
Palabra y Eucaristía: este es el camino de la Iglesia. Este es el camino en el que Cristo se hace presente y se deja reconocer. Y entonces ocurre algo decisivo: se levantan y vuelven a Jerusalén. Pasan de la huida a la misión, de la tristeza al anuncio.
Queridos hermanos, esto es también lo que celebramos hoy. Durante estos 50 años, el Señor ha salido al encuentro de muchos de vosotros. Ha caminado con vosotros, ha iluminado vuestra historia, se ha dado a conocer en la Eucaristía. Y ha hecho arder vuestro corazón.
¿Cuántas vidas transformadas? ¿Cuántas historias de salvación? ¿Cuántas familias reconstruidas? ¿Cuántas vocaciones han nacido? ¿Cuántas personas han pasado de la desesperanza a la fe?
Todo esto no es obra humana. Es obra de Dios.
Por eso hoy, ante todo, damos gracias.
Gracias por estos 50 años de presencia del Camino en Ibiza. Gracias por cada comunidad, por cada hermano, por cada historia concreta en la que Dios ha actuado. Gracias por las dificultades también, porque han sido ocasión de purificación, de crecimiento, de maduración en la fe.
Porque, sí, hermanos, el camino no ha estado exento de dificultades y sufrimientos. Ha habido momentos en los que, como los discípulos de Emaús, habéis sentido la tentación de alejaros, de dejarlo todo, de pensar que no tenía sentido.
Pero el Señor ha sido fiel. Ha seguido caminando con vosotros, incluso cuando no lo reconocíais. Ha seguido hablando, ha seguido llamando, ha seguido sosteniendo. Y hoy podemos mirar atrás y decir con verdad: Él ha estado ahí.
Pero esta celebración no es solo memoria del pasado. Es también llamada para el presente y el futuro. Porque el riesgo es acomodarse. Pensar que ya hemos llegado. Pero el Evangelio nos muestra que el camino continúa.
Hoy el Señor sigue saliendo a nuestro encuentro. Hoy sigue hablándonos en la Palabra. Hoy sigue partiéndose para nosotros en la Eucaristía. Y hoy nos sigue preguntando: ¿queréis reconocerme? ¿queréis dejar que vuestro corazón arda?
Como obispo de esta diócesis, doy gracias a Dios por vuestra presencia, por vuestro testimonio, por vuestra fidelidad. Y os animo a seguir caminando, con humildad, con perseverancia, en comunión con toda la Iglesia.
Sed signo de esperanza. Sed comunidades donde se viva el amor, el perdón, la unidad. Sed testigos de que Cristo está vivo.
Y, como los discípulos de Emaús, no os quedéis en la experiencia, sino volved a Jerusalén, es decir, a la misión. Anunciad con vuestra vida que el Señor ha resucitado.
Pidamos hoy una gracia muy concreta: reconocer al Señor en nuestro camino. Reconocerle en la Palabra, en la Eucaristía, en los hermanos, en los acontecimientos.
Y también la gracia de la perseverancia. Porque el camino no termina. Porque el Señor sigue actuando. Porque aún hay muchos que necesitan escuchar este anuncio.
Queridos hermanos, que hoy podamos decir con verdad, mirando nuestra historia: “¿No ardía nuestro corazón?”
Y que, llenos de gratitud, podamos seguir caminando, sabiendo que Él va con nosotros.
Amén.
Ordenación sacerdotal de D. Eddy Martín González Mejía
S. I. Catedral, 11 de abril de 2026
En este luminoso tiempo de la Octava de Pascua, cuando la Iglesia prolonga la alegría del día sin ocaso en que Cristo ha vencido a la muerte, nos reunimos para celebrar un acontecimiento que manifiesta la presencia de Jesús resucitado entre nosotros: la ordenación sacerdotal de Martín. No es casualidad que este don se nos conceda en estos días pascuales; al contrario, es profundamente providencial. Porque el sacerdocio nace precisamente de la Pascua, del misterio de Cristo muerto y resucitado.
Estamos reunidos en torno al altar de esta S. I. Catedral de Ibiza para celebrar la Eucaristía, fuente y culmen de toda la vida de la Iglesia, el Pueblo de Dios. Somos la asamblea santa, el pueblo sacerdotal que participa en esta Santa Misa.
Hasta ayer, Martín tenía la consideración de seminarista. Durante este periodo de formación, hemos visto como ha ido afianzándose en su vocación y nuestra iglesia particular de Ibiza y Formentera, su diócesis, ha sido el lugar donde él ha rezado, ha trabajado, ha ejercido los ministerios de lector y acólito y el diaconado, y ha convivido junto a los que, en este momento, le estamos acompañando.
Ha sido el Señor el que ha llamado a Martín y lo ha transformado a lo largo de los años de formación primero como religioso profeso de la orden de Predicadores, luego, tras un tiempo de meditación, vinculado a la parroquia de ‘El Buen Pastor’ de Valencia y, por último, como seminarista de nuestra diócesis. Ha sido el Señor resucitado el que le ha ayudado a superar las dificultades que siempre surgen en todo camino.
Nuestra actitud interior hoy no puede ser otra que la de una inmensa alegría. Este gran gozo nos lleva, en primer lugar, a felicitarle, por haber sido escogido por Dios para ser sacerdote; y, también, a vivir esta celebración como una acción gracias a Dios por haber regalado a la Iglesia de Ibiza y Formentera un nuevo sacerdote en estos tiempos en los que estamos tan necesitados de ellos.
Participemos con intensidad, pidiendo al Señor que Martín sea verdaderamente un buen sacerdote y que, en el ejercicio de su ministerio, refleje lo que las lecturas que hemos proclamado exigen de todo sacerdote.
Estas lecturas nos sitúan ante dos realidades esenciales: el anuncio valiente de los apóstoles y el encuentro transformador con el Resucitado. Por un lado, vemos a Pedro y a Juan, que, llenos del Espíritu Santo, proclaman sin miedo que Jesús vive. Ya no son los hombres temerosos del Viernes Santo, el que niega y el que huye; ahora son testigos ardientes. Han visto al Señor. Han experimentado su misericordia. Y eso lo cambia todo: Por nuestra parte no podemos menos de contar lo que hemos visto y oído (Hch 4,20).
Serás enviado a anunciar, a sanar, a acompañar, a perdonar. Serás enviado, incluso cuando no sea fácil, incluso cuandono veas frutos inmediatos
Martín: hoy tú eres llamado a entrar en esa misma corriente de testigos. No se trata simplemente de asumir una función, sino de dejarte configurar por un encuentro: el encuentro con Cristo vivo. El sacerdote no es ante todo un organizador ni un gestor, sino un testigo. Alguien que puede decir, con verdad y humildad, como narra el Evangelio: “Yo sé que el Señor vive, y quiero que tú también lo encuentres”, asumiendo el riesgo de que no te crean.
Eso es ser misionero. Jesús resucitado sale al encuentro de los suyos en lo cotidiano, incluso en medio del cansancio y la incertidumbre. Y desde ahí, los envía: Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación (Mc 16,15). No es un encargo opcional, sino la esencia misma de la vida apostólica.
En este contexto, tu sacerdocio, Martín, será siempre un envío. No te perteneces a ti mismo. Has sido tomado de entre los hombres y puesto al servicio de los hombres en las cosas que se refieren a Dios. Serás enviado a anunciar, a sanar, a acompañar, a perdonar. Serás enviado, incluso cuando no sea fácil, incluso cuando no veas frutos inmediatos. Porque la eficacia no está en tus fuerzas, sino en la fidelidad del Resucitado.
Martín: el Señor siempre va por delante. Esto significa que nunca caminarás solo. Allí donde seas enviado, Cristo ya estará esperándote. En cada comunidad, en cada persona, en cada herida humana, Él te precede.
No olvides nunca, Martín, que el centro de tu vida será la Eucaristía. Cada vez que pronuncies las palabras de la consagración, no estarás repitiendo un rito vacío, sino entrando en el mismo misterio pascual que hoy celebramos. Tu vida entera deberá convertirse en una prolongación de ese “esto es mi cuerpo, entregado por vosotros”.
Y junto a la Eucaristía, el ministerio de la reconciliación será uno de los lugares más profundos de tu configuración con Cristo. Pues en el encuentro con los pecadores debes anticiparte a la confesión de los pecados poniendo en valor las palabras de san Pablo a los Efesios: Sed siempre humildes y amables, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor, esforzándoos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz (Ef 4, 2-3). En un mundo herido, dividido, tantas veces desorientado, serás signo vivo de la misericordia. Como los apóstoles, llamados a perdonar los pecados en nombre del Señor, serás instrumento de ese amor que siempre ofrece una nueva oportunidad.
El sacerdocio de Martín no es sólo para él; es un don para la Iglesia entera
Queridos hermanos y hermanas, especialmente los fieles de la parroquia de San Pablo, de la que voy a nombrar a Martín, párroco: También vosotros, haciendo vuestras las palabras de san Pablo, sabéis que formamos “un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza de la vocación a la que habéis sido convocados. Un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios, Padre de todos, que está sobre todos, actúa por medio de todos y está en todos (Ef 4, 4-6). El sacerdocio de Martín no es sólo para él; es un don para la Iglesia entera. Estamos llamados a sostenerlo con nuestra oración, a acompañarlo con nuestro afecto, y también a dejarnos evangelizar por su ministerio.
Martín: que María, la Madre del Resucitado, te enseñe a vivir con un corazón disponible y fiel. Que los apóstoles te inspiren en el celo misionero. Que san Martín de Tours, te enseñe el amor por la Iglesia y por los necesitados. Que san Martín de Porres, te enseñe humildad y amor por los pobres y los enfermos.
Martín: nunca pierdas la alegría pascual, esa certeza profunda de que Cristo vive y actúa en medio de su pueblo.
Que tu vida, configurada con Cristo, Buen Pastor, sea siempre un anuncio vivo de la esperanza que no defrauda.
Amén
Institución como lector y acólito de Sergio Pamblanco y Jorge Durà
21 de marzo de 2026. Monasterio de Sant Cristòfol (ses Monges Tancades)
Queridos Jorge y Sergio:
El camino hacia el presbiterado no se recorre de un solo paso, sino a través de etapas que deben configurar vuestro corazón según el corazón de Jesucristo. Entre esas etapas, los ministerios de lector y acólito ocupan un lugar profundamente significativo, porque no son simplemente funciones prácticas dentro de la liturgia, sino expresiones visibles de una transformación interior: la del discípulo que aprende a servir la mesa Palabra y el Altar. Se trata, pues, de servir a Cristo mismo en su doble mesa.
Sergio: el ministerio de lector en el que vas a ser instituido, te introduce en una relación más íntima con la Palabra de Dios. Jorge: aunque tú ya lo recibiste en su momento, haz tuyas también estas palabras. Servir la mesa de la Palabra no es únicamente proclamar textos sagrados ante la asamblea, sino dejarse primero interpelar y transformar por esa Palabra. Antes de ser voz, el lector debe ser oído; antes de proclamar, debe acoger. La vocación al presbiterado exige hombres que no hablen de Dios desde teorías o ideas propias, sino desde una experiencia viva de escucha. Por eso, recibir el ministerio de lector implica asumir una disciplina espiritual: leer, meditar, rezar y contemplar la Escritura hasta que ella se convierta en carne de vuestra propia vida.
Vuestra manera de hablar, de actuar, de relacionaros, debe reflejar la coherencia
con aquello que proclamáis
Por ello, este ministerio no se limita al ámbito litúrgico. Sergio y Jorge: estáis llamados a ser testigos de la Palabra en vuestra vida cotidiana. Vuestra manera de hablar, de actuar, de relacionaros, debe reflejar la coherencia con aquello que proclamáis. No tendría sentido anunciar un mensaje de amor, de perdón y de justicia, y vivir de espaldas a él. En este sentido, Sergio y Jorge, el lector es un puente entre la Escritura y la vida, entre el mensaje proclamado y la realidad concreta de la sociedad, de nuestra sociedad ibicenca.
El ministerio de acólito en el que vais a ser instituidos os sitúa en el misterio del altar, en el servicio directo a la Eucaristía. Si el lector está vinculado a la mesa de la Palabra, el acólito lo está a la mesa del sacrificio y del banquete de la nueva alianza. Jorge, Sergio, aquí el aprendizaje es igualmente profundo: se trata de entrar en la lógica del misterio, del sacrificio, de la entrega total.
El acólito no es sólo quien ayuda en el altar o distribuye la comunión en determinadas circunstancias. Es, ante todo, un servidor del misterio eucarístico. Esto implica desarrollar una sensibilidad especial hacia la presencia real de Cristo, una actitud de adoración, de reverencia y de amor. El contacto frecuente con la Eucaristía debe ir moldeando vuestro corazón, haciéndolo cada vez más conforme al corazón de Cristo, que se entrega por amor.
En el servicio al altar, Jorge, Sergio, vais a aprender también el valor de los gestos pequeños. La liturgia está llena de signos sencillos pero cargados de significado: preparar el cáliz, disponer el altar, acompañar al sacerdote. En estos gestos se educa el alma en la atención, en el cuidado, en la delicadeza. Nada es insignificante cuando se trata de Dios. Esta pedagogía de lo pequeño es esencial para quien será llamado a ejercer el ministerio presbiteral, porque le enseña que el amor se expresa en los detalles.
Jorge, Sergio, a partir de hoy se os invita a vivir una profunda unión entre la Eucaristía celebrada y la vida cotidiana. No basta con servir en el altar; es necesario que os convirtáis en ofrenda viva. La Eucaristía no es sólo algo que se celebra, sino algo que se vive y, porque se vive, se siente en lo más íntimo de vosotros: en vuestras almas. El futuro presbítero está llamado a ser él mismo eucaristía, es decir, acción de gracias, donación, sacrificio por los demás.
La Iglesia de Ibiza necesita hombres y mujeres que amen la Palabra, que vivan de la Eucaristía,
que sirvan con humildad y alegría
Estos ministerios son también, a la luz de mis palabras con motivo del día del Seminario, una escuela de libertad interior. Ayudan a purificar las motivaciones, a centrar el corazón en lo esencial, a aprender a servir sin esperar recompensas. Os preparan para vivir el celibato, la obediencia y la caridad pastoral no como cargas, sino como expresiones de una vida entregada.
Jorge, Sergio: no olvidéis nunca el orden de las cosas: primero escuchar, luego anunciar; primero adorar, luego servir. Si se pierde este orden, el ministerio se vacía de contenido y se convierte en mera función. Pero si se vive desde la raíz, desde la relación personal con Cristo, entonces se convierte en camino de santidad.
Estos ministerios son también un don para la comunidad, para la parroquia de Sant Antoni de Portmany y para la parroquia de Santa Creu, a las que os envié para desarrollar vuestra formación pastoral. Y, a través de estas parroquias, a toda nuestra diócesis de Ibiza y Formentera. Estos ministerios que hoy recibís no son para vuestro beneficio personal, sino para edificar el Cuerpo de Cristo. La Iglesia de Ibiza necesita hombres y mujeres que amen la Palabra, que vivan de la Eucaristía, que sirvan con humildad y alegría. En un mundo marcado por el ruido y la dispersión, estáis llamado a ser voz clara de Dios; en un mundo marcado por el egoísmo, estáis llamados a ser signo de entrega.
A nuestra madre, Santa María de Eivissa, os encomendamos para que os acompañe en vuestro proceso vocacional y podáis llegar al día en el que, como ella, pronunciéis el sí definitivo, el sí que hará posible que Dios, que inició en vosotros la obra buena, él mismo la lleve a término.
Amén.
2025
Clausura del Año Jubilar de la Esperanza
28 de diciembre de 2025. S.I. Catedral
“Y por encima de todo esto, el amor, que es el vínculo de la unidad perfecta”. Son las palabras de san Pablo en la segunda lectura que acabamos de proclamar. En efecto, el amor es el vínculo fundamental que une todas las dimensiones de la vida humana, creando una unidad perfecta en cada ámbito. En la familia, el amor fortalece los lazos de afecto y comprensión, creando un hogar de paz y apoyo. En la comunidad, el amor impulsa la solidaridad, la cooperación y el respeto mutuo, superando diferencias y fomentando la armonía. En la relación con Dios, el amor es la fuerza que nos lleva a vivir en comunión con Él y con los demás.
En todos estos aspectos, el amor es la base de la verdadera unidad, que trasciende cualquier división. Y es este amor el que esta tarde nos ha traído a nuestra Catedral. Hoy, en este día tan especial en que celebramos la Fiesta de la Sagrada Familia, nos encontramos reunidos para clausurar el Año Santo de la Esperanza, un tiempo dedicado a reflexionar sobre ese don divino que nos impulsa a mirar hacia el futuro con confianza, a pesar de las adversidades, y a vivir con un corazón lleno de luz, aún en medio de la oscuridad que muchas veces parece envolvernos. Este es un día de alegría, pero también de profunda reflexión sobre el sentido de la esperanza cristiana y su poder transformador en el mundo.
La esperanza es, en efecto, la virtud que nos sostiene en medio de las tribulaciones y nos guía hacia la plenitud de la vida en Cristo. Hoy, al mirar a la Sagrada Familia, encontramos en ella un modelo sublime de cómo la esperanza puede dar forma a nuestras vidas, incluso cuando el camino parece incierto o peligroso. La Sagrada Familia de Nazaret —Jesús, María y José— vivió en condiciones difíciles, pero su vida estaba impregnada de una confianza inquebrantable en Dios. Nos enseñan que, a pesar de las pruebas y dificultades, siempre hay lugar para la esperanza, porque Dios nunca abandona a sus hijos.
La esperanza está vinculada a la fe: es la certeza de que lo que Dios ha prometido se cumplirá
La esperanza cristiana no es un simple deseo de que las cosas mejoren; no se trata de una expectativa vacía ni de una ilusión. La esperanza es la firme confianza en que Dios, en su infinita misericordia, tiene el control de todo y que, en su tiempo, todas las cosas se harán nuevas. La esperanza está vinculada a la fe: es la certeza de que lo que Dios ha prometido se cumplirá, incluso si no comprendemos completamente cómo ni cuándo sucederá.
En el contexto de la Fiesta de la Sagrada Familia, vemos cómo esta esperanza se convierte en la fuerza que guía a María y José a través de las pruebas de la vida. Cuando recibieron la noticia del ángel de que su hijo sería el Salvador del mundo, no tuvieron todas las respuestas. Cuando huyeron a Egipto para salvar la vida de Jesús de la amenaza de Herodes, no sabían qué les depararía el futuro. Sin embargo, su esperanza en el plan divino les dio la fortaleza para seguir adelante, confiando en que Dios estaba con ellos, guiándolos y protegiéndolos en cada paso.
Hoy, la humanidad también se enfrenta a grandes desafíos. Vivimos en un mundo marcado por el sufrimiento, la violencia, la pobreza y la injusticia. Las divisiones sociales, los conflictos políticos, las crisis medioambientales y la incertidumbre económica son solo algunas de las realidades que nos recuerdan cuán frágil es la condición humana. Sin embargo, en medio de todo esto, la esperanza cristiana nos invita a mirar más allá de la oscuridad y a confiar en que el amor de Dios es más grande que cualquier mal, más grande que cualquier obstáculo.
La esperanza cristiana tiene un poder transformador, porque no es una esperanza pasiva ni resignada. Es una esperanza activa, que nos mueve a trabajar por un mundo mejor, a ser agentes de cambio. De hecho, la verdadera esperanza nunca nos lleva a una actitud de inacción o indiferencia. Por el contrario, nos impulsa a hacer el bien, a amar y a luchar por la justicia, la paz y la dignidad de todos los seres humanos.
Aunque no podemos eliminar el mal de inmediato, nuestra esperanza nos mueve a trabajar incansablemente para que el bien prevalezca
El mal en el mundo es una realidad que no podemos negar, pero la esperanza nos enseña que, en última instancia, el mal no tendrá la última palabra. La cruz de Cristo, que es el símbolo del mayor mal que el mundo haya conocido, se convierte en el medio por el cual Dios nos ofrece la salvación y la vida nueva. Este es el misterio pascual: a través del sufrimiento y la muerte de Cristo, el mal es derrotado y el bien es restaurado. Así, la esperanza cristiana nos invita a participar activamente en este proceso de redención. Aunque no podemos eliminar el mal de inmediato, nuestra esperanza nos mueve a trabajar incansablemente para que el bien prevalezca.
Cuando contemplamos la vida de la Sagrada Familia, vemos que no vivieron en un mundo ideal. En muchos aspectos, vivieron en circunstancias de pobreza, persecución y sufrimiento como hoy viven muchas familias. Sin embargo, su esperanza nunca decayó. De hecho, fue su esperanza la que les permitió transformar el mal que los rodeaba en un bien más grande: la venida al mundo del Salvador, que traería consigo la salvación para todos los pueblos.
Hoy, más que nunca, todos nosotros necesitamos la luz de la esperanza. En nuestra sociedad que parece cada vez más fragmentada, donde el individualismo y la desesperanza ganan terreno, es necesario que los cristianos demos testimonio de que la verdadera esperanza no está en las soluciones políticas ni en los logros materiales y económicos, sino en Dios. Él es el único que puede transformar el corazón humano y restaurar nuestra capacidad de amar y vivir en paz.
La esperanza cristiana señala el camino del bien como el único futuro posible para el mundo, para nuestro país, para nuestra comunidad autónoma, para Ibiza y Formentera. La sociedad, nuestra sociedad, necesita de personas que, como María y José, tengan una profunda confianza en Dios y que se dejen guiar por su amor. La esperanza nos llama a vivir según los valores del Reino de Dios: la justicia, la misericordia, la verdad, la paz y la solidaridad. Nos invita a ser constructores de una sociedad más humana y más fraterna, donde todos los hombres y mujeres sean reconocidos en su dignidad y donde se trabaje incansablemente por la justicia y el bienestar de todos.
Así, la esperanza no es solo una virtud personal, sino una fuerza comunitaria que puede transformar todo lo podrido y enfermo de nuestra sociedad. Al vivir con esperanza, estamos señalando al ser humano el único camino que puede llevarnos a un futuro verdaderamente humano: el camino del amor de Dios.
Que, al mirar a la Sagrada Familia, seamos inspirados a vivir con la misma esperanza inquebrantable que ellos vivieron, sabiendo que la luz de Cristo es más fuerte y que, al final, solo el bien tendrá la última palabra
Al clausurar este Año Santo de la Esperanza, os invito, como obispo y como cristiano, a renovar vuestro compromiso de vivir como discípulos de Jesucristo, caminando siempre con la confianza de que el Señor nos acompaña. Que, al mirar a la Sagrada Familia, seamos inspirados a vivir con la misma esperanza inquebrantable que ellos vivieron, sabiendo que, aunque el mal esté presente en el mundo, la luz de Cristo es más fuerte y que, al final, sólo el bien tendrá la última palabra.
Que este año que hemos vivido como Año Santo de la Esperanza no sea solo un recuerdo, sino un compromiso renovado de vivir cada día con la certeza de que, aunque el futuro esté lleno de desafíos, en Jesús, el Hijo único de Dios nacido en Belén, encontramos la verdadera esperanza que nos lleva a la plenitud de la vida.
Que Dios nos bendiga, y que la esperanza de la Sagrada Familia guíe siempre nuestros pasos.
Amén.
2024
Apertura del Año Santo
S. I. Catedral, 28 de diciembre de 2024
«Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos». Son las palabras del salmo 127 con las que respondíamos a la palabra de Dios en este domingo en el que celebramos la fiesta de la Sagrada Familia y la apertura oficial del Año Santo de 2025. También nosotros queremos seguir los caminos que nos conducen a Jesucristo, el Hijo del Dios único y verdadero, que se ha hecho hombre y ha nacido de María, la Virgen madre, en la ciudad de Belén, en medio del pueblo de Israel.
Este es el misterio de fe que celebramos en la solemnidad de Navidad. Este es el acontecimiento de fe y de verdad histórica que la Iglesia actualiza cada año.
Con la mirada puesta en el misterio del nacimiento del Hijo de Dios, nos adentramos, en comunión con toda la Iglesia, en el Jubileo del año 2025 que hoy, solemnemente, abrimos en nuestra Iglesia particular de Ibiza y Formentera, para ser, hasta su clausura, peregrinos de esperanza.
El tiempo jubilar con el que nos disponemos a entrar en el año nuevo, no es para los cristianos un mero periodo cronológico, sino principal y verdaderamente un año de gracia del Señor, para que todos los fieles reavivemos la esperanza. El Jubileo es ante todo un Año Santo, un tiempo en el que el amor de Dios, revelado en Jesucristo, quiere, por medio de la Iglesia, hacerse presente de un modo especial en las vicisitudes y en las circunstancias de los hombres y mujeres.
En el corazón de toda persona anida la esperanza como deseo y expectativa del bien, aun ignorando lo que traerá consigo el mañana. Sin embargo, la imprevisibilidad del futuro hace surgir sentimientos a menudo contrapuestos: de la confianza al temor, de la serenidad al desaliento, de la certeza a la duda. Encontramos con frecuencia personas desanimadas, que miran el futuro con escepticismo y pesimismo, como si nada pudiera ofrecerles felicidad (Francisco, Bula de convocación del Jubileo ordinario del año 2025, n. 1).
Debemos ser plenamente conscientes del tiempo que nos ha tocado vivir. No podemos pasar por alto este tiempo de gracia jubilar que Dios concede a la Iglesia para alcanzar la esperanza que nos da la gracia de Dios […], estamos llamados a redescubrirla en los signos de los tiempos que el Señor nos ofrece. […] Por ello, es necesario poner atención a todo lo bueno que hay en el mundo para no caer en la tentación de considerarnos superados por el mal y la violencia. En este sentido, los signos de los tiempos, que contienen el anhelo del corazón humano, necesitado de la presencia salvífica de Dios, requieren ser transformados en signos de esperanza. (Francisco, Bula de convocación del Jubileo ordinario del año 2025, n. 7).
En una época como la actual, donde muchos cristianos viven indiferentes frente a Jesucristo, asumiendo para sus vidas criterios y formas que los acercan a un ateísmo práctico, y donde el humanismo secularizado ha extirpado los valores cristianos de su raíz religiosa, es urgente que hagamos presente a Jesucristo. Él y sólo él es la esperanza. Por ello, los cristianos debemos hacer, de este Año santo, un maravilloso canto a la esperanza.
Como discípulos de Cristo debemos amar las cosas buenas de la tierra, pues sabemos que han sido creadas por Dios, fuente de todo bien. Del mismo modo, no podemos ignorar, ni cerrar los ojos ante las necesidades materiales y espirituales de tantos hombres y mujeres que en el mundo sufren las consecuencias del mal. Sin embargo, la esperanza en las situaciones difíciles necesita de la paciencia, que también es fruto del Espíritu Santo, mantiene viva la esperanza y la consolida como virtud y estilo de vida. Por lo tanto, aprendamos a pedir con frecuencia la gracia de la paciencia, que es hija de la esperanza y al mismo tiempo la sostiene. Este entretejido de esperanza y paciencia muestra claramente cómo la vida cristiana es un camino, que también necesita momentos fuertes para alimentar y robustecer la esperanza, compañera insustituible que permite vislumbrar la meta: el encuentro con el Señor Jesús (Francisco, Bula de convocación del Jubileo ordinario del año 2025, n. 4-5).
Y este encuentro con el Señor Jesús se hace vida en la Eucaristía. Ella nos conduce a uno de los grandes signos de la misericordia de Dios en este Año Jubilar: la caridad.
El compromiso del cristiano, nacido de la Eucaristía y alimentado en ella, es comunicar el amor de Dios a todos los hombres y mujeres
La Eucaristía es llamada al compromiso y a orientar nuestra vida a Jesucristo. Es encontrarse con Él, para que viva en nosotros y, de este modo, participemos del esplendor de la gloria divina.
Dios ha querido, en su infinita misericordia, que la acción de la gracia divina en el ser humano fuese testimoniada por la existencia de hombres y mujeres que viven la plenitud de la vida cristiana y la perfección del amor. Es decir, que su vida es auténticamente una existencia eucarística. El compromiso del cristiano, nacido en la Eucaristía y alimentado en ella, es comunicar el amor de Dios a todos los hombres y mujeres.
La gracia de la caridad no nace de una actitud puramente solidaria y altruista. Tiene su origen en la necesidad de la persona humana de poseer a Dios en su corazón y de hacerlo en el modo más perfecto: como Jesucristo se da en la Eucaristía: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que come de este pan vivirá para siempre» (Jn 6,51).
En este Año de gracia, que nadie quiera excluirse del abrazo de perdón y misericordia que Dios Padre ofrece a todos
Entremos, con espíritu conversión, por la puerta jubilar que Dios ha abierto en la historia. Peregrinemos, guiados por la fe y sostenidos por la esperanza, a través del camino que Dios ha trazado en el mundo como senda que conduce a la Vida eterna. Testimoniemos y confesemos delante de todos, urgidos por la caridad y viviendo la unidad, a Aquel que es la salvación para todos los pueblos: Cristo Jesús, el Hijo único del Dios verdadero, que con su muerte en la cruz revela el infinito amor de Dios hacia todos los hombres y mujeres, y que destruye de una vez para siempre el pecado del mundo y abre la puerta de la esperanza a la vida eterna. En este Año de gracia, que nadie quiera excluirse del abrazo de perdón y misericordia que Dios Padre ofrece a todos.
En el inicio del Jubileo del año 2025, dirigimos nuestra mirada a Jesús, María y José, la Sagrada Familia. María y José acogieron al Hijo de Dios. En Belén, María se convirtió en Madre y José lo tomó como hijo propio. En el comienzo del Año jubilar les suplicamos que nos ayuden a vivir este tiempo de gracia con auténtico espíritu de cristiano, para que reconozcamos y vivamos el don de la esperanza en Jesucristo, el Señor, ahora y por siempre.
De todo corazón, os deseo, un año 2025 lleno de esperanza, para caminar con firmeza y serenidad por todos los caminos del bien, del amor, de la justicia y de paz que nos permiten llegar dignamente al encuentro de Dios.
Funeral por Mons. Vicente Juan Segura
S. I. Catedral, 24 de octubre
El pasado día 11, el Señor llamaba a su seno a D. Vicente Juan Segura, para celebrar la Pascua eterna, en la mansión de la luz y de la paz. Hoy el mismo Señor nos convoca para celebrar esta misa funeral por su eterno descanso. La Palabra de Dios que acabamos de proclamar nos llena de esperanza cristiana y orienta nuestra mirada de fe hacia las verdades eternas de nuestra existencia.
La celebración de esta liturgia eucarística es, al mismo tiempo, confesión de fe en la Resurrección, súplica confiada a Dios por su eterno descanso, fortalecimiento de nuestra esperanza y expresión de gratitud por su ministerio episcopal. Hoy resuenan con fuerza las palabras de San Pablo a su discípulo Timoteo: «Haz memoria de Jesucristo, resucitado de entre los muertos […] Este ha sido mi evangelio […] Es doctrina segura: si morimos con él, viviremos con él» (2 Tim 2, 8-13).
El sentido de la vida de un cristiano y de un obispo es seguir a Jesús por los caminos del Evangelio para, como el Señor Jesús, entregar la vida y confiar en la victoria definitiva, que se manifiesta en la vida nueva de la Pascua. Y esto se ha cumplido en la vida de D. Vicente. El Señor y la Iglesia lo pusieron al frente de la Iglesia particular de Ibiza y Formentera para proclamar y celebrar al Dios que nos salva mediante el anuncio de la Palabra divina, los sacramentos y la urgencia del amor. El Señor ha venido a su encuentro cuando la mecha humeante de su existencia se ha extinguido en este mundo, para seguir luciendo como lámpara encendida.
En esa disposición de entrega y servicio acogió la llamada que la Iglesia le hacía a ser el pastor de Ibiza y Formentera
Esta lámpara se encendió cuando recibió las aguas del bautismo. Se fue consolidando con la Penitencia, la Eucaristía y la Confirmación. Y se hizo luz esplendente cuando D. Vicente fue ordenado sacerdote, poniendo su vida entera al servicio de Dios en la Iglesia. Y en esa disposición de entrega y servicio acogió la llamada que la Iglesia le hacía a ser el pastor de Ibiza y Formentera, hasta que, nuevamente, la Iglesia le pedía que se trasladase a Valencia para allí ser obispo auxiliar. De esta manera, D. Vicente ponía de manifiesto su total confianza en Dios, que en ocasiones nos pide, como hizo con Abrahán, que dejemos lo que nos es querido para iniciar una nueva etapa que nos acerca más a él. Pues de eso se trata, de estar más cerca de Dios: porque sabemos que si se destruye esta nuestra morada terrena, tenemos un sólido edificio que viene de Dios, una morada que no ha sido construida por manos humanas, es eterna y está en los cielos. Y, de hecho, en esta situación suspiramos anhelando ser revestidos de la morada que viene del cielo, si es que nos encuentra vestidos y no desnudos. Pues los que vivimos en esta tienda suspiramos abrumados, por cuanto no queremos ser desvestidos sino sobrevestidos para que lo mortal sea absorbido por la vida. Y el que nos ha preparado para esto es Dios, el cual nos ha dado como garantía el Espíritu.
Así pues, siempre llenos de buen ánimo y sabiendo que, mientras habitamos en el cuerpo, estamos desterrados lejos del Señor, caminamos en fe y no en visión. Pero estamos de buen ánimo y preferimos ser desterrados del cuerpo y vivir junto al Señor. Por lo cual, en destierro o en patria, nos esforzamos en agradarlo (2 Co 5, 1-8).
D. Vicente se ha presentado ante Dios, ante el Padre, llevando en sus manos, la lámpara encendida de su buena voluntad, la lámpara encendida del bien que hizo allí por donde pasó, la lampara de su amor a Dios y a la Iglesia. Y nuestra confianza, la confianza que tenemos como cristianos, nos asegura que Dios va a tomar esta luz, esta pequeña llama y la va a convertir en la luz eterna del gozo, de la vida, de la paz. Por eso nos encontramos aquí para decirnos mutuamente que creemos en la bondad infinita de Dios, y para orar todos juntos por el que fue nuestro obispo durante quince años, para que verdaderamente Dios lo acoja para siempre en su Reino eterno.
Por tanto, sintámonos hoy llamados, ante todo, a confiar. A confiar en el amor del Padre que nos quiere a cada uno de nosotros, tal y como somos. Por ello, le pedimos al Señor, juez justo, que tenga en cuenta los méritos, afanes y anhelos de D. Vicente, para que purificado de sus faltas alcance la vida eterna. Pues Dios que le dio la fe, que lo acompañó en el camino de este mundo, lo reciba para siempre en el gozo de su Reino.
Y todos nosotros sintámonos llamados finalmente, todos nosotros, a trabajar para que nuestra vida sea realmente luminosa, llena de la luz del amor, de la apertura, de la atención a los demás, especialmente a los pobres, los necesitados, a todos los que sufren porque solamente así habrá merecido la pena, ante Dios, ante los demás hombres y mujeres, y ante nosotros mismos haber vivido.
Que Santa Maria d’Eivissa, llum y gombol de tots nosaltres, ens ajudi a entendre mes aviat el misteri de la mort per així viure més plenament ses nostres vides com manifestaçió del misteri de l’amor.
Amén.
Festa de Santa Maria, patrona d'Eivissa i Formentera
Santa Església Catedral, 5 d’agost de 2024
En deixar aquest món, Jesús va voler que la seva mare no estigués sola, ni abandona-dona, sense recer ni sostre, per això la va confiar a sant Joan, el seu deixeble estimat, qui “la va rebre a la seva casa”. L’expressió “la va rebre a la seva casa” té unes connotacions molt profundes que no podem ignorar i menys en les circumstàncies que respecte a l’habitatge travessem a les nostres illes. Circumstàncies denunciades per les persones afectades, pels mitjans de comunicació i pel sentir de tants que creïm fermament en el bé comú com a sòlid fonament de la nostra societat.
La casa (a la qual també diem llar, la nostra llar) és l’espai on es forma la nostra identitat, en el qual rebem el que som i en el qual se sembra allò que serem. La casa és el lloc on es troben les nostres arrels. Per això, a Eivissa és comú designar a les persones per la casa d’on procedeixen (‘és de Can tal o de Can com’, diem), perquè la casa ens identifica.
Però el significat de la casa-llar va més enllà del sociològic i expressa també la relació de cadascun de nosaltres amb Déu. En efecte, perquè la casa és una realitat vital, Déu la fa seva. La Sagrada Escriptura ens diu que ja des dels temps d’Abrahán i de Jacob hi havia un lloc designat com “la casa de Déu”, on es podia entrar en relació amb ell, i que el rei Salomó farà realitat amb la construcció d’una casa de Déu, és a dir, un temple, a Jerusalem.
D’aquesta manera, la casa de l’ésser humà no estaria aïllada, una casa entre moltes altres, sinó que seria com el fruit d’un gran arbre, el tronc del qual és la casa de Déu. Si miram des d’aquesta imatge la realitat de les nostres illes, dels nostres pobles, comprenem que cada parròquia és com un tronc de moltes branques (els carrers) que donen un fruit preciós: les cases, les llars on habiten les famílies amb les seves alegries i les seves llàgrimes, amb les seves esperances i els seus anhels.
Que important és la casa, la llar! Important i necessari per a tot ésser humà. I, tanmateix, això que és tan important i necessari, vital, avui en dia s’ha convertit en una cosa inassolible per a moltes persones.
Els eivissencs i formenterers sempre hem fet gala de ser hospitalaris. Així ho vivim molts de nosaltres i així vam ser educats.
L’expressió ser hospitalari, en grec significa ‘mostrar afecte o bondat als desconeguts’. I en cristià, l’hospitalitat és seguir a Jesús i fer el que ell mateix va fer i el que amb ell van fer (cf. Lc 10,38), com ensenya l’Evangeli. L’hospitalitat forma part de la nostra condició com a deixebles de Jesús. L’hospitalitat és un *escenari on podem practicar l’amor i el testimoni de ser cristians.
Una forma actual i molt urgent de ser hospitalaris és proporcionar habitatges assequibles en el preu de compra i de lloguer. Quant de bé podem fer si ens animem a aprendre el llenguatge de rebre i d’acollir
Doncs bé, una forma actual i molt urgent de ser hospitalaris és proporcionar habitatges assequibles en el preu de compra i de lloguer. Quant de bé podem fer (com diu el papa Francesc) si ens animem a aprendre aquest llenguatge de l’hospitalitat, aquest llenguatge de rebre i d’acollir. Quantes ferides, quanta desesperança es pot curar en una llar on un es pugui sentir rebut. Per això cal tenir les portes obertes, sobretot les portes del cor (Francisco, Homilia, 12-juliol-2015).
Qui té obertes les portes del cor sap perfectament que aquesta situació que es viu actualment referent a l’habitatge, a la llar, és una gran injustícia, en la qual preval el benefici econòmic sobre el benestar humà. I quan això ocorre, vol dir que la societat i els qui la formem hem deixat que el materialisme ens arrenqui el cor. I sense cor, no hi ha futur, almenys, futur humà.
Ser hospitalari avui en dia implica ser acollidors. Una altra de les característiques que brillaven a les nostres illes i que hem de recuperar.
Acollir és rebre a algú que arriba, és admetre’l en la nostra companyia, tal com feia Jesús, que diu als seus apòstols: qui a vosaltres acull, a mi m’acull! (Mt 10,40). L’acolliment va ser una actitud característica de la primera comunitat cristiana: acollir especialment als marginats, a aquells que ningú acull. Jesús acull a tots perquè el Déu de Jesús és Pare de tots, i especialment d’aquells “que no tenen pare”.
Acollir ens treu de l’egoisme, perquè ens descentra de nosaltres mateixos, per a centrar-nos en l’altre a qui volem i hem d’acollir, perquè reconeixem en ell a un germà, fill del mateix Pare Déu, i una imatge viva de Jesucrist.
I quan ho fem així, quan ens preocupem més de l’altre que de nosaltres mateixos, resulta que el gran beneficiat no és el que és acollit, sinó el que acull. Sí, germans, l’acolliment ens fa bé, com afirma el Papa Francesc, qui en la seva butlla de convocació del pròxim jubileu ens convida a practicar les obres de misericòrdia (entre les quals es troba donar posada/casa al pelegrí) com un signe de esperança; perquè qui practica la misericòrdia acollint als “sense-sostre”, posa esperança en el món i contribueix a millorar-lo.
Acollir és servir, una actitud importantíssima en l’Evangeli. Així, acollint ens convertim veritablement en cristians, ja que l’acolliment ens transporta a voler a l’altre tal com és, i fem amb ell el que va fer Jesús amb nosaltres, com diu l’Apòstol: “Acolliu-vos mútuament, com Crist us va acollir per a glòria de Déu” (Rom 15,7). El pecat contra l’acolliment és la indiferència, un greu pecat de inhumanitat.
Santa Maria, la nostra patrona, ens urgeix també avui a acollir i ens demana que la imitem sent acollidors amb els nostres germans més necessitats
Santa María, la nostra patrona, sempre fidel complidora de la paraula del Senyor, ens urgeix també avui a acollir, perquè ella al peu de la creu no sols va ser acollida pel deixeble estimat, sinó que va acollir a aquest com a fill, i en ell ens va acollir a tots nosaltres, convertint-se així en Mare de l’Església, Verge de l’Acolliment, en la qual sempre trobem refugi, recer, llar. I avui, en aquestes circumstàncies que vivim a Eivissa i Formentera, ens demana que la imitem sent acollidors amb els nostres germans més necessitats, procurant llar a qui no la té.
Res més, germans. En celebrar les nostres festes patronals, ses “festes de la terra” no oblidem d’on venim i qui som: humans i cristians, i, per tant, hospitalaris i acollidors.
Sense perdre la confiança en Déu, en les seves crides i en els cristians de cor i ment oberts, invoquem a Maria amb la més antiga oració a ella dirigida que es coneix:
Sota el teu empar ens acollim, santa Mare de Déu;
no rebutgis les súpliques que et dirigim en les nostres necessitats,
abans bé, deslliura’ns de tot perill,
oh sempre Verge, gloriosa i beneïda.
Santa María d’Eivissa, prega per nosaltres.
Ordenación sacerdotal de D. Yasser Peña Rodríguez
S. I. Catedral, 20 abril de 2024
Querido Yasser:
La Iglesia de Ibiza y Formentera te presenta para que seas ordenado presbítero, respondiendo así a la llamada que el Señor te hizo en tu juventud y que has ido consolidando durante estos años. Hoy, libremente, aceptas convertirte en sacerdote, en ministro de Dios a imagen de Jesucristo, para ejercer el único sacerdocio de Cristo en favor de todo el pueblo santo de Dios. La expresión máxima del sacerdocio se concreta en tu vida a partir de hoy, pues por la Ordenación vas a poder celebrar la Eucaristía.
La centralidad de la Eucaristía en la vida de la Iglesia, en la vida de cada cristiano y en la nuestra como sacerdotes, la puso de relieve san Juan Pablo II en la encíclica Ecclesia de Eucharistia, de la que se han cumplido 21 años estos días. En ella escribe el Papa: «Cuando pienso en la Eucaristía, mirando mi vida de sacerdote, de Obispo y de Sucesor de Pedro, me resulta espontáneo recordar tantos momentos y lugares en los que he tenido la gracia de celebrarla. He podido celebrar la Santa Misa en capillas situadas en senderos de montaña, a orillas de los lagos, en las riberas del mar; la he celebrado sobre altares construidos en estadios, en las plazas de las ciudades… Estos escenarios tan variados de mis celebraciones eucarísticas me hacen experimentar intensamente su carácter universal y, por así decir, cósmico. ¡Sí, cósmico! Porque también cuando se celebra sobre el pequeño altar de una iglesia en el campo, la Eucaristía se celebra, en cierto sentido, sobre el altar del mundo. Ella une el cielo y la tierra» (n. 8).
Yasser: que estas palabras resuenen en tu corazón. Hoy vas a concelebrar por primera vez la Eucaristía y mañana la presidirás también por primera vez. La primera de muchas. Y recuerda las palabras de san Juan Pablo II: cuando se celebra sobre el pequeño altar de una iglesia, la Eucaristía se celebra, en cierto sentido, sobre el altar del mundo. Porque allí donde se celebra la Eucaristía se anuncia el Evangelio. La Eucaristía y el Evangelio congregan a la Iglesia. Sin ellos, la Iglesia perdería su razón de ser, al quedar reducida a una organización social de las tantas que existen. Ya no sería la Iglesia de Jesucristo, el Hijo único del Dios vivo.
De todo lo dicho –sigue diciendo el Papa– se comprende la gran responsabilidad que en la celebración eucarística tienen principalmente los sacerdotes, a quienes compete presidirla “in persona Christi”, dando un testimonio y un servicio de comunión, no sólo a la comunidad que participa directamente en la celebración, sino también a la Iglesia universal, a la cual la Eucaristía hace siempre referencia.
El sacerdote no celebra la Eucaristía para sí, la celebra para el Pueblo de Dios. Celebrar la Eucaristía es evangelizar
Recuerda, Yasser: el sacerdote no celebra la Eucaristía para sí, la celebra para el Pueblo de Dios, especialmente para las comunidades que se le encomiendan, teniendo la obligación, si es párroco, de celebrar también la misa dominical por todos sus feligreses. Celebrar la Eucaristía es evangelizar.
Ciertamente la evangelización no se reduce a la celebración de la santa misa. Todo lo contrario, una auténtica identificación con Jesucristo Sacerdote nos lleva a prolongar la celebración eucarística en la catequesis, en la formación, en la preparación de los sacramentos, en la visita a los enfermos, en la atención a los necesitados…; en fin, en todo aquello que encuentra eco en el Evangelio, en las palabras de Jesús: lo que por uno de estos más pequeños hicisteis, conmigo lo hicisteis.
Es por ello que la eucaristía congrega, construye, fortalece y expande a la Iglesia en su dimensión parroquial, particular y universal. Pero, como muy acertadamente recoge toda la tradición católica, “donde no hay sacerdotes, no hay Iglesia”. Porque sin sacerdotes no hay Eucaristía.
Y esto, Yasser, nos lleva a otra exigencia de la Eucaristía respecto de los sacerdotes: la pastoral vocacional al sacerdocio. Afirma san Juan Pablo II: «Del carácter central de la Eucaristía en la vida y en el ministerio de los sacerdotes se deriva también su puesto central en la pastoral de las vocaciones sacerdotales. Ante todo, porque la plegaria por las vocaciones encuentra en ella la máxima unión con la oración de Cristo sumo y eterno Sacerdote; pero también porque la diligencia y esmero de los sacerdotes en el ministerio eucarístico, unido a la promoción de la participación consciente, activa y fructuosa de los fieles en la Eucaristía, es un ejemplo eficaz y un incentivo a la respuesta generosa de los jóvenes a la llamada de Dios. Él se sirve a menudo del ejemplo de la caridad pastoral ferviente de un sacerdote para sembrar y desarrollar en el corazón del joven el germen de la llamada al sacerdocio». Grábate estas palabras en tu corazón de sacerdote para que de hoy en adelante fluyan en tu ministerio pastoral y se hagan presentes.
Por tanto, ministro de la Eucaristía y ministro de las vocaciones sacerdotales. Recuerda que recibes la ordenación sacerdotal el IV domingo de Pascua o domingo del Buen Pastor, fecha en la que la Iglesia celebra la Jornada Mundial de las Vocaciones. Ve en esto, Yasser, un signo de la Providencia para poner especial dedicación a la pastoral vocacional.
Por último, recoger las advertencias que propio san Juan Pablo II escribe en su Encíclica: «Por desgracia, es de lamentar que, sobre todo a partir de los años de la reforma litúrgica postconciliar, por un malentendido sentido de creatividad y de adaptación, no hayan faltado abusos, que para muchos han sido causa de malestar. Una cierta reacción al «formalismo» ha llevado a algunos, especialmente en ciertas regiones, a considerar como no obligatorias las ‘formas’ adoptadas por la gran tradición litúrgica de la Iglesia y su Magisterio, y a introducir innovaciones no autorizadas y con frecuencia del todo inconvenientes». Esto ocurría, como bien dice el Papa, en los años que siguieron a la reforma conciliar, hasta llegar casi a los años noventa. Pero el efecto pendular hace que hoy estemos viendo, con no menor preocupación, cómo desde algunos sectores eclesiales se alienta una vuelta a lo preconciliar, particularmente en las formas y en el lenguaje, creyendo, quien cae en esta trampa, que así se preserva y garantiza el decoro de la celebración.
En la Eucaristía, todo pasado se abre al futuro y al presente para que, de este modo, quien asiste a la celebración de la sana misa se sienta invitado por el mismo Jesucristo a participar de su mesa
Recuerda, Yasser: el sacerdote no celebra para sí, ni la santa misa es un capricho personal, ni una imposición a la comunidad. El pueblo creyente congregado en torno al altar no puede sentirse incómodo ni por un lenguaje inapropiado ni distante, ni tampoco por unas formas que la gente no entiende, por mucho que agraden al sacerdote celebrante. Pues como afirma el Papa Francisco, la Eucaristía es un acto de memoria, actualización del misterio, en el cual el pasado, como acontecimiento de muerte y resurrección, muestra su capacidad de abrir al futuro, de anticipar la plenitud final. La liturgia nos lo recuerda con su hodie, el ‘hoy’ de los misterios de la salvación. Por otra parte, confluye en ella también el eje que lleva del mundo visible al invisible. En la Eucaristía aprendemos a ver la profundidad de la realidad. El pan y el vino se transforman en el Cuerpo y Sangre de Cristo, que se hace presente en su camino pascual hacia el Padre (Lumen fidei, 44).
Así pues, en la Eucaristía, todo pasado se abre al futuro y al presente para que de este modo, quien asiste a la celebración de la santa misa se sienta invitado por el mismo Jesucristo a participar de su mesa.
Yasser: serás un magnífico sacerdote y un gran párroco de las parroquias de San Josep de Sa Talaia y de Nuestra Sra. del Carmen, Es Cubells, que te he encomendado para que, en ellas, con la gracia de Dios, realices el ministerio sacerdotal que hoy recibes. No estás solo. El presbiterio diocesano al que hoy te incorporas será tu apoyo y tu ayuda fraterna, y por supuesto, también yo, como tu hermano mayor y tu padre.
La Virgen María que estará siempre a tu lado te dé perseverancia, constancia y fidelidad.
Misa Crismal
S. I. Catedral, 28 de marzo de 2024
En el contexto de la liturgia que estamos celebrando, vamos a bendecir los óleos de catecúmenos y enfermos, y vamos a consagrar el aceite perfumado al que le damos el nombre de crisma. Es este último el que le da nombre a la misa: misa crismal. Pues el santo crisma es una referencia constante a Jesucristo, a su filiación divina y a su misión. A través del óleo de catecúmenos y de enfermos, el Señor acompaña a los miembros del pueblo santo en la lucha contra el mal y el pecado, reforzando nuestra esperanza y nuestra confianza en la presencia y en la actuación de Dios en nuestras vidas. Mediante el santo crisma, Dios refuerza en nosotros la vocación cristiana y nos configura de modo especial con la misión de Jesucristo, que ha hecho de nosotros un pueblo de sacerdotes, profetas y reyes. Es por ello que en el santo crisma se realizan las palabras del profeta Isaías en la primera lectura: «El espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido». El santo crisma es la señal mediante la cual Dios nos entrega su Espíritu y nos configura con la misión de Cristo, que cada miembro del pueblo cristiano testimonia y lleva a cabo de acuerdo con la vocación a la que ha sido llamado.
El Señor Jesús es el ungido por excelencia. Dos pasajes de la Sagrada Escritura hablan precisamente de las características de esta unción. Una es del salmo 45: «Por eso Dios, tu Dios, te ha ungido con aceite de júbilo entre todos tus compañeros». Jesucristo ha sido ungido con aceite de júbilo. También todos nosotros hemos recibido esa misma unción. Siendo más concretos, esta unción se refiere a todos los cristianos, pero en especial a los sacerdotes.
Quiero pediros que renovéis el júbilo con el que fuisteis ungidos. Os agradezco que seáis la voz, las manos y el corazón de Cristo para los fieles de las parroquias que tenéis encomendadas
El júbilo se define como una alegría intensa y exultante que se manifiesta a través del lenguaje y los gestos. Es una emoción vinculada a la satisfacción y el gozo, y se expresa de manera desbordante y emocionada. Esta emoción es contagiosa, es decir, puede transmitirse a otras personas que se encuentren en el mismo entorno. Además, el júbilo está asociado a acontecimientos importantes, trascendentes, que tienen una gran importancia y singularidad en nuestras vidas. Os pido que recordéis el día de la entrada en el seminario, el de vuestra ordenación sacerdotal y el día que presidisteis por vez primera la santa misa. Dejadme que os haga una pregunta: el júbilo de aquellos días ¿permanece o ha desaparecido de vuestras vidas? Hoy que hacemos memoria de nuestra ordenación y pertenencia al presbiterio diocesano de Ibiza y Formentera, ¿con qué actitud existencial y vital vamos a renovar las promesas de nuestra ordenación?
Quiero pediros que esta mañana renovéis el júbilo con el que fuisteis ungidos y si alguno lo ha perdido, o ya no lo siente con la misma intensidad, que sepa que cuenta conmigo para para volver a recuperarlo; es más, cuenta con cada uno de los demás sacerdotes para volver a hacer de su sacerdocio un canto de júbilo, una manifestación de alegría.
Os agradezco que seáis la voz, las manos y el corazón de Cristo para los fieles cristianos laicos de las parroquias que tenéis encomendadas. Ellos son pueblo sacerdotal; por tanto, pueblo en el júbilo y la alegría de la salvación alcanzada por la muerte y resurrección de Jesucristo.
El otro pasaje es del libro de los Hechos de los Apóstoles, cuando Pedro dice: «Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien».
También nosotros estamos llamados por la unción a hacer el bien. ¡Cuanta extensión la de esta afirmación: hacer el bien!
Para pasar haciendo el bien no basta con hacer obras buenas. Hace falta salir de nuestro entorno, hacer el bien más allá de nuestras comodidades. Más allá incluso del bien que hacemos de forma institucional. Está muy bien tener programadas nuestra pastoral, pero Dios se hace presente dónde y cómo quiere. Pasar haciendo el bien es estar en salida, como dice y quiere el papa Francisco. Pero estar en salida no tiene nada que ver con irte a otro lugar. Estar en salida es salir de los criterios el mundo, estar abiertos a la voluntad de Dios. Pasar haciendo el bien es dejar que Dios actúe en nosotros.
Nuestra misión es cambiar el mundo en los límites de nuestras posibilidades, de nuestras competencias, de nuestras responsabilidades
La Iglesia diocesana, las parroquias y cada uno de nosotros continuamos la acción salvadora de Cristo Jesús a través de la Historia. Para cada uno de los creyentes, todo empieza con el bautismo, que nos configura con Cristo muerto y resucitado, nos da la nueva vida del Espíritu y nos hace pertenecer a la comunidad de los salvados, que es la Iglesia, a la que nosotros hemos de servir en todo. Esta situación en la que somos colocados exige de nosotros una adhesión personal a Cristo y a su mensaje y una vivencia de los valores evangélicos. Supone vivir en el mundo sin pertenecer al mundo, que continúa sometido a las fuerzas del mal y que sigue proponiendo valores supuestamente nuevos, cuando en realidad son conductas y actitudes muchas veces negativas, a las cuales Jesús se opuso de manera clara. Eso es hacer el bien, tratar de impedir que el mal triunfe en cualquiera de sus formas. Surge aquí la pregunta ¿yo qué puedo hacer? No hace muchos días un sacerdote me decía, yo no puedo hacer que el mundo sea bueno, lo único que puedo hacer es ser yo bueno. No es cierto: nuestra misión va más allá de la bondad personal. Nuestra misión es cambiar el mundo en los límites de nuestras posibilidades, de nuestras competencias, de nuestras responsabilidades. Todo lo demás es admitir nuestra derrota por el mal. Siempre se puede hacer algo. Siempre se puede hacer lo posible para que el bien triunfe.
Por ello os invito a reavivar esta unción, la del bien.
La Virgen María reacciona con amor al hilo de las circunstancias. Se entera de la necesidad y se entrega. Ante el caso concreto, hace lo que está en su mano. No se programa, ni trata de llegar a cuantos más mejor. Que ella nos ayude a vivir en coherencia con estas dos unciones: el júbilo y el bien.
A todos os deseo una feliz Pascua de Resurrección.
2022
Misa Crismal
S. I. Catedral, 14 de abril de 2022
Esta mañana de Jueves Santo, antes de empezar la celebración del triduo pascual, nos reunimos en la Catedral para celebrar la misa en la que los sacerdotes renuevan sus promesas sacerdotales y se consagran los santos óleos. Es para mi motivo de inmensa alegría celebrar con todos vosotros esta misa Crismal, la primera como obispo de Ibiza y Formentera.
Queridos sacerdotes, mis hermanos y los colaboradores necesarios e indispensables del ministerio episcopal: uno por uno –y repito las palabras del día de mi ordenación– os agradezco vuestra entrega, vuestro servicio, vuestra disponibilidad y vuestro testimonio. Durante estos años, primero como Vicario general y, después, como Administrador diocesano he procurado atenderos, escucharos, ayudaros y serviros. Si no lo he hecho en el modo y la forma que vosotros esperabais, os pido perdón. Y también os pido que sigáis entregándoos a la causa del Evangelio, con valentía y entusiasmo, con total dedicación al ministerio que nos fue confiado.
Mi gratitud a los que os incorporáis a nuestro presbiterio y de un modo especial a Fernando, párroco de Sant Francesc Xavier y Ntra. Sra. del Pilar en Formentera, que este año participa en esta misa como presbítero.
La presencia de todos vosotros me hace echar de menos a aquellos que, por motivos diversos, no están a nuestro lado. Mi recuerdo va unido a la oración y le pido al Señor que los acompañe para que en todo momento puedan experimentar que Jesucristo está siempre a su lado.
Saludo con afecto al diácono permanente, comprometido en su ministerio de la caridad y de la liturgia.
Nos acompañan nuestros seminaristas. Sois para nosotros motivo de gran alegría y esperanza. Este curso termináis los estudios teológicos y el curso próximo empezaréis el año de pastoral entre nosotros. También hoy le pedimos al dueño de la mies que continúe enviando trabajadores a su mies. Pidamos por los jóvenes que se están planteando su vocación sacerdotal, para que el Señor les dé la fuerza para responderle con generosidad.
La presencia de los religiosos y religiosas de la diócesis nos recuerda que sois parte fundamental en la vida de la iglesia diocesana, que sois signo vivo de la presencia de Cristo resucitado y testigos, por vuestro estilo de vida, de los valores del Reino de Dios.
Mi saludo también a los fieles cristianos laicos que os habéis acercado a esta celebración para rezar por los sacerdotes y por mí. Ya sabéis que uno de los objetivos diocesanos a los que dará mayor visibilidad el sínodo es la incorporación creciente del laicado a puestos de responsabilidad diocesana y, como ha pedido el papa Francisco, a la implantación de los ministerios laicales de lector y acólito, a los que estáis llamados hombres y mujeres, para dinamizar la vida de nuestras parroquias.
Vosotros os llamaréis: «Sacerdotes del Señor», dirán de vosotros: «Ministros de nuestro Dios» (Is 61, 6), hemos proclamado en la primera lectura. Con esta afirmación se nos recuerda que el sacerdote, por la consagración recibida con el sacramento del Orden, entramos en una relación particular y específica con el Padre, origen de todo poder, con el Hijo, de cuyo sacerdocio participamos y con el Espíritu Santo que nos consagra y nos da su fuerza.
El conocimiento auténtico de la identidad sacerdotal y de la fuente de la que brota es y será siempre la luz necesaria para vivir gozosamente el sacerdocio; la fuerza para afrontar cualquier dificultad; y la convicción para comunicar a la comunidad cristiana la experiencia de un misterio capaz de ofrecer sentido a la vida: Dios. Pues, como revela el apóstol Juan, Dios es amor (cf. 1Jn 4,8).
Nada hay más necesario en la vida de todos los hombres y mujeres que el amor. El amor en Dios no es únicamente una relación interna, entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, es también arquetípica para la vida del ser humano y exigencia en el cristiano: Como el Padre me ama a mí, así os amo yo a vosotros. Permaneced en mi amor. Pero solo permaneceréis en mi amor, si obedecéis mis mandamientos, lo mismo que yo he observado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Mi mandamiento es este: Amaos los unos a los otros como yo os he amado (Jn 15, 9-10. 12).
Los sacerdotes, como hace Cristo, debemos ir al encuentro de los hombres y mujeres, hablar con solicitud
y enseñar el mensaje de la salvación de Dios
Por ello, los sacerdotes debemos practicar, más que nadie la invitación que hace san Agustín a toda la comunidad cristiana: Ama y haz lo que quieras; si te callas, calla por amor; si hablas, habla por amor; si corriges, corrige por amor; si perdonas, perdona por amor; ten la raíz del amor en el fondo de tu corazón: de esta raíz solamente puede salir lo que es bueno (In epistulam Ioannis ad Partos, 7: PL 35, 2030).
Jesús es ejemplo vivo de este amor: habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo (Jn 13, 1c). Amar hasta el extremo solo es posible para el cristiano y, por tanto, para el sacerdote cuando se asume y se realiza la voluntad de Dios. Y en palabras de Jesús: porque he bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado (Jn 6, 38). La voluntad de Dios es la construcción un nuevo Pueblo.
Jesucristo, por su misterio pascual, es artífice del Pueblo de Dios. También, los sacerdotes estamos llamados en Cristo a ser constructores del Pueblo de Dios. La Iglesia ha tenido siempre conciencia de esta verdad fundamental. San Jerónimo afirmaba que donde no hay sacerdotes, la Iglesia no existe (Dialogus contra luciferianos, 21: PL 23, 175).
Los sacerdotes cada vez que actualizamos el misterio de Cristo estamos convocando y construyendo la Iglesia. Este modo concreto de servir al Pueblo de Dios exige la configuración radical con Jesucristo, pues únicamente Él es supremo pastor (cf. 1Pe 5,4). Los sacerdotes, como hace Cristo, debemos ir al encuentro de los hombres y mujeres, hablar con solicitud y enseñar el mensaje de la salvación de Dios. Nuestras palabras deben ser las palabras de Jesús, que enseñaba de manera nueva y sorprendente, con la autoridad del amor. Un amor que no son solo palabras. Jesucristo, la noche de su pasión, manifiesta su amor en el don de sí mismo: servicio y Eucaristía.
Ministerio significa etimológicamente “servicio”, toda la vida del presbítero es un servicio. Él mismo es una ofrenda, un servicio: se me toma para una servidumbre; me entrego a esta servidumbre; lo que Dios pide de mí es un servicio (J. M. Uriarte, Palabras de vida para el ministerio, p. 70).
Un servicio y una entrega de la vida que es también respuesta concreta a las necesidades concretas de nuestra Iglesia. El servicio que implica la vocación sacerdotal se debe llevar a cabo en la Iglesia universal y diocesana tal y como ésta necesita y espera ser servida.
La iglesia a la cual nos entregamos y a la que queremos servir, que nos acoge y nos cuida, tiene unas necesidades que deben ser atendidas. Jesucristo amó y se entregó por su Iglesia, y nosotros estamos llamados a actuar del mismo modo. Pues un sacerdote que no sirve, no sirve para nada, y una iglesia que no sirve, no sirve para nada (J. M. Uriarte, Palabras de vida para el ministerio, p. 70).
La vida de Jesucristo es la historia del amor de Dios por el hombre. Jesús nos muestra en qué consiste el amor
Jesús quiere tener a su lado a los discípulos: ¡Cuánto he deseado celebrar esta pascua con vosotros antes de morir! (Lc 22,15). Ellos son a los que Cristo ama hasta el extremo. En ellos deposita su amor; es decir, su palabra, sus gestos, toda su vida. Jesús sabe que, quienes Él ha elegido, llevarán adelante el encargo de Dios Padre. Para cumplir esta misión, el Señor Jesús, antes de su muerte, quiere mostrarles el amor necesario para comprender y realizar la voluntad de Dios: Os doy un mandamiento nuevo: Amaos los unos a los otros. Como yo os he amado, así también amaos los unos a los otros (Jn 13,34).
Amar como Jesucristo ama: Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis (Jn 13,15).
¡Queridos sacerdotes: amar es servir!
El mismo Jesús había proclamado: El que quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos (Mc 9, 35b). La noche de la última llegó “la hora”: echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido (Jn 13,5).
¡Jesucristo es el servidor de todos! De Dios, su Padre: No pretendo actuar según mi voluntad, sino que cumplo la voluntad del que me ha enviado (Jn 5,30).
Servidor de los discípulos: Yo estoy entre vosotros como el que sirve (Lc 22, 27c).
Servidor de la Iglesia: Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella para consagrarla a Dios (Ef 5, 25b-26).
Servidor del hombre: El Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por todos (Mc 10,45).
Todos nosotros, siguiendo el ejemplo y las enseñanzas de Jesucristo, está llamado a servir: Así también vosotros, cuando hayáis hecho lo que se os mande, decid: “Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que teníamos que hacer” (Lc 17,10).
Cuando Jesús en actitud de servicio lava los pies a sus discípulos se dirige a ellos con una pregunta: ¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? (Jn 13, 12b). En la solemnidad que celebraremos este atardecer, la pregunta del Señor resuena en nuestro corazón y espera respuesta. Una respuesta de por vida.
La vida de Jesucristo es la historia del amor de Dios por el hombre. Jesús nos muestra en qué consiste el amor: nadie tiene amor más grande que quien da la vida por sus amigos (Jn 15,13). El amor, tal como Jesús lo entendía y vivía, es disponibilidad para servir.
Vivir constantemente en espíritu de servicio no es nada sencillo. El cansancio, las decepciones, los achaques de la edad… El Señor continúa confiando en nosotros, nos mira y nos dice: “volved a echar la red”. Y en aquella respuesta que le dio Pedro a Jesús debemos sentirnos todos incluidos: “por tu palabra volveré a echar la red”.
Y así, un día tras otro, renovamos en nombre de Cristo el sacrificio de la redención, y preparamos a sus hijos el banquete pascual, donde el pueblo santo se reúne en tu amor, se alimenta con tu palabra y se fortalece con tus sacramentos (Pref. Ord. I).
Esta novedad del amor de Dios tiene en la Eucaristía su expresión sublime. Jesús quiso en la inmensidad de este amor —dice santo Tomás de Aquino— quedarse grabado en lo más profundo del corazón de los creyentes. Por eso, en la última cena, después de celebrar la Pascua con sus discípulos y a punto de pasar de este mundo al Padre, instituyó este sacramento como memorial perpetuo de su pasión, como realización de las antiguas figuras, como el mayor milagro que había hecho y el mayor consuelo para aquellos que dejaría tristes con su ausencia (Sermo in festivitate Corpus Domini).
Cristo no quiere que olvidemos su amor por nosotros. Ni quiere que nos olvidemos de amar. Para llevar a la práctica el mandamiento nuevo, que es exigencia radical en la vida de los sacerdotes, no son necesarios escenarios artificiales. Allí donde hemos sido enviados es donde hemos de dar testimonio. Ese lugar son las parroquias. En ellas se visibiliza lo que vamos a proclamar en el prefacio de esta misa: Tus sacerdotes, Señor, al entregar su vida por ti y por la salvación de los hermanos, van configurándose a Cristo, y así dan testimonio constante de fidelidad y amor (Pref. Ord. I).
Queridos hermanos sacerdotes, estamos unidos a Cristo de manera especial por el sacramento del orden. Esta unión nos vincula también de manera especial a María, la Madre del Señor, a ella le pedimos:
Santa María de Eivissa, Madre de los Sacerdotes
Madre del Redentor, luz del mundo.
Madre de todos nosotros.
Madre de Cristo Sacerdote y víctima y Madre de la misión.
Intercede por nosotros, Santa Madre de Dios,
para que, a imagen de Jesucristo, seamos fieles a la gracia, al Evangelio y a la predicación.
Que movidos por amor hacia quienes tú nos has enviado,
a ejemplo del Buen Pastor, guiemos al pueblo de Dios
por los caminos, de la oración, de la Eucaristía y del perdón.
Ayúdanos en nuestro ministerio, Madre de Dios y Madre nuestra,
para que seamos en medio del Pueblo de Dios como la semilla de mostaza,
pequeña y humilde, pero que da cosecha frondosa de santidad;
como la levadura, fermento de reconciliación y de esperanza.
Ruega por los Sacerdotes, Santa María de Eivissa,
para que nos dejemos conquistar diariamente por Cristo,
y seamos, unidos a él, mensajeros de la esperanza y de la paz.
Amén.