REFLEXIONES PARA LA SEMANA SANTA 2020

A todos: a los sacerdotes, a las personas de vida consagrada, a los seminaristas, a los fieles cristianos laicos y a los hombres y mujeres de buena voluntad que vivimos en Ibiza y Formentera:

La denodada lucha contra el Covid-19, este coronavirus que está amenazando a nuestro país, ha exigido que se prolonguen las medidas de confinamiento. Ello nos obliga a suspender todos los actos previstos para la Semana Santa e incluso ir más allá, haciendo que valoremos la posibilidad de aplazar primeras comuniones, bautizos y matrimonios.

Esta situación inédita ha trastocado nuestras vidas como hasta ahora nada lo había hecho. Y hace que nos replanteemos muchos de nuestros hábitos, tradiciones y costumbres: de la sociedad y la política, a la funcionalidad de nuestros hogares; de lo cultural programado, a tener que programar todo un día detrás de otro; de la seguridad de la economía y de los salarios, a la incertidumbre por el mañana; del trabajo de cada día alejados de casa, a nuevas formas de estar activos laboralmente; de una higiene rutinaria, a otra muchísimo más cuidadosa; de la escuela en la que niños y jóvenes tenían a sus enseñantes, a la familia que enseña y educa donde los primeros formadores son los padres; de una vida social de continuo contacto con los amigos, a saber vivir en una cierta soledad; de una sociedad en constante bullicio, a otra reducida a la clausura; de un tiempo de viajes, descanso, ocio, vacaciones y turismo, a un tiempo de quietud, de silencio, de pensar y de hablar más entre los miembros de la familia; de un tiempo en que nos sentíamos fuertes, a un tiempo en que experimentamos la debilidad; de unas iglesias abiertas en la que todo eran ofertas e iniciativas, a la vuelta a la iglesia doméstica que tan olvidada teníamos.

En estos momentos en los que parece que poco podemos hacer, como siempre, la palabra de Dios ilumina nuestras vidas personales, familiares y comunitarias. En el libro del profeta Daniel leemos:

Por el honor de tu nombre, no nos desampares para siempre, no rompas tu alianza, no apartes de nosotros tu misericordia. Por Abrahán, tu amigo; por Isaac, tu siervo; por Israel, tu consagrado; a quienes prometiste multiplicar su descendencia como las estrellas del cielo, como la arena de las playas marinas. En este momento no tenemos príncipes, ni profetas, ni jefes; ni holocausto, ni sacrificios, ni ofrendas, ni incienso; ni un sitio donde ofrecerte primicias, para alcanzar misericordia. Por eso, acepta nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde, como un holocausto de carneros y toros o una multitud de corderos cebados. Que este sea hoy nuestro sacrificio, y que sea agradable en tu presencia: porque los que en ti confían no quedan defraudados (3, 34-36. 38-40).

El último domingo que pudimos celebrar con normalidad la santa misa en nuestras parroquias fue el II de Cuaresma. Aquel domingo leíamos el evangelio de San Mateo en el que se narra la transfiguración del Señor Jesús. En aquella situación de desconcierto para los apóstoles, Jesús les dice: Levantaos, no temáis (Mt 17,7). Las palabras de Jesús anticipan el misterio de la Pascua. La resurrección de Cristo —victoria sobre el pecado y la muerte— aleja de la existencia del ser humano toda sombra de incertidumbre y de angustia. La luz de Jesucristo resucitado ilumina el domingo de Pascua cuando aún no ha amanecido: Esta es la noche de la que estaba escrito: «Será la noche clara como el día, la noche iluminada por mi gozo» (Misal Romano, Pregón de la Vig. Pasc.). Y del mismo modo ilumina esta oscuridad en la que vivimos a causa de la alerta sanitaria provocada por el coronavirus.

Las palabras del Señor no solo infunden ánimo en nuestros corazones: no temáis. Son también una invitación: levantaos, es decir, levantemos la mirada y contemplemos, desde la fe, el horizonte que da sentido a nuestra vida cristiana: la resurrección de Jesucristo.

Porque los que en ti confían no quedan defraudados. Esta convicción es la que ha dado fuerza a muchos hombres y mujeres a lo largo de los tiempos en circunstancias difíciles, para mantener firme el ánimo y no dejar enfriar ni perder lo esencial de nuestro ser cristiano.

Esto nos lleva a formularnos una pregunta, ¿cómo guardar lo esencial en tiempos de dificultad?

En primer lugar, no se puede hablar de lo esencial si nos quedamos pensando que solo lo nuestro es un auténtico drama, una desgracia sin precedentes. Para hablar de lo esencial es preciso volver la mirada hacia atrás, pues en el pasado, no pocas veces, se encuentra lo que necesitamos para el presente. Las palabras del cardenal Francisco Xavier Nguyen Van Thuan, ejemplo de resistencia y de saber conservar lo esencial, nos guían:

Hijo querido, por el camino de la esperanza han marchado muchos peregrinos, de toda condición, de todas las edades, de todas las razas, de todas las épocas. Ellos fueron tus predecesores, tus compañeros de ruta. Su vida fue un misterio probado por mil contratiempos; pero en sus corazones se acreció el valor. Sembraron entre lágrimas, cosechan entre cantares… (Peregrinos por el camino de la esperanza, Pórtico).

Quizá el exceso de tanta oferta religiosa en la red en estos momentos no nos permita volver la mirada para reencontrarnos con la “compañía” de quienes han marchado, antes que nosotros, por el camino de la esperanza. Pues como muy bien dice Mons. Antonio Gómez Cantero, obispo de Teruel-Albarracín: ¿Qué es más importante, un rato de oración o de “lectio divina” con la Palabra, o mirar una misa por una pantalla? […] En esto también somos consumistas, eso que tanto criticamos, y además favorecemos. Todo este despliegue pienso que responde a este tipo de pastoral, poco pensada a la luz del Evangelio. ¡Hay tantas mujeres y hombres creyentes en el mundo, que celebran la Eucaristía de ciento en viento cuando pasa el misionero (a veces meses) y viven su fe con gran integridad! Pero nosotros somos de los ricos, también consumistas de lo religioso, con derecho a que no nos falte la Misa, aunque sea televisada (Una efervescencia inusitada).

Probablemente, el estar pendiente de una o de otra retransmisión o de un enlace u otro, o de lo que dice quien sea, para luego buscar a otro quien sea para saber si es más interesante, nos esté desorientando y apartando de lo esencial. Da la impresión de que, en estos tiempos, hemos iniciado la competición de rizar el rizo en lo religioso, cayendo en la extravagancia. Tanta búsqueda, tanto poner en la red y en las apps sociales, nos quita tiempo para lo esencial. Aunque también podría ser que no quisiéramos buscar lo esencial por si aquello que la realidad nos dice, nos asusta y hace que nos sintamos culpables. En este sentido, el actual arzobispo de Tarragona, Mons. Joan Planellas i Barnosell tiene toda la razón cuando afirma en su carta pastoral titulada Ante la emergencia sanitaria:

Hago mía la reflexión de la psicóloga Francesca Morelli, que estos días ha circulado en Italia. El universo, dice, restablece el equilibrio según sus propias leyes, cuando las cosas están alteradas. En un momento en que el cambio climático llega a niveles preocupantes, en una época basada en la productividad y en el consumo, se nos obliga a un paro forzoso, a permanecer quietos. En un momento en que ciertas políticas e ideologías discriminatorias pretenden retornarnos a un pasado vergonzoso, un virus nos hace experimentar que, en un abrir y cerrar de ojos, podemos convertirnos en discriminados y se nos prohíbe cruzar fronteras, porque somos transmisores de enfermedades. En una época en que la educación de los hijos se ha relegado a otras figuras e instituciones, se nos obliga a cerrar escuelas y catequesis, y se nos fuerza a buscar soluciones alternativas, como que regresen padre y madre, para, de nuevo, ser familia. En una época en la que pensar en uno mismo se ha convertido en norma, se nos dice que la única salida es cerrar filas, dejar que aflore en nosotros el sentimiento de ayuda al prójimo, de pertenencia a un colectivo, a fin de hacernos corresponsables unos de otros. Hasta aquí la reflexión de la señora Morelli.

Es bueno, por tanto, pensar qué podemos sacar de positivo de todo ello. Parece que la humanidad esté en deuda con el universo y sus leyes, y que esta pandemia nos lo descubre, eso sí, a muy alto precio. ¿Podemos aprender de este evento que está sacudiendo nuestras vidas? Con las limitaciones que se nos han impuesto, podemos aprender una lección de austeridad. Estar recluidos, con tantas actividades suspendidas, puede convertirse en una llamada a buscar la riqueza de una sobriedad verdadera, que nos lleve a lo más profundo y auténtico de nosotros mismos y de los demás. Hay otra manera de vivir, se nos sugiere. Una forma de vivir más sencilla, más sobria, más austera. La pobreza y la fragilidad de nuestro planeta, ¿no son dos caras de una misma realidad que puede llamarse insolidaridad? Es lo que dice el Papa Francisco en su Carta Encíclica Laudato si’: «El desafío urgente de proteger nuestra casa común incluye la preocupación de unir toda la familia humana en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral». Y añade: «El Creador no nos abandona, nunca hizo marcha atrás en su proyecto de amor, no se arrepiente de habernos creado.» (n.13). De ahí que el Papa haga «una invitación urgente a un nuevo diálogo sobre el modo como estamos construyendo el futuro del planeta. Necesitamos una conversación que nos una a todos […]. Necesitamos una solidaridad universal nueva» (n.14).

¿Cómo guardar lo esencial en tiempos de dificultad?

Es hora de plantear nuevamente la pregunta: ¿cómo guardar lo esencial en tiempos de dificultad? Para guardar lo esencial lo importante es saber qué es lo esencial y que, por ser esencial, no depende de otros si no de uno mismo.

En estos días que no vamos a poder celebrar la Semana Santa y en concreto, el Triduo Pascual, detengámonos y pensemos en las personas que no van a celebrarla por otros motivos distintos al confinamiento: los enfermos, el personal sanitario, los miembros del ejército y de los cuerpos de seguridad del estado, quienes han perdido a sus seres queridos a causa del Covid 19 y todas las personas que desinteresadamente están prestando su ayuda en esta crisis sanitaria para atender a su prójimo.

Como os decía, pensemos en lo esencial. Para ello, nada mejor que el conocido texto de “El principito”. Leedlo con detenimiento y no lo deis por sabido. Leedlo a la luz de la situación que estamos atravesando. Leedlo poniendo el énfasis en las palabras que remarco. Leedlo entendiendo lo que verdaderamente cada palabra nos quiere decir.

Leedlo:

Le dijo el zorro al principito:
—Vete a ver las rosas; comprenderás que la tuya es única en el mundo. Volverás a decirme adiós y yo te regalaré un secreto.
El principito se fue a ver las rosas y les dijo:
No sois nada, ni en nada os parecéis a mi rosa. Nadie os ha domesticado ni vosotras habéis domesticado a nadie. Sois como el zorro era antes, que en nada se diferenciaba de otros cien mil zorros. Pero yo le hice mi amigo y ahora es único en el mundo.
Las rosas se sentían molestas oyendo al principito, que continuó diciéndoles:
Sois muy bellas, pero estáis vacías y nadie daría su vida por vosotras. Cualquiera que os vea podrá creer indudablemente que mi rosa es igual que cualquiera de vosotras. Pero ella se sabe más importante que todas, porque yo la he regado, porque ha sido a ella a la que abrigué con el fanal, porque yo le maté los gusanos (salvo dos o tres que se hicieron mariposas) y es a ella a la que yo he oído quejarse, alabarse y algunas veces hasta callarse. Porque es mi rosa, en fin.
Y volvió con el zorro.
—Adiós —le dijo.
—Adiós —dijo el zorro—. He aquí mi secreto, que no puede ser más simple: solo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible para los ojos.—Lo esencial es invisible para los ojos —repitió el principito para acordarse. —Lo que hace más importante a tu rosa, es el tiempo que tú has perdido con ella.
—Es el tiempo que yo he perdido con ella… —repitió el principito para recordarlo.
Los hombres han olvidado esta verdad —dijo el zorro—, pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Tú eres responsable de tu rosa…
—Yo soy responsable de mi rosa… —repitió el principito a fin de recordarlo.

Por tanto, lo esencial es aquello que no ocurre ante nuestros ojos, es aquello que sucede en nuestro corazón: Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará (Mt 6,6).

En este tiempo que con dureza hemos sido afectados por la pandemia del coronavirus, también nosotros volvamos sobre el secreto del zorro que es, a su vez, nuestro secreto: sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible para los ojos.

Pero nuestro corazón, si quiere ver bien, está necesitado de purificación: Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme (Sal 50, 12). En estos días previos a la Semana Santa, los discípulos de Jesús y otros muchos hombres y mujeres que habían olvidado su fe y sentían la llamada a la conversión celebrábamos el sacramento de la Reconciliación. Este año no va a ser posible. Sin embargo, la misericordia de Dios traspasa también los límites de nuestro confinamiento. Que estemos en nuestras casas no impide que podamos pedirle perdón a Dios por nuestros pecados y, más adelante, podernos confesar y recibir la absolución sacramental. Así nos los recuerda a todos los católicos la Penitenciaría Apostólica en nombre del Papa Francisco: Cuando el fiel se encuentre en la dolorosa imposibilidad de recibir la absolución sacramental, debe recordarse que la contrición perfecta, procedente del amor del Dios amado sobre todas las cosas, expresada por una sincera petición de perdón (la que el penitente pueda expresar en ese momento) y acompañada de “votum confessionis”, es decir, del firme propósito de recurrir cuanto antes a la confesión sacramental, obtiene el perdón de los pecados, incluso mortales (Nota sobre el Sacramento de la Reconciliación en la actual situación de pandemia).

De esta manera, con el profeta Daniel podemos decir: acepta nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde.

Bien preparados, celebraremos la Semana Santa. Será ciertamente distinta: sin misas, sin celebración de la muerte del Señor, sin vigilia. Y, por tanto, sin ramos, sin “casas santas”, sin cruz, sin cirio ni velitas. Pero no por ello dejará de ser la Semana Santa del año 2020.

En estas circunstancias, como no solo se trata –quien pueda y también quien quiera– de seguir las celebraciones a través de la televisión o de otros medios, os ofrezco unas citas evangélicas que debéis buscar en la Sagrada Escritura, bien si tenéis una Biblia en casa, bien través de internet (https://conferenciaepiscopal.es/biblia); unas reflexiones que os ayudarán a meditar y a adentraros en los misterios de la pasión, muerte y resurrección del Señor; y una oración para cada uno de estos días, tan importantes en la vida de la Iglesia y en la de cada cristiano. De esta forma, en familia o individualmente podremos acompañar a Señor Jesús estos días y saber que formamos parte de la Iglesia de Cristo.

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

Lectura: Mt 21, 1-11

Reflexión:

¡“Hosanna” al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡“Hosanna” en las alturas! (Mt 21,9) Son las palabras del apóstol Mateo que nos introducen en las celebraciones de la Semana Santa. En el domingo de Ramos, primer día de la Semana Santa, Dios, que nunca ha dudado de amar al ser humano, se acerca a todos los hombres y mujeres y nos ofrece como signo lo máximo que podía darnos: a su único Hijo. El amor de Dios no es un amor abstracto, es un amor personal que pide a cada uno de nosotros la respuesta de la fe, es decir: el sí incondicional de cada uno de nosotros a Dios. Fe en Dios significa aquí la respuesta del hombre al amor que se entregó por nuestra salvación. Creer es solo amar al que sin mérito mío me amó primero.

Desde la perspectiva del amor, la cruz de Cristo, como signo de la presencia de Dios, es inherente a nuestra condición de cristianos. Por ello, a nuestra identidad cristiana le pertenece el ser para los demás profetas y testigos. Profetas porque al confesar a Cristo en esta sociedad que en muchas cuestiones vive de espaldas a Dios, incluso contradiciendo la verdad evangélica, denunciamos sus abusos, sus injusticias y sus contradicciones y nos convertimos en germen de un nuevo Reino que viene por la muerte y resurrección de Jesucristo. También testigos, porque al confesar a Cristo en esta sociedad que ha dejado a hombres y mujeres ante la nada, aparecemos como unos personajes molestos. Testigos incómodos porque algunas voces nos presentan como contrarios a los deseos de una mayoría anónima, a la que pretenden manipular y presentar como la auténtica conciencia del pueblo.

La pasión bajo el signo la cruz es misterio de amor. El amor adquiere su máxima plenitud en la resurrección. Por eso, aunque la muerte sigue estando presente ante nuestros ojos, se trata de una muerte que ha sido vencida: ¿Dónde está muerte tu victoria? ¿Dónde está muerte tu aguijón? (1Co 15,55). La resurrección de Jesucristo nos descubre, pues, la grandeza del amor de Dios que se nos anticipa y nos supera.

Oración:

Aumenta, oh, Dios, la fe de los que esperamos en ti y escucha las plegarias de los que te invocamos, para que, al elevar hoy, como si fueran ramos, nuestros corazones en honor de Cristo vencedor, seamos portadores, apoyados en él, del fruto de las buenas obras. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Jueves Santo en la Cena del Señor

Lectura: Jn 13, 1-15

Reflexión:

La escena que narra el evangelio no sólo relata un momento determinado de la última cena que Jesús celebró con sus discípulos, cuenta, además, un momento de gran intimidad entre Jesús y aquellos hombres y mujeres que lo seguían: habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. El evangelio nos recuerda así que la única relación existente entre el Maestro y sus discípulos solo puede ser la del amor. Y en este contexto de la última cena resuenan, pues están incluidas en el mismo capítulo 13, las palabras del Señor, aquellas que muchos autores consideran el testamento de Jesús: Amaos los unos a los otros. Como yo os he amado, así también amaos los unos a los otros. Por el amor que os tengáis los unos a los otros reconocerán todos que sois discípulos míos.

Al revivir desde la fe aquella misma memorable Cena, nuestro corazón ha de sentirse embargado de inmensa alegría: somos los invitados del Señor. Sí, nuestro hogar se transforma en lugar donde hoy Jesús quiere celebrar con nosotros (en el silencio, en lo escondido, en cada corazón puro) el establecimiento de una nueva Alianza de parte de Dios: Jesucristo entrega su cuerpo y con su sangre sella la nueva alianza. En ella desaparecen los límites. El pueblo elegido es ahora todo aquel que escucha el Evangelio y lo acoge.

Estos son sus signos:

  • Acoger la voluntad del Padre y darle cumplimiento.
  • Rezar como expresión de nuestra relación constante y personal con Dios.
  • Iluminar desde la humildad y la sencillez para mostrar el camino al ser humano. Participar en el descubrimiento de la verdad.
  • Vivir a diario el sacrificio de la cruz, para derrotar, en la debilidad de lo humano, con la fuerza de Dios, al mal y al pecado.
  • Realizar aquello que el Señor pide: Como yo os he amado, así también amaos los unos a los otros. Por el amor que os tengáis los unos a los otros recocerán que sois mis discípulos (Jn 13, 34b-35).

En esta tarde santa y revestidos del amor, solo un anhelo que la celebración de estos santos misterios nos lleve a alcanzar plenitud de amor y de vida (Misal Romano, or. colecta de la Misa vesp. de la Cena del Señor).

Oración:

Anunciamos la muerte del Señor hasta que vuelva. En esta tarde te pedimos por los difuntos, especialmente por los que han muerto a consecuencia del coronavirus. Haz que quienes te han acompañado en tu muerte puedan disfrutar también de tu resurrección.

Os he dado ejemplo, para que hagáis vosotros lo mismo que he hecho yo. Oh, buen Jesús, que nos pides que hagamos de nuestra vida un servicio a los demás. Te pedimos por aquellos que han entregado su existencia a los demás y los sirven en el amor. Te pedimos por los que desinteresadamente ayudan a los pobres, a los enfermos, a los marginados, a los despreciados de este mundo. Te pedimos por el personal sanitario, por las fuerzas del orden y por todos los que, desde sus posibilidades, colaboran para vencer esta crisis. Haz que también nosotros seamos servidores tuyos en la caridad y en el amor fraterno.

Viernes Santo en la Pasión y Muerte del Señor

Lectura: Jn 18- 19, 42

Reflexión:

Tomaron a Jesús, y Él, cargando con la cruz, salió al sitio llamado “de la Calavera”, donde lo crucificaron (Jn 19, 16b-17). Son las palabras del evangelista Juan narrando la muerte de Señor. Quienes habían preparado la muerte de Cristo, apoyados por el pueblo, tomaron a Jesús. Se creían con el derecho a hacerlo. Es más, pensaban que era su obligación, como ellos mismos habían dicho: “Conviene que muera un solo hombre por el pueblo” (Jn 18, 14). Jesucristo acepta la muerte para que aprendamos a vivir según la única verdad que llena el corazón del hombre: la verdad de Dios: Para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad (Jn 18, 37). Según esta verdad: la muerte no tiene la última palabra sobre nuestras vidas, el bien triunfa sobre el mal, el amor es la norma de la vida, el destino del hombre es vivir junto a Dios: la santidad.

La muerte para Jesús se presenta a través de la cruz. La cruz es el signo de una guerra entre la Vida verdadera y la muerte reinante, donde se pone manifiesto que el hombre y la mujer están destinados y necesitados de vida. Cantemos la nobleza de esta guerra, el triunfo de la sangre y del madero; y un Redentor que, en trance de Cordero, sacrificado en cruz, salvó la tierra (Misal Romano, celebración de la Pasión del Señor). A Jesús lo crucificaron en el sitio llamado de la “Calavera”. Al recordar tantos sitios donde el mal se ha hecho presente, somos conscientes que el pecado no es abstracto, deja su huella. La cruz de Cristo es el precio que la muerte y el pecado han exigido a la desobediencia del ser humano. En el centro de esta terrible y trágica verdad se encuentra Jesucristo, el Sacramento de Dios que arranca de la historia humana todo lo que el pecado y el mal han extendido. La cruz testifica el amor del Padre que entrega al Hijo y el amor de Jesús, que se hace solidario de los hombres y mujeres para que reconozcamos nuestro pecado, y no repitamos jamás esta muerte y esta cruz.

Oración:

Alma de Cristo, santifícame.
Cuerpo de Cristo, sálvame.
Sangre de Cristo, embriágame.
Agua del costado de Cristo, lávame.
Pasión de Cristo, confórtame.
¡Oh, buen Jesús!, óyeme.
Dentro de tus llagas, escóndeme.
No permitas que me aparte de Ti. 
Del maligno enemigo, defiéndeme.
En la hora de mi muerte, llámame.
Y mándame ir a Ti.
Para que con tus santos te alabe.
Por los siglos de los siglos. Amén.

Domingo de Pascua en la Resurrección del Señor

Lectura: Mt 28, 1-10

Reflexión:

Pasado el sábado, al alborear el primer día de la semana (Mt 28,1). El relato evangélico cuenta que, allí mismo, las mujeres que seguían a Jesús recibieron la gran noticia: Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis. (Mt 28, 5b). Sin embargo, no es suficiente que ellas conocieran este acontecimiento. También es necesario que todos los discípulos lo sepan: No temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán (Mt 28, 10). Jesús el Nazareno HA RESUCITADO.

Ninguna de las palabras del Evangelio deja de cumplirse. También nosotros, discípulos suyos, hemos de verle. Lo que Él ha dicho ha de realizarse en nuestras vidas: lo veréis.

Así, pues, nosotros estamos llamados a ver al Señor resucitado. El discípulo no puede quedarse en el viernes santo, donde todo parecía que había terminado. No es gran cosa creer que Cristo murió —dice san Agustín—; porque esto también lo creen los paganos y judíos: todos creen que murió. La fe de los cristianos es la resurrección de Cristo; esto es lo que tenemos por el mayor suceso: creer que resucitó (Coment. sobre el Salmo CXX: PL 37, 1596).

La posibilidad de ver a Jesucristo está en encontrarse con Él y reconocerlo. Este encuentro solo sucede en y por la fe. Cristo vive. Esta es la gran verdad que llena de contenido nuestra fe. Jesús que murió en la cruz, ha resucitado, ha triunfado sobre la muerte, ha derrotado al mal y al pecado. En su resurrección el Señor ilumina y da sentido al dolor y al sufrimiento; y pone, en la angustia y la desesperación humana, esperanza, consuelo, comprensión, amor.

El tiempo de la resurrección, tiempo de Pascua, es expresión de alegría que no comienza y acaba en un determinado periodo del año, sino que invade siempre el corazón del cristiano. Cristo vive. No en un tiempo pasado, al que nosotros no estamos vinculados. Jesús, el Señor, vive, ayer, hoy y siempre. Él es Dios con nosotros. Su resurrección nos revela que Dios no abandona al ser humano, sino que está siempre junto a él.

Oración:

Oh, Dios, que, en este día, vencida la muerte, nos has abierto las puertas de la  eternidad por medio de Jesucristo, concede, a quienes celebramos la solemnidad de la resurrección del Señor que, renovados por tu Espíritu, resucitemos a la luz de la vida. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Al llegar al último día de esta Semana Santa tan diferente, que este año 2020 nos ha tocado vivir; en este domingo de Pascua tan distinto, resuena ese canto de victoria que nos anuncia un nuevo amanecer: ¡Aleluya! Esta expresión de júbilo, de triunfo, de vida nos dice a todos: el Padre (Dios) está aquí, y él que no ha dejado a su Hijo en las sombras de la muerte, tampoco nos deja a nosotros. ¡Aleluya! significa que, aunque las lágrimas del dolor, la soledad, la angustia, la separación y la tristeza hayan asomado en nuestros ojos, Dios nos dice a todos y a cada uno: Abbá (padre-papa), está a tu lado y siempre lo estará.

Quiero terminar con unas palabras de san Juan Clímaco, cuya memoria se celebra hoy: Corred, os lo ruego, con aquel que dijo: «Hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo» (Ef 4:13), […] A Él pertenecen la alabanza, la dominación y el poder, a Él que es, era y será la única fuente de todos los bienes en los siglos sin fin. Amén (La escalera del divino ascenso, Trigésimo escalón, nº 38f).

Con estos deseos de amor y esperanza os deseo una ¡feliz Pascua con motivo de la Resurrección de Jesucristo!

¡Jesucristo ha resucitado!

Por D.Vicente Ribas Prats, Administrador Diocesano y Párroco de Santa Eulalia y San Mateo

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