SANTA MISA CRISMAL S.I. CATEDRAL 13 DE ABRIL DE 2017

HOMILIA EN LA SANTA MISA CRISMAL S.I. CATEDRAL 13 DE ABRIL DE 2017

·        Queridos hermanos Sacerdotes,

Estimados miembros de la vida religiosa,

·         Fieles laicos,

·         Estimados hermanos y hermanas, hijos todos de Dios.

o    El Jueves Santo los sacerdotes, acompañados por personas a las que amamos y servimos, nos reunimos para celebrar esta Eucaristía en este día en el que celebramos que Jesús, que sirvió como Sumo Sacerdote a la humanidad, para que su misión sacerdotal, importante y necesaria continuara en el mundo, instituyó el ministerio sacerdotal.

o    Consciente de todo lo bueno que se hace en cada pueblo, en cada parroquia, con mucho gozo, satisfacción y alegría vivo cada año la celebración de la Misa Crismal unido a los sacerdotes autores y primeros protagonistas de ese bien.

·         La Misa Crismal es para el Obispo y para los presbíteros un momento especial de gracia, en el que el Señor nos permite ver con los ojos y con el corazón la alegría de conformar esta Iglesia diocesana y este presbiterio, de sentirnos acompañados y apoyados los unos en los otros para la vida y el ministerio al que hemos sido llamados, de percibir que las obras de Jesús continúan y se prolongan entre nosotros porque el Espíritu nos unge y nos envía.

·         Demos gracias, pues, al Señor que nos permite celebrar esta Eucaristía, que nos lanza de nuevo a la misión con la unción del Espíritu Santo.

·         Viéndoos a cada uno de vosotros, estimados hijos, hermanos y amigos, os veo con vuestra identidad apostólica llamada a fortalecer el camino pastoral pues sois parte viva de la extensión de proyecto de Dios, manifestado en Jesucristo y llevado adelante con el don del Espíritu Santo.

·         En esta celebración, además, bendeciremos los óleos de catecúmenos, que utilizamos en la celebración bautismal, el oleo de los enfermos, para ayudar y confortar a las personas con problemas de salud, y consagraremos el Santo Crisma, para los sacramentos del bautismo, de la confirmación y del orden sacerdotal, pidiendo a Dios que sean muchos los que se bauticen, muchos los que se confirmen y que no nos falten diáconos y sacerdotes para llevar a la gente hacia Dios como verdaderos cristianos. Que esa bendición recuerde a los fieles que nos acompañan con amor y afecto su recepción de esos sacramentos y los frutos que ello debe dar en su vida.

o    De un modo especial me dirijo a vosotros, mis queridos sacerdotes, que sois y os siento mis primeros colaboradores y os miro, sin excepción, como hermanos y amigos. Viéndoos, pues aquí unidos a mí y unidos todos con todos: ¡Qué importante es renovar cada año la vida y el espíritu del presbiterio! ¡Cuánta esperanza encierra este gesto de comunión entre el Obispo y sus sacerdotes, como de los sacerdotes entre sí!

·         Seremos todos los aquí presentes: el Obispo, los religiosos y religiosas y los fieles, testigos de la renovación que haréis los sacerdotes de las promesas hechas el día de vuestra ordenación sacerdotal. ¡Qué importante es renovar cada año la vida y el espíritu del presbiterio para continuar siendo aquello que os ha encargado con amor y confianza Jesús!  Renovar el espíritu de nuestra ordenación es vivir el sacerdocio como un “hoy” siempre nuevo y actual, que nos introduce en ese tiempo de alianza plena y definitiva con Cristo Sacerdote, para gloria de Dios y al servicio de nuestro pueblo. Pido que juntos dialoguemos y busquemos caminos siempre abiertos a la fraternidad y humildad para así dejarnos guiar por el Espíritu Santo que es quien nos hace dóciles y serviciales de verdad, por algo el Señor nos eligió para hacerlo presente como Buen Pastor y amigo.”

·         Gracias a la renovación y al cumplimiento de esas promesas se lleva adelante la evangelización, las celebraciones y la caridad en todas las instituciones que cada uno responsablemente lleváis adelante. Gracias al cumplimiento de la promesa de respeto y obediencia al Obispo, sucesor de los 12 Apóstoles de Jesús, que tiene encomendada una porción de la grey del Señor que es la diócesis, y que hicisteis ya en la ordenación puedo contar y fiarme de cada uno. Si faltara el cumplimiento de esa promesa habría una falta muy grande en el ejercicio del ministerio sacerdotal.

o    En el Evangelio de esta celebración hemos escuchado: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres” (Lc 4,18). Cuando Jesús, en la sinagoga de Nazaret, asegura que ‘hoy’ se cumple la antigua profecía, que hemos escuchado en la primera lectura, indica, a la vez, la forma cómo se cumple: se anuncia a los pobres una alegre noticia, se proclama a los cautivos la libertad y a los ciegos la vista, se proclama la libertad a los oprimidos, se proclama el año de gracia del Señor. Cristo realiza el proyecto del Padre, en primer lugar, a través del anuncio del Evangelio.

·         El “hoy” de que habla el Evangelio no es algo que pasó aquel día y ya ha terminado: es algo permanente y actual: porque todos nosotros hemos sido ungidos y enviados; somos partícipes de la unción y misión de Cristo.  Hoy somos nosotros los testigos del proyecto de la salvación de Dios y los enviados a anunciar la buena noticia de la gracia y de la misericordia de Dios; hoy somos nosotros los que estamos llamados a realizar el servicio de la verdad que hace verdaderamente libres.

o    Queridos hermanos: esta solemne Misa Crismal toca el corazón mismo de nuestra Iglesia diocesana, nos recuerda que todos estamos enviados como él a evangelizar, a mostrar al mundo el rostro paterno y misericordioso de Dios. Por eso, cuando consagramos el Santo Crisma con el que serán ungidos este año en toda la Diócesis los bautizados y confirmados, hemos de sentir que somos enviados a anunciar el Evangelio a los pobres, a abrir los ojos a los ciegos, a curar los corazones desgarrados, a liberar a los cautivos, a anunciar el año de gracia del Señor, a facilitar que el Espíritu Santo actúe en ellos y no sólo en el momento de la administración del sacramento, sino todos los días, siempre.

·         Sabemos que hoy son muchos los desafíos y las dificultades para la evangelización; el mundo nos abre cada día nuevos escenarios para el anuncio de Cristo; los desarrollos tecnológicos y sociales plantean posibilidades que no logramos aprovechar; los destinatarios de la evangelización se multiplican dentro y fuera de nuestra Iglesia. La mies es mucha; la mies es cada vez mayor, y en ocasiones los operarios pocos. Pero pensemos en nosotros y en todos los que con nosotros pueden ser evangelizadores, pero no individualmente, sino como comunidad llamada a la misión. La pregunta sobre cómo evangelizar, cómo transmitir la fe hoy, se convierte así en una pregunta sobre nuestra Iglesia: ¿Qué dices de ti, Iglesia en Ibiza y Formentera,  cómo te sitúas hoy ante el contexto sociocultural que te toca vivir? Urge interrogarnos con sinceridad ante Dios y ante nuestra conciencia: ¿Estamos evangelizando de verdad? ¿Somos capaces de salir de nosotros mismos y conectar con el mundo con un estilo nuevo y renovado ardor? ¿Estamos convencidos no sólo en la mente, sino sobre todo en nuestro corazón de que anunciar a Jesucristo y el Evangelio es el mejor regalo que podemos hacer a los demás? ¿Respaldamos nuestra palabra con el testimonio de unas comunidades fraternas y de un presbiterio reconciliado, fraterno y unido, que muestran que es posible amar con un amor verdadero? ¿Evangelizamos a partir de un testimonio humilde y alegre que brota de nuestra condición de verdaderos discípulos del Resucitado y del encuentro personal con Él?

·         Sólo un discipulado auténtico y una fraternidad vivida con sinceridad e intensidad nos permitirán ser testigos creíbles de Jesús en medio de nuestra mundo; sólo una Iglesia convertida y evangelizada será realmente una Iglesia evangelizadora y misionera; sólo una Iglesia consciente de la presencia del Resucitado será una Iglesia capaz de comunicar al mundo la fuerza de la salvación de Dios y la belleza de la fe en Cristo; sólo una Iglesia auténticamente fraterna será capaz de presentar el rostro amoroso de Dios que hace de sus hijos e hijas una familia. En estos propósitos no estamos solos: el Espíritu del Señor está sobre nosotros y nos unge para salir a la misión. Dejémonos, sin demoras, conducir por este Santo Espíritu, abramos nuestro corazón y seamos dóciles al Espíritu Santo.

o    Jesús no sólo anunció el proyecto de Dios; Jesucristo realizó además completamente el proyecto del Padre en su total entrega de sí mismo incluso en la Cruz: “nos ama y nos ha liberado de nuestros pecados con su sangre” (Ap. 1,5). No nos toca, pues, sólo hablar, sino hacer, actuar, obrar, como hizo Jesús y, ascendido al cielo, lo encarga a otros, unos de los cuales somos nosotros, cada uno de nosotros.

·         Habiendo recibido en una ocasión para siempre el Sacramento del Orden se nos ha hecho partícipes de la condición de Cristo, buen Pastor, que da la vida, que se inmola por los demás. De esta manera, el sacerdocio ministerial alcanza su perfección en la celebración de la Eucaristía, a través de la cual se derrama la sangre que nos ha liberado de nuestros pecados. Por esa identidad con él, cuando nosotros celebramos la Eucaristía, cuando decimos con toda verdad “te ofrecemos, Padre, este sacrificio vivo y santo”; es decir, cuando ofrecemos al Padre a su Hijo unigénito, ponemos en movimiento una corriente de gracia y de salvación que llega incluso al que está lejos.

·         La semilla de la Palabra, que cada día sembramos con fatiga y esperanza, puede caer en terrenos áridos y pedregosos, pero la eficacia salvadora de la Eucaristía va siempre más allá porque Cristo “nos ama y nos ha liberado de nuestros pecados con su sangre”.

o    Queridos sacerdotes: las palabras que estamos meditando conciernen a todos los bautizados, pero resuenan en nuestro corazón de modo específico y personal: “Ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes”. Hoy celebramos con gozo y agradecimiento este acto de Cristo por el que nos ha constituido sacerdotes “para su Dios y Padre”. Celebramos el día natalicio de nuestro sacerdocio. El ha tenido su origen en una elección de Cristo que nosotros acogimos un día con generosidad y alegría. La historia de David, que nos ha recordado el Salmo, ilumina la nuestra cuando Dios dice: “He encontrado a David mi siervo, lo he ungido con mi óleo santo, mi mano está con él y mi brazo lo fortalecerá” (Sal 88,21).

·         Cada uno de nosotros ha sido encontrado por el Señor; cada uno ha sido objeto de una especial predilección cuyo secreto guardamos en el alma; cada uno ha sido consagrado por el Espíritu Santo; cada uno ha sentido cómo su debilidad ha sido sostenida por la mano del Señor. Esto no es sólo para saberlo, sino para sentirlo en la más deliciosa e íntima alegría. También nosotros estamos ungidos “con óleo de alegría”.

·         Queridos sacerdotes: conozco bien las dificultades del ministerio que se nos ha confiado; veo día a día las pruebas que debemos superar en el mundo de hoy; no ignoro las tentaciones a las que está sometida la vida sacerdotal. Sin embargo, nada tan bello como entregarle la vida a Dios para que él la haga fecunda en su proyecto de salvación; nada más grande que usar la libertad que recibimos para prolongar el corazón de Cristo que se entregó en el amor hasta el extremo. La Eucaristía que celebramos nos llena de consuelo porque en medio de las luchas, cansancios y esperanzas de nuestro ministerio, experimentamos el amor misericordioso de Dios que nunca falla. Por eso, hoy y siempre resuenan en nuestro corazón las palabras del salmista: “Cantaré eternamente tus misericordias, Señor”. Hoy y siempre, seguros de que la fidelidad y la gracia de Dios nos sostendrán, nos alegramos por la predilección que Cristo nos ha tenido al hacer de nosotros“un reino de sacerdotes para Dios, su Padre” y renovamos nuestras promesas sacerdotales.

·         La Misa Crismal es para el obispo y para los presbíteros un momento especial de gracia, en el que el Señor nos permite ver con los ojos y con el corazón la alegría de conformar esta Iglesia diocesana y este presbiterio, de sentirnos acompañados y apoyados los unos en los otros para la vida y el ministerio a los que hemos sido convocados, de percibir que el “hoy” de Nazaret se prolonga entre nosotros porque el Espíritu nos unge y nos envía. Demos gracias, pues, al Señor que nos permite celebrar esta Eucaristía, que nos lanza de nuevo a la misión con la unción del Espíritu Santo.

·         En esta Eucaristía damos gracias a Dios por el sacerdocio y por nuestros sacerdotes; personalmente y en nombre de nuestra Iglesia diocesana quiero una vez más dar gracias a Dios por vosotros, queridos sacerdotes: por vuestra fidelidad humilde, por vuestro trabajo abnegado, por vuestro cansancio pastoral, por vuestras manos llenas de callos, por vuestra generosidad silenciosa y, también, por vuestros sufrimientos. Contad en esta mañana y siempre con el reconocimiento, el apoyo, el afecto, la gratitud y la oración de vuestro obispo y de los fieles.

·         Demos gracias y oremos también para que el Señor siga llamando a fieles de Ibiza y Formentera para ser un día sacerdotes que continúen la misión de Jesús en nuestras Islas y ojala fueran tantos que se pudiera ir a ayudar también en otros lugares. Es muy importante nuestro testimonio alegre, cordial y dispuesto, para que los jóvenes se sientan motivados a descubrir la vocación, Nadie podría pensar en ser sacerdote si ven a hombres malhumorados, enojosos con una vida gris y triste. Recemos también por todos los que serán consagrados con estos óleos que vamos a bendecir. Recordemos a nuestros hermanos sacerdotes que están en dificultades, a los que sufren por la enfermedad, a los que no están hoy con nosotros y a los que han pasado ya a la casa del Padre, de modo especial, por el último fallecido Don Vicenta Torres Font, fallecido el 24 de mayo del año pasado

·          Queridos todos: oremos con fe por nuestros sacerdotes. Abramos de par en par el corazón para que nos llene el Espíritu de Dios, para que no nos cansemos de echar las redes obedientes a la palabra del Señor. Que veamos más la fuerza del Evangelio que los desafíos del mundo de hoy, que sobre nuestras debilidades y cansancios se imponga el amor de Dios. Queridos sacerdotes: entreguémonos de nuevo con humildad y gozo, reconociendo, como la Santísima Virgen María, a la que veneramos con el título de Virgen de las Nieves, que Dios hace obras grandes en nuestra pequeñez, si la ponemos en sus manos. Amén

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