HOMILIA CLAUSURA AÑO DE LA MISERICORDIA Santa Iglesia Catedral 19 de noviembre de 2016

En toda la Iglesia universal se celebra hoy la solemnidad de Cristo Rey y nosotros, además, tenemos la clausura del Año Jubilar Extraordinario de la Misericordia que el Papa Francisco abrió el 8 de diciembre del año pasado y nosotros lo acogimos el domingo 13 de diciembre, declarando puerta santa la puerta principal de nuestra Catedral.

En Año Jubilar de la Misericordia ha sido algo grande y extraordinario. En efecto, ha sido una ocasión que hemos tenido para reflexionar y ser conscientes de que Dios es misericordioso y, conociendo esa misericordia de la que nosotros, todos nosotros sin excepción, somos beneficiarios, ser también nosotros misericordiosos como nuestro Padre celestial lo es. A lo largo de estos meses he ido diciendo en muchas partes que si Ibiza y Formentera viven y acogen las enseñanzas y los propósitos de este Año Jubilar de la Misericordia, serán unas Islas, unos lugares mejores aún de lo que ya son, porque experimentar la misericordia de Dios con todos es algo muy bueno y siendo conscientes de esa misericordia divina ser también nosotros misericordiosos nos hace mejores a nosotros y mejores nuestros ambientes.

Las lecturas que hemos escuchado hoy nos ayudan a conocer, a comprender y, en consecuencia, a tener en cuenta el Reinado de Jesús, que siendo expresión de la misericordia del Padre y redentor de la humanidad, de toda la humanidad, es Rey y Señor del Universo.

Para advertir esto, la primera lectura nos ha presentado la solemne coronación de David como rey del pueblo de Israel. David ya había sido declarado rey de las tribus del sur del país por el profeta Samuel; ahora también los jefes de las tribus del norte lo reconocen y proclaman como el elegido por Dios para regir, es decir, para ayudar, a todo el pueblo de Israel. Así, David se nos presenta como figura de Cristo: su realeza es una anticipación profética y prefigurada de la realidad de Cristo.

En la segunda lectura, tomada del libro de los Colosenses, hemos escuchado el grande y solemne himno cristológico que hace San Pablo en el cual se expresa la realeza de Cristo, su soberanía sobre las almas y sobre el mundo entero: Cristo es rey del universo, es Aquel por medio del cual han sido creadas todas las cosas de la tierra, todo se mantiene en Él (v. 17); Jesús es aquel por medio del cual Dios Padre ha querido reconciliar consigo todas las cosas.

Y el Evangelio, presentándonos a Jesús en el Calvario parece como se desmintiera esa dignidad real de Cristo: en efecto en el Calvario Cristo es clavado en la cruz y al lado de dos malhechores. Sobre el Calvario, además, la dignidad real de Cristo es objeto de desprecios y burlas por parte de los jefes, por parte de los soldados, por parte de un grupo del pueblo, e también por parte de uno de los malhechores.

Y ante eso, ¿Cómo ejerce Jesús su realeza? Pues Jesús la ejerce a través de la misericordia y el perdón. Y eso se ve claramente en el pasaje de la cruz que nos cuenta hoy San Lucas.

Pero Jesús no hace eso solo en ese momento: lo hace siempre. Recordemos, por ejemplo como su vida en la tierra ha sido expresión de un gran amor por todos, incluso por los pecadores, ha tenido misericordia incluso con os más alejados de Dios, por ejemplo el caso de la mujer pecadora perdonada. Jesús, queriendo ser amigo de todos acepta las invitaciones a comer con los publicanos a pesar de las críticas de los que se creían buenos pensadores. Y las parábolas que nos cuenta Lucas, como la de la oveja perdida, la moneda perdida, el hijo prodigo, etc.) y su encuentro con Zaqueo. Jesús trata de se salve todo, incuso lo que va por camino de perdición.

Y así, al final de su vida terrena, desde la cruz Jesús dice: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” y abre las puertas del Reino de los cielos al ladrón arrepentido: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”.

La liturgia, pues, de hoy nos quiere dejar bien claro el mensaje de la misericordia y del amor de Dios hasta el final. Y eso no es sólo una definición de cómo es Jesús: es una lección del amor que también nosotros hemos de tener hacia los demás, un amor que haga superar todas las barreras, de las más grandes a las más pequeñas, cosas que nos pueden dividir y separar.

Jesús es Rey y reina con misericordia y amor. ¡Qué gran ejemplo, que gran enseñanza, que gran compromiso para nosotros!

Clausuramos hoy en Año Jubilar de la Misericordia en nuestra Diócesis. Ha sido una oportunidad de ver cómo es Dios. Dios ha mostrado su misericordia de diferentes maneras, que se pueden expresar así: mediante el perdón de los pecados, mediante la justificación de la humanidad pecadora, y mediante la liberación realizada por la muerte y resurrección de Jesucristo. Y Jesucristo, Dios hecho hombre, ha practicado en todas sus palabras y obras la misericordia, sin ninguna excepción. El que Dios es misericordia y por eso nos perdona los pecados y nos hace justos amigos e hijos suyos son buenas noticias para la humanidad: alegran el corazón, quitan el miedo, incitan a la gratitud y a la alegría, así como a practicar también la misericordia.

A lo largo de este año personas individuales, matrimonios, familias, parroquias, colegios, grupos, asociaciones, etc. han ido celebrando la misericordia de Dios, viniendo a esta Catedral, pasando la puerta santa, haciendo la profesión de fe y orando por el Papa y acudiendo al Sacramento de la confesión.

Y junto a los ibicencos y formenterenses ha tenido la suerte y la satisfacción de ver a muchos turistas y visitantes que llegando hasta aquí no se han quedado sólo en la contemplación de nuestros hermosos bienes artísticos, sino que ante la indicación de la puerta santa, viendo que había quien podía confesar, llevaban a cabo los actos propios del Año Jubilar.

Así, pues, hemos tenido oportunidad de ir conociendo más y mejor el pensar de Dios manifestado en Jesús, que Dios nos salva, que nuestra vida en la tierra ha de ser una gozosa acción de gracias a Dios porque Dios nos salva, nos perdona, nos cuida como hijos, nos acompaña con misericordia. Que siendo Padre nos hace a todos hermanos y los que más ayuda necesitan han de recibirla en consecuencia, haciéndolo todo bien porque estamos de paso hacia la casa del Padre.

Así, pues, el Año de la Misericordia debe concluir llevándonos a la práctica ordinaria de las catorce obras de misericordia, cuidar unos de los otros ayudando y nunca importunando y ser anunciadores del Evangelio de Jesús. Ojalá eso haga que de ahora en adelante haya más misericordiosos, es decir, más voluntarios de Caritas, de Manos Unidas, de las entidades benéficas. Ojala eso haga que haya esposos y esposas sean mejores entre ellos, mejores entre sí y más unidos los padres e hijos; los vecinos más estimados, los amigos más ayudados. En definitiva que se nos vea misericordiosos a todos con todos. Que quien entre en contacto con los que hemos celebrado en Año de la Misericordia vea en nosotros misericordia como nosotros la vemos en Dios, en la Virgen, en los Santos.

Como recuerdo de este Año de la Misericordia he querido poner aquí en la Catedral la imagen de una persona que, consciente de la misericordia de Jesús fue misericordiosa: Santa Teresa de Calcuta. La profunda impresión que le causaba la miseria que observaba en las calles de la ciudad la llevó a entregarse por completo a la causa de los menesterosos. Su intención está en su frase que describe su acción: «Quiero llevar el amor de Dios a los pobres más pobres; quiero demostrarles que Dios ama al mundo y que los ama a ellos». Su jornada comenzaba cada día con un buen rato de oración ante Jesus presente en la Eucaristía; y acogiendo lo que Jesus le decía, el resto de su jornada era la práctica y el ejercicio de la caridad con todos y especialmente con los más pobres y necesitados. Así nos lo describe con una de sus frases que a mí me han impresionado siempre y que es un poco la descripción o resumen de su vida: «El fruto del silencio es la oración. El fruto de la oración es la fe. El fruto de la fe es el amor. El fruto del amor es el servicio. El fruto del servicio es la paz ». Que la contemplación, pues, de esta imagen nos ayude a que seamos así.

Concluyo con un deseo del Papa Francisco: “¡Cómo me gustaría que los próximos años estén inmersos en la misericordia, para ir al encuentro con cada persona portando la bondad y la ternura de Dios! Que a todos, creyentes y los alejados, pueda alcanzar el bálsamo de la misericordia como un signo del Reino de Dios, ya presente entre nosotros”. Que esto sea una realidad entre los que vivimos en Ibiza y Formentera.

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